El descanso
Hugo
Y por fin llegaron. Después de veintiún días seguidos de curro, aguantando la rotación completa de mañanas, tardes y noches, por fin teníamos por delante nuestras ansiadas dos semanas de descanso.
Para mí no era nada nuevo, ya estaba más que acostumbrado a este ritmo de la fábrica, pero para Inma eran sus primeras vacaciones de verdad desde que había entrado a trabajar.
Dos semanas enteras por delante, los dos libres, los dos cobrando nuestro sueldo y sin la sombra de la planta rondándonos la cabeza.
Fue ella la que llevó la iniciativa. El mismo lunes, nuestro primer día oficial de libertad, se me acercó con el móvil en la mano y la cara iluminada por la ilusión:
—¡Hugo, mira esto! He encontrado una oferta buenísima para una casa en Castell de Castells. Nos la dejan tirada de precio, de verdad.
Me enseñó las fotos en la pantalla. El chalet era pequeñito, superrecogido y rústico, pero tenía un detalle que me ganó al instante: una piscina privada rodeada de montaña, perfecta para perdernos y no ver a nadie en días.
Era imposible decirle que no. Me hacía una ilusión bárbara pasar unos días a solas con ella, disfrutar de mi chica como Dios manda y desconectar por completo de todo.
Llegamos al chalet a primera hora de la tarde y nada más cruzar el portón de entrada, se nos cayó la baba. El sitio era una auténtica pasada: tranquilidad absoluta, rodeados de verde, ni un solo vecino a la vista y con el agua cristalina de la piscina brillando bajo el sol.
Nos miramos, sonreímos y ni nos molestamos en entrar a la casa.
Las maletas se quedaron tiradas junto al coche en la entrada.
Llevábamos más de una semana sin tocarnos, por culpa de los turnos de noche, acumulando ganas y tener de pronto todo ese espacio y esa intimidad para nosotros dos solos era una tentación demasiado grande.
Nos fuimos quitando la ropa a tirones de camino a la orilla, dejándola desperdigada sobre el césped.
Nos tiramos al agua completamente desnudos.
El contraste del agua fresca contra la piel ardiente nos activó al instante.
La agarré de las caderas dentro del agua, la pegué a mi pecho y nos enredamos en un beso hambriento, lleno de rabia y deseo contenido.
La subí en volandas sobre el borde de la piscina, entre el chapoteo y nuestros propios jadeos resonando en mitad de la montaña.
Teníamos tanta prisa y tantas ganas acumuladas que el polvo fue salvaje, directo y visceral, disfrutando de cada embestida con la seguridad de que nadie nos estaba mirando.
Terminamos los dos exhaustos, flotando abrazados en el agua, sonriendo como dos tontos y disfrutando de ese primer alboroto de libertad. Ya habría tiempo de sobra para desempacar las maletas y meter las cosas en la casa.
La verdad es que los primeros días en la casa fueron una auténtica locura.
Teníamos un ritmo desenfrenado, el sexo se volvió algo continuo a cualquier hora y en cualquier rincón del chalet.
Lo hicimos en el garaje, en las hamacas del jardín bajo el sol, sobre la encimera de la cocina...
Nuestra rutina se resumía en sexo, comer algo rápido, ver la tele tirados en el sofá y dormir como troncos.
Llevábamos ya varios días allí metidos y solo habíamos pisado la calle una vez para hacer la compra grande en el supermercado de la zona.
Todo parecía perfecto, pero había un detalle que empezó a rascarme por dentro y a estropearme la tranquilidad.
Veía a Inma pegada al móvil a todas horas.
Pero lo peor no era eso, sino su actitud: cada vez que yo me acercaba al sofá, me levantaba a por agua o pasaba por su lado, notaba perfectamente cómo bloqueaba la pantalla de golpe o cerraba el WhatsApp a toda prisa para disimular abriendo TikTok.
Era un gesto instintivo, rápido, de alguien que no quiere que veas lo que hay en pantalla.
Los días iban pasando y yo no podía quitarme la mosca detrás de la oreja.
La sombra de los celos volvía a perseguirme hasta en mitad de las vacaciones.
¿Con quién narices hablaba tanto? ¿Estaría cruzándose mensajes con José?
¿Con Valentín? ¿Con Álex? ¿Con Rodrigo, Antonio, Pedro...
? La lista de tíos de la fábrica era infinita y la duda me estaba comiendo por dentro, envenenándome los días de descanso que se suponía que iban a ser perfectos.
Intentaba hacerme el tonto y poner cara de que todo estaba perfecto.
No quería joder las vacaciones por mis manías y menos aún quedar como un celoso enfermizo delante de ella.
Sabía perfectamente que, si abría la boca o soltaba algún reproche, el ambiente idílico de la casa se iría a la mierda en un segundo y el plan se arruinaría por completo.
Pero me resultaba imposible ignorarlo. Verla pegada a la pantalla con esa sonrisilla tonta, con esa actitud de tonteo que intentaba camuflar cada vez que me sentaba a su lado...
me estaba matando lentamente. En mi cabeza, los fantasmas del pasado empezaron a despertar con más fuerza que nunca.
