La mesa equivocada #2
—Tira tú con tu coche, machine —remató José dándole un par de toques al volante—. Vamos tirando hacia el Bar del Cojo, que tenemos la mesa reservada y se nos va a enfriar la cerveza. A ver si eres capaz de seguirnos el ritmo.
Sin esperar mi respuesta, subió la ventanilla de un toque, aceleró el Mercedes provocando un rugido metálico y salió del parking dejando una nube de polvo tras de sí.
Me quedé allí solo, en medio de la nada, con las llaves de mi coche apretadas en el puño. La humillación de José, el descaro de Valentín, pero sobre todo esa sonrisa cómplice e inocente de Inma desde el asiento del copiloto me estaban volviendo completamente loco.
El trayecto hasta el Bar del Cojo fue un infierno de giros y acelerones.
Conducía con una mano en el volante y la otra apretándome el estómago, encajando los baches mientras la imagen de Inma sentada en el asiento del copiloto de José no paraba de reproducirse en bucle en mi cabeza.
Ese vestido blanco, la espalda desnuda...
y la sonrisita vacilona que me había dedicado antes de que el Mercedes arrancara dejando una humareda en el parking.
Aparqué de mala manera en el descampado de enfrente, clavando los frenos. Salí del coche casi corriendo, con el corazón martilleándome las sienes.
Fue al cerrar la puerta con un portazo cuando me di cuenta de un detalle que mi cerebro había pasado por alto por pura prisa: en el aparcamiento no estaba el GLC negro de José. Tampoco el coche de Rodrigo. Ni un solo vehículo que me sonara.
«Habrán aparcado en la calle de atrás», me dije a mí mismo, intentando sofocar el primer ramalazo de pánico que empezaba a treparme por el cuello. «Sí, seguro. Hoy el descampado está lleno y habrán tirado para la acera del parque».
Crucé la carretera a zancadas y empujé la puerta de cristal del bar. El choque de aire acondicionado y el bullicio habitual del bar me recibieron de golpe: platos tintineando, el televisor encendido con el telediario y el murmullo de varios obreros de otras naves comiendo en la barra.
Me asomé al comedor del fondo. Escaneé mesa por mesa, fila por fila.
Nada.
Ni rastro del vestido blanco de Inma. Ni la risa escandalosa de Juanma. Ni las gafas de sol de José. Nada.
Me quedé clavado en mitad del pasillo, rígido como una estatua, sintiendo cómo el suelo parecía ceder bajo mis pies. Una niebla helada me envolvió la cabeza.
—¿Hugo? —sonó una voz al otro lado de la barra.
Era el Cojo, el dueño del bar, que me miraba mientras secaba una copa de vino con un trapo blanco. Al ser cliente habitual de casi todos los viernes de turno de mañana, el tío me conocía de sobra.
—Buenas... —atiné a decir, tragando saliva con una dificultad espantosa—. Oye... ¿mis compañeros? ¿Han llegado ya?
El Cojo frunció el ceño, dejando la copa sobre la barra. Me miró con extrañeza, repasando el comedor a mi espalda antes de volver a clavar sus ojos en los míos.
—¿Tus compañeros? No, chaval. Aquí no ha venido nadie de tu fábrica hoy.
—¿Cómo que no? —sentí cómo se me aceleraba la pulsación en el cuello, una vibración sorda y molesta—. Si me han dicho abajo en el parking que venían para acá... Tenían la mesa reservada.
El Cojo negó con la cabeza despacio, apoyando los dos puños sobre el mostrador.
—Que va, Hugo. Hoy no me han reservado nada. Estaba esperando a ver si llamabais esta mañana, pero como no dijisteis nada, tengo las mesas del fondo libres. Aquí no hay nadie.
El mundo se volvió microscópico. El ruido del bar, la televisión, el sonido de los cubiertos... todo quedó amortiguado, como si estuviera bajo el agua. Sentí un sudor frío y pegajoso brotarme instantáneamente en la nuca y bajarme por la espina dorsal. Se me fue la sangre de la cara.
Me habían cambiado el sitio. Me habían dejado atrás a propósito.
—Oye, Hugo... —la voz del Cojo sonó lejana, preocupada—. ¿Estás bien, chaval? Te has quedado blanco como la pared. ¿Te pongo un vaso de agua o algo?
—No... no, estoy bien —balbuceé dando un paso hacia atrás, sin poder mantenerle la mirada.
Me di la vuelta torpemente y salí a la calle tropezando casi con el marco de la puerta. El sol de mediodía me pegó en los ojos, deslumbrándome.
