EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Bajo su mirada #2
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Bajo su mirada #2

José soltó una carcajada baja. Con la mano derecha me sujetó con más fuerza de la cadera, hundiéndome los dedos para no dejarme escapar, mientras mantenía su ritmo bajo la mesa, presionando con más cadencia.

—Claro que sí, Inma —me susurró José, girando la cara hacia mí para que Hugo solo pudiera ver su perfil—. A mí me gusta que mi gente esté cómoda, bien atendida... y sobre todo, que sientan el contacto directo de la empresa. ¿A que sí, enana?

Hugo nos miró a los dos, apretando los dientes.

—Parece que estáis muy cómodos los dos, sí —espetó Hugo, intentando sonar cortante, pero dejando ver el destrozo que llevaba por dentro.

—A ver, Hugo, que no es para tanto —intervino Álex Sellés desde el extremo, soltando una risotada—. Déjala que se divierta un poco, hombre. Que en la fábrica estáis siempre amargados y hoy hemos venido a disfrutar.

—Sí, claro... —mulló Hugo con un hilo de voz, fijando la mirada en la mesa, apurando la cerveza a tragos cortos y desesperados—. Una cosa es divertirse y otra muy distinta es …

—¿Esto qué es, a ver? —saltó José al instante, con un tono chulo, condescendiente—. ¿Vas a ponernos un parte por sentarnos juntos en un privado? No me seas rancio, muchacho, que pareces un viejo antes de tiempo.

Mientras José terminaba de soltarle la pulla, su mano derecha abandonó mi cintura. Deslizó la palma despacio, bajando por mi cuerpo hasta llegar a mi glúteo derecho. Y de golpe, sin el menor atisbo de disimulo, me clavó los dedos con una fuerza descomunal.

Me agarró el culo con un descaro salvaje, amoldando su mano grande a mi carne, apretándome tanto que sentí el moratón formándose en directo.

El corazón me dio un vuelco. Un calambre de electricidad y pánico me recorrió la espina dorsal.

No podía gritar, no podía pegarle un tirón, no podía montar un escándalo.

Estaba completamente vendida frente a mis compañeros de trabajo y lo que era mil veces peor, enfrente de mi propio novio.

Si abría la boca o me apartaba bruscamente, la bomba estallaba allí mismo.

Tenía que tragarme el orgullo, tragarme el grito que se me había quedado atascado en la garganta y reaccionar con astucia.

Para conseguir que aflojara la presión de ese agarre posesivo y doloroso, cedí. Deslicé la cadera hacia atrás y dejé caer todo el peso de mi culo directamente sobre su regazo, encajándome de lleno sobre su paquete.

Al hacerlo, el impacto fue directo. Su polla, que antes estaba flácida, había despertado por completo bajo la mesa.

Sentí el bulto ya duro, rígido y ardiente presionando directamente contra la tela fina de mi vestido, incrustándose en la comisura de mis nalgas.

Un fogonazo de calor violento me invadió el vientre, la mezcla del peligro, el alcohol y sentir esa dureza escondida a la vista de todos me puso la piel de gallina.

José aflojó un poco los dedos, pero no quitó la mano de mi culo. Soltó una sonrisa lenta, maliciosa y cargada de victoria, inclinando la cabeza hacia mi oreja mientras Hugo se servía otra caña.

—Eres un hijo de puta... —le susurré entre dientes, rozándole la mejilla con los labios para que pareciera un gesto cariñoso a ojos de los demás.

—Y a mí me chifla tu puto culo, enana... —me devoró con un susurro ronco, áspero, que me quemó el oído—. Te sienta de locos este vestido.

De pronto, un sudor frío me recorrió la nuca.

Al desplazar la mirada disimuladamente, me pareció notar un movimiento brusco en la postura de Hugo.

Había dejado la jarra de cristal encima de la mesa con un golpe demasiado seco.

Su mirada estaba fija en el lateral de mi cadera, justo en el punto donde la mano de José seguía enterrada en mi glúteo.

Un pánico sordo me atenazó. Creo que lo ha visto. Estoy casi segura de que ha pillado el agarre, de que ha visto la presión de los dedos de José sobre mi vestido y lo peor de todo, ha visto que yo no me he apartado, que no he dicho absolutamente nada y que he dejado que pasara.

No me atreví a sostenerle la mirada. El estómago se me hizo un nudo de culpabilidad y cobardía, era incapaz de mirarle a los ojos y ver la confirmación de que me había descubierto.

Buscando una vía de escape desesperada, me giré hacia mi izquierda, alzando la voz con una falsa naturalidad que me salió ridículamente aguda por los nervios:

—¡Mimi! ¡Oye, Mimi! —la llamé, ignorando por completo la cara desencajada de Hugo—. Tengo que pedirte luego el tono de pintalabios que llevas, tía. Que te lo he visto antes en el baño y te queda espectacular, ¿es el de Kiko o el de Sephora?

Mimi me miró a través de la neblina de humo, un poco descolocada por el cambio tan drástico de conversación, pero le dio una calada al cigarro y me contestó con una sonrisa:

—El de Sephora, tía... el fijo, que este no se borra ni aunque le des mucho trabajo a la boca esta tarde.

