EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Una amistad inesperada #2
44%

Una amistad inesperada #2

Las horas se nos pasaban volando entre risas y confesiones. Hablábamos de cualquier cosa hasta que, inevitablemente, salió el tema de los tíos.

—A ver, Inma... ¿qué opinas de tu encargado de envasado, de José? —me preguntó Mimi con una sonrisa juguetona mientras sujetaba la taza.

Le devolví la sonrisa y me encogí levemente de hombros.

—Hombre, hay que reconocer que tiene buen cuerpo. Se cuida bastante bien.

—¡Ya te digo! Ya le gustaría a la mitad de los tíos de cuarenta llegar a su edad con ese tipazo —dijo ella.

Aprovechando el ambiente de total confianza, me incliné un poco sobre la mesa y solté sin rodeos:

—Pues tía... yo creo que lo que quiere es empotrarme.

Mimi casi se ahoga, escupió un buche de café de vuelta a la taza por el susto y rompió a reír a carcajadas. Yo me uní a su risa al ver su cara de estupefacción.

—¡¿Pero qué dices?! —soltó secándose los labios con una servilleta.

—Como te lo cuento, tía. Siempre me repasa de arriba abajo sin cortarse un pelo. Y vamos, por lo que dicen por ahí, está casado, pero su mujer tiene más cuernos que un arce canadiense.

Mimi volvió a reírse y me guiñó un ojo con guasa:

—¡Pues anda, tíratelo! Si a la mujer le da exactamente igual...

Nos dio la risa a las dos. Dejé pasar la broma y decidí devolverle la bola:

—Venga, va, cuéntame tú. ¿A ti quién te parece el más atractivo de la fábrica?

Mimi le dio un sorbo a su café, pensándolo durante un par de segundos con la mirada fija en el techo de la terraza.

—A ver, hay varios que me llaman la atención, pero así de mi edad que me cuadren... nuestro compañero Álex Sellés. Es alto, guapo... no sé, tiene su punto de morbo.

Sonreí recordando las horas que pasaba con él.

—Sí, la verdad es que es muy guapo. Lo que pasa es que es súper paradito.

Te lo digo yo, que trabajo con él codo con codo todos los días...

Es tan soso el pobre. Le falta algo del empuje y de la forma de ser de tíos como Valentín o José.

Vamos, una temporada saliendo de fiesta con ellos dos le vendría de lujo para espabilar.

—¡Calla, calla! Déjamelo así, no me lo contamines —saltó Mimi entre risas—. A mí me gustan así, un poco tonticos.

—Hombre, pero un toque de malote siempre viene bien, ¿no? —le piqué.

—Más vale que esté atontado a que vaya de listillo —respondió Mimi, recuperando por un segundo ese tono firme de quien ya se sabe la lección—. Yo ya he conocido a un listillo en mi vida y créeme que no tengo ninguna gana de repetir.

Seguimos hablando de mil historias hasta que, inevitablemente, salió el tema que yo llevaba evitando toda la tarde.

—Tía, tenemos que repetir sí o sí lo del viernes pasado —soltó Mimi con una sonrisa complaciente.

Le devolví una sonrisa algo forzada, sintiendo cómo se me ponía un nudo en el estómago.

—Bueno... yo creo que se nos fue un poco de las manos ese juego, ¿no?

—¡Qué va, para nada! —protestó ella quitándole hierro al asunto—. Si era solo eso, un juego entre amigos para pasarlo bien.

Tragué saliva y decidí soltarlo de golpe, buscando el apoyo que tanto necesitaba.

—Mimi... Juanma tiene una foto mía de esa noche.

A Mimi se le mudó la cara al instante. Se quedó petrificada, mirándome con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué dices? —preguntó, casi sin voz—. ¿Pero cómo que tiene una foto tuya? ¿Cómo es eso posible?

En cuestión de segundos pasó del asombro a una indignación absoluta. Entró en cólera, alzando la voz en la terraza sin importarle quién la oyera.

—¡Pero será desgraciado! ¡Qué gentuza, de verdad! Estábamos pasando un buen rato, en confianza, de cachondeo... ¡¿A quién coño se le ocurre sacar el móvil para eso?! ¡Es que no se puede ser más perro!

