Una amistad inesperada
Inma
La semana de tardes pasó sobre ruedas, en un suspiro continuo de tubos de ensayo, olor a cacao y ruido de maquinaria.
Tenía clara mi estrategia de supervivencia y la ejecuté sin un solo fallo.
Cada día me acerqué a un compañero diferente de la plantilla: una charla rápida con los de envasado, un par de bromas con los de mantenimiento, comentarios de pasada con la gente de logística...
En una planta así, la red de contactos lo es todo y poco a poco me fui metiendo a todo el mundo en el bolsillo.
Mientras tanto, en la parte técnica la clavé. Me pasé todos los días pateándome la planta de arriba abajo, recogiendo muestras, haciendo las mediciones en la pecera sin dejar que las miradas de José ni las ocurrencias de Valentín me descentraran y subiendo los resultados al laboratorio principal.
Loli y Álex estaban sencillamente encantados.
En toda la semana solo me hizo falta subir a hacerles una única consulta.
Una sola duda puntual los siete días de turno.
Les alucinaba la autonomía que tenía, la rapidez con la que procesaba los datos y la limpieza con la que entregaba los informes finales de cada lote.
El viernes a última hora, mientras terminaba de limpiar la bancada para entregar el relevo, Álex se me acercó por la espalda. Como de costumbre, no pudo evitar sacar su vena pilla y guasona.
—Oye, Inma... —dijo en voz alta para que lo oyera Loli, mirándome con una sonrisa burlona—. La verdad es que parecías tonta cuando te compramos, ¿eh?
Loli se echó a reír desde su mesa y yo le puse mala cara de broma, amenazándole con una pipeta de Erlenmeyer. Pero justo cuando pasó por mi lado para dejar su carpeta, Álex se inclinó levemente hacia mí y me susurró al oído con un tono cercano y sincero:
—Lo estás haciendo genial, de verdad.
Esas palabras me sacaron una sonrisa de oreja a oreja. El esfuerzo había merecido la pena: me había ganado el respeto del laboratorio y tenía la planta bajo control.
Con Valentín las cosas fluyeron de una forma sorprendentemente fácil.
A pesar de ser el mejor amigo de José y de esa presentación tan descarada en la pecera, terminó ganándose mi simpatía.
Tenía un humor absurdo y desenfadado que me ayudaba a destensionar el turno.
Cada vez que me veía cruzar la nave con el maletín de muestras, me gritaba desde su puesto en la línea de envasado, elevando la voz por encima del estruendo de las máquinas:
—¡Inma! ¡Si necesitas un dentista avísame, que te busco hueco!
Era una soberana chorrada, pero me sacaba una sonrisa inevitable. Además, cogió la costumbre de guardarse un detalle cada vez que yo pasaba cerca: sacaba una piruleta del bolsillo, me la tendía con un guiño y me decía:
—Toma. Hoy la consumición es gratis... pero la visita que le hagas a mi mujer dentro de un tiempo por las caries, esa ya te digo yo que no.
Entre broma y broma, la presencia de Valentín me hizo la semana mucho más llevadera.
Fuera de la fábrica, los días transcurrieron en una calma de agradecer.
Hugo y yo estuvimos muy bien, pasó varias noches en mi casa, disfrutando de una libertad absoluta.
Mis padres se habían marchado a Moraira a pasar la temporada, tal y como hacían religiosamente todos los años durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre.
Les chiflaba esa playa y al tener familia allí, era su refugio veraniego por excelencia.
De pequeña a mí también me encantaba irme con ellos y pasar los meses entre calas, pero con los años la cosa cambió.
Mis amigos y mi vida estaban aquí. Tenía la playa a diez minutos de casa y francamente, quedarme sola en una casa entera para mí sola durante todo el verano era un lujo que no pensaba desaprovechar.
En conclusión, la semana de tardes me gustó muchísimo más de lo que esperaba, de hecho, creo que la prefiero mil veces a la de mañanas.
Había bastante menos estrés en la planta, podía regalarme unas cuantas horas más de sueño por las mañanas y al salir de trabajar, el ritmo era perfecto: cenar tranquila con Hugo, ver un par de episodios en Netflix y meterme en la cama con la gloria de no tener una alarma sonando en la mesita antes de que el sol volviera a salir.
Era un turno fantástico. Después de estos siete días de trabajo seguidos, le había cogido completamente el truco y me sentía bastante cómoda.
Ya solo me quedaban los últimos siete días del turno de noche para dar por finiquitada mi primera rotación completa en la empresa.
Eso sí, no voy a negar que le tenía un respeto enorme a la noche.
Me daba bastante miedo cómo iba a reaccionar mi cuerpo al cambio de ritmo, a pasarme la madrugada en vela entre probetas y a tener que dormir del tirón con la luz del día entrando por la ventana.
Para no ir a ciegas, fui aprovechando los últimos días de la semana para pedir consejo a todo el mundo.
