EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Una notificación en la oscuridad #2
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Una notificación en la oscuridad #2

Me acomodé en el sofá, sintiendo el tacto frío del tapizado contra la piel de las piernas y dejé que el morbo tomara el control por completo. Decidida a rematar la jugada y dejarlo totalmente deshecho, me puse de rodillas sobre los cojines, dándole la espalda a la cámara.

Con las manos temblando de pura adrenalina, me ajusté el tanga para enseñarle exactamente lo que quería ver.

Estiré el brazo, busqué el ángulo perfecto desde arriba para enfocar de la cintura hacia abajo y disparé la foto.

En la imagen se veía perfectamente la curva de mi culo marcado por el tanga, resaltado por la luz tenue y azulada del televisor encendido al fondo, que acababa de encender para usarlo de foco.

Antes de darle a enviar, configuré la foto para que solo se pudiera ver una única vez. Quería que se le quedara grabada a fuego en la retina, pero sin dejar rastros.

Acompañé la imagen con un texto directo:

Inma: Solo una vez, José... para que no se te olvide con quién estás jugando.

Le di a enviar. Mi corazón era un martillo percutor contra las costillas.

A los tres segundos, el mensaje figuró como entregado y el círculo gris de la foto temporal cambió al instante a "Abierto".

Me imaginé a José dentro de su coche, a oscuras, abriendo la imagen con los ojos desorbitados, devorando con la mirada cada centímetro de mi piel mientras se la machacaba salvajemente en mitad de la noche.

Pasó casi cinco minutos de silencio absoluto en el chat, un minuto en el que supe de sobra lo que estaba haciendo con la pantalla recién apagada. Finalmente, el móvil vibró con su respuesta.

José: Joder, Inma... Me vas a matar. No te imaginas lo que me acabas de hacer.

Apagué la pantalla del teléfono, dejándolo sobre la mesa de centro, y me quedé unos segundos en el salón para recuperar el aliento antes de volver a la habitación con Hugo.

Estaba a punto de levantarme cuando el móvil vibró de nuevo sobre la madera. El sonido me heló un segundo. Miré hacia el pasillo oscuro, asegurándome de que no se oía ningún movimiento desde la habitación y alargué la mano.

Era otra foto temporal. Una sola visualización.

El corazón se me aceleró de golpe. Tragué saliva, me acomodé mejor en el sofá y pulsamos el círculo. La imagen se abrió de golpe.

José estaba todavía dentro del coche. La camisa completamente abierta, el cinturón desabrochado y los abdominales…

estaban completamente cubiertos. Tiras espesas, blancas, resbalando por los surcos de su vientre, acumulándose en el ombligo, algunas llegando casi hasta el pecho.

Se veía que se había corrido con fuerza, que se había exprimido encima mirando mi foto.

Me quedé paralizada. El aire se me atascó en la garganta. «Se la ha machacado entera… conmigo.»

El morbo me golpeó tan fuerte que sentí un calor líquido bajar directamente entre las piernas.

Me mordí el labio inferior con fuerza. La imagen desapareció de la pantalla, dejando solo el círculo gris de “Visto”, pero yo ya la tenía grabada a fuego detrás de los ojos: su cuerpo fibroso, el semen brillante bajo la luz tenue del salpicadero.

No pude contenerme.

Aparté la mirada un segundo hacia el pasillo. Todo en silencio. Hugo seguía profundamente dormido.

Me recosté más en el sofá, abrí un poco más las piernas y con la mano temblando de pura excitación, me ladeé el tanga hacia un lado.

El aire fresco de la noche me rozó el coño ya húmedo.

Deslicé dos dedos por mi raja y sentí lo empapada que estaba.

Un gemido ahogado se me escapó al tocar el clítoris.

Cerré los ojos un momento, recordando la foto y empecé a tocarme.

Me masturbé despacio al principio, circulando el dedo alrededor del botón hinchado, sintiendo cómo se me escapaba el jugo entre los dedos.

Luego metí el índice dentro, profundo, mientras con el pulgar seguía frotándome el clítoris.

Imaginaba a José en el coche, mirando mi culo en tanga, masturbándose con rabia, corriéndose a chorros sobre su propio vientre pensando en mí.

