Valentín
Inma
Me desperté sin necesidad de alarma. Después de una semana interminable de madrugones salvajes, por fin podía entregarme al placer de dormir todo lo que el cuerpo me pidiera. No había prisa. Solo el silencio de la habitación y la textura suave de las sábanas abrazándome la piel.
Necesitaba este descanso desesperadamente para recuperarme.
Había sido una semana de estrés acumulado, de noches cortas, de absorber una cantidad ingente de información nueva a marchas forzadas y de vivir a mil por hora sin un solo segundo para coger aire.
El agotamiento me pesaba en los huesos, pero saber que el lunes me regalaba esta tregua era la mejor de las recompensas.
Giré la cabeza despacio sobre la almohada, respirando hondo, disfrutando del calor de la cama y de la lentitud de un despertar sin prisas.
Acomodé la cabeza en la almohada y me quedé mirando fijamente las sombras del techo.
El silencio de la habitación, en lugar de calmarme, empezó a llenarse con el eco vertiginoso de los últimos días.
En medio de esa paz imprevista, una pregunta inevitable me golpeó en el pecho, obligándome a sostener un diálogo interno del que no podía huir:
Pero a ver, Inma... ¿qué demonios has hecho esta semana?
Me llevé las manos a la cara, frotándome los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar las imágenes que se agolpaban en mi mente.
No me reconocía. La chica prudente, la que siempre medía las consecuencias de todo y guardaba las formas con una compostura impecable, parecía haberse disuelto por completo en los últimos siete días.
Había cruzado límites que jamás, ni en mis fantasías más oscuras, creí capaz de traspasar.
Lo de ayer en el balneario superaba cualquier lógica.
Todavía sentía el fantasma del agua helada en la piel, la vergüenza abrasadora de los gritos de las tres ancianas y la vibración de mi propia respiración descontrolada contra la pared de piedra.
¿En qué momento me había convertido en esa mujer?
Dejar que Hugo me tocara a medio metro de un desconocido, exhibir mi cuerpo ante la mirada hambrienta de dos chavales, y lo más extremo: masturbarlo bajo la espuma de un jacuzzi público, a milímetros de la pierna de un extraño, manteniendo una conversación casual como si fuera la persona más fría del mundo.
Esa no era yo. O, al menos, no la Inma que creía conocer.
Pero lo que verdaderamente me producía un escalofrío, lo que me revolvía el estómago y me ponía la piel de gallina en el calor de la cama, era la duda que se abría paso en mi cabeza: ¿Por qué lo hice?
¿Me dejé llevar por el descaro de Hugo, por su forma de arrastrarme al límite y por la química brutal que nos quemaba?
¿O en realidad había algo más oscuro detrás?
Me negaba a admitirlo en voz alta, pero la sombra de José planeaba sobre cada uno de mis actos.
Sus historias sobre el balneario, aquellas conversaciones cargadas de morbo sobre lo que pasaba en los rincones ocultos y el circuito de agua, me habían calado mucho más hondo de lo que estaba dispuesta a confesar.
No sabía si la pulsación salvaje que me recorría el cuerpo en el jacuzzi era por mi novio o por el recuerdo envenenado de las palabras de José.
Ese pensamiento me aterrorizaba y al mismo tiempo, me provocaba una chispa de excitación incontrolable.
Había descubierto una cara de mí misma que me daba pánico, una versión que jugaba con el peligro y saboreaba el riesgo de ser pillada, y ya no sabía cómo volver atrás.
Me pasé los dedos por las sienes, sintiendo una puntada de dolor punzante en la cabeza. La culpa, fría y pesada, se me asentó en el estómago como un bloque de plomo.
Si lo del balneario con Hugo rozaba la locura, lo que había pasado el viernes superaba todos los límites. Había cruzado una línea de la que no se vuelve.
¿Pero qué cojones hice? ¿En qué coño estaba pensando?
Me repetía la pregunta una y otra vez en la penumbra de la habitación, desesperada por encontrar una excusa, un atenuante, algo que justificara cómo me pude liar de esa manera.
La cagué. La lie de una forma catastrófica, destructiva, perdiendo el control por completo.
Todavía no lograba comprender qué demonios se me pasó por la cabeza para llegar a ese extremo, pero el remordimiento me estaba devorando por dentro, sofocándome contra la almohada.
Lo peor de todo no era solo el acto en sí, sino la prueba. El rastro implacable que había quedado registrado.
Saber que hay una foto corriendo por ahí me daba un pánico atroz.
Un miedo visceral, de esos que te acalambran las piernas y te dejan sin aire.
Cada vez que imaginaba a Hugo enterándose, viendo esa maldita imagen, sintiendo la humillación y el dolor en su cara, se me revolvían las tripas.
No podría soportarlo. Su confianza en mí era absoluta, y yo la había estrellado contra el suelo en un solo segundo de estupidez.
