Valentín #2
Agarré el bolso, metí el móvil bien profundo en el bolsillo interior sin volver a mirar la pantalla, eché la llave a la puerta con un giro decidido y salí a la calle dispuesta a comerme el lunes.
Llegué a la planta la primera, con varios minutos de margen sobre el cambio de turno. Mis compañeros del turno de mañana me vieron entrar y suspiraron con alivio al poder darme el relevo a tiempo.
Hice la toma de contacto rápido con Álex Sellés y Loli, que ya estaban listos con los cuadernos de registro abiertos. Les resumí con precisión el estado de la planta, las lecturas de las últimas horas y el volumen de producción que nos esperaba por delante para la tarde.
Álex, tan divertido y guasón como de costumbre, me miró de arriba abajo con una sonrisa de oreja a oreja y me soltó el habitual jarro de agua fresca:
—Bueno, Inma, ya sabes lo que te toca hoy, ¿no? Toda la semana a coger muestras por la planta y a analizarlas tú solita. Hay que empezar a volar del nido y ser independiente de una vez.
Loli asintió a su lado con una sonrisa comprensiva, mientras Álex remataba con un tono más cercano:
—A ver, si necesitas cualquier cosa o te atascas con algún parámetro, aquí estamos Loli y yo para lo que sea, pero esta semana el trabajo de campo es tuyo. Tienes que sacarlo adelante tú sola.
Escuchar sus palabras me dio un chute instantáneo de motivación.
Sabía perfectamente en qué punto del tablero me encontraba: tenía que ganarme la confianza de ambos a base de hechos.
No me podía permitir ni un solo error. Sabía que la clave era ser metódica, rápida, impecable en cada toma de datos y absurdamente trabajadora.
Solo cuando demostrara que la planta no tenía secretos para mí y que sacaba el trabajo sin pestañear, me abrirían las puertas del laboratorio principal para participar en los análisis complejos.
Ese era mi verdadero objetivo, mi meta a corto plazo, y no pensaba desviarme ni un milímetro.
Al bajar a la zona de proceso, el ruido constante de la maquinaria me recibió de lleno, pero mi atención se desvió en un segundo: a lo lejos, entre las tuberías, vi a José.
Parecía que el tío tenía un radar integrado conmigo, no llevaba ni dos minutos en la planta y ya me estaba clavando la mirada desde su puesto.
Mantuve el tipo, levanté la barbilla y evité cruzarme en su trayectoria.
Fui directa a lo mío, a por la primera toma de muestras.
Para llegar al punto de muestreo tuve que pasar por la zona de Antonio. Él siempre solía esquivarme o mantener las distancias, pero ese día ocurrió algo diferente: al verme acercar, no se movió. Se quedó cerca, apoyado en la estructura de paso, observando cómo preparaba los frascos.
No pude evitar fijarme bien en él. La verdad es que el chaval tenía su punto: rondaría los treinta y pocos, estaba bastante fuerte y llevaba los brazos llenos de tatuajes que se le marcaban bajo la camiseta de trabajo.
Aunque sabía de sobra que mi prioridad absoluta era no meter la pata con las muestras, también tenía clarísimo cómo funcionaban las dinámicas de una planta industrial.
Caerle bien a la gente del turno no era solo una cuestión de simpatía, era una estrategia fundamental.
En un sitio como este, tener aliados y llevarte bien con los operarios de planta es la diferencia entre que te echen una mano cuando se complica una medición o que te dejen vendida.
Así que, sin perder el ritmo con los frascos ni descuidar el procedimiento, le dediqué mi mejor sonrisa y le di conversación.
—¿Qué pasa, Antonio? —le solté con tono desenfadado, sin dejar de rotular el bote—. Hoy no te me escapas, ¿eh? A ver si me vais a dejar a mí sola con todo el marrón de las muestras esta semana...
Antonio dio un par de pasos hacia mí, achicando los ojos con una media sonrisa entre desafiante y descolocada.
—¿Qué me escapo de qué? —soltó con un punto de prepotencia, intentando hacerse el duro, pero cruzándose de brazos para disimular—. Si la que huye eres tú.
Siempre que me cruzo por tu puesto o voy a pedirte un dato, pareces un conejo asustado. No sé qué te he hecho para que me tengas tanta manía.
Lo miré de arriba abajo, notando cómo, a pesar del tonito de sobrado, los tatuajes de los brazos se le tensaban y la manzana de Adán le bajaba rápido. Estaba nervioso. Le ponía nervioso tenerme tan cerca.
Me dio la risa y negué con la cabeza, disfrutando de tener el control de la situación.
—¿Manía yo? Pero qué dices, no te flipes... —Me contestó con una risita picante, acercándose un paso más a mí y rozándome el brazo sin querer.
Anda, menos lobos y ayúdame a coger la muestra del chocolate blanco del horno, que tú llegas mejor que yo a la grifería alta.
El chaval se quedó pillado un segundo, bajó la mirada al suelo, visiblemente desarmado por el gesto y tragó saliva.
