Mientras me mirabas
Hugo
—Inma, abre por favor... soy Hugo.
La madera de la puerta me devolvió el eco de mi propia voz, quebrada, espesa, cargada de una mezcla de rabia y humillación que me estaba quemando las tripas por dentro.
Oí el chasquido seco del cerrojo. La puerta se abrió despacio e Inma apareció al otro lado.
Nada más verla, la sangre me dio un tictac violento en las sienes. Tenía la cara desencajada, los ojos muy abiertos y una expresión de pánico contenido que no supo disimular. Llevaba el pelo revuelto, el vestido ligeramente descolocado y los labios temblorosos.
—Hugo... —susurró, dando un paso atrás.
—¿Qué cojones ha sido eso, Inma? —le espeté, entrando en el baño de un pisotón y cerrando la puerta a mis espaldas sin miramientos—. ¿Se puede saber qué cojones ha pasado ahí dentro?
—Hugo, baja la voz, por favor... —me pidió, con los ojos llenos de miedo, haciendo un gesto con las manos para que me calmara.
—¡Que baje la voz! ¡Que baje la puta voz!
—exploté, encarándola y sintiendo cómo la rabia acumulada durante más de una hora se me salía por la boca—.
Llevo más de tres horas pateándome el polígono bajo el sol como un gilipollas porque me dijisteis que ibais al Cojo.
¿Por qué no me dijiste bien a dónde ibais?
¿Por qué no me cogiste el maldito teléfono?
Te mandé cuatro mensajes y te llamé tres veces, Inma. ¡Tres veces!
—Es que no podía, de verdad... —empezó a explicarse, atropellándose con las palabras y sin sostenerme la mirada—. Estaban todos pegados a mí, había muchísimo ruido, no tenía cobertura el móvil... Te lo prometo.
—¿No tenías cobertura? ¡Eso es lo que me ha dicho tu querido jefe!
—le grité, dándole un manotazo al aire—.
Y encima llego, me pateo el restaurante entero, entro en el privado y ¿con qué me encuentro?
Con mi novia sentada en el regazo de José.
Rozándote la cara con él, riéndote de las gracias mientras el pavo ese me humillaba en la cara delante de toda la plantilla.
Inma tragó saliva con dificultad. Se le notaba la culpa en cada rasgo de la cara, pero intentó defenderse como pudo, agarrándose a la versión oficial.
—Hugo, era un juego... —intentó excusarse con un hilo de voz, dando otro paso atrás hasta pegar la espalda contra el lavabo—. El camarero se llevó las sillas, los chicos se inventaron lo de las rodillas y fue todo de golpe... No había más sitio. Fue un juego estúpido de la comida, nada más.
—¿Un juego? ¿A ti te parece un juego la cara con la que te estaba agarrando de la cintura?
—me acerqué un paso más a ella, sintiendo que me faltaba el aire por la humillación—.
¡Estaba tocándote delante de mí! ¡Y tú no hacías nada!
En vez de apartarte o mandarlo a la mierda, te ponías a reírte con las chicas y a hablar de gilipolleces de maquillaje.
Me habéis tomado el pelo entre todos, Inma.
Me has dejado como el cornudo de la nave delante de los demás.
—¡Eso no es verdad, Hugo! ¡Yo no quería que pasara nada de eso! —saltó ella, con la voz a punto de romperse y los ojos al borde de las lágrimas—. Estaba incómoda, yo no busqué sentarme ahí...
—¿Ah, no? —la corté de golpe, mirando su postura defensiva y ese vestido tan pegado que me estaba enfermando el alma—.
Pues desde la silla no parecía que estuvieras muy incómoda.
Parecía que te estaba encantando el tonteo con el encargado.
Dime la verdad de una puta vez, Inma: ¿qué cojones está pasando entre tú y José?
—¿Se estaba restregando? —le espeté, dando un paso más hacia ella hasta arrinconarla contra el mármol del lavabo—. Te vi la cara, Inma. Te vi cómo te ibas hacia atrás y cómo ese tipo te tenía agarrada de la cadera. ¿Estaba restregándose contigo en mi puta cara?
A Inma se le desorbitaron los ojos de pánico. Abrió la boca para hablar, pero se le quedó atascada la voz en la garganta. La vi tragar saliva, temblando de arriba abajo, buscando desesperadamente una mentira a la que agarrarse mientras se apretaba el vestido contra las piernas.
—¡No! ¡Hugo, por Dios, qué dices! —consiguió soltar con la voz aguda, rota por los nervios—. ¡Estás loco, cómo se va a estar restregando! Solo... solo me tenía agarrada porque si me movía un milímetro me caía al suelo. La silla era estrecha y él estaba girado hablando…
—¡No me mientas! ¡No me tomes por imbécil!
—le grité, dándole un golpe seco al lateral del lavabo que hizo retumbar los azulejos—.
Que os estaba viendo a los dos. Estabais pegados como dos lapas.
Cada vez que ese cabrón abría la boca para soltarme una pulla, te apretaba más contra él.
¿Y tú qué hacías, eh? ¡Reírte! Te estabas riendo con Mimi de sus mierdas mientras yo estaba allí sentado tragándome todo el veneno.
—¡Estaba nerviosa, Hugo! —estalló ella, rompió a llorar de golpe con lágrimas gruesas rodándole por las mejillas—.
¡Estaba borracha, con el vino y el porro me dio la risa tonta y no sabía cómo reaccionar!
