Valentín #4
No me sentía nada cómoda. Sentía la nuca ardiendo y una presión en el pecho que me dificultaba respirar con normalidad.
La presencia de Valentín, tan pegada a la de José, multiplicaba esa sensación de estar acorralada.
Lo único que quería en ese momento era acabar de una puta vez con las mediciones, recoger el maletín y subir las escaleras hacia el laboratorio principal.
Allí, junto a Álex y Loli, estaría a salvo de ese juego oscuro en el que me estaba hundiéndome sin remedio.
Para romper esa tensión sofocante que se cortaba con un cuchillo, me obligué a romper el silencio. Agarré una pipeta, me giré a medias para mirarlos y traté de poner mi voz más casual.
—Bueno, Valentín... cuéntame algo de ti, ¿no? ¿Dónde trabajabas antes de caer por aquí?
Valentín se reacomodó, apoyando el codo en la bancada con soltura.
—Pues la verdad es que vengo de estar viviendo en Londres —dijo con una sonrisa tranquila—. Estuve allí un buen tiempo trabajando de camarero.
—¡De camarero no, hombre! Cuenta la verdad —interrumpió José soltando una carcajada y dándole un codazo en las costillas—. Que se echó de novia a una dentista y por amor... en fin, las locuras que hace uno cuando se le calienta la cabeza.
Valentín se echó a reír, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Bueno, sí, qué le vamos a hacer. El caso es que he estado allí quince años.
Tengo dos hijos, ya nacidos allí y todo, pero la vida en Londres no me terminaba de encajar.
Demasiada lluvia, demasiado gris... Queríamos que los críos se criaran aquí, la verdad.
Creo que van a ser mucho más felices y nosotros también.
—¿Ah, sí? ¡Qué guay! —le fui contestando para seguirle el juego, intercalando frases mientras llenaba los tubos de ensayo—. ¿De verdad tienes dos hijos? Madre mía, pues no te hacía yo con tanto lío encima...
—Sí, sí, dos fieras —continuó él, visiblemente más relajado al ver que le daba conversación—.
Mi mujer ha montado una clínica dental aquí en el centro y con eso pues bueno, iremos tirando bien.
Y sobre mi trabajo... pues la culpa la tiene mi hermano José —le dio una palmada fuerte en el hombro, a lo que José respondió con una risa de suficiencia—.
Me dijo que en la fábrica estaban buscando gente para la línea, que le pasara el currículum rápido para moverlo y mira... aquí estoy.
—Bueno, yo la verdad es que solo llevo una semana aquí —comenté mirando a José de reojo—, pero de momento muy bien, la verdad.
—¡Y tanto que bien! —saltó José al instante, clavándome una mirada cargada de intención mientras me guiñaba un ojo con absoluta desfachatez—. Menuda fiesta se pegó el viernes...
El comentario me cayó como un jarro de agua fría. Me revolvió el estómago por dentro al recordar todo lo que había pasado esa noche, pero me obligué a tragar saliva, puse mi mejor cara de póquer y le devolví una sonrisa fingida para no delatarme delante de su amigo.
—¿Ah, sí? —soltó Valentín, cruzándose de brazos y dibujando una sonrisa socarrona mientras nos miraba a los dos—. ¿Y qué hicisteis el viernes, a ver?
Aunque lo preguntaba con tono inocente, estaba segurísima de que José ya le había largado cada detalle de la historia para fardarle. No pensaba quedarme callada ni dejar que José llevara el control de la conversación delante de su amigo.
—Pues mira, yo salí a comer con mis compañeros de trabajo —solté mirándole fijamente, con un tono lleno de guasa—, pero tu amigo, que es un calzonazos de cuidado, prefirió quedarse en casita cuidando de sus bebés.
A José se le subió el color a las mejillas de golpe, visiblemente picado por el dardo, mientras Valentín rompía a reír, dándole un par de palmaditas en la espalda a su colega.
—¡Ostras! Veo que lo conoces bien, ¿eh? —se burló Valentín, disfrutando del momento.
José, intentando no quedar como un blando y sacando el pecho para hacerse el macho alfa delante su amigo, se cruzó de brazos y me clavó la mirada con tono chulesco:
—¿Y para qué querías que fuera a la comida, a ver? Si quieres, tú y yo quedamos a solas, sin niñatos alrededor que molesten.
—Uyyyy... esto se está poniendo muy interesante —animó Valentín, frotándose las manos y mirando la escena como si estuviera en primera fila de un espectáculo.
—¿Y para qué iba a querer quedar yo contigo a solas? —le contesté alzando una ceja, manteniendo la calma.
—No sé, dime tú. Como parece que te molesta tanto que no fuera a comer contigo... Pensaba que estabas deseando que quedáramos los dos solos.
Le sostuve la mirada y le solté una respuesta que sonó con un doble sentido demoledor, como si tuviéramos un historial secreto de citas pendientes, cuando la realidad era todo lo contrario:
—Solo digo que mucho hablar y mucho pavonearte, pero a la hora de la verdad, nunca haces nada.
El comentario flotó en el aire densamente. Valentín ahogó una risita y José apretó los dientes, descolocado. Aproveché ese segundo de silencio para cerrar la tapa del maletín con un golpe seco, marcando el final de la función.
—Bueno, chicos, he terminado con estas mediciones. Voy arriba a procesar los datos y en un rato bajaré a por más muestras —dije recuperando la profesionalidad de golpe.
Miré a Valentín, le dediqué una sonrisa educada y añadí:
—Un placer haberte conocido, Valentín. Que te sea leve el primer día.
Agarré el maletín de muestras y salí de la pecera a paso ligero, sintiendo un alivio inmenso en cuanto el aire fresco del pasillo me tocó la cara y dejé a los dos atrás en el laboratorio.