El regreso a las trincheras
Ya era lunes. Las dos semanas de vacaciones se me habían pasado volando, un suspiro en el que logré desconectar de la rutina pero no de la cabeza.
Para ser sincera, algo dentro de mí estaba deseando volver al trabajo.
Y no solo porque mi puesto como analista me entusiasmaba cada día más, sino porque echaba de menos a la gente de la planta: a Mimi, a Loli, a Álex Sellés...
Y qué decir de José. Quería volver a verlo.
Después de todo lo que había pasado aquella madrugada de descanso, por un lado me entraba un ramalazo de miedo y de vergüenza por haber cruzado esa línea.
Pero luego me autoconvencía, al fin y al cabo, él no sabía que yo me había encendido aquella noche, solo le había mandado una foto en tanga.
Tengo decenas de fotos así en mi Instagram, voy a la playa en bikini de hilo...
no es nada del otro mundo. Lo verdaderamente morboso y peligroso era habérsela mandado a él, en privado, al macho alfa de la fábrica.
Me moría por dentro por ver cómo reaccionaba él al tenerme de frente y cómo iba a aguantarle yo la mirada.
También necesitaba ver a Rodrigo. Después de hablar con Mimi estas semanas, me dejó claro que tenía una conversación pendiente con él. Desde la noche de la fiesta no habíamos vuelto a estar a solas, y presentía que los dos necesitábamos cerrar o aclarar ese asunto.
Así que sí, había disfrutado de las vacaciones, pero la adrenalina de volver me estaba quemando por dentro. Eso sí, ahora venía lo verdaderamente duro, veintiún días seguidos de turno, sin un solo día de descanso.
El lunes llegó a traición. A las 4:30 de la mañana, el despertador empezó a sonar como si me taladrara el cerebro. Apenas había podido pegar ojo por culpa de los nervios y la expectación. Me levanté de la cama de un salto y fui directa al baño.
Quería sentirme poderosa. Me puse un tanga rosa fucsia que me sentaba de muerte y me enfundé los pantalones del uniforme, marcando bien las curvas de mi cadera mientras me miraba al espejo.
Apliqué una buena capa de crema hidratante en el rostro, un toque ligero de base para disimular el cansancio de la mala noche, corrector, un rímel que me abriera la mirada y ese labial rosado que sabía que volvía loco a más de uno.
Con el estómago lleno de mariposas y la piel de gallina, cogí las llaves y puse rumbo a la planta. Aparqué el coche en el recinto, pasé la tarjeta por el lector para fichar y entré al laboratorio con una sonrisa radiante y un contoneo inevitable, lista para que empezara el espectáculo.
Cuando crucé la puerta del laboratorio, allí estaban Álex Sellés y Loli, organizando el trabajo y preparando los equipos del turno de mañana.
No pude disimular el entusiasmo que me quemaba por dentro. Nada más verlos, solté un grito de alegría que resonó en todo el espacio:
—¡Chicoooos! ¡Por fin!
Me abalancé sobre ellos y los rodeé en un abrazo apretado y efusivo. Los dos se quedaron completamente paralizados por un segundo, pillados de sorpresa por mi derroche de energía a unas horas tan intempestivas. Me aparté un paso, mirándolos con una sonrisa radiante de oreja a oreja.
—No sabéis las ganas tan brutales que tenía de veros —solté sin perder la sonrisa.
Loli me siguió el juego de inmediato, soltando una carcajada y devolviéndome el gesto cariñoso:
—¡Y yo a ti, reina!
Álex, en cambio, puso los ojos en blanco con su dramatismo habitual, apoyó los codos en la mesa y soltó un resoplido:
—Puff... Pues yo estaba mejor en mi pueblo, no os echaba nada de menos, la verdad. Pero bueno, para poder vivir hay que trabajar, qué remedio.
Le di un golpecito juguetón en el hombro, inclinándome un poco hacia él con mirada burlona:
—Anda ya, Sellés, no te hagas el duro que seguro que estabas deseando volver solo para verme a mí.
—Si tú lo dices... —contestó de lo más seco, intentando aguantar la postura, aunque vi cómo se le escapaba una miradita de arriba abajo apreciando lo bien que me sentaba el uniforme.
Sin perder un segundo y con la adrenalina a mil por hora, cogí el maletín de muestreo, la libreta de registro y el termómetro.
—Bueno, parejita, los piropos para luego. ¡Me bajo ya a empezar mi trabajo a envasado! —anuncié con voz clara antes de encaminarme a la puerta a paso ligero, contoneándome lo justo para dejar huella.
Mientras cruzaba el pasillo para bajar a las líneas de producción, escuché a Loli decir a lo lejos entre risas:
—Madre mía, con qué energía empieza la rotación la nueva...
Sonreí para mis adentros. La energía no era por el trabajo, la energía era por cruzar esa puerta y encontrarme cara a cara con el dueño de mis pensamientos nocturnos.
Fui directa a coger las primeras muestras, saludando a derecha e izquierda a los operarios de envasado, pero sin entretenerme lo más mínimo. Quería avanzar rápido. Crucé la nave entre el ruido de las máquinas y el olor a chocolate caliente hasta llegar a la zona de los hornos.
Para ser sincera, allí no tenía ninguna muestra pendiente por coger, pero necesitaba ver a Rodrigo.
