EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Bajo su mirada
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Bajo su mirada

Inma

Detrás de él apareció corriendo el camarero de antes, sofocado y agitado, haciendo aspavientos con los brazos.

—¡Oiga, eh! ¡Que no puede entrar así a las salas privadas! ¡Señor, salga de ahí que este reservado está ocupado! —gritó el camarero tratando de agarrarle del brazo.

Hugo ni se inmutó. Tenía los ojos clavados exclusivamente en mí, fijos, inyectados en sangre por el impacto. Parecía un fantasma plantado en mitad del marco de la puerta, masticando la humillación en directo mientras la música del comedor sonaba lejana a sus espaldas.

José no solo no se inmuto, sino que afianzó el agarre de su mano sobre mi espalda desnuda, pegándome un milímetro más a su cuerpo con una parsimonia irritante. Miró hacia la puerta con una sonrisa chula y condescendiente.

—Tranquilo, hombre, no pasa nada —le dijo José al camarero con tono calmado—. Es de los nuestros. Se ha despistado un poco buscando el local, pero ya ha llegado. Trae una silla de fuera, anda, que para él sí que no nos quedan.

La pulla flotó en el aire, pesada y envenenada. Fue un dardo directo al pecho de Hugo, recordándole delante de todo el grupo quién mandaba allí y quién había organizado el juego desde el principio.

Hugo permanecía mudo, incapaz de articular palabra, mirando alternativamente la mano de José incrustada en mi piel.

Sentí un fogonazo de culpa mezclado con una sobrecarga brutal de adrenalina.

En lugar de apartarme o ponerme nerviosa, el tinto y la hierba me jugaron una mala pasada: le sostuve la mirada a mi novio y le dediqué una sonrisa lenta esperando que encajara el vacile como los demás.

Pero Hugo no me devolvió la sonrisa.

Ni siquiera pestañeó. La cara se le terminó de desmoronar por completo, pasando del shock a una mezcla de dolor profundo y rabia contenida que me heló la sangre en las venas.

La calidez del regazo de José y el morbo de la tarde se estrellaron de golpe contra esa mirada muerta que me estaba clavando desde la puerta.

El camarero regresó a los pocos segundos arrastrando una silla de madera bastante hecha polvo y la colocó justo al lado de de José y de mí.

Hugo caminó hacia nosotros como un autómata. Tenía los ojos fijos en la mano de José, que seguía posada sobre mi espalda, firme y dominante, sin la menor intención de quitarla. Se sentó despacio, rígido como una piedra, con el rostro desencajado por la humillación.

—Pero bueno, muchacho... —arrancó José, echándose hacia atrás en su asiento y mirándolo de arriba abajo con una sonrisa condescendiente—, ¿dónde cojones te habías metido? Nos ha dado tiempo a comernos el postre antes de que encontraras la puerta. Te hacía yo con más orientación, fiera.

Hugo tragó saliva, apretando la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaban los músculos del cuello.

—Me dijisteis en la nave que íbamos al Cojo... —contestó Hugo con la voz tensa, quebrada por la rabia—. Llevo más de tres horas buscando como un gilipollas, pateándome todos los restaurantes de la zona.

Antes de que pudiera terminar, Valentín soltó una carcajada ruidosa y ahogada, chocando su jarra contra la mesa.

—¡Qué dices, hombre! —saltó Valentín mirándole con burla—. ¡Si desde primera hora de la mañana estábamos diciendo todos que veníamos a Casa Pérez! Te habrás enterado tú solo de lo del Cojo, campeón.

Escuchar a Valentín rematar la jugada me dio un golpe de risa floja que no fui capaz de contener.

Me tapé la boca con los dedos y solté una risita tonta.

Hugo me miró directamente a los ojos al oírme reír.

Ver cómo me sumaba al vacile colectivamente le dolió mil veces más que la mentira en sí, se le notó en la forma en que cerró los ojos un segundo, tragándose la rabia.

—Claro, si es que estás en la parra siempre, Hugo —prosiguió José, clavándole la estocada con una calma escalofriante y sobándome la espalda para que él lo viera bien—. Pues si ves que te has perdido o que no encuentras el sitio, coño, haber llamado por teléfono. Que pareces nuevo.

—He mandado mensajes y te he llamado a todos —espetó Hugo, encarando a José—. Y ninguno me habéis cogido el puto teléfono.

—A mí no me levantes la voz, muchacho —le frenó José al instante, cambiando el tono a uno mucho más frío y autoritario, recordando quién mandaba allí dentro—.

Primero, que aquí dentro no hay ni una raya de cobertura, como puedes comprobar si sacas tu móvil.

Y segundo, que aquí la gente ha venido a divertirse y a estar por lo que hay que estar, no a actuar de servicio de teleasistencia para nadie.

José hizo una pausa dramática, inclinado hacia él y luego volvió a soltar esa sonrisa socarrona mientras apretaba sus dedos contra mi cintura.

—Mira a Inma, sin ir más lejos. Inma no ha tenido ningún problema para encontrar la mesa, ni para adaptarse al ambiente, ni para buscarse un buen sitio donde sentarse. Así que tómate una cerveza, relájate un poco y deja de poner cara de velatorio, que estás cortando todo el rollo a la mesa.

