EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El reservado
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El reservado

Inma

El Mercedes de José arrancó dejando una humareda en el parking.

Miré por el retrovisor lateral y vi a Hugo parado en mitad de la carretera, apretando las llaves con la cara completamente desencajada.

Le dediqué una última sonrisa vacilona desde el asiento del copiloto, mezclando la culpa con la adrenalina que me producía toda esta locura.

Saber que lo dejábamos ahí tirado me daba un pellizco en el estómago, pero la inercia del grupo me arrastraba y yo no iba a ser la que jodiera el ambiente.

Atrás, el ambiente venía caliente desde el segundo uno. Valentín y Pedro iban encajando a Mimi en el asiento central y la verdad es que la colocación no podía ser más estratégica. Mimi llevaba ese top negro tan ajustado que los pechos se le salían prácticamente por el escote.

—Madre mía... qué ganas tengo ya de llegar al restaurante e hincarle el diente a lo que sea —soltó Valentín de repente, sin cortarse un duro, bajando la vista directamente al escote de Mimi con una cara de hambriento que daba vergüenza ajena.

Mimi no era tonta. Se dio cuenta perfectamente de dónde tenía pegados los ojos Valentín, pero lejos de molestarse, se recolocó el top, cruzó las piernas apretándose más entre ellos dos y soltó una risita picante.

A ella le daba morbo saber que un tío casado, con su vida resuelta y con hijos, se estuviera deleitando con la mirada en sus tetas justo a su lado.

Se dejó querer, disfrutando de la atención.

—Tranquilo, Valentín, que la carne no se va a escapar —le soltó Mimi guiñándole un ojo, dejando que el vacile se quedara flotando en el aire.

En ese momento, José levantó la mano derecha del volante haciendo un gesto para que nos calláramos todos.

—Vale ya de cachondeo atrás, que voy a coordinar esto —dijo con esa chulería que le sale sola.

Tocó un botón en el volante y el coche emitió un pitido suave y futurista.

—¿Qué puedo hacer por ti hoy, José? —resonó la voz femenina y pulcra del sistema inteligente del Mercedes por los altavoces.

José sonrió de lado, mirándome de reojo como si estuviera dando un espectáculo para mí.

—Llama a Rodrigo.

Pasaron un par de tonos hasta que el manos libres conectó con el coche de adelante. La voz de Rodrigo retumbó clara por los altavoces del GLC.

—¿Qué pasa, José? ¿No me digas que ya te has perdido? —se escuchó a Rodrigo al otro lado, entre las risas de los que iban en su coche.

—Qué me voy a perder, fantasma —respondió José al volante, marcando paquete—. Escúchame bien, cambio de planes. El Cojo al final nada. Nos desviamos. He llamado hace diez minutos y nos han cerrado una mesa privada en el restaurante Casa Pérez.

—¿En el Pérez? —protestó Rodrigo.

—El dueño es compadre mío, no me jodas —soltó José con suficiencia—. Nos ha preparado un reservado al fondo solo para nosotros, con comida buena de verdad y sin aguantar a la peña del polígono.

De fondo, a través del altavoz, se escuchó la voz de Raquel interviniendo desde el asiento trasero del Seat León:

—Vale, ya lo tengo puesto en el mapa. Está metido en el callejón del polígono de al lado, ¿no? Nos desviamos en la siguiente rotonda.

—Eso es. Seguidme el morro y no os separéis. Colgad, que vamos para allá —cerró José, dando por zanjada la llamada con un toque en el pantalla.

Me quedé mirando a José mientras guardaba el teléfono. Todo estaba extrañamente calculado. Habían cambiado el sitio a última hora, dejando a Hugo fuera del mapa a propósito, y yo me estaba metiendo de lleno en el juego sin decir ni esta boca es mía.

—Oye, José... —le pregunté de golpe, apoyando el brazo en la consola central y mirándolo de reojo—, ¿y a Hugo no lo llamamos?

José ni pestañeó. Siguió mirando a la carretera con una calma fría, sujetando el volante con una sola mano y esbozando una sonrisita que no me gustó nada.

—Tranquila, enana, que está todo controlado —me soltó sin dudarlo un segundo—. Se lo he dicho yo justo antes de que se subiera a por las llaves al vestuario. Le he avisado de que al final íbamos a Casa Pérez porque en el Cojo no había sitio. Ya sabrá llegar él solo, que no es ningún crío.

Sabía perfectamente que era mentira. Lo había visto en su cara cuando bajó la ventanilla en el parking. Pero en lugar de presionarle o ponerle en evidencia delante de todos, me tragué la duda y me dejé llevar.

—Si es que Hugo es muy despistado para todo, Inma —saltó Pedro desde el asiento de atrás, estirando el cuello—. Seguro que se ha ido al Cojo directito a pedirse la primera caña mientras nosotros nos buscamos la vida.

—Pues peor para él, más chuletón toca a repartir entre los que estamos —se rió Valentín.

Mimi soltó un bufido divertido.

—Bueno, pero más vale que en este sitio tengan vino del bueno, ¿eh, jefe? Que yo con la cerveza no sigo el ritmo de la tarde.

—Tú tranquila, Mimi, que hoy comemos como reyes —presumió José, mirando por el retrovisor hacia la fila de atrás—. Aquí manda el que manda.

