La mesa equivocada #3
Eran ya las cinco y media de la tarde cuando, desesperado y sin saber muy bien a dónde más ir, me metí por una zona apartada del polígono industrial contiguo, una calle secundaria que casi no tenía salida y donde solo había un par de restaurantes de menú con terraza trasera.
Y entonces lo vi.
A lo lejos, en la zona más oscura y apartada del fondo de la calle, había algo que no cuadraba.
Habiendo huecos de sobra en el aparcamiento principal del restaurante, alguien había intentado encajar un vehículo de gama alta al fondo del todo, metido de culo tras una hilera de contenedores de basura gigantescos para que no se viera desde la carretera principal.
Aceleré poco a poco, con el corazón encogido.
Al acercarme, el sol sacó un destello metálico de la pintura: era el Mercedes negro de José.
Estaba prácticamente escondido, buscando la sombra y la discreción de la pared trasera del local.
Y justo pegado a él, aparcado de la misma forma ruin y disimulada tras los cubos de basura, estaba el coche de Rodrigo.
Querían que nadie los encontrara. Querían estar ocultos. Y sobre todo, querían que yo no los encontrara.
Clavé los frenos de mi coche un par de metros más atrás.
La rabia y la humillación se mezclaron en una bomba de relojería dentro de mi pecho.
A estas alturas de la tarde ni me acordaba de que no había probado bocado en todo el día, el nudo de la tripa me había quitado cualquier conato de hambre, sustituyéndolo por un sudor frío y una adrenalina pura que me hacía temblar las manos.
Apagué el motor. Me quedé un segundo en silencio mirando los dos coches escondidos.
«Están aquí dentro», me dije con una frialdad macabra.
Me bajé del coche, cerré la puerta sin hacer ruido y me dispuse a cruzar el callejón con el pulso desbocado, directo a la entrada del restaurante para encarar lo que fuera que me estuvieran ocultando.
La puerta de cristal del restaurante chirrió al empujarla. El aire en el interior era denso, impregnado de un olor rancio a comida atrasada, alcohol y humo viejo.
Apenas había luz. La mayoría de los focos del local estaban apagados y el gran salón comedor lucía completamente desierto, con las sillas puestas del revés sobre la mitad de las mesas.
No había ni un solo cliente. Nadie. El silencio era casi sepulcral, roto únicamente por el zumbido sordo de un congelador al fondo.
Desde el extremo de la barra, un camarero entrado en años, con el delantal manchado y cara de pocos amigos, dejó de limpiar un plato y me clavó una mirada hostil.
—¿Buscabas algo, chaval? —soltó con una voz rasposa, sin ocultar que le molestaba mi presencia a esas horas.
No le contesté. Tenía la garganta tan seca que dudaba que pudiera salirme la voz. Mis ojos escaneaban el espacio en penumbra como los de un animal acorralado. Sabía que estaban allí. Había visto los coches escondidos tras los contenedores, no podían estar en ningún otro sitio.
—Oye, te estoy hablando —insistió el hombre, rodeando la barra y dando un par de pasos firmes hacia mí con actitud amenazante—. Si buscas mesa, la cocina está cerrada desde las cuatro. Y si no vas a consumir, ya estás tirando para la acera.
Ignoré sus advertencias por completo y me adentré en el local.
Mis pasos resonaban sobre el suelo de gres mientras el pánico y la adrenalina se disputaban el control de mis nervios.
Al llegar al fondo del salón, donde la oscuridad era más espesa, me fije en una puerta de madera maciza, entreabierta apenas un par de centímetros.
A su lado, sobre una mesita auxiliar, un pequeño cartel de plástico decía: RESERVADO.
—¡Eh, eh! ¿A dónde vas? ¡Ahí no puedes entrar, joder! —gritó el camarero al fondo, alzando la voz y apresurando el paso para cortarme el camino.
El corazón me retumbaba en los oídos como un tambor de guerra. No me detuve. Mi cuerpo se movía por puro instinto, arrastrado por una fuerza oscura y una angustia insoportable. Estiré la mano con los dedos temblorosos, apoyé la palma en la madera fría y empujé la puerta del reservado de golpe.
La puerta de madera se abrió de par en par, chocando contra la pared con un golpe seco que retumbó en todo el reservado.
Y en ese preciso instante, el corazón se me detuvo en el pecho.
La escena que quedó al descubierto bajo la luz tenue de la sala me atravesó como una puñalada.
Al fondo, presidiendo la mesa repleta de botellas vacías y copas a medias, estaba José sentado en una silla de cuero.
Y justo encima de él, sentada sobre sus piernas con total naturalidad, estaba Inma.
Su vestido blanco de canalé marfil se le había subido hasta la mitad del muslo, José rodeaba sin ningún pudor su espalda con su mano.
Alrededor de la mesa, el tiempo se congeló. Rodrigo, Valentín, Mimi, Pedro, Juanma... absolutamente todos los demás estaban allí, congelados en mitad de la fiesta.
El murmullo de las risas y la música de fondo se apagaron de golpe.
Diez pares de ojos se giraron al unísono hacia la puerta.
Todos y cada uno de ellos me clavaron la mirada en absoluto silencio, sorprendidos por la interrupción, mientras Inma, despacio, giraba el cuello desde el regazo de José para encontrar mis ojos.