Una notificación en la oscuridad
Inma
Hugo dormía profundamente a mi lado. Después de semejante esfuerzo, el cansancio había terminado por rendirlo por completo.
Su respiración era lenta y acompasada, tranquila y su rostro había adquirido esa expresión serena que solo aparece cuando alguien ha conseguido entregarse por completo al sueño.
Un brazo descansaba alrededor de mi cintura, como si incluso dormido necesitara mantenerme cerca.
Lo observé durante unos segundos. Había algo en aquella imagen —su cuerpo relajado, el calor que desprendía, la calma de su respiración— que me hizo sentir, aunque solo fuera por un instante, la persona más afortunada del mundo.
Pero mientras él dormía, mi cabeza se negaba a hacer lo mismo. Los pensamientos se sucedían sin descanso, saltando de una cosa a otra hasta mantenerme completamente despierta.
Con cuidado, procurando no mover demasiado el colchón, alargué la mano hacia la mesita de noche y tomé el móvil.
Reduje el brillo de la pantalla hasta dejarlo apenas visible en la oscuridad y abrí TikTok.
Empecé a deslizar el dedo, vídeo tras vídeo, dejándome arrastrar por aquel flujo interminable de contenido con la esperanza de que, tarde o temprano, el sueño terminara por vencerme.
Estaba pasando vídeos casi por inercia, con la pantalla iluminándome la cara en mitad de la oscuridad de la habitación, cuando de repente la barra superior del móvil vibró. Una notificación flotante me cortó el vídeo.
Un mensaje de WhatsApp.
«¿Un mensaje a estas horas?», pensé, arrugando un poco el ceño. Era rarísimo. Mis amigas no eran para nada de trasnochar. Alcé la mirada hacia el nombre del remitente y al leerlo, me dio un vuelco en el pecho: era José, el encargado de envasado.
Una sonrisa traviesa, casi involuntaria, se me dibujó en los labios de inmediato. Sentí un chispazo de calor recorriéndome el vientre. Ese hombre... escribiéndome a mí, a solas, en plena madrugada.
Miré de reojo a Hugo, que seguía totalmente grogui a mi lado, soltando algún que otro ronquido suave, ajeno por completo al mundo. Volví a fijar los ojos en la pantalla, mordiéndome el labio inferior, con el morbo empezando a picarme por dentro.
«¿Qué querrá este hombre a estas horas de la noche?», me pregunté a mí misma, sintiendo cómo el corazón me empezaba a latir un poco más rápido mientras abría el chat.
Abrí la conversación. Su mensaje era corto, pero iba directo al grano.
José: ¿Qué haces?
Me quedé mirando la pantalla un segundo, dibujando de nuevo esa sonrisa de medio lado.
Tenía a mi novio durmiendo placenteramente justo a mi lado, pegado a mi espalda, y yo estaba ahí, con la luz del móvil en la cara, chateando a escondidas con el tipo que mandaba en la sección de envasado.
El subidón de morbo me recorrió toda la columna.
«A ver qué quiere este hombre a estas horas...», pensé.
Inma: Intentar dormir... ¿y tú qué haces?
José: Acabo de volver de fiesta con mis amigos. Valentín también venía.
Sonreí al leerlo, aunque no sabía muy bien por qué. A esas horas, cualquier mensaje suyo parecía tener una segunda intención.
Inma: ¿Y qué quieres que haga?
Pasaron un par de minutos agónicos en los que los tres puntitos de "Escribiendo..." aparecían y desaparecían en la pantalla. Sabía que lo estaba picando.
José: ¿Solo "vale"? Qué fría eres, Inma... Esperaba que me dijeras que me habías echado de menos estos días que no nos vemos en la fábrica.
Inma: ¿Echarte de menos a ti? Mucho te crees tú. Estoy muy ocupada descansando en mis vacaciones.
José: Ya, seguro... Ocupadísima. Pero a que no te has olvidado de cómo te miro cuando pasas por mi zona...
El corazón me dio un bote. Recordar sus miradas fijas y descaradas mientras yo caminaba por la planta con el bata blanca me hizo sentir un cosquilleo caliente en las piernas.
Inma: Sé perfectamente cómo me miras, José. Eres un descarado.
José: No puedo evitarlo. Ese laboratorio se queda pequeño para lo buena que estás. Y hoy, con un par de copas encima, solo puedo pensar en la foto esa que tenías en el perfil... No te imaginas las ganas que me entran de tenerte cerca.
Escribió eso y la temperatura de la habitación pareció subir diez grados. Miré de reojo a Hugo, que se removió ligeramente entre las sábanas pero siguió durmiendo plácidamente. Volví al móvil con los dedos temblando ligeramente, disfrutando al máximo de esa tensión prohibida.
Mordisqueándome el labio inferior, decidí meter la pulla donde sabía que dolía.
Inma: Bueno, eso se te pasa rápido ahora cuando te metas en la cama con tu mujer...
La respuesta de José no tardó ni cinco segundos en entrar. Iba desatado.
José: Déjala que duerma... A la que quiero ver ahora mismo es a ti. Pásame una foto tuya en tanga.
Al leer esas palabras tan directas, se me aceleró el pulso de golpe.
Miré hacia mi derecha: Hugo seguía allí.