Volví inevitablemente a aquel maldito viernes de la semana de mañanas.
¿Qué coño pasó en esa fiesta a la que fue?
¿Habría pasado algo gordo de lo que yo jamás me enteraría por no haber estado allí?
Los pensamientos circulares me devoraban por dentro.
Me atormentaba a mí mismo una y otra vez, fantaseando con mil escenarios distintos mientras la miraba dormir o tomar el sol.
La duda me quemaba las entrañas y la desconfianza ya se había instalado entre los dos.
Ya no era una intuición pasajera: necesitaba saber la verdad.
Tenía que investigar con quién hablaba con tanto misterio y sobre todo, de qué demonios estaban hablando a mis espaldas.
Aproveché el momento perfecto, entró al baño a ducharse y por primera vez en todos estos días, se le había olvidado el móvil sobre la mesita de noche.
El corazón me empezó a latir a mil por hora contra el pecho.
Me quedé de pie en mitad del dormitorio, mirando la pantalla negra del teléfono como si fuera una bomba a punto de estallar.
Una voz en mi cabeza me decía que estaba cruzando una línea, que eso no se hacía, pero los celos y la carcoma de la duda pesaban muchísimo más.
Tenía un miedo atroz a que me pillara, si la puerta del baño se abría y me veía con su móvil en la mano, todo se iría a la mierda.
De pronto, escuché el sonido del agua al caer contra los azulejos de la ducha. Estaba dentro. Era mi única oportunidad.
Me acerqué a paso lento, midiendo cada pisada sobre la tarima para no hacer ruido.
Mi mano temblaba ligeramente al alargarse hacia la mesita.
Miraba de reojo la puerta del baño, temiendo que el pomo girara en cualquier momento.
Cogí el teléfono. La fría sensación del cristal en mis dedos me dio un escalofrío.
Metí el patrón que me sabía de memoria. La pantalla se iluminó de golpe, cegándome por un segundo en la penumbra del cuarto. El estigma de la incertidumbre me atenazó la garganta mientras abría las notificaciones.
Y ahí estaban: 8 mensajes no leídos de WhatsApp de Mimi.
Al leer ese nombre, sentí como si me quitaran un bloque de hormigón del pecho.
Solté un suspiro de alivio larguísimo y hondo, aflojando los hombros por completo.
No era ningún tío de la fábrica, no era José, ni Valentín, ni Álex.
Era solo su compañera Mimi. Toda la paranoia que me había montado en la cabeza durante días se desvaneció en un segundo.
Con mucho cuidado, dejé el móvil exactamente en la misma postura sobre la mesita, me di la vuelta a paso rápido y regresé a la cocina para terminar de preparar unas copas.
A los veinte minutos, la puerta del baño se abrió y apareció Inma, aún con el pelo húmedo enroscado en una toalla, caminando hacia el salón con el móvil pegado a la cara.
Venía hablando por notas de voz, riéndose y con una sonrisa de oreja a oreja que le iluminaba el rostro.
Pasó a mi lado sin ni siquiera mirarme, totalmente absorbida por la conversación.
Pero esta vez no me dolió. Viéndola tan abstraída, sonreí para mis adentros, con la copa en la mano y la cabeza por fin tranquila. Al menos ahora sabía con certeza que la que la tenía tan feliz al otro lado de la pantalla era Mimi.
Estábamos tirados en el sofá del salón viendo una película en la tele. Yo la tenía abrazada por la cintura, relajado. Inma estaba recostada sobre mi pecho, acariciándome el brazo de manera distraída mientras la luz de la pantalla nos iluminaba la cara en la penumbra.
De repente, sentí cómo su cuerpo se ponía tenso. Dejó de acariciarme el brazo. Hizo una pausa larga, suspiró de forma pesada y con un movimiento lento, pausó la película con el mando a distancia.
Se incorporó un poco, se giró hacia mí y me miró con una cara rarísima, llena de duda y preocupación.
—Hugo... —empezó a decir con la voz baja, casi en un susurro—. Tengo que contarte algo.
El tono de su voz me heló la sangre. El pulso se me disparó en el acto.
—Sé que no te va a hacer mucha gracia... pero es algo que debes saber —continuó, bajando la mirada un segundo antes de volver a clavármela en los ojos.
En ese instante, el corazón me dio un vuelco salvaje dentro del pecho.
Un nudo marinero se me apretó en el estómago y sentí cómo se me secaba la boca por completo.
Mi mente voló a mil por hora en el peor escenario posible.
«Me la ha jugado. Me ha puesto los cuernos.
Pasó algo aquel maldito viernes y me lo va a confesar ahora».
Toda la calma que había sentido minutos antes se desintegró de golpe, dejándome petrificado en el sofá, esperando la estocada final.
—Dime... ¿qué pasa? —logré articular, intentando que no se me notara el temblor en la voz.
Inma apretó los labios, me cogió las manos entre las suyas y soltó una pequeña risa nerviosa al ver mi cara de pánico.