EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La mesa equivocada
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La mesa equivocada

Hugo

Eran las dos de la tarde y el turno por fin llegaba a su fin. En teoría, el día había transcurrido con normalidad, pero yo no me quitaba de encima una sensación extraña. Noté a José rarísimo conmigo desde el episodio del Instagram por la mañana. O al menos eso me pareció a mí.

Se comportaba de una forma distante, hablaba conmigo mucho menos de lo habitual y cuando lo hacía, mantenía un tono estrictamente profesional que no encajaba para nada con él.

José siempre era de los que se acercaban a soltar la gracia de turno, a discutir de fútbol o a hacer comentarios vacilones sobre mujeres para hacerse el chulo delante de la peña, pero hoy nada de eso.

Durante todo el turno solo se dirigió a mí lo justo y necesario para supervisar la línea.

—¿Necesitas más cola para la pegadora? ¿El cartón está saliendo bien o da problemas? —me preguntó en un momento dado, con la cara seria y mirando la maquinaria sin fijar la vista en mis ojos.

Respuestas cortas, secas, de jefe a operario. Como si estuviera marcando una distancia previa o rumiando algo en la cabeza. La duda de si sospechaba algo de Inma y de mí me quemaba por dentro, pero preferí no darle cancha y limitarme a responder a sus preguntas de trabajo.

A las dos en punto empezaron a entrar los compañeros del turno de tarde para hacer el relevo.

Nos dimos el relevo rápido entre el ruido habitual de la nave y pusimos rumbo a los vestuarios.

Nos quitamos el uniforme de la fábrica, nos metimos en las duchas entre el vapor y las bromas de siempre, y nos vestimos con la ropa de calle.

En cuestión de minutos estábamos todos listos, oliendo a desodorante y limpios, preparados para arrancar la famosa comida del viernes...

aunque a mí la comida se me estuviera haciendo cuesta arriba antes siquiera de sentarme a la mesa.

Llegamos todos al parking de la fábrica, con la luz del mediodía apretando y ganas de fiesta. Allí estábamos el grupo entero de la comida: José, Valentín, Rodrigo, Pedro, Juanma, Álex Sellés, Álex Navarro, Raquel, Mimi e Inma.

En cuanto las vi llegar, el contraste con la ropa de trabajo de la mañana era radical.

Raquel iba muy guapa, con un vestido azul eléctrico, veraniego, suelto y fresco, de los que se mueven con el viento y le daban un aire totalmente desenfadado.

Mimi, por su parte, venía pidiendo guerra: llevaba unos vaqueros oscuros ultra ajustados que le marcaban cada curva de las piernas y un top negro apretadísimo que le aplastaba y le realzaba el pecho de una forma descarada, imposible de no mirar.

Pero lo mío fue ver a Inma y quedarme completamente descolocado. Se me paró el corazón en el sitio.

Estaba espectacular, simplemente de otra liga.

Jamás le había visto ese vestido. Era una pieza de color blanco marfil, confeccionada en un tejido de canalé fino y elástico que parecía moldeado directamente sobre su piel.

El corte era de tipo halter, dejando al descubierto sus hombros perfectamente torneados y toda la espalda al aire, completamente desnuda hasta la cintura.

El vestido se ceñía con una precisión brutal desde el pecho hasta las caderas, continuando en una falda larga y entallada que le estilizaba la figura de una manera brutal al caminar.

Y lo que terminó de rematarme: como la espalda iba totalmente al descubierto, era evidente que no llevaba sujetador.

La tela de canalé marfil, ceñida a su pecho, no dejaba absolutamente nada a la imaginación, marcando con total claridad el relieve de sus pezones al andar bajo la luz directa del sol.

Me quedé completamente atontado mirando a mi novia, sintiendo ese orgullo de saber el auténtico pibón que tenía al lado, pero mezclado al instante con un nudo en el estómago al darme cuenta de que no era el único en el parking que se había quedado sin aliento al verla aparecer así.

Allí, en medio del parking, bajo el sol que apretaba, el grupo no tardó ni medio minuto en armar escándalo. Las miradas se cruzaban, el tono subía y la energía de viernes ya lo impregnaba todo.

—¡Madre mía cómo viene la plantilla hoy! —soltó Juanma entre silbidos y aplausos al ver aparecer al trío de chicas, dándole un codazo a Pedro—. ¡Pero bueno! ¿Esto es una comida de empresa o la alfombra roja de los Goya?

—Di que sí, cojones, que para un día que nos quitamos el mono de grasa hay que lucir el género —se rió Mimi, colocándose el top negro con un gesto coqueto que no pasó desapercibido para nadie.

—Pues yo solo digo que el Bar del Cojo no está preparado para este despliegue —añadió Álex Navarro, el enano del grupo, con su guasa habitual—. Como nos vean entrar así a los de la fábrica, nos cobran el doble por cubierto nada más que por la presencia.

José estaba apoyado en el capó de su coche, con las gafas de sol puestas y la vista clavada sin ningún disimulo en la espalda descubierta de Inma.

—Tranquilos, que si hace falta hablar con el dueño ya hablo yo —dijo José con una sonrisa chula, quitándose las gafas despacio—. Aunque con el vestido que me lleva la enana hoy, me da a mí que nos van a poner hasta reservado VIP sin pedirlo.

