Mientras me mirabas #2
Volvimos al reservado. La mesa entera seguía metida en su juerga, pero en cuanto Inma cruzó el umbral, las miradas se desviaron hacia ella.
José, que estaba reclinado en la cabecera apurando un cubata, enfiló a Inma con una sonrisa lenta, depredadora y cargada de una chulería insoportable. Dio dos palmaditas secas sobre su muslo.
—¡Hombre! Ya ha vuelto la reina de la fiesta —soltó José alzando la voz para que lo oyera todo el mundo—. Venga, enana, no te quedes ahí parada en la puerta que la tarde se enfría. Vuelve aquí a tu sitio, anda, que te estaba guardando el hueco caliente.
Inma se quedó paralizada a medio paso. Noté cómo se le tensaba toda la espalda y la vi buscarme con la mirada, con los ojos desencajados y llenos de un pánico absoluto.
Me miró suplicando una salida, pero la rabia negra que llevaba dentro me dictó el siguiente movimiento.
Me acerqué a su oreja, fingiendo que le recolocaba el tirante del vestido y le susurré con un aliento helado:
—Haz lo que te pide. Haz exactamente lo mismo que estabas haciendo antes... como si yo no me hubiera enterado de nada. Sigue la corriente.
Inma tragó saliva, pálida como la cera, pero avanzó.
De repente, impulsada por una mezcla de alcohol, desesperación y esa sumisión extraña a la que se estaba entregando, cambió el paso.
Empezó a contonearse despacio, marcando la cadera a ritmo de la música que sonaba al fondo, marcándole a José una especie de baile de gogó improvisado delante de todos.
La mesa explotó de golpe.
—¡Eso es, Inma! ¡Dale caña ahí! —gritó Valentín dando un puñetazo en la mesa que hizo bailar las copas.
—¡Madre mía cómo viene la plantilla de la nave! ¡A ver si te van a subir el sueldo por esto, tía! —aulló Álex Sellés soltando un silbido agudo que retumbó en las paredes.
—¡Vaya meneo, vaya meneo! ¡Mira cómo disfruta el jefe! —remató Rodrigo entre risotadas rancias.
Inma llegó hasta José. Con los ojos fijos en los míos sin desviar la mirada ni un solo segundo, se dio la vuelta y empezó a descender despacio sobre él.
Bajó más de la cuenta, flexionando las rodillas con un movimiento lento y sinuoso, rozando su cuerpo contra el de él hasta que terminó sentándose de lleno, encajando su culo con precisión brutal justo sobre el paquete de José.
José soltó un bufido de satisfacción. De inmediato, estiró su brazo derecho y le rodeó la cintura con una fuerza posesiva, pegándola a su torso sin miramientos.
Mientras Inma mantenía sus ojos clavados en mí —transmitiéndome una mezcla de angustia, culpa y una excitación morbosa que no podía disimular—, José alzó la barbilla.
Me miró directamente a los ojos desde el fondo de la mesa, apretó los dedos en la carne de la cintura de Inma para marcar territorio y me dedicó una sonrisa maliciosa, modulando con la boca un mensaje silencioso pero claro que se entendía perfectamente sin necesidad de hablar:
Es mía.
Me acerqué a la mesa con una calma fingida que me quemaba por dentro, arrastré la silla de madera y me senté justo a su lado, pegado a ellos.
Me incliné despacio hacia ellos, bajando la cabeza hasta quedar a escasos centímetros de los dos. Inma contuvo el aliento, tensando la espalda sobre el regazo de José, mientras él me miraba de reojo sin frenar el agarre de su mano en la cintura de mi novia.
—Cuídamela... —le dije en un susurro muy bajo, con la voz grave y una frialdad calculada que solo ellos dos pudieron escuchar por encima del murmullo de la mesa.
José soltó una carcajada ahogada, rancia y me miró de arriba abajo con una chulería insoportable. Se inclinó un poco más hacia mí.
—No te preocupes, chaval... —me soltó José en un susurro igual de bajo, cargado de un veneno puro que me revolvió las tripas—. La estoy cuidando de locos. De hecho, como siga moviéndose así de bien sobre mí, igual no te la devuelvo en toda la noche... y se viene a mi casa a rematar la faena.
La barbaridad flotó entre los tres como un dardo venenoso. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta el límite, pero no me moví.
En ese preciso instante, Inma giró la cabeza ligeramente hacia mí.
A pesar de la vergüenza, del morbo descontrolado que la tenía descolocada y de estar encajada sobre el paquete de su jefe, me clavó una mirada completamente distinta.
Tenía los ojos húmedos, brillantes, ablandados por una emoción profunda.
Me miró con una mueca de devoción, con una carita llena de culpa pero cargada de amor puro, pensando para sus adentros en lo increíble y maduro que era su novio por estar tragándose semejante sapo, aguantando el tipo y protegiéndola del escándalo delante de toda la plantilla.