Me agobié muchísimo cuando entraste así...
No sabía qué hacer, me quedé bloqueada. ¡Te juro por mi vida que yo no quería que pasara nada de eso!
—Pues no lo parecía, Inma. Te juro por Dios que no lo parecía —dije bajando la voz a un susurro envenenado, sintiendo que la rabia me quemaba el estómago por dentro—.
Parecía que estabas disfrutando de ver cómo mi jefe me chuleaba.
Parecía que te importaba tres cojones que estuviera allí delante.
¿Sabes lo que es estar sentado a medio metro de tu novia y ver cómo otro tío le mete la mano en la cintura y le sobajea la espalda sin que ella mueva ni un solo dedo para quitarlo?
Inma se tapó la cara con las dos manos, sollozando con la cabeza gacha, incapaz de sostenerme la mirada.
—Hugo... vámonos a casa, por favor —me suplicó entre gemidos, levantando la vista con los ojos rojos—. Por favor, vámonos de aquí ya. No quiero volver a esa mesa, no quiero ver a nadie más. Vámonos y hablamos en el coche, pero no me hables así...
—No, no nos vamos a ir como si nada —la corté, dando un paso atrás y mirándola con un desprecio que me salía directo del pecho—.
Me vas a decir ahora mismo qué cojones tiene ese tío contigo.
Porque la forma en que te miraba, la forma en que me miraba a mí...
Eso no era por un juego de mierda de las sillas, Inma.
Ese cabrón siente que tiene derecho sobre ti. Y tú se lo estás dando.
Inma se destapó la cara despacio. Sus ojos rojos y llenos de lágrimas me miraron con una mezcla de pánico y culpabilidad pura que me heló el cuerpo entero. Dio un paso hacia mí, levantando las manos temblorosas.
—Hugo... nos ha pillado —soltó en un susurro penas perceptible—. Sabe perfectamente quién eres.
Me quedé petrificado. La rabia que me quemaba por dentro se transformó en un frío seco en el estómago.
—¿Qué dices? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿De qué cojones hablas?
—El jueves... el jueves me empezó a seguir en Instagram —confesó atropelladamente, tragándose los sollozos—. Y yo... yo tengo esa foto contigo en el perfil, la que salimos juntos de viaje. Sabe que eres mi novio, Hugo. Lo sabe.
Un zumbido agudo me llenó las orejas. Sentí cómo el suelo debajo de mis pies se desestabilizaba.
—¿Que lo sabe? —repetí, estupefacto—. ¿Me estás diciendo que el tío sabía exactamente quién era yo cuando entré por la puerta?
—¡Sí! —asintió ella desesperada, agarrándome del brazo con los dedos fríos—.
Creo... creo que todo lo de esta tarde ha sido un castigo, Hugo.
Nos está haciendo pagar no haber sido sinceros con él desde el principio sobre lo nuestro en la empresa.
Se está riendo de los dos, se está vengando en nuestra cara...
Te juro por mi vida que yo no me lo esperaba, me he quedado muerta cuando me he dado cuenta allí dentro.
Le aparté la mano del brazo con un movimiento seco, dando dos pasos hacia atrás mientras la cabeza me daba vueltas a mil por hora.
Las piezas del puzle empezaron a encajar con una violencia brutal: las risitas de los chicos, las excusas ridículas para no dejarla sentarse, la mentira de la ubicación para dejarme tirado en el polígono bajo el sol...
Todo. Todo había sido un teatro montado y dirigido por ese cabrón para disfrutar viendo cómo me arrastraba.
—Hijo de la gran puta... —mascullé entre dientes, con la mandíbula apretada—. ¡Un castigo! ¡Y tú te has dejado!
—¡Hugo, yo no lo sabía! —gritó ella, llorando desconsolada—. Me he enterado justo hace un momento, cuando me lo ha dicho al oído...
—¿Ah, sí? ¿Te lo ha dicho al oído mientras te tenía agarrada del culo? —la encaré de nuevo, fuera de mí—. ¿Y sabiendo que el pavo nos estaba haciendo la jugada a los dos, te has quedado ahí sentada en sus piernas haciéndole el juego? ¡Te tenías que haber levantado al primer segundo, Inma!
—¡Estaba bloqueada! —se defendió, tapándose los oídos con las manos—. Sentía pánico, Hugo. Si montaba un pollo allí, si me levantaba gritando, iba a ser peor para ti y para mí en la fábrica. Nos iba a hacer la vida imposible a los dos.
Me quedé mirándola unos segundos en silencio. El aire en el baño era denso, pesado, cargado de la tensión entre los dos. Inma respiraba agitada, arreglándose el vestido frente al espejo con manos temblorosas, mientras yo intentaba tragarme el orgullo.
—No nos podemos ir ahora, Hugo —me dijo de repente, mirándome a través del reflejo del cristal con los ojos fijos—.
Si salimos por esa puerta y nos vamos a casa con esta cara, José gana.
Toda la mesa va a saber que nos hemos ido derrotados, que te has mosqueado y que nos ha reventado la tarde.
La fiesta va a seguir en un pub y hay que ir.
Si nos marchamos, la fábrica va a ser un infierno.
La miré, masticando el veneno. Tenía razón en algo: marcharme era darle el trofeo en bandeja a ese malparido.
—Nos quedamos —dije con la voz glacial—. Vamos a seguir de fiesta con ellos.