Los fantasmas del viernes #2
Apretó el agarre en su barriga y empezó a restregarse suave pero firmemente contra las nalgas de Inma.
Noto la presión, veo el contoneo sutil y morboso con el que él se amolda a su cuerpo justo delante de mis narices.
Lo más desgarrador para mí era ver que mi novia, ya fuera por la adrenalina del juego o porque de verdad estaba paralizada intentando que no le cogiera el teléfono, no se retiraba.
Su cuerpo cedía a la presión de la espalda contra el pecho del encargado, ofreciéndole una postura idónea para que él sintiera cada curva de su trasero rozando sus partes.
Sentí una mezcla abrasadora de rabia, humillación y una excitación amarga y enfermiza al ver cómo otro hombre la dominaba físicamente a un metro de mí sin que ella le pegara un manotazo.
De repente, Valentín saltó por un lateral, estiró el brazo y le arrebató el móvil de la mano a Inma de un tirón.
—¡Dámelo! ¡Dame mi móvil, Valentín! —gritó Inma nerviosa, intentando zafarse para ir a por su teléfono.
Pero José no la soltó. Mantuvo su brazo firme alrededor de su cintura, sujetándola bien pegada contra él, sintiendo el calor de su cuerpo agitado mientras el resto del grupo estallaba en risas sin darse cuenta del peligroso juego que se estaba librando en ese abrazo forzado.
Valentín sujetaba el teléfono bien alto, fuera del alcance de Inma, mientras toqueteaba la pantalla a toda prisa con una sonrisa maliciosa.
—A ver, a ver... cómo era el Nick de José... —murmuraba Valentín entre risas, ignorando por completo la reacción de mi novia.
—¡Que me des el móvil, Valentín! ¡Suéltame, joder! —gritaba Inma fuera de sí, dando pataletas violentas en el aire y agitando los brazos para intentar zafarse.
Pero José no la soltaba. Su brazo seguía firme y dominante alrededor de su cintura, sujetándola con fuerza y aplastando el culo de Inma contra él.
Podía ver el pecho de mi novia agitándose por la rabia y el esfuerzo y cada movimiento que hacía para liberarse no hacía más que acrecentar el roce de sus nalgas contra la polla de José.
Se me revolvía el estómago de la impotencia, ver cómo el encargado la retenía como si fuera suya, usando la broma de excusa para manosearla a su antojo delante de todos, me estaba quemando por dentro.
Y yo allí, petrificado, sin poder montar un escándalo sin airear lo que realmente me estaba comiendo la cabeza.
De repente, un pitido agudo resonó en el bolsillo de José.
—¡Bingo! —gritó Valentín entre carcajadas, bajando el brazo y enseñando la pantalla—. ¡Solicitud enviada, jefe!
En ese preciso instante, José aflojó el agarre y la soltó. Inma, libre por fin, salió propulsada como un toro embolado directamente a por Valentín. Tenía la cara desencajada por la rabia real.
—¡Serás imbécil! —le gritó, y le pegó un empujón brutal en el pecho con la mano donde ya llevaba el teléfono recobrado.
Valentín dio un par de pasos hacia atrás, casi perdiendo el equilibrio, mientras soltaba una carcajada histérica junto a Pedro y Juanma, que se mofaban de la escena como si fuera el mejor espectáculo de la mañana.
—¡Madre mía, qué carácter tiene la niña! —se reía Juanma, señalándola.
Inma se quedó respirando hondo, ajustándose la camiseta del uniforme con las manos temblorosas y la mirada clavada en el suelo, visiblemente enfadada por haber perdido el control de la situación.
A mí me ardía la sangre. Tenía las mandíbulas tan apretadas que me dolían los dientes, ver a mi novia expuesta de esa manera, tratada como el juguete del grupo mientras el imbécil de Valentín le invadía la privacidad y el degenerado de José se la arrimaba sin vergüenza alguna, me hacía sentir el tío más miserable del mundo por no haber dado un paso al frente.
Mientras los demás seguían entre risas y vaciles, José se sacó parsimoniosamente el teléfono del bolsillo.
Desbloqueó la pantalla con una parsimonia exasperante y una sonrisa de satisfacción absoluta.
