Una vida maravillosa
Hugo
Arrastro los pies hasta el baño, me mojo la cara con agua fría para intentar despejarme un poco la neblina del cerebro y bajo a comer.
Mis padres y mi hermano ya han comido a su hora normal, pero mi madre, como siempre, me deja mi plato preparado.
Paso por el salón, donde están los tres viendo la tele y les suelto un saludo medio entrecortado, todavía con voz de dormido.
Voy directo a la cocina y me encuentro el botín sobre la encimera: un buen plato de macarrones a la carbonara esperándome y un bol bien fresco de gazpacho casero hecho por mi madre.
Me quedo mirándolo un segundo, saco una cuchara del cajón y no puedo evitar hacerme la pregunta: «¿Podría ser más afortunado en la vida?».
Me senté a la mesa con el bol de gazpacho enfrente y la cuchara en la mano. La verdad es que no me podía quejar de nada. Tengo una familia que me quiere, una madre que se preocupa por dejarme la comida lista todos los días sin falta... y bueno, el trabajo.
No diría que es el trabajo de mis sueños, las cosas como son.
Si me pusiera a pedir, mi trabajo ideal habría sido ser futbolista profesional o mejor aún, DJ.
Eso sí que sería vida. Me apasiona la música, me chifla la idea de ponerme al mando de los platos, pinchar las canciones que me vuelven loco y ver desde arriba cómo la peña se viene arriba, baila y disfruta con lo que tú estás marcando.
Ir de discoteca en discoteca, de fiesta en fiesta... eso sí sería un verdadero sueño.
Pero bueno, aterrizando en la realidad, trabajar en una fábrica de chocolate tampoco está tan mal.
A ver, ¿qué niño no ha soñado alguna vez con meterse en una fábrica llena de dulce y hartarse a comer hasta reventar?
Obviamente esto no es como en las películas, no hay ríos de chocolate líquido por los que navegar ni oompa loompas bailando por los pasillos, pero oye...
siempre cae alguna guarrería, algún bote o algún recorte que te puedes llevar a la boca. Ni tan mal.
Y luego está mi novia... mi cariño, mi gordita, mi osito. Qué decir de ella. De verdad me siento el tío más afortunado del mundo por tenerla a mi lado. Me quiere como nadie, es la mujer más sexy del planeta, la más lista y la más trabajadora con diferencia.
Ahora que trabajamos juntos en la fábrica, puedo ver de primera mano cómo se deja la piel día a día. Me alucina ver sus ganas de mejorar, de superarse y de ser la mejor en lo suyo.
Esta semana que nos ha tocado a los dos de noche, está siendo complicada.
Entre que los turnos nos tienen trastocados y que apenas nos cruzamos un par de miradas en el trabajo, casi no podemos pasar tiempo juntos.
Es una semana perra, no lo voy a negar. Pero bueno, me consuelo pensando en lo que viene justo después: en cuanto acabemos este último apretón, por fin nos esperan dos semanas enteras de descanso para estar a solas y disfrutarnos como nos merecemos.
La primera semana, no voy a mentir, lo pasé francamente mal.
Me comían los celos por dentro cada vez que veía cómo su compañero y la mitad de los tíos de la planta babeaban literalmente detrás de su culo.
Era un suplicio. Tener que morderme la lengua y tragar saliva mientras escuchaba barbaridades o comentarios fuera de lugar, sin poder saltar ni decir «eh, que es mi novia» porque habíamos acordado llevar lo nuestro en secreto para que no la tacharan de enchufada, me ponía de un mal humor de mil demonios.
Pero el tiempo me ha dado la perspectiva que necesitaba. Me he dado cuenta de que puedo confiar en Inma con los ojos cerrados. Sé cómo es, sé lo mucho que me quiere y sé de sobra que ella jamás haría nada que pudiera hacerme daño. Tener esa certeza me tranquiliza una barbaridad.
Ahora, aunque siga escuchando algún comentario tonto por los pasillos o vea a más de uno intentando hacerse el gracioso con ella, ya no me pongo hecho un toro ni me entran los ataques de nervios de los primeros días.
Confío en mi chica y sé lo que tengo en casa y con eso me basta y me sobra para llevar las noches con la cabeza fría.
Me subí a la habitación, cerré la puerta con pestillo y me tiré en la cama a ver una serie en Netflix para dejar pasar las horas hasta el turno.
Pero tenía el cuerpo inquieto. Llevaba varios días de sequía, sin sexo y sin hacerme ni una paja y esa mezcla de cansancio por los turnos y acumulación de ganas me estaba volviendo loco.
Sentía la entrepierna latirme con fuerza bajo el pantalón del chándal.
Le di al pausa en el mando a distancia, dejando la pantalla del televisor en penumbra, congelada en un tono azulado.
En el silencio de mi cuarto, solo se oía mi propia respiración, que ya empezaba a acelerarse.
Cogí el móvil con la mano un poco temblorosa y me metí en el perfil de Instagram de Inma.
Había cientos de fotos suyas, a cual más espectacular, pero mis dedos fueron directos a buscar una en concreto: su foto de perfil de WhatsApp.
Era la famosa foto del bikini en la piscina, esa donde se le veía un culo perfecto, firme y moldeado por el agua.
Y entonces me vino el pensamiento. Un pensamiento oscuro, morboso, que me prendió como una chispa en la gasolina.
Sabía perfectamente que José había estado mirando esa misma foto.
Es más: estaba seguro, poquísimo me equivocaba, de que ese madurito de mierda se había estado machacando la polla salvajemente en su casa imaginándose a mi novia, dándole al manubrio con la misma imagen que yo tenía ahora mismo a centímetros de mi cara.
Pensar en otro tío babeando, fantaseando y corriéndose con el culo de mi chica, lejos de darme rabia, me provocó un subidón de morbo brutal, un cortocircuito en la cabeza.
Me metí la mano por dentro del chándal, me saqué la polla ya completamente erguida, dura como una piedra y empecé a pajearme a un ritmo frenético.
—Ah... joder, Inma... —se me escapó un hondo gemido ahogado contra la almohada.
Apenas duré un par de minutos. La mezcla de la abstinencia, la presión de su culo en la pantalla y la imagen mental de José pajeándose con ella me hicieron colapsar al instante.
Aumenté la velocidad con agarre firme, soltando suspiros entrecortados y pesados, hasta que sentí el latigazo en el bajo vientre.
—Mmmf... ¡ostras! —gruñí apretando los dientes.
Me corrí en una serie de espasmos violentos, lanzando una buena descarga de semen denso y caliente que terminó salpicándome en todo el abdomen.
Me quedé tumbado de espaldas, jadeando fuertemente en mitad de la penumbra, viendo cómo los chorros blancos brillaban sobre mi piel con la luz de la televisión, mientras intentaba recuperar el aliento antes de tener que vestirme e irme a la fábrica.