En la mesa varios soltaron una carcajada cómplice. Por debajo, la mano de José volvió a darme un apretón firme sobre la carne de mi culo, remarcando la polla dura que me empujaba desde abajo, mientras mi novio se hundía en el silencio más pesado y desgarrador de toda la comida.

No me dio tiempo a reaccionar.

José movió la cadera con una lentitud deliberada, casi perezosa y sentí cómo su polla, ya completamente dura y gruesa, se colocaba justo en la comisura de mis nalgas.

El tejido fino del vestido no era ninguna barrera.

La punta se hundió un poco entre ellas, empujando la tela hacia dentro y entonces empezó a moverse.

Lento al principio. Un roce largo, de arriba abajo, arrastrando toda la longitud de su polla contra mi culo. El calor era brutal. Sentía cada centímetro, cada vena, la dureza absoluta que me separaba de él solo por dos capas de tela.

—El de Sephora, tía… —repetí como un loro, intentando mantener la conversación con Mimi mientras por debajo me estaban follando con ropa—. Ese tono me gusta mucho… ¿lo tienes en casa o lo has comprado hace poco?

José aceleró un poco. Ahora el movimiento era más corto, más seco, más profundo.

Empujaba hacia arriba con la cadera y yo sentía cómo la cabeza de su polla se clavaba entre mis nalgas, abriéndome un poco la grieta a través del vestido.

Cada vez que entraba, el roce me llegaba directo al coño.

Estaba empapada. El tanga se me había pegado a la piel y cada embestida hacía que la tela húmeda se frotara contra el clítoris.

Mimi seguía hablando, riéndose de algo, pero yo apenas la oía. El sonido que dominaba mi cabeza era el roce suave y rítmico de la polla de José contra mi culo. Y el silencio mortal de Hugo a mi derecha.

José me sujetó más fuerte de la cadera con la mano izquierda y con la derecha me apretó el glúteo, abriéndome un poco más para que su polla se hundiera mejor entre mis nalgas.

Empezó a follarme de verdad. Corto, preciso, duro.

Cada embestida hacía que mi cuerpo se moviera ligeramente hacia delante y yo tenía que compensar para que no se notara.

—Sí… me lo tengo que comprar… —conseguí articular, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Es que se ve muy intenso en ti…

José no paraba. Ahora el ritmo era constante, casi mecánico. Su polla subía y bajaba entre mis nalgas, rozándome el ano a través de la ropa, empujando, presionando, follándome sin penetrarme.

Sentía cómo se le endurecía todavía más con cada movimiento. El calor de su polla me quemaba la piel.

Me mordí el interior de la mejilla para no gemir.

El morbo era tan denso que me costaba respirar.

Mi novio estaba a menos de medio metro, con la mirada baja, apurando la cerveza y el encargado de la fábrica me estaba follando el culo con ropa delante de todos.

Cada embestida me recordaba que estaba completamente vendida: si me movía de más, si soltaba un sonido, si Hugo levantaba la vista en el momento equivocado… todo saltaba por los aires.

José inclinó un poco más la cadera y cambió el ángulo. Ahora la polla se deslizaba justo por el centro, empujando la tela del vestido y del tanga contra mi coño. Sentí el roce directo sobre el clítoris. Un calambre morboso me recorrió por la espalda.

—Joder… —susurré sin querer, tan bajo que solo él pudo oírme.

Él respondió con otro empujón más profundo, más lento, dejándome sentir toda la longitud. Su aliento me rozó la oreja:

—Cállate y aguanta… que te estoy follando delante de tu novio y te está encantando.

Me quedé congelada.

Las palabras me golpearon tan fuerte que por un segundo dejé de sentir incluso el roce de su polla entre mis nalgas. Giré la cabeza despacio hacia él, con los ojos muy abiertos, la cara completamente sorprendida. ¿Cómo cojones lo sabía?

José me sostuvo la mirada. Y entonces sonrió. Una sonrisa lenta, maliciosa, de pura victoria. Se inclinó todavía más, hasta que sus labios rozaron mi oreja y me susurró con esa voz ronca y baja que solo yo podía oír:

—En Instagram tienes una foto con él… y pones «el amor de mi vida».

Se me heló la sangre.

Me quedé blanca. Absolutamente blanca. El estómago se me cerró de golpe y sentí un mareo repentino, una mezcla de vergüenza, pánico y estupidez que me dejó sin aire.

¿Cómo había sido tan idiota? ¿Cómo se me había ocurrido subir esa foto, ponerle esa puta frase y dejarla pública?

Claro. Por eso. Por eso había estado jodiéndolo desde el primer segundo.

Por eso lo había dejado tirado en el parking.

Por eso le había mentido con lo del Cojo.

Por eso me estaba frotando la polla en el culo delante de sus narices.

No era casualidad. No era solo morbo. Era una puta venganza calculada. Sabía exactamente quién era Hugo. Y estaba disfrutando cada segundo de destrozarlo.

Mientras esa idea me atravesaba el pecho como un cuchillo, José no se detuvo ni un instante.