EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El reservado #2
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El reservado #2

—¿Qué pasa? —pregunté intentando sonar natural.

José se apoyó en el respaldo de mi silla, inclinándose hacia mí con esa sonrisa socarrona y analítica que usa cuando cree que tiene el control de la situación.

—¿Se puede saber por qué preguntas tanto por Hugo? —me soltó en tono bajo, solo para los dos, clavando su mirada en mi escote y luego en mis ojos—. Es la tercera vez que sacas el tema desde que nos hemos subido al coche. Parece que te preocupa más él que disfrutar de la comida con el resto.

El corazón me dio un vuelco. Me puse nerviosa al instante, temiendo haber sido demasiado evidente y haber levantado sospechas innecesarias.

—¡Hombre, José, por favor! —disimulé poniendo los ojos en blanco y soltando una risita falsa—.

Simplemente me da pena el chaval, qué quieres que te diga.

Si iba con su coche justo detrás de nosotros, me parecía normal esperarlo un mínimo para que no se sintiera excluido.

Que parece que le hacéis el vacío a la mínima.

José se rio entre dientes, acercándose un poco más a mi lado hasta que su brazo rozó mi piel desnuda. Me miró fijamente a los ojos y me mintió con una tranquilidad escalofriante, sin pestañear:

—Que no te preocupe tanto el chaval, de verdad.

Hugo sabe perfectamente dónde es este sitio, se lo dejé bien claro antes de salir del parking.

Si no ha llegado todavía será porque habrá parado a echar gasolina o porque le gusta hacerse el interesante.

Tú relájate, tómate una copa y disfruta, que hoy la tarde es para pasarlo bien.

Lo miré fijamente, sabiendo en el fondo que me estaba toreando en mi cara, pero la seguridad con la que lo decía y el ambiente festivo de la sala terminaron por arrastrarme de nuevo al juego.

Las jarras de cerveza helada y las botellas de vino tinto no tardaron en inundar la mesa. El alcohol empezó a correr con prisa, como si todos tuviéramos prisa por quitarnos el polvo del turno de mañana y meternos de lleno en la niebla del fin de semana.

El ambiente en el reservado se volvió cálido, espeso, cargado de esa complicidad que surge cuando se mezclan la comida gratis, el vino en abundancia y la impunidad de estar encerrados a puerta cerrada.

—¡A ver, un brindis, cojones! —gritó Juanma levantando su copa de vino, ya con las mejillas puestas rojas—. ¡Por la plantilla del grupo D, que nos comemos el barro en la nave, pero aquí somos los reyes del mambo!

—¡Eso, y por las incorporaciones de este año! —añadió Valentín, alzando su jarra y chocándola con la de Mimi de una forma tan brusca que la espuma salpicó el mantel.

Valentín estaba desatado. Tenía la silla pegada a la de Mimi hasta el punto de que sus muslos se tocaban sin disimulo bajo la mesa.

Cada vez que Mimi se reía y echaba la cabeza hacia atrás, el escote de su top negro se abría un poco más y Valentín no perdía la oportunidad de inclinar la cabeza como un depredador para inspeccionar el panorama.

—Mimi, tú en la fábrica disimulas muy bien con el mono de trabajo, pero hoy nos vas a dar un disgusto a los maduritos del turno —le soltó Valentín al oído, lo suficientemente alto para que Pedro y Rodrigo se rieran.

—¿Un disgusto por qué, Valentín? —respondió Mimi, pasándose la lengua por el labio superior tras darle un trago a su copa de tinto—. ¿Te vas a poner nervioso tan pronto? A ver si el que no va a aguantar el ritmo vas a ser tú, que ya tienes una edad y en casa te esperan con el caldo hecho.

—A mí la edad me da la experiencia, chiquilla —vaciló Valentín rozando su rodilla contra la de ella bajo la mesa, sin apartar la vista de sus labios—. Y tú tienes pinta de necesitar a alguien que te enseñe cómo se hacen las cosas bien hechas.

—¡Vaya tela con el casado! —se burló Pedro dándole una palmadita en la espalda—. ¡Cómo viene el perro viejo cuando lo sacan a pasear!

Las risas estallaron en la mesa. El aire se iba tiñendo de un morbo pesado. Pedro y Álex Sellés le tiraban los trastos a Raquel, que se dejaba querer ajustándose el vestido azul veraniego, mientras Álex Navarro y Rodrigo competían a ver quién pedía el chupito más fuerte.

Pero el verdadero foco de tensión estaba en mi lado de la mesa.

José no había dejado de beber vino y con cada copa su actitud hacia mí se volvía más invasiva, más dominadora.

Apoyaba el brazo en el respaldo de mi silla, dejando que sus dedos rozaran mi espalda cada vez que se movía para hablar.

El contraste de su mano caliente contra la piel al descubierto me producía una mezcla de escalofrío y excitación prohibida que me costaba disimular.

—Estás hoy misteriosa, enana... —me murmuró José, acercando su copa a la mía con una sonrisita cargada de intención—. Te sienta demasiado bien el blanco. ¿Te lo has puesto para la comida o tenías pensado volver loco a alguien en particular?