Me acerqué a su puesto con pasos sigilosos. Estaba tan ensimismado mirando la pantalla de su teléfono móvil que ni me oyó llegar. Me coloqué justo a su lado, tan cerca que pude sentir el calor que salía de su cuerpo y rocé sutilmente mi brazo contra el suyo.
Del susto, dio un pequeño brinco y por poco se le cae el teléfono de las manos.
—¡Eyy! Hola... —soltó de golpe, mirándome con los ojos de par en par.
Le noté el nerviosismo a kilómetros, una chispa de descolocación total al tenerme allí de repente. Yo le sostuve la mirada con una sonrisa de oreja a oreja, disfrutando del efecto que provocaba en él tan temprano.
—¿Qué tal, Rodrigo? —le dije, modulando el tono con suavidad.
Él pareció reaccionar, me devolvió la sonrisa y se pasó una mano por el tupé para recolocárselo, un gesto tan suyo que no pudo evitar que me fijara en las canas que empezaban a asomar con más fuerza entre su pelo. Tenía una madurez que le sentaba ridículamente bien.
—Bien, Inma, bien... Qué sorpresa —dijo aclarándose la garganta, sin quitarme la vista de encima—. No me esperaba verte por aquí abajo a primera hora.
—Bueno, ya sabes cómo es esto... trabajo aquí, ¿no? —solté entre risas, haciéndome la tonta mientras me apoyaba ligeramente en la barandilla de su puesto.
Rodrigo sonrió con algo de timidez, dejando el móvil sobre la mesa de control.
—¿Qué tal tus dos semanas de descanso? —le pregunté, clavándole la mirada—. ¿Qué tal con Ana?
Ana era su mujer, esa de la que siempre hablaba, diciendo que estaba muy buena. Pero, por lo que cuenta, lo de ser buena persona parece que no va mucho con ella.
—Pues... como siempre, ya sabes —suspiró él, encogiéndose ligeramente de hombros—.
Está empezando ahora con el negocio de las uñas y no para en todo el día, no tiene tiempo para nada.
Yo la estoy ayudando a llevar las cuentas, pagar los recibos y lo que puedo...
Así que estas dos semanas de pareja hemos disfrutado bien poco.
Me miró a los ojos con una mezcla de cansancio y resignación que me despertó un cosquilleo morboso en el estómago.
—¿Y tú? ¿Qué has hecho en tus vacaciones? —me devolvió la pregunta.
—Pues me fui unos días con unos amigos a una casa rural —mentí sin pestañear, omitiendo por completo a Hugo y haciendo pasar esos días románticos en el chalet por un viaje en grupo—. La verdad es que me ha venido genial para desconectar de todo.
Hablamos un par de minutos más de tonterías del turno, del calor que hacía junto a los hornos y de cómo encarar la paliza de los veintiún días seguidos que teníamos por delante.
Pero yo no había bajado hasta allí solo para hablar del trabajo.
Tenía la espina clavada desde la noche de la fiesta y necesitaba apretar las tuercas.
Me acerqué un milímetro más a él, bajé el tono de voz para que solo me oyera él entre el ruido de la maquinaria y le solté a bocajarro:
—Oye... la foto esa en la que salimos los dos juntos en la fiesta... ¿la tienes? Es que quiero verla.
Al escuchar la pregunta, a Rodrigo se le mudó el color del rostro. Se quedó completamente blanco, petrificado, mirándome como si le hubiera echado un jarro de agua helada por encima.
Al ver que empezaba a tartamudear, apreté un poco más las tuercas.
—No... no, yo no la tengo —dijo Rodrigo, con la voz temblándole y la mirada esquiva.
—Tranquilo, si sé perfectamente que la tiene ya media fábrica —le solté, tirándome un farol gigantesco para ver si picaba el anzuelo.
—¡No, no, por Dios! —exclamó descompuesto, poniéndose rojo y blanco por momentos—. ¿Quién te ha dicho eso? Que yo sepa solo la tienen Álex Sellés y Juanma... Solo ellos dos, te lo juro.
Adopté mi mejor papel de poli buena, mirándolo con suavidad y comprensión para sacarle hasta el último detalle sin que se me cerrara en banda.
—Pues me han dicho que José la ha visto... —comenté como quien no quiere la cosa.
—Sí, sí... —admitió súper nervioso, pasándose otra vez la mano por el tupé canoso—. El tonto de Juanma la estaba viendo, pasó José por al lado y la vio. Pero no se la pasó, ¿vale? Solo la vio un segundo. José lo sabe... y bueno, también lo sabe Antonio.
Hizo una pausa y miró directamente al suelo, incapaz de sostenerme la mirada.
—Es mi colega, Inma... y se lo he contado. Pero no ha visto la foto aunque se muere por verla.
Cambié el rictus al instante y puse cara de cabreo absoluto.
—Joder, Rodrigo... ¿Y por qué cojones hiciste eso? —le reproché en voz baja pero firme—. Pensaba que estábamos entre amigos y que lo que pasaba esa noche se quedaba ahí.
Se puso a la defensiva al momento, con los ojos llenos de angustia.
—¡Y así es! ¿Qué te crees, que a mí me da gusto saber que esa foto está en el móvil de dos personas? ¡Que yo estoy casado, Inma! Que si mi mujer ve esa foto o se entera de esto, me manda a paseo directamente.