El dilema me taladraba el cerebro: ¿se lo contaba? ¿Afrontaba la tormenta, le confesaba la verdad y me exponía a perderlo todo de golpe? ¿O me agarraba a la cobardía y rezaba para que la suerte estuviera de mi lado y esa foto jamás llegara a sus manos?
¿Pero podría vivir el resto de mi vida guardando un secreto así? ¿Con esta mancha en la conciencia, mirándole a los ojos cada mañana como si nada hubiera pasado?
No lo sabía. Pensar en llevar esa carga para siempre, en vivir con la espada de Damocles sobre la cabeza esperando el día en que todo saliera a la luz, me agobiaba hasta el punto de no poder respirar.
Necesitaba salir de ese bucle mental antes de que las paredes de la habitación se me cayeran encima. Aparté las sábanas de un tirón, dejé que los pies descalzos tocaran el suelo frío y me levanté decidida a buscar una vía de escape, cualquier cosa que me devolviera a la realidad.
Fui directa a la cocina, buscando un refugio en la rutina.
Preparé un café bien cargado, escuchando el gorgoteo de la cafetera como si fuera un mantra para calmar la ansiedad.
Mientras el aroma amargo llenaba el ambiente, abrí los ventanales del salón de par en par.
La brisa fresca de la mañana me golpeó la cara, limpiándome un poco la pesadez de los ojos y refrescándome la piel.
Con la taza caliente entre las manos, puse la lista de música más tranquila que encontré en el altavoz, a un volumen bajo, solo para llenar el silencio de la casa.
Me senté en la alfombra del salón, apoyando la espalda contra el sofá y me concentré en pequeños detalles para no pensar: la forma en que el humo del café se disipaba en el aire, el tacto cerámico de la taza, el ritmo de mi propia respiración.
Decidí ponerme con una tarea puramente mecánica: regar las plantas del balcón y ordenar con minuciosidad la estantería de los libros.
Necesitaba recuperar la sensación de control, sentir que mis manos hacían algo productivo y simple mientras mi mente intentaba asimilar el caos.
Durante un par de horas, el roce de la tierra, el olor a limpio y la música suave consiguieron anestesiar el pánico, dándome una pequeña tregua antes de tener que volver a mirar de frente al lío en el que me había metido.
En mitad de esa burbuja de orden, el teléfono vibró sobre la mesa de centro con un zumbido seco que me cortó la respiración.
Me acerqué despacio, sintiendo un vuelco brusco en el estómago.
En la pantalla bloqueada apareció su nombre: José.
El mensaje era corto, de apenas un par de palabras —«¿Qué haces?
»—, acompañado de un archivo adjunto de imagen.
Un frío helado me corrió por la espalda.
No me hizo falta abrir la foto para saber exactamente qué contenía o qué pretendía al enviármela.
La sola vista de la vista previa me hizo apretar los dientes.
Me quedé helada un segundo, con el dedo rozando la pantalla, tentada por el pánico de comprobarlo, pero me obligué a frenar.
Bloqueé el móvil de golpe, dejándolo boca abajo sobre la mesa.
No iba a abrirla. No iba a contestarle. Ignorarlo por completo era lo único sensato que me quedaba por hacer, la única barrera que podía levantar para no seguir hundiéndome en ese pozo.
Intenté sacudirme el temblor de las manos y miré el reloj de la cocina: eran casi las doce de la mañana. Con el turno de trabajo esperándome a las 14:00, no me quedaba tiempo para seguir dándole vueltas al asunto.
Me puse manos a la obra para preparar la comida.
El sonido del aceite chisporroteando en la sartén y el picado rítmico de las verduras sobre la tabla de cortar actuaron como un ancla a la realidad.
Cociné a fuego lento, obligándome a mantener la mente ocupada en los tiempos de cocción y en emplatar con calma, tratando de convencer a la persona que me miraba desde el espejo de que hoy no era más que un lunes cualquiera y que todo, de alguna forma, terminaría por solucionarse.
Apagué el fuego de la cocina, dejé los platos recogidos y me fui directa al dormitorio a cambiarme. El tiempo jugaba en mi contra, pero la rutina de arreglarme siempre me servía como un escudo protector frente al resto del mundo.
Me puse el uniforme de trabajo. Era una prenda sencilla, pero el corte parecía diseñado a medida para mi cuerpo: se ajustaba perfectamente a la cintura y ceñía mis caderas de una forma inmejorable, rematando con un ajuste impecable que me hacía un culo sencillamente espectacular.
Me acerqué al espejo del recibidor para darme el último retoque. Me pasé la mano por el pelo para acomodar el peinado y me pinté los labios de un rojo firme.
Me miré fijamente a los ojos en el reflejo, buscando a esa Inma fuerte y decidida, dejando al otro lado de la puerta los miedos, la culpa y la sombra de José. Sostuve mi propia mirada, me dibujé una sonrisa desafiante y me dije en voz alta con total convicción:
—Nadie va a arruinarte el día, Inma. A ti no te hunde nada ni nadie.