—Joder… —susurré para mí misma, apenas un soplo.

Aceleré el ritmo. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo, obsceno en el silencio del salón.

Levanté un poco las caderas del sofá, abriendo más las piernas y metí un segundo dedo.

Me follaba con la mano mientras en mi cabeza se repetía una y otra vez la imagen de su semen resbalando por esos abdominales marcados.

El orgasmo me subió rápido, traicionero.

Apreté los labios con fuerza para no gemir alto.

Las piernas me temblaron. Me corrí en silencio, contrayéndome alrededor de mis propios dedos, con la cabeza echada hacia atrás y la respiración entrecortada, imaginando que era la polla de José la que me estaba llenando mientras él se corría otra vez.

Cuando el temblor pasó, me quedé quieta varios segundos, con los dedos todavía dentro, empapados, y el corazón latiéndome en la garganta.

Saqué la mano despacio. El tanga seguía ladeado. El aire me rozaba el coño sensible y mojado.

Miré el móvil una última vez. La pantalla ya estaba negra.

Me limpié los dedos en el interior del muslo, me ajusté la ropa interior y me levanté del sofá con las piernas todavía blandas. Había cruzado una línea.

Y lo peor… era que quería volver a cruzarla.

Y entonces llegó.

Primero fue solo una punzada en el pecho. Después, una oleada fría que me bajó desde la garganta hasta el estómago. Me quedé de pie en mitad del salón, con la respiración todavía agitada y de repente me sentí asquerosa.

Sucia.

Había acabado de correrme con los dedos dentro, imaginando la polla de otro hombre, mientras mi novio dormía a unos metros.

Había abierto las piernas, me había tocado, me había follado con la mano mirando el semen de José sobre sus abdominales.

Y me había gustado. Me había gustado tanto que ni siquiera había intentado parar.

Me llevé las manos a la cara. El olor de mi propio jugo todavía estaba en los dedos. Ese detalle me dio un asco físico, real. Me froté la mano contra el muslo con fuerza, como si pudiera borrar lo que acababa de hacer.

«¿Qué coño te pasa, Inma?»

La pregunta me dolió. No era solo el hecho de haber enviado la foto. Era haber cruzado esa línea tan fácil, tan rápido. Haber sentido ese subidón de poder y de morbo mientras Hugo respiraba plácido a mi lado. Haber usado su confianza como decorado de mi propia excitación.

Me sentí infiel. No había tocado a José. No me había besado con él. Pero me había corrido pensando en él. Me había tocado el coño con la imagen de su semen todavía fresca en la cabeza. Había gemido en silencio por otro hombre mientras el mío dormía con el brazo buscando mi cintura.

Eso era suficiente.

Caminé hasta el baño del salón sin encender la luz. Me lavé las manos con agua fría, una y otra vez, frotándome los dedos como si pudieran delatarme. Me miré en el espejo a oscuras. Solo se veía el contorno de mi cara. No quería verme la expresión.

Volví al salón, cogí el móvil y lo apagué del todo. No quería que vibrara otra vez. No quería ver más mensajes. No quería ceder otra vez.

Entré en la habitación con pasos muy lentos. Hugo seguía en la misma postura. Me deslicé bajo las sábanas con cuidado extremo, como si el colchón pudiera delatarme. Él murmuró algo y me atrajo hacia su pecho. Sentí su calor, su olor, la seguridad de su cuerpo.

Me quedé rígida un segundo. Luego me dejé abrazar.

El contraste me hizo daño. Él me abrazaba con confianza. Yo acababa de masturbarme con el semen de otro hombre en la cabeza.

Cerré los ojos. El remordimiento se me sentó encima del pecho como una losa. No lloré. No me moví. Solo me quedé allí, escuchando su respiración, sintiendo cómo la culpa se instalaba despacio, densa, pegajosa.

Había cruzado una línea.

Y sabía que, aunque me odiara un poco por ello, una parte de mí ya estaba esperando el lunes.

El móvil, apagado sobre la mesa del salón, vibró una última vez en la oscuridad.

José: Nos vemos el lunes por la tarde en la planta. Te daré la mano derecha para saludarte… así sabrás exactamente con cuál me la he acabado pensando en ti.