EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Bajo su mirada #3
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Bajo su mirada #3

Al contrario. Como si mi cara de horror le diera todavía más gasolina, apretó más fuerte la mano en mi culo y empezó a mover la cadera con más intención.

Su polla, dura y gruesa, se deslizó de nuevo entre mis nalgas, empujando la tela del vestido hacia dentro.

Cada embestida era más profunda, más lenta, más deliberada.

Me estaba follando con ropa con una calma insultante, sabiendo perfectamente el efecto que me hacía.

Sentí cómo la cabeza de su polla se hundía una y otra vez en la comisura de mis nalgas, rozándome el ano a través de la tela, subiendo después para presionar justo contra mi coño.

El tanga empapado se me pegaba a la piel y cada roce me arrancaba un calambre eléctrico que me subía por la espalda. Estaba mojadísima.

Y odiaba estarlo.

—No pongas esa cara, enana… —me susurró contra el oído, sin dejar de moverse—. Ahora ya lo sabes todo. Y aun así sigues aquí, sentada en mi polla, dejando que te la roce… delante de él.

Me mordí el labio con fuerza para no soltar ni un sonido.

Hugo seguía a mi derecha, rígido, mirando la mesa, ajeno a lo que realmente estaba pasando a menos de medio metro.

Y yo, con el corazón latiéndome en la garganta, dejaba que su jefe me follara el culo con la ropa puesta, sintiendo cada centímetro de esa polla dura y caliente mientras la verdad me aplastaba el pecho.

Había sido tonta. Muy tonta.

Y lo peor de todo… es que mi cuerpo seguía respondiendo.

De pronto algo dentro de mí se rompió.

La vergüenza, la culpa, el pánico y esa sensación asquerosa de estar siendo usada como arma contra Hugo se me subieron a la garganta de golpe. Ya no era solo morbo. Era demasiado. Demasiado sucio, demasiado expuesto, demasiado real.

Di un respingo y me levanté de un salto, tan brusco que la silla de Hugo se movió un poco al lado.

—Me voy al baño —solté en voz alta, con un tono cortante que sonó más alto de lo que pretendía.

No miré a José. No miré a Hugo. No miré a nadie.

Al levantarme tan de golpe, el vestido se me quedó un segundo levantado por detrás y su polla, dura, gruesa y completamente fuera del pantalón, quedó al aire un instante, apuntando hacia arriba, brillante por el roce.

No la tapé. No le di tiempo. Simplemente me aparté y empecé a caminar hacia la puerta del reservado sin girar la cabeza ni una sola vez.

Detrás de mí noté el silencio. Un silencio incómodo.

Y luego, de reojo, solo de reojo, capté el movimiento torpe de José.

Tardó un segundo de más. Vi de perfil cómo bajaba la mirada hacia su regazo con una mueca de fastidio puro, de alguien a quien le acaban de dejar a medias.

Sus manos se movieron rápido bajo la mesa, intentando meterse la polla dentro del pantalón y cerrar la cremallera antes de que alguien más se diera cuenta.

Le costó. Se le notó la prisa y la molestia.

Yo no me detuve.

Crucé la puerta del reservado sin mirar atrás ni una sola vez. El pasillo del restaurante me pareció más largo de lo normal. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Seguí recto hasta el baño de señoras, empujé la puerta y me metí dentro, cerrándola de un golpe.

Solo cuando el cerrojo hizo click me apoyé contra la pared y solté el aire que llevaba aguantando desde que me levanté.

Apoyé la espalda contra los azulejos fríos del baño, respirando a bocanadas cortas y desesperadas. El pecho me subía y me bajaba descontrolado, intentando asimilar el torbellino que acababa de estallar en el reservado.

Llevé la mano hacia atrás instintivamente, acariciando la tela de mi vestido justo en la zona del culo donde la dureza de José me había estado embistiendo hace solo unos segundos. Al rozar la tela con la yema de los dedos, sentí un parche de humedad viscosa, tibia.

Presemen.

Me miré los dedos temblorosos en la luz fría del fluorescente, manchados por esa marca líquida que había traspasado el canalé. Un escalofrío asqueroso de realidad me recorrió la nuca, como si de repente me tiraran un jarro de agua helada sobre la cabeza.

¿Pero qué cojones estoy haciendo?, me dije en un susurro, clavándome las uñas en las palmas de las manos. Se me ha ido la cabeza por completo. Se me ha ido de las manos.

Me miré al espejo del lavabo: las mejillas encendidas, los ojos desorbitados, el pelo revuelto.

Me di cuenta de la dimensión exacta de la locura en la que me había metido.

Había dejado que el encargado de la fábrica me restregara la polla fuera del pantalón en la cara de mi novio, permitiendo que nos humillara a los, convirtiéndome en su juguete.

Un asco profundo por mí misma me revolvió el estómago.

Sentí unas ganas brutales de llorar, de rascarme la piel hasta quitarme el olor de José, el rastro de su colonia pegajosa y la culpa que me ahogaba el pecho.

Me acerqué al lavabo con las manos temblorosas, abrí el grifo del agua fría a tope y empecé a frotarme los dedos con jabón de forma compulsiva, intentando borrar esa mancha invisible que sentía grabada a fuego.

De repente, por encima del sonido del agua corriendo, dos golpes secos y firmes retumbaron contra la madera de la puerta del baño.

Toc, toc.

Me quedé petrificada con los dedos llenos de espuma. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un impacto físico en la garganta. Se me cortó la respiración.

—Inma... —sonó una voz apagada, rota y temblorosa al otro lado de la puerta—. Abre, por favor. Soy Hugo.