EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El reservado #4
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El reservado #4

—Cosas del servicio, chicas... Ha venido el camarero mientras estabais fuera y se las ha llevado porque las necesitaban en otro comedor. Así que hemos decidido jugar a un juego: como no hay más sillas, vais a tener que sentaros en los muslos de alguno de nosotros si queréis seguir en la fiesta.

Las tres nos miramos. Cuchicheamos un par de segundos en la entrada, entre risitas nerviosas y miradas de complicidad.

¿Qué había de malo? Estábamos entre compañeros, el alcohol corría a mares, la hierba nos tenía la cabeza ligera y el ambiente era pura diversión.

Aceptamos la regla del juego con una sonrisa descarada.

La primera en mover ficha fue Mimi. Sin pensárselo dos veces, avanzó con paso firme y fue directa a por Rodrigo.

Me sorprendió bastante su elección, pero cuando se acomodó sobre su rodilla izquierda, Rodrigo puso una sonrisa de oreja a oreja, absolutamente feliz de sentir el peso del culo de Mimi aplastando su pantalón.

Luego fue el turno de Raquel. Caminó hacia el otro lado de la mesa y se sentó con total naturalidad sobre la pierna de Álex Sellés, que la agarró por la cintura con ganas nada más sentirla encima.

Quedaba yo. Di un paso al frente con la intención de buscar acomodo rápido, pero de repente noté algo rarísimo en la mesa. Parecía que todos me huían.

Eché el cuerpo hacia delante para sentarme en la pierna de Juanma, pero el tío echó el cuerpo para atrás de golpe, levantando las manos.

—Uy, no, Inma... no veas cómo me duele la rodilla hoy del esfuerzo en la nave, no te aguanto el peso —me soltó con una excusa floja y una risita incómoda.

Me extrañó, pero no le di importancia. Me giré hacia Valentín y fui a apoyarme en su pierna.

—Uf, Inma, mejor no, que me da un tirón en la espalda seguro —se justificó Valentín sin mirarme a los ojos, apartando el muslo hacia un lado.

En ese milisegundo se me encendió la bombilla y lo entendí todo perfectamente.

No era una casualidad ni un dolor de rodilla repentino, era una auténtica encerrona organizada entre todos.

Habían apartado las sillas y pactado las negativas para que no me quedara más remedio que ir a un sitio específico.

La única pierna libre en toda la mesa era la de José.

Me giré despacio hacia la cabecera. José me estaba esperando con el cuerpo echado hacia atrás, las piernas abiertas y una sonrisa malvada, dominadora y llena de victoria dibujada en la cara. Sabía que me tenía acorralada en su terreno.

No me quedó más remedio que aceptar el envite. Le sostuve la mirada a José, tratando de mantener la compostura y demostrando que no me intimidaba en absoluto su jueguecito.

Avancé despacio hacia la cabecera de la mesa. Todos en la habitación se habían quedado en un silencio expectante, disfrutando de la jugada que me acababan de meter. Me coloqué frente a él y sin dudarlo, me dejé caer sobre su pierna derecha.

Al acomodarme sobre su muslo, noté la firmeza de su pierna y la calidez del vaquero bajo la falda. El corazón me dio un vuelco salvaje por la pura adrenalina del momento.

José no tardó ni un segundo en reaccionar. Deslizó su mano derecha alrededor de mi cintura, apretando los dedos con firmeza contra mi piel al descubierto para fijarme bien sobre su regazo, mientras su otra mano se apoyaba con desfachatez en la parte alta de mi muslo.

Giré la cabeza hacia él, quedándome a escasos centímetros de su rostro. Le miré fijamente a los ojos, con una sonrisa desafiante y entornando las pestañas con descaro.

—Vaya, vaya... Menuda obra de teatro tenéis montada entre todos, ¿no, jefecito? —le dije en un susurro pícaro pero firme, para que solo él me oyera—. Así que dolores de rodilla colectivos... Se nota que lo tenías todo muy bien estudiado.

José soltó una risita baja y ronca, una vibración pesada que sentí directamente pegada a mi cadera. Inclinó la cabeza hacia mí, rozándome la mejilla con los labios al hablar, sin soltar un milímetro de agarre.

—A mí me gusta que las cosas salgan bien, enana...

—me susurró al oído con un tono ronco, profundo, cargado de un morbo que me hizo contener el aliento—.

Y aquí la única pierna donde tenías que estar sentada esta tarde es en la mía.

Ahora dime la verdad... ¿a que se está mucho mejor aquí que en una silla de madera?

Le sostuve la mirada sin pestañear, sintiendo cómo el calor del vino y su mano presionando mi piel desnuda me anulaban cualquier rastro de sentido común.

—No te lo creas tanto, José... —le respondí rozando casi sus labios con los míos, dejando escapar una risita contenida—. A ver si el que no va a aguantar mi peso ni el ritmo de la tarde vas a ser tú.

Siguió apretándome contra. Pero de pronto, sin avisar, José hizo un movimiento seco con el cuerpo, levantó ligeramente la pierna derecha e inclinó el muslo hacia atrás.