Le pregunté a Loli, a Álex, a Antonio e incluso a José, apuntándome en una libreta cada uno de sus trucos: desde la hora exacta para tomarme el último café sin arruinar el descanso posterior, hasta el uso de persianas bajadas a cal y canto, antifaz y tapones.
Estaba decidida a afrontar esa última etapa con buen pie, confiando en que, con un poco de disciplina y la lista de consejos de mis compañeros, las noches se me pasarían tan volando como esta semana.
El viernes mandaron un mensaje por el grupo proponiendo salir de fiesta al salir de trabajar.
Pero sinceramente, después de lo que había pasado el viernes anterior, no tenía el cuerpo para líos.
Me inventé una excusa rápida para escaquearme, les puse que tenía que acercarme a Moraira a llevarle a mi madre el secador de pelo, que se le había olvidado en casa.
Todos empezaron a poner por el grupo cosas como «joo, qué pena» o «para la próxima no te escapas».
Entre los mensajes destacó el de Mimi, que pintaba ser la más fiestera de todas.
Escribió: «Menos mal que hoy me toca trabajar, porque si no estoy allí la primera». Me hizo muchísima gracia su comentario.
La verdad es que llevaba toda la semana hablando con Mimi por WhatsApp y habíamos hecho muy buenas migas.
Había tenido un feeling buenísimo con ella desde el primer momento.
Raquel también me caía bien, pero era unos años más mayor que yo.
Aunque trabajábamos juntas a diario, no terminaba de conectar con ella a un nivel más personal, nuestras conversaciones eran siempre muy superficiales, tipo «¿qué opinas de Antonio?
», «¿qué te parece Álex?» o «¿qué tal ves a Rodrigo?
». Hablábamos del resto del personal de la fábrica, pero de ahí no pasábamos.
Con Mimi era todo lo contrario. Cualquier tema que salía en la conversación nos hacía saltar la chispa: pensábamos de forma casi idéntica y nos daban las tantas hablando por WhatsApp.
Nos contábamos cómo nos había ido el día, qué habíamos visto en la planta o qué partes del trabajo nos parecían más complicadas.
Aprovechando esa confianza, le pregunté cómo había llevado ella el turno de noche.
Su respuesta fue puramente Mimi: «A mí me chifla la fiesta, así que lo llevé fenomenal. Ni me enteré del cambio, para mí es como estar de trasnoche».
Tenía muchísimas ganas de tomarme algo con Mimi y hablar tranquilamente fuera del ambiente de la fábrica, así que no me lo pensé dos veces.
Le escribí para proponerle quedar el lunes por la tarde.
Como yo entraba al turno de noche, me venía genial para despejarme antes de ir a trabajar y ella justo empezaba dos semanas enteras de vacaciones antes de volver a la carga.
Su respuesta fue inmediata: un «¡sí, me encanta el plan!» entusiasmado.
Me puse súper contenta. Me apetecía un montón tener esa charla a solas, tomar algo en una terraza y seguir conociéndonos más allá de las paredes del laboratorio, sin la presión del trabajo, sin cotilleos sobre los compañeros y con la tranquilidad de haber encontrado, por fin, a una verdadera amiga dentro de la planta.
Quedamos a las cuatro de la tarde y, tal como imaginaba, el tiempo con ella pasó volando. Entre café y café, Mimi se fue abriendo y me estuvo contando un poco su vida. Para los 22 años que tenía, la verdad es que no había tenido demasiada suerte.
Ella era de Córdoba, pero nada más cumplir los 18 decidió armar las maletas y venirse para acá a estudiar, en parte para poner tierra de por medio y huir del ambiente de su pueblo.
Resulta que había empezado con el novio de toda la vida a los 15 años y estuvieron tres años juntos, tres años en los que el chaval le puso los cuernos con prácticamente medio pueblo.
Mimi perdonaba y perdonaba, pensando que él terminaría cambiando con el tiempo, pero los meses pasaban y todo seguía exactamente igual.
Al final, la vergüenza y el agobio de sentirse en boca de todos fueron tan grandes que no lo dudó: cogió sus cosas y se vino aquí a empezar de cero, huyendo de todo ese machaque.
Me confesó que de pequeña era súper tímida, pero que verse de pronto sola en una ciudad nueva la obligó a espabilar y la cambió por completo.
Ahora era esa chica extrovertida, alegre y lanzada que yo había conocido en la fábrica.
Estaba feliz de estar soltera y no se cansaba de repetirme que era lo mejor que le había pasado en la vida: hacía lo que quería, cuando quería y con quien le apetecía, sin tener que darle explicaciones a absolutamente nadie.
«Y al día siguiente, si te he visto ni me acuerdo», me decía entre risas.
Escucharla me hizo admirarla un montón. Me pareció una tía que había sufrido lo suyo, pero que había sabido pasar página de verdad.
Lejos de quedarse hundida, esa mala experiencia la había hecho infinitamente más fuerte: una mujer empoderada que ahora llevaba el control absoluto de su vida y de su libertad.