Pude ver de reojo cómo sus ojos se clavaban en la notificación flotante de su pantalla: la solicitud de seguimiento de Inma aceptada en su cuenta de Instagram.
José levantó la mirada del móvil, buscó los ojos de Inma y le dedicó una guiñada de ojo cargada de victoria y morbo, dejándome claro a mí y a todos que, al final, él siempre conseguía lo que quería.
José se quedó mirando fijamente la pantalla de su teléfono durante unos segundos.
La sonrisa de victoria que lucía empezó a borrarse poco a poco, sustituida por una mueca de extrañeza y desconcierto.
Pasó el pulgar por la pantalla, frunció el ceño y de repente, alzó la cabeza buscándome a mí con la mirada.
Luego miró a Inma. Y volvió a mirarme a mí.
—Oye... —soltó José, rompiendo el bullicio del grupo con un tono inquisitivo que hizo que a los dos se nos parara el corazón—. ¿Por qué os seguís vosotros dos?
El grupo se quedó un segundo en silencio. A mí se me heló la sangre en las venas. Pude sentir cómo la presión arterial me subía a las sienes en un milisegundo.
—¿Cómo? —disimuló Inma, intentando sonar indiferente mientras se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Que me sale aquí que tenía dos seguidores en común —dijo José, cruzando los brazos y clavando sus ojos de halcón en nosotros—. Mimi, que vale, entró a la vez que tú... y Hugo. ¿Si a vosotros dos nunca os he visto hablar en toda la rotación? ¿Os conocíais de antes o qué pasa aquí?
El pánico nos rodeó. Nos habíamos esforzado tanto en la fábrica por mantener lo nuestro en absoluto secreto para evitar rumores, favoritismos o comentarios estúpidos, que vernos expuestos por una puta notificación de Instagram nos pilló con las defensas completamente bajadas.
Por un segundo nos quedamos bloqueados, pero Inma, que es mil veces más rápida que yo para salir de los embrollos, reaccionó al instante con su habitual descaro.
—Por favor, José... —soltó entre risas, poniendo los ojos en blanco y mirando a los demás—. Pues porque es el único tío medio normal de esta fábrica. El único que cuando hablo me mira a los ojos, no me mira el culo ni me ha soltado ninguna barbaridad desde que entré a trabajar.
—¡Toma ya! —se reía Juanma dándole un codazo a Pedro—. ¡Menudo dardo para todos!
—Ya te digo, Hugo es un santo al lado de nosotros —añadió Valentín entre carcajadas.
Pero José no se dio por satisfecho. Tenía ese colmillo retorcido de encargado que huele el rastro a kilómetros. Se me quedó mirando fijamente, analizando mi postura. Yo sentía las manos sudorosas dentro de los bolsillos del uniforme y la boca completamente seca.
—Ya... pero Hugo casi no habla en el grupo —insistió José, dando un paso hacia mí—. ¿Cómo cojones tienes tú su Instagram?
—Se lo pedí yo un día en el descanso —intervine de golpe, intentando que no me temblara la voz y poniendo la cara de póquer más dura que pude ensayar—. Me preguntó por una foto que subí de un viaje.
Me pareció una chavala maja, se lo pedí y ya está. Tampoco hay que hacer un máster de esto, ¿no?
—Exacto —remató Inma encogiéndose de hombros, aguantando el tipo como una reina—.
Le di el Instagram el primer día para tener contacto con alguien que no estuviera pensando solo en salir de fiesta, por si algún día me tenía que cambiar un turno.
¿Algún problema, jefe? ¿Hay que pedirte permiso a ti también para seguir a la gente?
José nos miró a uno y a otro en un silencio tenso que duró una eternidad.
Podía ver en sus ojos que algo no le cuadraba, que su instinto le decía que entre Inma y yo había una pared demasiado lisa como para ser verdad.
Pero la justificación tenía el suficiente sentido como para no poder desmontarla delante de todos.
—No, no... ningún problema —murmuró finalmente, guardándose el móvil en el bolsillo sin quitarme la vista de encima—. Solo que me parecía raro. Mucho secretismo veo yo por aquí.
Tragué saliva como pude, sintiendo la mirada de Inma rozarme de reojo. Habíamos salvado el balón en la línea de gol, pero el terreno ya estaba sembrado de minas.