Con ese único movimiento, el tejido fino de mi vestido resbaló sin freno por la tela de su pantalón. Caí hacia abajo y mi culo acabó encajado de golpe, con toda la precisión y el peso de mi cuerpo, directamente sobre su paquete.

El impacto y la pérdida de equilibrio me pillaron completamente desprevenida.

Solté un pequeño ahogo de sorpresa y instintivamente busqué dónde agarrarme para no irme al suelo.

Mis manos fueron a parar directas a su vientre.

Al apoyar las palmas sobre su camisa, la tela fina no pudo ocultar la realidad: debajo había un muro de abdominales duras y perfectamente definidas.

Se me cortó la respiración. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo y sin poder remediarlo, pasé los dedos por la firmeza de su vientre, deleitándome un segundo en ese tacto tan marcado.

José soltó un bufido grave, una mezcla de sorpresa y satisfacción absoluta al sentir la presión de mi cuerpo contra su ingle y mis manos en su vientre. No me soltó. Al contrario, me apretó todavía más fuerte por la espalda desnuda, pegándome a su pecho.

Se inclinó sobre mi cuello, rozándome la piel con la boca, y me susurró al oído con una voz tan ronca y pesada que me puso los pelos de punta:

—¿Te gustan, enana?

Sentí un fogonazo de calor. Me giré despacio para mirarlo a la cara, borracha de morbo y de esa sensación de estar cruzando todas las líneas rojas posibles. Le sostuve la mirada con una sonrisa juguetona y le solté, acariciándole el abdomen con la yema de los dedos:

—Bueno... tengo que reconocer que para ser un señor casado y con hijos, te conservas demasiado bien, jefecito. No me esperaba esta dureza.

José soltó una carcajada baja y socarrona, disfrutando del piropo como un niño pequeño con un juguete nuevo.

Con un movimiento coordinado, me impulsé de nuevo hacia arriba apoyando mi peso sobre su muslo para volver a acomodarme sobre su rodilla, alejando el culo de su paquete pero dejando flotando en el aire una tensión sexual tan salvaje que ya era completamente imposible de apagar.

No pasaron ni dos minutos cuando sentí que volvía a tensar el muslo. Intentó repetir exactamente la misma jugada, inclinando la pierna con brusquedad para que mi culo resbalara de nuevo y terminara encajado sobre su paquete.

Pero esta vez me lo veía venir.

En cuanto noté el primer latigazo de su muslo, reaccioné rápido: apoyé la mano con firmeza en su hombro, tensé la cadera y mantuve el equilibrio sobre su rodilla sin ceder un solo centímetro.

Me quedé justo ahí, arriba, dominando la postura y dejando claro que no me iba a dejar llevar tan fácilmente.

Me giré despacio hacia él, inclinándome hasta que mi boca quedó pegada a la concha de su oreja. Sentí cómo él contenía la respiración, esperando a ver cuál iba a ser mi reacción.

—Ni se te ocurra volver a hacerme eso, jefecito... —le susurré con una voz grave, pausada y cargada de un morbo que era pura gasolina—. A ver si te vas a pensar que soy tan fácil de caer... o a ver si el que se va a descontrolar antes de tiempo vas a ser tú.

Le rocé el cuello con los labios al retirar la cabeza y le clave la mirada, manteniéndole el pulso visual.

José no dijo ni una sola palabra. Se limitó a mirarme fijamente con los ojos entrecerrados y una sonrisa lenta, chula y maliciosa dibujándose en los labios, apretando un poco más la mano en mi espalda desnuda como aceptando el desafío.

En el preciso instante en que la tensión entre José y yo amenazaba con hacerlo estallar todo por los aires, la puerta de madera del reservado se abrió de par en par, chocando contra la pared con un golpe seco que retumbó en la sala.

Un golpe de aire frío cortó el ambiente espeso de tabaco, vino y hierba.

Alcé la cabeza y me quedé petrificada.

En el umbral estaba Hugo. Venía despeinado, sudando y con la respiración entrecortada, como si hubiera estado pateándose el polígono entero buscando el maldito restaurante. Pero todo ese cansancio desapareció de su cara en el mismo segundo en que sus ojos cruzaron la habitación.

Se quedó paralizado en el marco de la puerta, con los ojos completamente desencajados y desencadenando un silencio sepulcral en toda la mesa.

Su mirada pasó, en cuestión de milisegundos, del coche aparcado en su cabeza a la escena real, yo sentada en el regazo de José, con mi vestido subido por el muslo, la mano del encargado ciñéndome la espalda desnuda y nuestras caras a escasos centímetros de distancia.

Hugo me miró como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo, como si la imagen delante de sus ojos fuera una pesadilla irreal.

La boca se le quedó entreabierta, la tez se le volvió pálida de golpe y vi cómo se le rompía algo por dentro en directo.

La desconexión absoluta que yo había sentido hacia él durante toda la tarde se convirtió en un nudo helado en la garganta.