Una culpa punzante me dio un mordisco en el pecho, sabía perfectamente que rozaba la infidelidad jugar de esa manera con el encargado de envasado, pero el peligro y el morbo de la situación me estaban encendiendo como nunca.
Inma: Sigue soñando, José... Eso no va a pasar.
Apenas envié el mensaje, el chat me devolvió una foto de esas temporales, configurada para verse una sola vez.
El corazón se me desbocó. Sentí un nerviosismo brutal.
No sabía si abrirla o no, me daba un miedo ciego que la pantalla iluminara algo indecente justo delante de Hugo.
Decidida a salir de la duda, agarré con delicadeza la mano de mi novio, apartándola milímetro a milímetro de mi cadera sin hacer un solo ruido.
Me escurrí fuera de la cama con sigilo, descalza y me fui a pasos rápidos hacia el salón en penumbra.
Me dejé caer en el sofá. El calor de la noche y la adrenalina me tenían con la piel de gallina. Miré la pantalla y vi un nuevo mensaje entrante:
José: ¿Estás?
Tragué saliva, mantuve la respiración y pulsé sobre el círculo de la foto temporal.
La imagen se abrió. Era José, dentro de su coche, con la luz tenue del salpicadero iluminándole la cara. Llevaba la camisa de vestir desabrochada casi hasta el ombligo, enseñando un pecho fibroso y unos abdominales marcados que no se intuyen bajo la ropa de la fábrica.
«Joder... qué bueno está el viejo», me dije para mis adentros, tragando saliva mientras el morbo me recorría el cuerpo entero. La foto desapareció de la pantalla, dejando el círculo gris con el mensaje de "Visto".
Inma: No me esperaba eso... Tengo que reconocer que te conservas bastante bien para tu edad, encargado.
José: Eso no es nada comparado con lo que puedo enseñarte en persona... Ahora te toca a ti. Cumple y mándame lo que te he pedido, Inma. No me dejes así.
Miré hacia el pasillo oscuro que daba al dormitorio. Hugo dormía plácidamente a unos metros, ajeno a que su novia, en medio de la noche, estaba a punto de ceder al juego prohibido del hombre que mandaba en su planta.
Inma: ¿Y para qué la quieres exactamente a estas alturas de la noche...?
Me quedé mirando el teléfono, esperando la respuesta mientras me pasaba una mano por el muslo, notando la piel erizada por la excitación. A los pocos segundos, el chat se actualizó.
José: Para no tener que usar solo la imaginación mientras me acuerdo de ti antes de dormirme... Necesito algo tuyo para terminar bien la noche, Inma.
El mensaje era tan directo en su sutileza que me provocó un escalofrío en la nuca. Sabía perfectamente a qué se refería: quería mi foto para machacársela pensando en mí, para fantasear con la analista de laboratorio mientras su mujer dormía a su lado.
Miré de reojo hacia la penumbra del pasillo, imaginando a Hugo profundamente dormido en la habitación y luego volví a la pantalla. El morbo de saber que un hombre con la autoridad de José estaba a punto de tocarse solo por una imagen mía me estaba volviendo loca.
Inma: ¿Y qué gano yo si lo hago...? A ver, convénceme.
José no tardó ni tres segundos en escribir. Tenía el control de la conversación y sabía perfectamente qué botones tocar para mantenerme enganchada al juego.
José: Ganas tener a tu encargado comiendo de tu mano...
Saber que el que manda en la planta se vuelve loco por ti y que no puedo pensar en otra cosa.
Además, Inma, a ti te encanta saber el poder que tienes sobre mí.
Si me la mandas, la próxima vez que nos crucemos en el laboratorio vamos a tener un secreto que solo tú y yo sabremos...
Al leerlo, sentí un morbo por todo el cuerpo. Tenía toda la razón: el morbo de la dominación, de tener al jefe del turno totalmente deshecho por una sola foto mía mientras mi novio dormía plácidamente a pocos metros, era una droga demasiado fuerte para resistirme.
No sabía lo que me pasaba, pero me sentía en una autentica nube de placer y no podía parar. Era una mezcla de peligro, adrenalina y vanidad que me estaba abrumando por completo. Sentía el pecho agitado y un calor líquido recorriéndome por dentro, totalmente atrapada por la dinámica.
Me llevé los dedos a la pantalla y con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios, le escribí para apretarle un poco más las tuercas:
Inma: Bueno, eso ya lo sé... No hace falta que te pase ninguna foto para saber que comes de mi mano.
Al enviarlo, solté una risita ahogada en mitad del salón en penumbra. Me derretía de placer pensando en cómo lo estaba volviendo completamente loco al otro lado del teléfono, mareándolo, haciéndolo rabiar y suplicar mientras se consumía de ganas en su coche.
El indicador de "Escribiendo..." volvió a aparecer de inmediato, pero esta vez tardó un poco más. Sabía que le había dado en el orgullo, pero que al mismo tiempo lo tenía completamente desarmado.
José: Eres una descarada, Inma... Te encanta jugar conmigo, ¿verdad? Sabes perfectamente que me tienes como quieres. Pero no te hagas la dura ahora, que a ti también te va este juego. Venga, déjate de rodeos y mándamela ya... No me hagas rogarte más, que sabes que me estoy volviendo loco aquí solo.