El reservado #3
El morbo en la habitación se podía cortar con un cuchillo. La mezcla de la hierba con el vino nos tenía a todos en una especie de trance caliente, sin barreras, donde las miradas ya no disimulaban nada y la noción del tiempo y de lo que estaba bien o mal se había evaporado por completo.
José se inclinó hacia mí despacio. Sentí el peso de su cuerpo acercándose, el olor a su perfume mezclado con el humo dulce del porro y el vino. Apoyó la mano con firmeza en la parte alta de mi muslo y acercó la boca a mi oreja hasta que sus labios me rozaron suavemente el lóbulo.
—Por cierto, enana... —me susurró con una voz terriblemente rancia, ronca y cargada de un morbo que me erizó hasta el último pelo del cuerpo—. ¿Se puede saber por qué cojones no llevas sujetador hoy?
Sentí cómo su aliento caliente me bajaba por el cuello hasta la espalda descubierta. Su mano en mi pierna subió apenas un par de centímetros, lo justo para marcar territorio mientras esperaba mi respuesta.
Me giré despacio a mirarle, rozando casi su nariz con la mía, borracha de la adrenalina y de la situación. Le dediqué una sonrisa lenta, descarada, entornando los ojos bajo el efecto de la hierba.
—Me gusta ir suelta, José... —le respondí en un murmullo pícaro, casi sobre sus labios, dejando que se me escapara una risita floja y caliente—. ¿O es que te molesta que se me note todo?
José soltó una especie de gruñido sordo en la garganta, una mezcla de risa y deseo fuera de control.
Apretó los dedos contra mi muslo con más fuerza, clavándome la mirada directamente donde mis pezones endurecidos por el aire acondicionado y el morbo del momento destacaban con una desfachatez absoluta.
—No me molesta, enana —me contestó muy bajo, inclinándose un poco más hasta que su frente rozó la mía—. Lo que me pasa es que me estás poniendo a mil y sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Me reí suavemente, echando la cabeza un poco hacia atrás para sostenerle la mirada con una falsa inocencia que solo el vino y el humo podían haberme dado.
—¿Qué estoy haciendo de qué, José? —le dije haciéndome la tonta, abriendo mucho los ojos y soltando una risita tonta mientras me encogía de hombros—. Si yo no he hecho nada... Solo he venido a comer con los compañeros.
Deslicé mi mano despacio por su brazo, sintiendo la tela de su camisa y el pulso que le retumbaba en la muñeca, hasta llegar a su mano izquierda. Con la yema de mis dedos enganché la banda de oro que llevaba en el dedo anular, girando el anillo suavemente.
—Además, jefecito... acuerdate de que tienes este anillito de aquí —le murmure con tono socarrón, clavándole la mirada—. Una mujer encantadora esperándote en casa y dos niños preciosos que te adoran. Que te me desvías del camino muy rápido tú.
José ni parpadeó. Escuchar hablar de su familia, lejos de frenarle, pareció encenderle todavía más. Miró su propia mano, soltó una carcajada seca y sin el menor atisbo de culpa, entrelazó sus dedos firmemente con los míos, apartando mi mano del anillo para apretarla contra su rodilla.
—Paso de anillos y paso de cuentos hoy, Inma —me dijo con los ojos clavados en los míos, fijos, oscuros y brillantes por el alcohol—. A mí no me vengas con sermones que tú no has venido aquí a dar catequesis. Mírate cómo vas.
Se inclinó un poco más, bajando la vista sin disimulo desde mis ojos hasta la tira halter que me rodeaba el cuello.
—Estás increíble, enana. Brutal. Llevo toda la semana sin poder concentrarme en la oficina pensando en ti, pero es que hoy te has pasado el juego.
Eres un auténtico espectáculo de mujer, una tentación andante.
No hay un solo tío en esta mesa que no se esté imaginando ahora mismo cómo sería quitarte este vestido blanco... y el primero de la lista soy yo.
Le miré la mano entrelazada con la mía y luego fijé los ojos de nuevo en ese anillo de oro.
—Mucho hablar, pero sigues llevando el anillo puesto, José —le provoqué en un susurro pícaro, entornando los ojos—. Mucho vacile de que aquí mandas tú, pero te da miedo.
José me miró de lado, con esa sonrisa chula que se le ponía cuando le desafiaban. Sin quitarme los ojos de encima ni un solo segundo, soltó mi mano, se llevó la izquierda al anular y se deslizó el anillo de oro de un solo tirón.
Sacó la cartera del bolsillo interior de la chaqueta, abrió la cremallera del compartimento de las monedas y tiró la alianza dentro. Se oyó un metálico clinc seco al cerrarla y volvió a guardarse la cartera.
—Resuelto —me dijo con la voz ronca, inclinándose tanto hacia mí que su aliento me quemó la mejilla—. Anillo guardado. Esta tarde no hay mujer, no hay niños, no hay casa ni hay leches. Esta tarde soy libre y estoy aquí solo para ti. ¿Te vale así o quieres más pruebas?
Ese gesto me dio una sacudida de morbo brutal por todo el cuerpo.
Ver a un tío como él, el encargado, el tipo duro de la fábrica, quitándose la alianza delante de mí solo para demostrarme que estaba dispuesto a todo esa tarde, me encendió por completo.