El Mercedes enfiló el callejón del polígono secundario.

Era una calle triste, gris y completamente desierta a esas horas.

Al fondo, a la izquierda, se divisaba el letrero de Casa Pérez.

Habiendo sitio de sobra en el aparcamiento frontal, José pasó de largo la entrada y dio un volantazo seco, metiendo el coche por un lateral estrecho.

Frenó el GLC en el rincón más oscuro del descampado, encajándolo marcha atrás justo detrás de una hilera de contenedores de basura gigantescos. El coche quedó completamente oculto desde la carretera.

El Seat León de Rodrigo llegó justo detrás. José bajó su ventanilla y le hizo señas con el brazo antes de que aparcara.

—¡Rodrigo! —le gritó saliendo del coche—. Mételo aquí al lado, pegado al mío, detrás de los cubos.

Rodrigo maniobró y colocó su coche en paralelo al Mercedes, pegado a la pared trasera del local. Nos bajamos los diez a la calle. El aire de mediodía quemaba y la pequeña comitiva se reunió en torno a José en aquel callejón apartado.

—Oye, José, pero ¿por qué los metes aquí al fondo? —preguntó Raquel mirando a su alrededor con extrañeza, ajustándose el vestido azul—. Parece que estamos escondiendo un cadáver, tío.

—Por seguridad, mujer —respondió José con tono socarrón, poniéndose las gafas de sol sobre la cabeza y cruzándose de brazos—.

En este polígono hay mucho listo y un montón de robos a estas horas de la tarde.

Tras los contenedores no se ven los coches desde la calle principal y así no llaman la atención de nadie.

Venga, vamos para dentro que la mesa nos está esperando.

El grupo empezó a caminar hacia la puerta trasera del restaurante entre risas y vaciles.

Yo me quedé un segundo atrás, mirando el espacio vacío entre los dos coches escondidos.

El remordimiento por Hugo me dio un pinchazo seco en el pecho, pero la mano de José se posó suavemente en la parte baja de mi espalda desnuda para guiarme hacia la entrada y el contacto me hizo olvidar todo lo demás.

El camarero nos guió por un pasillo estrecho al fondo del local y abrió una puerta de madera maciza con un pequeño cartel dorado que ponía RESERVADO.

El espacio era sorpresivamente amplio: una habitación privada con una gran ventana hacia el patio interior, presidida por una mesa enorme de madera donde cabíamos de sobra los once.

Siempre me había preguntado para qué servían exactamente este tipo de salas cerradas en los restaurantes.

En mi cabeza, los reservados eran solo para dos tipos de personas: o para ejecutivos de negocios que necesitaban hablar de cifras secretas sin que los escucharan o para hombres que buscaban intimidad discreta para tontear con mujeres sin miradas indiscretas.

Para un grupo de simples compañeros de la fábrica me parecía exagerado...

pero en cuanto nos acomodamos y se cerró la puerta a nuestras espaldas, entendí el atractivo.

Estábamos totalmente a nuestro rollo, aislados del mundo, con la música sonando de fondo y la libertad de hacer y decir el burro sin que nadie nos juzgara.

Nos fuimos distribuyendo alrededor de la mesa entre risas, choques de sillas y el ruido del mantel al estirarse. José se sentó presidiendo la mesa y de forma natural, se aseguró de que yo me quedara justo a su lado derecho.

Al cabo de un par de minutos, la puerta se abrió y entró un camarero maduro con una libreta en la mano.

—Buenas tardes. Vamos a ir marchando la bebida y los entrantes. Una pregunta... ¿estáis ya todos o falta alguien más por llegar?

La mesa estaba en pleno bullicio. Casi nadie prestó atención a la pregunta.

—No, falta uno —contesté en voz alta, alzando la mano ligeramente.

El grupo hizo un pequeño silencio. José giró la cabeza despacio, clavando sus ojos oscuros en mí con una mueca entre seria y divertida.

—Bueno, si ya sabe dónde estamos, ya llegará —zanjó José mirando al camarero con autoridad—. Tú ve sacando las jarras de cerveza bien frías y los platos de jamón, que el que tenga hambre que arree.

El camarero asintió y salió de la habitación.

En cuestión de tres segundos, la gente ya se había olvidado por completo de Hugo.

Nadie preguntó nada más, nadie miró la hora, nadie pareció recordar que faltaba un compañero de turno.

La conversación volvió a estallar con las bromas de Juanma, los piropos descarados de Valentín a Mimi y el ruido del pan al cortarse.

Pero yo no podía quitármelo de la cabeza. ¿Dónde cojones se había metido? Me picaba la curiosidad y la culpa. Saqué el teléfono disimuladamente por debajo de la mesa, cubriéndolo con la falda del vestido y lo desbloqueé para ver si me había mandado algún mensaje.

Sin cobertura.

Las barritas del móvil estaban completamente vacías. Entre las paredes gruesas del reservado y el aislamiento del local, no entraba ni una sola raya de señal. Ni WhatsApp, ni llamadas, ni nada.

—Oye, Inma... —la voz de José me resonó pegada al oído, tan cerca que sentí su aliento rozándome el hombro.

Dí un leve respingo y guardé el móvil a toda prisa en el regazo.