En cuanto terminó de soltarle la última provocación, José volvió a levantar el muslo derecho con un movimiento seco e intencionado.

Buscaba deslizarme de nuevo para que mi culo cayera de lleno sobre su paquete, pero esta vez mirando fijamente a Hugo a los ojos, sosteniéndole la mirada con una sonrisa de absoluta superioridad.

Noté el empujón y me aferré con fuerza a su hombro para no resbalar. Tense los músculos para no caer sobre su ingle delante de mi novio, manteniéndome rígida sobre su rodilla.

Hugo, ignorando por un segundo el movimiento pero con la cara desencajada, agarró la jarra de cerveza y empezó a servirse una caña con la mano temblorosa. La espuma se le derramó un poco por la mesa.

—¿Se puede saber por qué cojones están las chicas sentadas en vuestros regazos? —preguntó Hugo buscando la mirada de Rodrigo, tratando de mantener un mínimo de control en la voz.

Antes de que Rodrigo pudiera abrir la boca, intervine yo.

—Los juegos de los chicos, Hugo... ya sabes —solté con una risita tonta, encogiéndome de hombros—. No se les ha ocurrido otra cosa que el camarero se llevara las sillas y nos ha tocado elegir rodilla. No pasa nada.

Mientras le respondía a Hugo, sentí el aliento caliente de José pegado a mi oreja, hablándome en un susurro tan bajo y grave que solo me llegó a mí:

—Déjate caer, enana... —me murmuró con malicia.

—Ni lo sueñes... —le devuelví el susurro entre dientes, inclinando apenas la cabeza y sosteniéndole el pulso.

—Tú lo has querido... —susurró él con una frialdad que me erizó el vello de los brazos.

De repente, por debajo del bullicio de la mesa y el ruido del cristal de las jarras, escuché un sonido seco, inconfundible y metálico.

Zzzz...

El recorrido del cierre de su cremallera bajando.

El sonido me atravesó de la cabeza a los pies. Pensé que me estaba volviendo loca. ¿De verdad se va a sacar la polla delante de mi novio?, me dije en pánico, con el corazón martilleándome las costillas a mil por hora.

No me atreví a mirarle el pantalón, pero por el rabillo del ojo vi perfectamente cómo metía la mano por dentro de la bragueta abierta. Con una desfachatez y una impunidad brutales, se la sacó allí mismo, debajo del borde de la mesa, a escasos centímetros de donde Hugo apuraba su trago de cerveza.

En ese mismo instante, José volvió a alzar la pierna con fuerza.

Esta vez no me resistí del todo. Entendí la jugada en un segundo y la adrenalina se me disparó: me dejé bajar un poco, amoldando mi cuerpo para hacer de escudo humano, cubriendo la escena para que ni Hugo ni nadie desde la mesa pudiera ver lo que estaba pasando ahí abajo.

Al deslizarme y ajustar mi postura sobre su regazo, sentí el contacto directo.

Su polla, todavía flácida, quedó pegada directamente contra a mi espalda desnuda, rozándome a la altura de las lumbares. El choque térmico y la piel tan cerca me provocaron un escalofrío salvaje.

La situación era de una perversión absoluta: mi novio sentado a menos de medio metro, tragándose la humillación sin enterarse del secreto más sucio de la mesa, mientras el encargado, mi jefe, me rozaba con su pene al aire por la espalda.

Sentí cómo un fogonazo de calor violento, una ola de morbo descontrolado, me bajaba directo al vientre, dejándome completamente húmeda y sin aliento.

El calor en el reservado era sofocante, pero lo que estaba pasando bajo la mesa me tenía el pulso disparado a mil por hora. Sentir el roce continuo y tibio de su polla.

José se reclinó un poco más hacia delante, apoyando el codo en la mesa y acercando el torso al mío.

Al cambiar de postura, aprovechó para hacer un movimiento de cadera lento, pesado y firme, restregando su polla de nuevo contra la curva baja de mi espalda.

Tuve que morderme el labio inferior para no soltar un jadeo en alto.

—Pero bueno, Hugo... —dijo José con una tranquilidad pasmosa, la voz grave y perfectamente serena mientras abajo no paraba de rozarse—, no me has dicho qué tal la semana. Os veo un poco ahogados con la producción, ¿no?

Hugo apretó la jarra de cerveza con fuerza, sin mirar a José a los ojos, clavando la mirada en mi hombro desnudo.

—Vamos tirando —contestó Hugo con la voz tensa, seca—. Si no fuera por los cambios de formato que hacéis a última hora, la cosa iría más rodada. Pero claro, aquí parece que las órdenes cambian según sople el aire.

—Es lo que tiene llevar el mando, chaval —intervino Valentín desde el otro lado, dándole un trago a su copa y soltando una risotada rancia—. Hay que saber adaptarse. Mírale a José, respondiendo por todos y encima sacando tiempo para cuidar de las chicas del turno.

—Eso seguro —solté yo con un hilo de voz, tratando de sonar natural mientras sentía un nuevo empujón sutil de José por detrás, un roce directo que me hizo contener el aliento—. José siempre está... muy pendiente de que no nos falte de nada.