Me quedé de pie en mitad de la acera, sintiendo una angustia, pesada y asfixiante que me oprimía el pecho hasta quitarme el aire. Saqué el móvil con los dedos temblándome tanto que casi se me cae al suelo.
Pantalla desbloqueada. El grupo de WhatsApp del trabajo. Silencio absoluto. Ni un solo mensaje nuevo desde hacía veinte minutos.
¿Dónde cojones estaban? ¿A dónde se la habían llevado?
¿Por qué Inma no me había dicho nada si sabía perfectamente que yo venía al Bar del Cojo?
La imagen de José al volante, sonriendo con chulería, y de Inma a su lado rozando la tapicería de cuero con sus piernas me golpeó la mente con una violencia brutal.
Sentí náuseas reales. Estaba completamente solo, a ciegas, mientras ellos estaban en algún lugar celebrando, bebiendo... y con mi novia en medio.
El pánico se convirtió en desesperación pura. Las manos me temblaban tanto que me costaba acertar a las letras en la pantalla del móvil. El sol quemaba en la acera, pero yo sentía un frío helado recorriéndome las entrañas.
Busqué el contacto de Inma y le di a llamar sin pensarlo dos veces.
«El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento...»
La voz robótica de la locutora me golpeó en el oído como un bofetón. Colgué de golpe. Volví a marcar. Misma respuesta. Tres, cuatro veces seguidas. Nada. Apagado. ¿Cómo cojones iba a tener el móvil apagado?
El estómago se me encogió en un nudo ciego. Entré en WhatsApp a toda prisa, con el pulso desbocado. Le escribí un mensaje directo a ella:
¿Dónde estás? ¿Por qué tenéis los móviles apagados? Estoy en el Cojo. Contéstame por favor.
Un solo check gris. El mensaje ni siquiera le entraba.
La cabeza me daba vueltas. Pasé al plan B: abrí el chat del grupo de la fábrica, donde estaban todos. Escribí un mensaje desesperado a la desesperada:
Estoy en el Bar del Cojo y aquí no hay nadie. ¿Dónde estáis vosotros?
Enviar. Nuevamente, un solo check gris flotando en el vacío. Nadie lo recibía. Nadie lo leía.
—No puede ser, no puede ser... —murmuraba para mí mismo, caminando en círculos por el arcén de la carretera, llevándome la mano libre a la nuca.
Empecé a llamar a los demás compulsivamente.
Busqué el número de Rodrigo: apagado. Marqué el de Juanma: fuera de cobertura.
Llamé a Valentín, a Pedro, a Álex Sellés...
Todos y cada uno de los intentos terminaban en el mismo tono monótono y desolador de la locutora.
Era como si la tierra se los hubiera tragado a todos de golpe.
Como si hubieran acordado apagar los teléfonos a la vez en cuanto salieron del parking de la nave.
La angustia me aplastaba el pecho, impidiéndome respirar con normalidad.
Estaba allí tirado, solo, delante de un bar vacío, mientras mi novia —con ese vestido con la espalda al aire y sin sujetador— estaba quién sabe dónde, metida en el coche del encargado, rodeada de tíos bebiendo, entre risas y secretos, habiéndome dejado fuera de la jugada a propósito.
Y lo peor de todo: ella no había hecho absolutamente nada para evitarlo.
Subí al coche de un portazo, metí la primera con brusquedad y salí quemando rueda. No podía quedarme allí parado viendo cómo la cabeza me estallaba en mil pedazos. Tenía que encontrarlos como fuera.
Empecé una patrulla desesperado por todo el pueblo y las zonas de bares de las afueras.
Fui al restaurante del polígono adyacente, al bar de la gasolinera donde a veces almorzábamos, a la cervecería del centro comercial...
Reducía la marcha en cada esquina, estirando el cuello como un loco, escaneando cada matrícula, cada esquina, cada hueco entre los coches aparcados.
Buscaba desesperadamente el morro imponente del Mercedes GLC negro de José o el Seat León rojo de Rodrigo.
Nada. Daba vueltas y más vueltas en círculos.
Miraba el reloj del salpicadero: las tres, las tres y media, las cuatro, las cuatro y media...
El tiempo pasaba volando y la falta de noticias me iba matando por dentro.
Volvía a mirar el móvil en los semáforos, pero el silencio seguía siendo absoluto.
Los mensajes continuaban con un solo check gris y las llamadas iban directas al buzón de voz.
La angustia se me había instalado en la boca del estómago como un bloque de plomo.