EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Valentín #3
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Valentín #3

Giré de golpe, con el corazón en la garganta y la botella de reactivo temblando en la mano.

Esperaba encontrarme con la cara de José, pero lo que vi me heló la sangre.

A escasos centímetros de mí, tapándome cualquier vía de salida, había un chico al que jamás había visto en la planta.

Era alto, ancho de espaldas y me miraba fijamente, recorriendo sin el menor disimulo las curvas de mi cuerpo.

Justo detrás de él, José terminó de cerrar la puerta del laboratorio.

Se quedó pegado a la puerta de cristal, apoyando la espalda contra el marco como si estuviera custodiando el acceso, asegurándose de que nadie pudiera interrumpir.

Si la pecera no hubiera sido transparente, si el cristal no diera a la planta, habría jurado que me iban a violar allí mismo.

La estampa era aterradora: José protegiendo la entrada para que nadie pasara y este desconocido avanzando un paso más hacia mí, acorralándome contra la bancada de acero.

Fue tal la impresión, el susto seco que me dio en el pecho, que pegué un grito ahogado.

—¡Ah! —se me escapó, mientras el aire se me cortaba en la garganta y una lágrima de pánico me resbalaba por la mejilla, traicionando el terror ciego que me acababa de golpear.

Me pegué de espaldas contra la mesa, respirando a bocanadas, sintiendo cómo el morbo y el peligro se mezclaban en la pecera.

El chico desconocido sonrió con lentitud, disfrutando abiertamente de mi reacción, mientras José, desde la puerta, nos observaba con una mirada cargada de un morbo oscuro y dominante.

Me quedé paralizada, con el corazón martilleándome las costillas. Ese chico desconocido no retrocedió ni un milímetro

De pronto, soltó un bufido grave, un silbido bajo y denso cargado de una lujuria.

—Buufff... —mordió su labio inferior y miró a José por encima de mi hombro, haciéndole un gesto con la cabeza de pura devoción morbosa—. Joder, hermano... Tenías toda la razón. Te quedaste corto.

Fue ahí cuando encajé las piezas. José, desde la puerta, sonrió con una suficiencia repulsiva, disfrutando de cada segundo del impacto que mi cuerpo causaba.

—Inma, tranquilízate, mujer, que no te vamos a comer...

todavía —dijo José avanzando hacia nosotros con paso lento y cazador—.

Mira, te presento a Valentín, mi mejor amigo.

Se viene a trabajar aquí, lo he enchufado hoy y le he dicho que lo primero que tenía que hacer era conocer a la chica más espectacular de toda la planta.

El tal Valentín no quitaba los ojos de los míos.

Pero antes de que pudiera articular palabra, José se pegó por completo a mi espalda.

Sentí la presión firme de su cuerpo contra mis nalgas y su mano se posó en la parte alta de mi espalda, sujetándome con un agarre que no me dejaba margen de maniobra.

Me empujó suave pero implacablemente hacia adelante, acortando la distancia hasta dejarme casi pecho contra pecho con su amigo.

—Anda, dale la bienvenida como se merece —me murmuró José al oído, con la voz grave y caliente rozándome la nuca, mientras la mano de Valentín bajaba de forma instintiva a buscar mi cintura por encima de la camiseta.

Atrapada en esa pinza, con el pulso desbocado y una mezcla turbia de miedo y sumisión recorriéndome las venas, no pude huir.

Valentín inclinó la cabeza hacia mi cara.

El primer beso no fue un saludo cordial en la mejilla, fue un contacto deliberado, lento y húmedo justo en la comisura de mi boca.

Sentí el roce de su barba rasposa y su aliento caliente chocando directamente contra mis labios, demorándose un segundo entero antes de separarse con un chasquido sonoro.

Sin romper el contacto visual, disfrutando de mi confusión, se desplazó al otro lado. El segundo beso fue todavía más descarado: rozó de lleno el borde de mi labio superior, apurando el perfume de mi cuello mientras apretaba los dedos con fuerza en mi cadera.

—Un placer enorme, Inma... De verdad —susurró Valentín con la boca pegada a mi piel, dejándome completamente desarmada y expuesta bajo la atenta y morbosísima mirada de José.

Se me cortó la respiración por completo. Me quedé petrificada entre los dos, sintiendo todavía el calor de los besos de Valentín en la comisura de los labios y la presión de la mano de José en mi espalda. La pecera parecía haberse quedado sin aire.

—Veo que os habéis entendido bien —dijo José con una sonrisa torcida, rompiendo el silencio.

Pasó por mi lado rozándome la cadera con la suya y se apoyó en el borde de la mesa, justo al lado del bote de chocolate blanco que me había llenado Antonio—.

Valentín va a estar en la línea de envasado, Inma.

Así que vais a tener que veros mucho las caras. Y compartir bastantes cosas.

El tono con el que dijo "compartir" me erizó los vellos de los brazos. Valentín no me quitaba el ojo de encima, mantenía esa sonrisa descarada, confiada, sabiéndose respaldado por José.

—A mí no me va a costar nada acostumbrarme a la rutina si el paisaje es este —soltó Valentín, bajando la vista un segundo hacia mis pechos antes de volver a mirarme a los ojos—. Con razón me hablabas tanto de ella, José.

—Te lo dije, hermano. En esta planta hay mucho material, pero lo de Inma... lo de Inma juega en otra liga —contestó José, mirándome de arriba abajo con una mezcla de orgullo y posesión que me revolvió el estómago.

Me obligué a tragar saliva y a recuperar el control de la situación. No podía quedarme ahí vendida, paralizada como una cría indefensa.

—Bueno... me alegro de conocerte, Valentín —dije intentando que la voz no me temblara, aunque me sonó más grave y agitada de lo que pretendía—. Pero si me disculpáis, tengo un turno que sacar adelante y bastantes analíticas pendientes.

Me giré hacia las probetas, dándoles la espalda, esperando que entendieran la indirecta y me dejaran respirar.

Pero sentí perfectamente cómo ninguno de los dos se movía un solo centímetro.

Se quedaron detrás de mí, en un silencio denso y cargado de morbo, disfrutando de cómo el uniforme me marcaba la figura mientras me inclinaba para ajustar el reactivo.

—¿Nos dejas quedarnos a mirarte mientras trabajas? —soltó José desde la mesa, inclinando la cabeza con una sonrisa burlona.

Tragué saliva y apreté los dedos contra el tubo de ensayo.

Estaba deseando echarlos de allí a patadas, gritarles que me dejaran en paz y cerrar la puerta con pestillo.

Pero sabía que si me ponía borde o me mostraba a la defensiva, solo conseguiría parecer una antipática, tensar más las cosas y darles todavía más poder sobre la situación.

Tenía que mantener la compostura como fuera.

—Vale, como queráis —respondí tratando de sonar indiferente, encogiéndome de hombros sin darme la vuelta.

Me concentré en las muestras, clavando la vista en la escala graduada de los recipientes.

Tras de mí, el ambiente en la pecera se volvió insoportablemente pesado.

Escuchaba el murmullo constante de los dos, sus susurros ahogados y alguna risilla baja que se les escapaba mientras comentaban cualquier detalle a mis espaldas.

No hacían falta palabras para saber exactamente a dónde se les iban los ojos cada vez que me inclinaba sobre la bancada o me giraba a coger un reactivo.