Sin rechistar, agarró el frasco estéril de mis manos, se estiró hacia la válvula superior del horno y lo llenó con el hilo de chocolate denso y caliente, concentrado al máximo para no meter la pata delante de mí.
—Aquí tienes, pija —me dijo entregándome la botella caliente de chocolate blanco, intentando recuperar el tono chulesco de antes.
Le sostuve la mirada con una sonrisa de lado, alzando una ceja.
—¿Pija? ¿Ese es el mote oficial que me vas a poner?
Antonio me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de la cuenta en mi cintura antes de volver a mis ojos.
—Te podría decir alguna barbaridad peor, la verdad, pero me voy a callar...
—No, no, ahora no me dejes con la intriga. Venga, dímelo —le provoqué, dando un pasito hacia él.
—Mira, Inma, si te digo lo que se me pasa por la cabeza, me tienen que echar de la empresa hoy mismo —soltó con una media sonrisa picante.
Me dio la risa por la respuesta, pero en lugar de cortarme, me acerqué, le cogí las manos con total confianza para coger el bote y le di un toque divertido.
—Madre mía, anda que dices unas cosas...
A partir de ahí la tensión inicial se disipó y nos quedamos hablando un buen rato, como si nos conociéramos de toda la vida, apoyados en la balaustrada de la planta y mirándonos directamente a los ojos sin pestañear.
La conversación fluyó sola. Me contó que tenía 39 años, algo que me dejó alucinada porque jamás le habría echado esa edad, para mí aparentaba treinta y muy pocos, súper bien conservado y en forma.
Me confesó que hacía dos años lo había dejado con su mujer tras ocho años de matrimonio y que acababa de empezar una nueva etapa con otra chica.
Saco el móvil y me enseñó fotos de su pareja.
—Mira, voy a ser papá en breve —me dijo con un brillo especial en la mirada, una mirada de orgullo.
En las fotos se veía a una chica guapísima con una tripa de embarazada ya muy avanzada, le quedaba nada para dar a luz. Se le notaba la ilusión en la cara al contármelo.
—¡Ay, Antonio, qué alegría! —exclamé con una sonrisa sincera—. ¡Enhorabuena, de verdad!
Me acerqué y le di dos besos en las mejillas para felicitarlo. Al separarme, vi cómo sonreía de forma completamente diferente, mucho más relajado y cercano. En ese preciso instante supe que me lo había ganado del todo, ya tenía a otro aliado en la planta.
Eché un vistazo rápido al reloj de pared y abrí los ojos de par en par.
—¡Ostras, Antonio, me voy volando que voy tardísimo! —le dije dándole un toque cariñoso en el brazo.
Él se echó a reír, divertido por las prisas y se limitó a saludarme con la mano en alto para despedirse mientras me alejaba a paso ligero.
A partir de ahí me puse en modo profesional absoluto.
Recorrí la planta puesto por puesto, concentrada al máximo, cogiendo cada una de las muestras que necesitaba para mi turno.
Pasé de largo por delante de varios compañeros, esquivando conversaciones y centrándome únicamente en rotular envases y tomar lecturas de los tanques.
Tenía que demostrarle a Álex y a Loli que podía con todo.
En una de las pasadas por la línea central, mis ojos se cruzaron con los de Hugo.
Estaba apoyado en su mesa de trabajo y en cuanto me vio pasar con el maletín de muestras y el uniforme ajustado, se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
Le brillaban los ojos. Estaba radiante, completamente feliz.
Se le notaba a leguas que aún paladeaba el recuerdo del polvo a medias que nos habíamos marcado en la piscina del balneario y la descarga salvaje que le había regalado en el jacuzzi.
Me miraba como si fuera el tío más afortunado del mundo, sin la menor idea de la tormenta que yo llevaba por dentro.
Le devolví una sonrisa rápida, disimulada, pero el remordimiento volvió a darme un mordisco seco en el estómago antes de seguir mi camino.
Entré en la pecera a paso ligero, cerrando la puerta acristalada tras de mí para aislarme del ruido sordo de los motores de la planta.
Dejé el maletín de muestras sobre la bancada de acero inoxidable y me puse manos a la obra sin perder un solo segundo.
Pipetas, reactivos, tiras de medición...
Mis manos se movían con una precisión casi automática, intentando volcar toda mi concentración en los tubos de ensayo para no dejar que los nervios me traicionaran.
Pero lo sabía. Sabía perfectamente que el silencio en ese espacio cerrado no iba a durar mucho. José tenía una constancia enfermiza para estas cosas, era cuestión de minutos, o de segundos, para que apareciera por la puerta como hacía absolutamente todos los días.
Y así fue.
No había terminado de enrasar la tercera probeta cuando escuché el chasquido del pestillo de la puerta. Por el rabillo del ojo vi recortarse su silueta contra el cristal. El estómago se me encogió en un nudo ciego mientras sentía cómo sus pasos se acercaban lentamente a mi espalda.