Los fantasmas del viernes
Hugo
Es jueves y tengo el estómago hecho un nudo. Odio los jueves. Sé perfectamente lo que pasa a estas horas en el grupo de WhatsApp del trabajo cuando se acerca el viernes, empieza el goteo infatigable de mensajes para organizar la comida del viernes.
Todavía no he podido sacarme del cuerpo la sensación de mierda del último viernes que nos tocó turno de mañana.
Aquella tarde me dejó un poso amargo, una intuición clavada en los cojones de que allí pasó algo que se me escapa.
No sé el qué, pero desde esa noche no pego ojo.
Me carcome la duda. Por eso, cada vez que el teléfono vibra sobre mi bolsillo y veo la notificación del grupo, me entra un sudor frío.
Yo sigo mirando mi máquina, ya llevan más de cien mensajes acumulados y todavía no me he atrevido a abrir la conversación.
Rezo por dentro para que Inma haya dicho que no va, pero la conozco de sobra.
Sé cómo es, le va la marcha y estoy seguro de que ha sido la primera en apuntarse.
Tengo clara una cosa: si ella va, yo voy.
No pienso cometer el mismo fallo. Esta vez no la voy a dejar sola ni un solo segundo, si ella se queda de copas yo me quedo a su lado, y si decide recogerse, nos volvemos juntos.
Pero esta vez voy a jugar mis cartas, dejaré que ella responda primero en el chat y yo me acoplaré a lo que decida.
Llevo semanas dándole vueltas al coco y el arrepentimiento me quema por dentro.
Fui un blando por callarme y dejar pasar el tema.
Tenía que haberle plantado cara al día siguiente y haberle marcado las líneas rojas que no pensaba tolerarle.
Tendría que haberle dicho a la cara lo mucho que me dolió que me dejara tirado y se fuera de fiesta sin mí como si yo fuera un cero a la izquierda.
Debería habérselo recriminado todo, ese secretismo absurdo que se trae desde entonces, la red de miraditas con los del trabajo y esa forma de ir el sábado a trabajar reventada, sin dormir, dando una imagen de fiestera y poco profesional que me revuelve el estómago.
Tengo que frenar esto como sea, porque sentir que pierdo el control sobre lo que hace me está volviendo completamente loco.
Me asomé por el pasillo de la nave y a lo lejos vi al grupo apelotonado cerca de la máquina de café. Allí estaban Inma, Juanma, Pedro, José, Valentín y Antonio. Solo con ver cómo gesticulaban sabía perfectamente de qué estaban hablando, la comida de mañana.
La incertidumbre me estaba comiendo por dentro, así que no aguanté más. Tragué saliva, puse mi mejor cara de póquer y me fui acercando poco a poco para cotillear y meterme en la conversación.
—¿Qué pasa, gente? ¿Estáis planeando ya el desmadre de mañana o qué? —solté intentando sonar casual.
—¡Hombre, Hugo! —dijo Pedro dándole un sorbo a su plástico de café—. Pues sí, estábamos viendo a ver a dónde nos metemos a comer, que cada uno quiere tirar para un lado.
—Es que no hay color —saltó Valentín enfático—. Vamos al Bar del Cojo otra vez, que nos ponen los chuletones al momento, la cerveza entra sola y estamos a nuestro aire sin que nadie nos moleste.
—Pff, qué pereza el Cojo, tío —protestó Juanma poniendo los ojos en blanco—. Yo prefiero ir al Made. Es un poco más moderno, la carne está tremenda y para empezar a tomar las primeras copas el ambiente le da mil vueltas.
Inma se reía escuchándolos discutir, y a mí la tripa se me volvía a retorcer al verla tan cómoda entre ellos.
—Oye, ¿y cuántos somos al final? —pregunté disimulando el escaneo—. Porque en el grupo del móvil hay como doscientos mensajes y no me he enterado de nada.
—Pues seremos un buen grupo —me contó Pedro—. Rodrigo, Álex Sellés, Mimi, Álex Navarro y Raquel ya han puesto por el chat que se apuntan de cabeza.
—Esperad, ¿y Mimi? —pregunté, porque la verdad es que la chavala me caía bastante bien y era de las pocas que ponía un poco de cordura—. ¿No le tocaba a ella turno de tarde esta semana?
—Sí, le tocaba —intervino Inma mirándome con una sonrisa rápida—, pero se ha pedido el día aposta solo para poder venirse a la comida con nosotros y salir luego.
—Madre mía, estáis desatados —comenté intentando disimular el pellizco de celos que me dio ver las ganas que tenían todos de alargar la fiesta—. ¿Y Álex Navarro viene al final?
—Sí, sí, el enano se apunta a un bombardeo —se rió Juanma—. Aunque su grupo de rotación está de descanso esta semana, dice que ni loco se pierde la comida. Con los 30 años que tiene y parece que tenga 18, qué tío más gracioso.
Entre las risas del grupo, me fijé en Antonio. Estaba allí en medio, metiendo baza y opinando sobre cuál era la mejor opción de menú, pero yo sabía de sobra cómo estaba su tema.
—¿Y tú qué, Antonio? —le pregunté directamente—. ¿Te vienes al final o qué?
—Pfff... Yo lo tengo jodido, nano —respondió Antonio rascándose la nuca y poniendo excusas baratas—. Mañana tengo mil cosas que hacer por la tarde, tengo que pasar la ITV del coche, llevar unos papeles... Imposible.