—Hugo... —alcanzó a articular Inma en un hilo de voz inaudible, modulando con los labios un te quiero desesperado mientras por debajo el agarre de José seguía marcando el ritmo de la tarde.
José se inclinó un milímetro más hacia mí, arrastrando los labios casi hasta mi oreja mientras mantenía a Inma totalmente atrapada contra su pecho. La sonrisa de suficiencia que llevaba puesta era de una crueldad absoluta.
—Mira lo que le voy a hacer a tu novia, chaval... —me susurró con la voz ronca, espesa por el alcohol y la impunidad—. Mira bien cómo me la voy a follar con ropa en tu puta cara. Mira cómo me voy a restregar contra ella hasta dejarle el vestido empapado... y tú no vas a mover ni un solo dedo.
No me dio tiempo ni a procesar la amenaza.
Sin la menor vergüenza, José afianzó la mano izquierda en la cadera de Inma y le enterró la derecha en el glúteo con una fuerza salvaje.
Empezó a moverla de arriba abajo sobre su regazo.
Un ritmo seco, pesado, violento y constante, clavando la dureza de su polla directamente en la comisura de sus nalgas a través del canalé.
Inma soltó un suspiro ahogado que sofocó de golpe mordiéndose el labio inferior con fuerza.
Acopló la cabeza hacia atrás, apoyándose en el hombro de su jefe y me clavó los ojos.
Pero ya no era la mirada de pánico ni la de culpa de antes.
Sus pupilas estaban dilatadas, la piel le ardía de rubor y en su cara se leía una confesión devoradora: le estaba chiflando.
Estaba completamente entregada a ese vaivén, sintiendo el roce incansable del encargado mientras me miraba fijamente, incapaz de parar, incapaz de frenar la ola de placer y morbo que la estaba aplastando a menos de medio metro de mí.
Y en ese preciso instante, algo dentro de mi cabeza hizo un click definitivo.
Esperaba sentir un ataque de ira, una rabia ciega que me hiciera saltar sobre la mesa para reventarle la botella de vino en la cabeza a José. Esperaba la punzada destructiva de los celos comiéndome las entrañas. Pero no llegó nada de eso.
Por primera vez en mi vida, los celos desaparecieron por completo.
En su lugar, un torrente de calor negro, violento y puramente perverso me inundó la espina dorsal.
Sentí un morbazo brutal, enfermizo, una sobrecarga de adrenalina al presenciar la escena: ver a mi novia contoneándose de placer, entregada por completo, mientras mi jefe se restregaba contra su culo con impunidad absoluta, mirándome a los ojos y riéndose de mí en mi propia cara.
¿Qué cojones me está pasando?, pensé, con la mente flotando en un estado de shock distorsionado. Me está humillando delante de toda la fábrica, se está inflando a follarme a la novia con ropa... y me está volviendo loco.
La vergüenza de la humillación se mezcló de forma salvaje con la excitación.
La imagen de Inma jadeando sobre la entrepierna de José, con el vestido subido y el ritmo de sus caderas marcando la embestida, me atravesó como un rayo.
Por debajo de la mesa, metí disimuladamente la mano en el bolsillo del pantalón: la sensación de impotencia y el espectáculo sucio que estaba presenciando me habían puesto la polla dura como una piedra.
Me quedé congelado en la silla, con los ojos clavados en el vaivén de sus caderas sobre el regazo de José, sintiendo la tela de mi propio pantalón a punto de reventar por la erección que se me había formado de golpe.
Inma, que no dejaba de buscarme la mirada entre jadeo y jadeo, pareció darse cuenta del cambio en mi cara.
Ya no tenía los puños apretados para saltarle al cuello a su jefe ni la mandíbula desencajada por la rabia.
Estaba mirando la escena con los ojos entornados, el pulso desbocado y la respiración tan agitada como la suya.
Ella bajó despacio la vista hacia mi regazo.
Por el leve movimiento de mi brazo bajo la mesa, pilló al instante lo que me estaba pasando.
Un chispazo de sorpresa pura le atravesó los ojos, seguido inmediatamente por una ola de morbo que le encendió las mejillas como si la hubieran bofeteado.
Saber que a su novio le estaba poniendo enfermo ver cómo su jefe se la follaba con ropa en su propia cara pareció romperle los últimos esquemas que le quedaban.
En mitad de una embestida más seca de José, Inma estiró la mano izquierda a ciegas por debajo del borde del mantel, buscándome.
Sus dedos fríos y temblorosos me encontraron el muslo y luego se deslizaron hasta mi mano.
Se la agarré al instante. Nos entrelazamos los dedos con una fuerza descomunal, rozándonos la piel sudada con una complicidad perversa y oscura que ninguno de los dos habríamos sido capaces de admitir cinco minutos antes.
Se la apreté con ganas, clavándole las yemas de los dedos en el dorso de la mano, confirmándole sin palabras que sí, que era verdad, que me estaba excitando de una forma enfermiza ver cómo se la gozaba sobre la entrepierna del encargado.