—Me lo he puesto porque me salía de los huevos, José —le respondí, sosteniéndole la mirada mientras le daba un trago largo a mi vino, sintiendo cómo el alcohol me bajaba ardiente por la garganta—. ¿Pasa algo? ¿Te distrae demasiado?

José soltó una carcajada baja, una risa ronca que le nació en el pecho. Estiró la mano y, sin pedir permiso, pasó la yema del pulgar por la línea de mi hombro al descubierto, descendiendo lentamente por el lateral de mi cuello hasta rozar la tira halter de mi vestido.

—Me distrae todo de ti hoy —dijo con la voz más grave, inclinándose hacia mí hasta que su aliento a vino me rozó la mejilla—.

Desde que has entrado al parking sin sujetador y remarcando todo bajo la tela.

Te gusta provocar, ¿a que sí? Te gusta saber que todos los tíos de esta mesa están pensando en lo mismo mientras te miran.

Sentí una punzada de calor bajándome por el vientre. Miré alrededor: nadie parecía darse cuenta, o más bien nadie quería darse cuenta. Todos estaban ebrios, inmersos en sus propios coqueteos y vaciles. La sensación de impunidad dentro de ese reservado era absoluta.

—Tú hablas mucho, José —le desafié, esbozando una sonrisa pícara y echándome un poco hacia atrás en la silla, haciendo que la tela de canalé marfil se ciñera aún más a mi pecho—. Mucho barco para tan poco capitán me pareces tú a veces.

Los ojos de José se oscurecieron. La mirada socarrona dio paso a una expresión de puro deseo contenido. Apoyó su mano con firmeza sobre mi muslo, por encima de la falda, sintiendo la calidez de mi piel a través del tejido elástico.

—Ten cuidado con lo que provocas, Inma —me dijo, apretando ligeramente los dedos sobre mi pierna—. Que a mí no me tienta nadie en vano. Y menos en un reservado donde las puertas se cierran por dentro.

El ambiente en la habitación ya era bastante denso por el humo del tabaco y el vapor del alcohol, pero de repente un olor dulzón, denso y penetrante empezó a filtrarse en el aire.

Giré la cabeza disimuladamente hacia el fondo de la mesa.

Rodrigo sacaba un mechero mientras Valentín le daba una calada profunda a un porro recién liado.

El fuego iluminó por un segundo la cara de satisfacción de Valentín, que aguantó el humo en los pulmones antes de soltar un hilo blanco y espeso hacia el techo del reservado.

Los miré sin que se dieran cuenta y no pude evitar soltar una risita floja, negando con la cabeza. Me incliné hacia el oído de José, apoyando casi los labios en su oreja.

—Madre mía... —le dije en un susurro cargado de guasa—. Menuda panda de impresentables. ¿No se suponen que son las cuatro de la tarde y estamos en un restaurante público?

José soltó una carcajada ronca, divertida y volvió a pasarme la mano por la espalda, bajando un poco más hasta rozar la curva de mi cintura.

—Que le den al restaurante, enana —me murmuró al oído, rozándome el lóbulo con los labios—. Es solo un simple porro para entonar la tarde. Estamos en un reservado, aquí la ley la marco yo.

—¡A ver, que corra la alegría! —gritó Valentín con la voz ya rasgada por la mezcla de vino y hierba.

Le pasó el porro a Mimi. Ella lo cogió con delicadeza entre dos dedos bien manicurados, me miró de reojo con una sonrisita pícara y le dio dos caladas largas, profundas, entrecerrando los ojos mientras el pecho se le hinchaba dentro del top negro, remarcándole aún más el escote.

Soltó el humo despacio, dejando que una nube aromática se quedara flotando entre las dos.

—Toma, Inma... —me dijo Mimi, tendiéndomelo con la mano temblorosa por el punto que llevaba—. Prueba esto, que te va a quitar toda la tontería que traes hoy.

Dudé un segundo. Miré el porro encendido en el extremo del papel, miré a José que me observaba con los ojos entrecerrados y una sonrisa de pura expectación y me dejé llevar. Agarré el porro. Sentí el papel caliente entre mis dedos.

Me lo llevé a los labios, cerré los ojos y le di una primera calada suave, seguida de otra mucho más profunda.

El humo dulce me abrasó la garganta agradablemente, llenándome los pulmones de un calor repentino.

Al soltar el humo, sentí cómo una ola de relajación y mareo tonto me bajaba de golpe desde la cabeza hasta el vientre, aflojándome todos los músculos.

Los sentidos se me agudizaron en un segundo: la música sonaba más grave, las luces parecían más tenues y el contacto de la piel se sentía mil veces más intenso.

Le pasé el porro a José, rozándole los dedos con los míos al entregárselo.

José no me quitó la mirada de encima mientras se lo llevaba a la boca.

Le dio una calada lenta, dominante, saboreando el humo mientras su mano izquierda volvía a posarse en mi pierna, apretando la tela elástica de mi vestido con una firmeza que me hizo contener el aliento.

Soltó el humo despacio, casi sobre mi escote, relajándose en la silla con esa actitud de rey del mambo que me estaba nublando por completo el juicio.