Sentí un chispazo de calor bajándome directo al vientre que me dejó sin aliento.
A esas alturas de la tarde, Hugo se había evaporado por completo de mi cabeza. No existía. No había novio, no había culpa, no había llamadas perdidas ni arrepentimiento.
—Así me gusta más, jefecito... —le murmuré rozando mis labios casi con su mandíbula, dejando que mi mano bajara por su pecho—. Que se note quién tiene el control.
Estaba relajada, cuando sentí unos dedos tibios agarrándome fuerte de la muñeca.
Era Mimi, que se había levantado de la silla tambaleándose un poco sobre sus tacones. Me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa cómplice que lo decía todo.
—Venga, Inma... —me dijo tirando de mí hacia arriba—. Nos vamos al baño ahora mismo. Raquel, muévete, que nos acompañas.
Raquel no lo dudó un segundo. Se levantó de un salto ajustándose el vestido y las tres salimos del reservado dejando atrás la humareda, los gritos de la mesa y el ruido de las jarras al chocar.
Cruzamos el pasillo a trompicones, riéndonos sin saber muy bien de qué y nos encerramos en el baño de señoras. Mimi echó el cerrojo de la puerta principal.
Nos agolpamos frente al espejo. Mimi se apoyó en el lavabo mirándose los pechos en el top negro, Raquel se retocaba el pintalabios con los dedos temblorosos y yo me miraba la cara encendida, con las mejillas rojas por el vino y los ojos ligeramente achinados por el porro.
—Tías, de verdad... —empezó Raquel apoyando la espalda contra la pared del baño—, ¿alguien me explica qué cojones está pasando ahí dentro? Es que están desatados. ¡Parece que no han visto a una mujer en su vida!
—¿Desatados? ¡Si están para que los encierren!
—saltó Mimi soltando una risotada y recolocándose el escote frente al espejo—.
Oye, lo de Valentín ya rozaba el acoso con amor —nos dijo guiñándonos un ojo—.
El tío no paraba de abrazarme, de ponerme la mano en el muslo y de rozarse 'sin querer' cada vez que me pedía que le pasara la cerveza.
Tías, que está casado y con críos, pero teníais que verle la cara de hambriento...
—¡Bueno, y Juanma no se queda corto! —intervino Raquel riéndose a mandíbula batiente—.
Cada dos minutos pasándome el brazo por encima del hombro, rozándome la espalda con la excusa de que estábamos apretados.
Que se le salían los ojos de las órbitas, os lo juro.
Nos estamos aprovechando de que están todos ebrios y son unos babosos.
Nos reímos las tres a carcajadas, esa risa de complicidad femenina que sale cuando te sabes dueña y señora de la situación. Pero entonces Mimi se giró hacia mí, clavándome una mirada incisiva cargada de morbo.
—A ver, a ver... Mucho hablar de los demás, pero ¿y tú, Inma? —Mimi me dio un codazo pícaro—. Que estás sentada al lado del gran jefe. ¿Qué te estaba diciendo José tan pegadito al oído? Porque os he visto muy concentrados, ¿eh?
Me apoyé contra el lavabo, sintiendo una chispa de vanidad recorriéndome el pecho. Miré a las dos y bajando la voz como si estuviéramos guardando el mayor secreto del mundo, solté la bomba:
—Tías... me ha montado un show que no os lo creéis.
Le he sacado el tema del anillo de casado para picarle un poco...
¡y el tío ha cogido, se ha quitado la alianza en mi cara, la ha metido en la cremallera de la cartera y me ha dicho que esta tarde no tiene mujer ni hijos, que está libre solo para mí!
Raquel se llevó las manos a la boca dejando ir un grito sordo de pura estupefacción. Mimi abrió los ojos como platos y soltó una palabrota en voz alta.
—¡¿Qué me estás contando?! —flipó Raquel, agarrándome de los brazos—. ¡Madre mía, Inma! ¡Y eso que es el encargado, el tipo serio y estricto de la nave! ¡Si su mujer se entera le arranca la cabeza!
—¡Es un pervertido de cuidado! —exclamó Mimi muerta de la risa, chocando los cinco conmigo—. Tía, lo tienes completamente anulado. No sabe ni por dónde le da el aire. Se nota que lleva toda la semana pensando en meterte mano.
—Que no se note nada al volver, ¿vale? —les dije riéndome, mirándome al espejo por última vez y pasándome los dedos por el pelo—. Vamos a dejar que sigan creyéndose los reyes de la fiesta... mientras nosotras nos los toreemos como nos dé la gana.
Empujamos la puerta del reservado riéndonos todavía, pero nada más cruzar el umbral las risas se nos cortaron de golpe. Algo había cambiado en la sala.
Nuestras tres sillas habían desaparecido por completo.
En la mesa solo quedaban siete sillas ocupadas por los siete chicos, que nos esperaban en un silencio tenso, mirándonos con una cara de pillos y babosos que no disimulaban ni un poco.
Tenían la mirada cargada de un morbo sofocante, disfrutando del impacto que nos provocó ver la jugada.
—¿Y nuestras sillas? —preguntó Raquel, mirando a los lados descolocada.
Álex Navarro fue el que tomó la palabra, echándose hacia atrás en su asiento con una sonrisa de suficiencia.