EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El regreso a las trincheras #2
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El regreso a las trincheras #2

Al escucharlo, me quedé congelada un segundo.

La verdad es que no lo había pensado así, esa foto nos comprometía a los dos por igual.

Yo solo había estado mirando por mi propio pellejo, temiendo que Hugo pudiera llegar a ver algo, pero Rodrigo era tan víctima de la situación como yo.

Los dos estábamos atrapados en la misma cuerda floja.

Le dediqué una sonrisa dulce para calmarlo y rebajar la tensión.

—Va... tranquilo. Seguro que no se va a enterar nadie más.

Lo escuché soltar un suspiro enorme de alivio, como si le hubiera quitado un peso gigante de encima.

—Eso espero... porque desde ese día apenas duermo. Miro a Ana, pienso en la dichosa foto y sueño que me deja, que me quedo sin nada... mil cosas malas. Lo estoy pasando francamente mal, Inma.

Verlo romper a hablar me tocó por dentro, de verdad lo estaba pasando fatal. Me acerqué y lo rodeé con un abrazo cálido.

—Tú estás soltera... pero yo estoy casado —murmuró contra mi hombro mientras lo abrazaba.

Noté cómo su cuerpo tenso se relajaba poco a poco al sentir mi contacto.

—Sí... no es igual —le dije con voz suave, acariciándole la espalda.

Aunque por dentro, mientras sentía el calor de su cuerpo contra el mío en mitad de la nave, pensaba exactamente lo contrario, que los dos estábamos metidos en la misma mierda hasta el cuello.

Aprovechando que ya lo tenía más calmo y con las defensas bajas, decidí que era el momento perfecto para tirarle del hilo y enterarme de absolutamente todo.

—A ver, Rodrigo... pero cuéntamelo bien y con detalle, que me tienes en ascuas —le dije suavemente, manteniendo una mano apoyada de forma sugerente en su brazo.

Él soltó un largo suspiro, miró a ambos lados para asegurarse de que ningún operario andaba cerca y se sinceró por completo.

—Vale, mira... Fue Álex Sellés el que nos hizo la foto esa noche en la fiesta.

Ni nos dimos cuenta. Luego, al día siguiente, se la pasó por privado tanto a Juanma como a mí.

Yo, en cuanto la vi y me di cuenta de cómo salíamos los dos...

la borré al instante. Tenía un pánico horrible de que Ana me cogiera el móvil y la viera.

Pero claro, la cabeza me iba a mil, necesitaba desahogarme con alguien porque me superaba la culpa y se lo conté a Antonio.

Es mi colega de confianza, te juro que él no va a decir ni pío.

—¿Y los demás qué? —pregunté, alzando una ceja.

—Álex y Juanma tampoco van a contar nada y mucho menos reenviar la foto.

Saben perfectamente que si esa imagen circula, se juegan el puesto de trabajo en la fábrica.

Y respecto a José... a ver, se la vio a Juanma en la pantalla de reojo y le dio el toque, pero ya está.

Él es encargado, no puede ir por ahí diciendo que vio una foto comprometida de una trabajadora y no hizo nada al respecto.

José será un retrasado, pero no es tonto, se va a callar la boca.

Escucharlo me dio un respiro. Aunque el morbo de que José hubiera visto algo me quemaba por dentro, saber que la situación estaba bajo control me quitó un peso enorme de encima.

—Madre mía... Bueno, me quedo bastante más tranquila sabiendo todo esto —le dije, regalándole una sonrisa cálida.

Me incliné hacia él, me acerqué lo suficiente para que sintiera mi perfume y le planté un beso suave en la mejilla, justo al lado del tupé. Noté cómo se ponía tenso de nuevo por el contacto antes de soltar un último suspiro.

—Nos vemos luego, Rodrigo —le susurré.

Me di la vuelta contoneándome despacio hacia la salida del pabellón de hornos, dejando a Rodrigo recuperando el aliento mientras yo volvía al laboratorio con la cabeza puesta en el siguiente paso: encontrarme cara a cara con José.

Me metí en la pecera. Justo cuando empezaba a sacar las primeras muestras de la línea, apareció él. Como siempre. Parecía que el tío me tenía geolocalizada, no fallaba ni un solo día.

Allí estaba, cruzando la puerta de cristal con una sonrisa de oreja a oreja que le ocupaba toda la cara.

—Hola, enana —me soltó al pasar.

Era la primera vez que me llamaba así. Me encantó, pero no pensaba ponérselo fácil. Le sostuve la mirada de frente, un contacto visual directo, profundo y descarado, como si no hubiera absolutamente nada más en todo el mundo que él y yo dentro de esa caja de cristal.