Inma soltó una risita seca y le hizo un gesto de desdén con la mano:

—Sueñas mucho tú, José. El reservado te lo van a poner a ti para que no des la nota.

—Oye, ¿pero al final en qué coches nos repartimos? —intervino Rodrigo mirando el reloj—. Que a este paso nos dan las tres de la tarde aquí parados hablando de trapos y a mí me está empezando a picar el estómago.

Todos empezaron a hablar a la vez, discutiendo sobre quién llevaba coche, quién no quería beber para conducir y cómo nos organizábamos para ir hacia el restaurante.

Yo estaba allí parado, intentando meterme en la conversación y sin quitarle el ojo de encima a Inma, cuando al echar mano al bolsillo del pantalón para sacar las llaves del coche, me dio un vuelco el corazón.

Toqué a un lado. Toqué al otro. Nada. Solamente llevaba el teléfono.

—Joder... —murmuré para mí mismo.

—¿Qué te pasa, Hugo? —me preguntó Álex Sellés, que estaba a mi lado.

—Que soy gilipollas, tío. Me he dejado las llaves del coche y la cartera en la taquilla del vestuario con el estrés de salir a prisa.

—¡Serás melón! —se rió Sellés dándome una palmada en la espalda—. Venga, tira para arriba rápido a por ellas antes de que cierren los accesos de la nave, que te esperamos aquí abajo.

—Iros organizando en los coches, no tardo ni dos minutos —dije en voz alta para que me oyera el resto.

Miré a Inma un segundo, deseando que cruzara la mirada conmigo antes de irme, pero ella estaba en medio del corro, riéndole una tontería a Mimi y a Juanma.

Me di la vuelta con rabia contenida y eché a andar a paso ligero de vuelta hacia la puerta de los vestuarios, maldiciendo mi despiste por dejarla sola abajo con toda esa jauría ni que fuera por cinco minutos.

Subí a toda prisa las escaleras del vestuario, con los gemelos cargados y maldiciendo mi suerte. Encontré la cartera y las llaves sobre la balda de mi taquilla, las cogí al vuelo y volví a bajar corriendo, temiéndome lo peor.

Y mis peores presagios se cumplieron nada más cruzar la puerta del parking.

A lo lejos vi salir el primer coche a toda pastilla: el de Rodrigo. Iba al volante, con Álex Sellés de copiloto y con Juanma, Álex Navarro y Raquel apretados en la parte de atrás. Pasaron por mi lado levantando la mano a través de la ventanilla, sin frenar ni un segundo. Ni se plantearon esperarme.

Pero lo peor vino justo detrás.

El impecable Mercedes GLC negro de José avanzaba despacio hacia la salida.

En cuanto me vio en mitad del paso, frenó en seco a mi altura.

La ventanilla del conductor bajó despacio, con esa elegancia pesada que tiene su coche y la cara de chulo de José apareció tras el cristal con una sonrisa que me revolvió las entrañas.

—¡Hombre, el despistado! —soltó José apoyando el brazo en la ventanilla, mirándome con una superioridad aplastante—. Te has dormido en los laureles, chaval.

Desvié la mirada instintivamente al asiento del copiloto y me quedé de piedra.

Allí iba Inma. Pude ver esos pezones marcándose bajo la tela que me ponían a mil.

Me miró fijamente y me dedicó una sonrisa brillante, juguetona, pero cargada de un tonteo disimulado que me quemó por dentro.

No me dijo ni una sola palabra para defender que me esperaran o para que entrara yo, solo se limitó a disfrutar del numerito desde su posición de privilegio.

Eché un vistazo a la parte de atrás. Iban apretadísimos: Valentín en un lado, Pedro en el otro y Mimi encajada justo en el centro.

Mimi llevaba ese top negro tan apretado que le aplastaba el pecho, e iba cruzada de piernas mirándome con cierta pena.

Pero lo mejor era Valentín: el tío ni se enteraba de mi presencia, tenía los ojos clavados de forma descarada e hipnótica en el escote de Mimi, sin cortar ni disimular el morbo.

—A ver, Hugo... —dijo José con tono paternalista y condescendiente, como el que le habla a un chiquillo—. Como comprenderás, aquí no me cabes. Salvo que te quieras meter en el maletero o sentado encima de las piernas de Valentín, que me da a mí que está muy ocupado entreteniéndose con Mimi...

Valentín ni se inmutó, solo soltó una risita tonta sin apartar la mirada de las tetas de la chavala.

—Yo por mí me apretaba un poco más, Hugo —dijo Mimi intentando echarme un capote, moviéndose en el asiento de atrás—, pero es que el coche del jefe ya va a reventar.

—Que no, que no, nada de apretarse —cortó José con autoridad y esa chulería tan suya—. Hugo tiene su propio coche, que para algo es un chico mayor.

Inma soltó una risita suave desde el asiento del copiloto, acomodándose en el cuero del Mercedes. Cruzó la mirada conmigo y me guiñó un ojo con ese vacile soterrado, sabiendo perfectamente la rabia que me estaba dando verla ahí sentada al lado del encargado.