—Anda ya, Antonio, no me jodas —le pinchó José soltando una carcajada y dándole una palmadita en la espalda—. Di la verdad, hombre. Di que tu mujer no te deja salir porque sabe la que se lió la última vez y te tiene con la correa corta.
—¡Qué dices, loco! —saltó Antonio poniéndose rojo como un tomate y tratando de defenderse mientras todos se reían—. A mí mi mujer no me prohíbe nada, joder. Simplemente tengo cosas que hacer, punto.
—Sí, sí, cosas que hacer... Te tienen bien atado en casa —insistió Juanma entre cachondeo.
La conversación siguió entre vaciles, tonterías sobre quién aguantaba más bebiendo y debates estúpidos sobre qué bar tenía las tapas más grandes.
Todos se lo estaban pasando en grande, pero yo solo podía pensar en una cosa: Inma no había dicho que no en ningún momento.
Iba a ir. Y si ella iba, a mí no me quedaba más remedio que tragar saliva y meterme de lleno en la boca del lobo.
Estaba allí plantado, al lado de Inma, cuando de repente José soltó la bomba sin venirse a cuento de nada, con un descaro que me revolvió las tripas.
—Oye, enana —le dijo a Inma, mirándola de arriba abajo con esa sonrisita que me daban ganas de borrarle de un puñetazo—, dame tu Instagram. Así hablamos por ahí y me dices al final a dónde vamos a ir a comer.
A Inma se le mudó la cara. Puso un gesto de susto mezclado con un "¿y a ti qué cojones te importa mi Instagram?", pero se recuperó en un segundo para responderle con bastante soltura, delante de todos y de mí:
—Tienes mi WhatsApp. Si quieres algo del grupo o de la comida, me escribes por ahí —le cortó seco, para luego rematar con una sonrisa directa y a mala leche—: Pero tú al final vienes, ¿o qué? ¿No te toca cuidar de tus hijos?
Me quedé helado. El dardo le fue directo a la flotación, pero José ni se inmutó. Ladeó la cabeza con aire chulo.
—He hecho mis jugadas, enana, para poder ir —soltó presumiendo—. Me apetece bajarme al barro un rato y tomarme algo con la chusma de la planta, a ver cómo se divierten mis obreros.
—¡Serás fantasma, tío! —saltó Juanma soltando un resoplido de incredulidad.
Inma se le rió en toda la cara, sin cortarse un pelo:
—Serás payaso... De verdad que no te aguantas ni tú.
Pero José, lejos de amedrentarse, dio un paso más hacia ella, poniéndose más pesado e insistente. Ignorándome a mí por completo, como si yo fuera invisible.
—Venga, déjate de historias y pásamelo ya, que no te cuesta nada —insistió con el tono más firme y dominante.
Para colmo, la peña empezó a meter baza y a hacerle el juego al encargado, apretando a Inma.
—¡Venga, Inma, no te hagas la dura! —saltó Valentín entre risas, dándole un codazo a Pedro—. Ni que te fuera a pedir matrimonio, si solo es un Instagram de mierda.
—¡Eso, Inma! —se sumó Pedro siguiéndole el rollo a Valentín—. Que pareces de la aristocracia, pásaselo al jefe a ver si así nos perdona un par de horas.
—Si no subes nada del otro mundo, ¿no? —agregó Juanma vacilando—. Pásaselo y que deje de dar por saco ya, que parece un quinceañero en celo.
Me quedé rígido, sintiendo cómo se me subía la sangre a la cabeza.
Ver a medio grupo presionando a mi novia para que le diera su red social al encargado de la fábrica, justo en mi cara, era la gota que colmaba el vaso.
Tenía los puños cerrados dentro de los bolsillos del uniforme, esperando a ver por dónde salía Inma mientras la tensión en el grupo se podía cortar con un cuchillo.
Inma, viendo que todos la presionaban, decidió jugar sus cartas con ese descaro que tanto la caracteriza. Sacó el móvil del bolsillo, lo desbloqueó a toda prisa, abrió la aplicación de Instagram y le pasó la pantalla por la cara a José a una velocidad absurda.
—¡Ahi lo tienes! —le soltó con una sonrisa burlona, guardándose el teléfono en un acto reflejo y vacilándolo delante de todo el grupo.
A José se le cambió el humor, no está acostumbrado a que una mujer le diga que no y mucho menos a que se rían de él frente a sus subordinados. Se le marcaba la mandíbula del cabreo.
—Venga ya, déjate de tonterías y ponlo otra vez —le ordenó, bajando el tono de voz a algo mucho más oscuro y exigente.
Inma, en lugar de frenar, quiso volver a picarle el anzuelo.
Volvió a sacar el teléfono con intención de repetir la jugada, pero esta vez José ya estaba preparado.
Con una rapidez felina, pasó su brazo dominante por la cintura de Inma, rodeándole el abdomen con fuerza y tirando de ella hacia atrás sin contemplaciones.
Se me congeló la sangre en las venas. Pude ver en cámara lenta cómo el culo de mi novia, remarcado por la tela ajustada del uniforme, terminaba impactando de lleno contra el paquete de José.
El tipo la tenía atrapada, pegada a su cuerpo.
Inma, nerviosa, empezó a estirar el brazo hacia arriba con el teléfono en alto para que no se lo quitara, pero mientras ella centraba toda su atención en mantener el móvil fuera de su alcance, José aprovechó la posición con un descaro absoluto.