—A ver, la foto existe —la interrumpí, intentando calmarla aunque por dentro estaba descompuesta—. Yo no la he visto, pero sé de buena tinta que existe. Solo espero que no circule y que nadie más la vea.

—¿Pero fue Juanma seguro? —me preguntó, echando humo.

—No lo sé con certeza... O él o Álex, uno de los dos tuvo que ser.

—Putoss niñatos de mierda... —soltó Mimi cruzándose de brazos, echando fuego por los ojos—. Odio profundamente a la gente que hace fotos a traición, me parece de ser muy miserable.

Hizo una pausa, respiró hondo para serenarse y me miró a los ojos con una expresión mucho más suave y protectora.

—Escúchame una cosa, Inma. No le des el gusto a nadie de verte hundida. Tú no tienes nada de lo que esconderte ni de qué avergonzarte. Estás soltera, eres libre y en tu tiempo libre puedes hacer exactamente lo que te dé la gana con quien te apetezca. Que les den.

Mimi tuvo que ver cómo me mudaba el color de la cara por completo. El aire pareció congelarse en la terraza cuando, al terminar su frase, me clavó la mirada y me preguntó con un hilo de voz:

—¿Por qué... estás soltera, verdad?

No fui capaz de sostenerle la mirada. Agaché la cabeza, apreté los labios intentando frenar el temblor de la barbilla y sin poder articular palabra, simplemente moví la cabeza de lado a lado en un gesto negativo.

En ese preciso instante, todo el aguante de la semana se vino abajo.

Rompí a llorar desconsoladamente, derrumbándome por completo entre sollozos ahogados mientras las lágrimas me caían a chorros por las mejillas.

La culpa, el miedo a la foto y el peso de haberle fallado a Hugo me aplastaron de golpe.

Mimi no tardó ni un segundo en reaccionar.

Se levantó de su silla, rodeo la mesa y se echó sobre mí, envolviéndome en un abrazo fuertísimo contra su pecho.

Me apretó con firmeza, protegiéndome de las miradas de los demás, mientras me acariciaba el pelo en silencio y dejaba que me desahogara por completo sobre su hombro.

—Cuéntame... —me susurró Mimi al oído, sin soltarme, manteniendo el abrazo firme para que nadie en la terraza pudiera verme la cara.

Entonces me abrí por completo. Le conté todo entre sollozos, desahogándome por primera vez en semanas.

Le hablé de Hugo, a quien ella todavía no conocía y de cómo habíamos decidido entre los dos que era mejor entrar en la fábrica sin decir que éramos pareja.

Se lo expliqué todo: la idea de protegerme, de evitar que la gente murmurara sobre mí o que me etiquetaran como una "enchufada" desde el primer día.

—Y Mimi... La primera semana, la primera quedada de mierda... y la lío de esta manera —dije con la voz completamente rota y el pecho agitado—. Me siento tan mal, de verdad... siento un asco de mí misma que no puedo con él.

Mimi me acariciaba la espalda con frialdad y determinación, intentando calmar mi llanto.

—No pasó nada tan grave, Inma. Escúchame bien, desahógate, llora todo lo que tengas que llorar. Pero de verdad te digo que, si se lo cuentas y habla con el corazón, te va a perdonar.

—No creo... —dije negando con la cabeza, secándome las lágrimas con un pañuelo—. Me va a dejar. Conociéndolo, no lo va a entender jamás.

—Pues si no lo entiende, es que es un retrasado —saltó Mimi sin cortarse un pelo, clavándome una mirada llena de fuerza—. Eres jovencísima, Inma y solo estabas saliendo de fiesta a pasártelo bien con la gente del trabajo. Y punto. Fin de la historia.

—No sé si debería contárselo... me voy a volver loca con esta duda —murmuré, con la culpa comiéndome por dentro.

Mimi se agarró a mis hombros y me miró fijamente a los ojos, con una expresión seria y protectora.

—Inma, escúchame. No has hecho nada imperdonable. Así que, si decides no contárselo, le vas a ahorrar un sufrimiento absurdo por algo que no significa nada. Tú lo único que tienes que hacer ahora es respirar. De esa maldita foto y de hacer que desaparezca... de eso me encargo yo.