—Hola, papi —le respondí con voz sugerente, sabiendo perfectamente lo mucho que le jode y le encendía que le dijera eso.

Sin apartar sus ojos de los míos, José cortó la distancia que nos separaba.

Se plantó a un palmo de mí y me tendió la mano.

Sabía de sobra lo que significaba ese gesto, la carga que llevaba ese contacto aparentemente inocente.

Sonreí de medio lado, le agarré la mano y se la apreté con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos mientras una risita se me escapaba de los labios.

Era una locura. Estaba tocando exactamente la misma mano con la que se había matado a pajas unas noches atrás mirando la foto de mi culo en tanga en su coche y ahora, en pleno turno de mañana y vestidos con la ropa de la fábrica, nos la estrechábamos como dos desconocidos.

El morbo era tan intenso que casi se podía cortar.

—Inma, encantada —bromeé, aguantándole el apretón un segundo de más.

José se moría de la risa, intentando mantener el tipo pero totalmente desarmado por mi descaro.

—¿Qué tal las dos semanas de vacaciones? —le pregunté sin soltarle del todo la mirada—. ¿Te han servido para ser un buen padre?

Él me miró de arriba abajo, remarcando una sonrisa de superioridad.

—Siempre lo soy, enana. Siempre.

—Bueno... —alcé una ceja, recorriendo con la vista la curva de sus hombros y la camisa del uniforme—. No tienes mucha pinta de ser un buen padre, la verdad. Un buen padre no hace las cosas que tú haces de madrugada.

—Te aseguro que soy un padre excelente... y un encargado todavía mejor —contestó acercándose un milímetro más, bajando la voz para que el sonido no traspasara el cristal—. Pero es que hay ciertas tentaciones en esta planta que se lo ponen muy difícil a cualquiera.

Sentí un cosquilleo abrasador en el vientre mientras los dos nos quedábamos congelados en mitad de la pecera, jugando a un juego peligrosísimo a la vista de todo el mundo.

Me miró con esa mezcla de autoridad y deseo que tan bien sabía manejar, clavando sus ojos en los míos.

—Oye, enana... Ya que te haces la dura en privado, dame tu Instagram. A ver si ahí eres igual de descarada —me soltó, ladeando la cabeza con una sonrisa confiada.

Me dio un vuelco el corazón, pero me mantuve firme, sosteniéndole la mirada con absoluta superioridad mientras me cruzaba de brazos.

—¿Mi Instagram? Ni en sueños, José. Si te doy mi perfil te va a dar un infarto a tu edad... Con lo que tengo subido ahí no respondes de ti. Además, bastante tienes ya con lo que tienes.

Él soltó una carcajada ahogada, mordiéndose el labio inferior mientras negaba con la cabeza, disfrutando del pulso que le estaba echando.

—Qué mala eres... Te aseguro que aguantaría perfectamente. Venga, no seas rácana, búscame luego y me lo pasas.

Antes de que pudiera responderle, el móvil sonó, era la voz de Loli avisando de un problema en las líneas de empaquetado. José me miró con rabia, soltando un leve resoplido por haber cortado el momento.

—Me tengo que ir, que Loli me está bloqueando la producción en la línea tres —dijo dando un paso atrás hacia la puerta de la pecera, pero sin quitarme la vista de encima—. Luego nos vemos, Inma... Y piensa lo del Instagram, que me lo vas a terminar dando.

Se dio la vuelta y salió a paso firme hacia la nave de envasado, dejándome a solas entre los cristales, sonriendo de lado y con la piel de gallina por el morbo de tener al encargado de la planta absolutamente obsesionado conmigo.

Por lo que había escuchado de José, Loli estaba abajo en la nave de envasado resolviendo el problema de producción, así que era mi momento perfecto. Dejé a medias el trabajo en la pecera, cogí mis cosas y subí a paso ligero hacia el laboratorio.

Nada más cruzar la puerta, vi a Álex Sellés sentado frente al ordenador, tecleando concentrado mientras registraba los lotes del turno.

Aproveché el silencio de la sala y me acerqué por detrás sin hacer el menor ruido.

Me incliné hacia él, rozando casi mi mejilla con la suya y le susurré muy cerca del oído, con voz suave pero cargada de intención:

—Pásame la foto de Rodrigo y mía...

Álex no se lo esperaba para nada. Dio un pequeño respingo en la silla, se quedó petrificado frente al monitor y vi perfectamente cómo tragaba saliva con dificultad. Le dio un vuelco la cara al instante, intentando poner su mejor cara de póquer sin conseguirlo.

—No... no sé de qué me hablas, Inma —murmuró, intentando sonar indiferente mientras sus dedos se quedaban paralizados sobre el teclado.