El descanso #2
—A ver, tranquilo, no te asustes —dijo intentando suavizar el ambiente—. Es solo que... en estas semanas me he hecho muy, pero que muy amiga de Mimi, la chica del laboratorio. Y bueno, hemos estado hablando un montón estos días …
Al escuchar las palabras «Mimi» y «laboratorio», la desapareció de golpe. Sentí cómo la sangre me volvía al rostro. ¡Menos mal! No había ningunos cuernos, solo cosas de chicas.
Inma no paraba de hablar. Se había embalado y me contaba con mil detalles lo bien que se llevaba con ella, que sentía que habían conectado desde el primer minuto, que era una tía genial... Hablaba tanto y tan rápido que, al final, la tuve que interrumpir levantando una mano.
—A ver, a ver, vale... Ya me ha quedado claro que habéis conectado muchísimo y todo eso... pero ¿por qué dijiste antes que no me iba a hacer mucha gracia?
Le recordé exactamente las palabras que me había soltado hacía solo unos segundos y que me habían dejado el corazón en la garganta.
Inma se quedó callada de golpe, tragó saliva con cierta dificultad y me miró con ojitos de culpa.
—Pues... porque hablamos muchísimo por WhatsApp y... bueno... le he contado que estoy contigo.
Me la quedé mirando dos segundos en silencio y de repente, me dio la risa.
—¡¿Y por eso te pensabas que me iba a cabrear?! —solté riéndome.
Al verme reír, Inma dejó ir todo el aire que estaba aguantando, se relajó visiblemente y esbozó una sonrisa de alivio.
—Es que dijimos que no se lo diríamos a nadie de la fábrica y no he cumplido mi palabra...Tenía miedo de que te sentara mal.
La agarré de la cintura, la tiré hacia mí y la abracé fuertemente contra mi pecho, dándole un beso ruidoso y lleno de cariño en la mejilla.
—A ver, tonta, lo dijimos para protegernos a los dos y para que la gente de la planta no hablara de más ni opinara de lo tuyo. Pero si es tu amiga de verdad y es de confianza, es normal que lo sepa. No pasa nada.
Inma me sonrió con esa cara dulce que me volvía loco. Apoyó la barbilla en mi pecho, mirándome desde abajo. Pero yo no iba a dejar pasar la oportunidad de jugar un poco. Le puse una cara seria, pero con la mirada brillándome de pura picardía.
—Eso sí... haberte saltado el acuerdo tiene un precio. Un castigo te mereces.
Sin darle tiempo a reaccionar, deslicé la mano con fuerza por su espalda y le agarré el culo firmemente, apretándolo contra mí.
Inma dio un pequeño respingo, pero sus ojos se oscurecieron de inmediato. Se mordió el labio inferior y me miró con una voz cargada de un morbo absoluto:
—¿Ah, sí?... ¿Y qué tipo de castigo me vas a dar?
Me quedé mirándola un segundo, sintiendo cómo se me endurecía la polla solo de verle esa cara de puta sumisa que se le pone cuando se pone así. Le agarré la cara con una mano, apretándole las mejillas para que abriera un poco la boca y le hablé bajito, casi contra sus labios:
—De rodillas. Ahora. Y abre bien esa boquita.
Inma no dudó ni un segundo. Se resbaló del sofá al suelo de madera, poniéndose de rodillas entre mis piernas abiertas.
Yo me bajé el chándal y los calzoncillos de un tirón, dejando que mi polla saltara libre, dura, pesada, ya goteando un hilo de presemen.
Ella me miró desde abajo, con los ojos brillantes y la boca entreabierta, esperando.
La cogí por el pelo con una mano, tirando un poco hacia atrás para levantar su cara y con la otra me agarré la polla por la base.
Sin avisar, le di el primer pollazo seco en la mejilla.
El sonido fue húmedo y contundente. Su cara se movió ligeramente hacia un lado y soltó un gemidito ahogado.
Antes de que pudiera decir nada, le di el segundo, más fuerte, directamente sobre la otra mejilla, dejando una marca roja y el rastro brillante de mi presemen en su piel.
—Así… —murmuré, frotándole la cabeza de la polla por la mejilla marcada—. Ahora ábrela.
Inma abrió la boca de inmediato. Introduje la polla de un solo empujón, sintiendo cómo sus labios se estiraban alrededor del tronco y su lengua se aplastaba contra la parte inferior.
Empecé a follarle la boca con calma al principio, disfrutando de lo caliente y estrecho que se sentía.
Ella me miraba desde abajo, con los ojos llorosos de la presión, mientras yo le sujetaba la cabeza con las dos manos y le metía hasta el fondo, haciendo que se le hincharan las mejillas.
Cuando saqué la polla, un hilo de saliva conectó mi glande con su lengua. Le dije:
—Los huevos. Chúpamelos.
Inma no necesitó que se lo repitiera. Bajó la cabeza y metió uno de mis huevos en la boca, chupándolo con fuerza, pasando la lengua alrededor mientras lo envolvía con los labios.
El calor húmedo de su boca me hizo echar la cabeza hacia atrás.
Luego pasó al otro, succionándolo igual de profundo, dejando que la saliva le resbalara por la barbilla.
Mientras me comía los huevos, me masturbaba lentamente la polla, frotándome la cabeza contra su frente y su pelo.
Cuando volvió a subir, le metí la polla otra vez en la boca y empecé a follársela con más fuerza.
El sonido de mi polla entrando y saliendo de su garganta era obsceno, lleno de babas y de sus intentos por respirar por la nariz.
Cada vez que llegaba al fondo, se le humedecían los ojos y le salían lágrimas por las comisuras.
Yo no paraba. Le sujetaba el pelo con fuerza y le usaba la boca como un coño, empujando hasta que sentía la resistencia de su garganta.
Sentí que se me acercaba la corrida. Saqué la polla de un tirón, jadeando y me masturbé rápido justo delante de su cara. Ella se quedó quieta, con la boca abierta y la lengua fuera, esperando.
—Abre bien… —le ordené.
El primer chorro le dio de lleno en la mejilla y le cruzó hasta el ojo.
El segundo le cayó directamente en la lengua y en los labios.
Seguí exprimiéndome encima de ella, pintándole la cara con tiras calientes y espesas de semen que le resbalaban por la nariz, por la barbilla y le caían en el pecho.
Cuando terminé, le pasé la cabeza de la polla por los labios, limpiándome un poco en su boca abierta.
Inma se quedó de rodillas, con la cara llena de mi leche, respirando agitada y mirándome con esa expresión de puta bien usada que tanto me pone.
—Trágate lo que te ha caído en la lengua —le dije, todavía con la polla semidura frente a su cara.
Ella lo hizo, pasando la lengua por sus labios y tragando con un movimiento visible de garganta, sin apartar la mirada de la mía.