Balneario II #3
Su amigo, tratando de ir de espabilado para rebajar la tensión y hacerse el chulo, se aclaró la garganta y se inclinó un poco hacia nosotros sobre el borde de piedra.
— ¿Qué pasa, habéis probado ya la zona de la cascada fuerte? —preguntó el chaval con una sonrisa ensayada, mirándome a mí, pero desviando la vista hacia Inma cada medio segundo—. Es que ahí el agua pega con ganas.
Miré a Inma de reojo. A ella se le dibujó una chispa de malicia pura en los ojos. Sabía perfectamente a qué estaba jugando.
—Uf, sí... Venimos de allí ahora mismo —respondí yo con tono relajado, recostando los brazos en el borde y pegando mi hombro al de mi novia—. A ella le encantan los chorros con presión. Cuanto más fuertes y directos, mejor se lo pasa. ¿A qué sí, mi amor?
Inma soltó una risita suave, inclinando la cabeza y clavándole la mirada al chico que tenía pegado al lado, que enrojeció al instante hasta las orejas.
—Sí, la verdad es que me gusta que el agua pegue bien duro —añadió ella con una voz dulce pero cargada de una intención envenenada—. Te deja completamente exhausta, pero te relaja muchísimo. Sales de ahí sin aliento.
El chaval de al lado trago saliva de forma tan sonora que casi se escucha por encima del ruido de las burbujas.
—Ya... me imagino —alcanzó a decir el segundo chaval, cruzándose de brazos para disimular cómo la imaginación le estaba jugando una mala pasada—. Es que este sitio calienta mucha la sangre. Si te despistas, te da un golpe de calor.
—Es verdad, aquí dentro la temperatura sube muy rápida —dijo Inma, pasándose una mano por el cuello mojado y echándose la melena hacia atrás en un gesto que dejó su escote al descubierto a escasos centímetros de sus caras—.
A mí es que me va mucho el calor. Aunque a veces hay que tener cuidado con las subidas de tensión...
sobre todo si no estás acostumbrado a aguantar el ritmo.
Por debajo de la espuma densa del jacuzzi, deslicé mi mano y la apoyé directamente sobre el muslo de Inma, apretando con firmeza justo al lado de donde el chaval sentía su piel. Rozé con la yema de mis dedos la parte interna de su pierna, obligándola a contener un suspiro.
—Tranquila, que para eso estoy yo aquí —le susurré al oído, lo suficientemente alto para que los dos mocosos me oyeran perfectamente mientras veían cómo Inma mordía su labio inferior y cerraba los ojos un segundo—.
Para controlar que no te pases de la raya y asegurarme de que ventas de aquí bien satisfecha.
Los dos chavales se quedaron mudos. El que estaba pegado a Inma no se atrevía ni a parpadear, atrapado en una tortura de deseo y envidia pura, sabiendo que bajo ese mar de burbujas estaba pasando de todo mientras ellos solo podían quedarse mirando.
El agua burbujeaba a nuestro alrededor con fuerza, pero mi mente estaba en otra parte.
Inma, manteniendo una compostura perfecta y una expresión angelical, había deslizado su mano por debajo de la densa capa de espuma.
Con la soltura de quien sabe exactamente lo que hace, buscó la cintura de mi bañador y metió sus dedos con decisión, rodeando mi erección ya dura y caliente para empezar a acariciarme con un ritmo lento, constante y descarado.
Me quedé completamente desnudo. Apoyé la cabeza hacia atrás contra el borde de piedra del jacuzzi, cerrando los ojos unos segundos y apretando la mandíbula para no soltar un taco allí mismo.
El contraste entre el agua caliente en el pecho y el tacto firme de su mano por debajo de mí tenía al límite, con la sangre retumbándome en los oídos.
Inma, lejos de ponerse nerviosa, aprovechó mi silencio para tomar el control absoluto de la situación. Miró fijamente al chaval que tenía sentado justo a su lado, que no sabía ni dónde meterse de la timidez y le regaló su sonrisa más provocativa.
—¿Y vosotros venís mucho por aquí? —preguntó ella con una voz suave, dulce, mientras su mano por debajo del agua apretaba y bajaba hasta la base de mi pene.
—Bueno... venimos de vez en cuando —respondió el segundo chico, intentando ponerse gallito, pero trabándose con las palabras—. Para desconectar un poco y eso. Aunque hoy hay más gente de la cuenta.
—Ya... —dijo Inma, cargando la cabeza y acentuando el movimiento fluido de su muñeca bajo la superficie—. A mí es que me encantan estos sitios cuando están así, bien calientes. La presión del agua hace maravillas. Te deja el cuerpo tan relajado que no te puedes ni mover.
El chaval de su lado tragó saliva con dificultad, notando cómo el hombro y el muslo de Inma se movían ligeramente por el esfuerzo de lo que estaba haciendo a escondidas, aunque jamás habría imaginado el motivo real de ese vaivén.
—Sí, la verdad es que la temperatura está alta hoy —alcanzó a decir el chaval, mirando fijamente la melena mojada de Inma y el corte de su bañador.
—Uf, sí, altísima —siguió ella, mirándome de reojo con una chispa de malicia pura en los ojos mientras aceleraba un poco el ritmo de sus caricias—.
Mira a mi novio, por ejemplo. Ha sido meterse aquí dentro y quedarse completamente fuera de juego.
Ni habla el pobre. Se ve que el calor le está sentando demasiado bien.
Yo solté un suspiro hondo por la nariz, clavando las uñas en el borde de piedra para no reaccionar cuando su pulgar me presionó justo donde más me dolía. La miré de reojo con los ojos entornados, conteniendo la respiración.
—Es que le gusta disfrutar de las cosas buenas con calma —añadió ella con una inocencia impostada, mirándolos a los dos—. Hay que saber aguantar el ritmo sin entregarse antes de tiempo, ¿no creéis?
Los dos mocosos asintieron torpemente, completamente hipnotizados por su voz y su presencia, aplastados por la envidia y sin la menor idea de que, a escasos centímetros de sus piernas, mi novia me estaba masturbando sin compasión mientras ellos intentaban mantener una conversación inteligente.
El movimiento de su mano bajo la espuma se volvió impetuoso, rítmico y certero.
Inma presionó la punta de sus dedos contra la cabeza de mi miembro con una presión calculada, combinando el calor sofocante del agua con la roca constante de su palma.
Sentí una ola de placer, subirme desde las piernas hasta la nuca.
El punto de no retorno estaba encima y la adrenalina de estar haciendo unos escasos centímetros del chaval me empujó al abismo.
Apreté la mandíbula con rabia, clavé los codos en el borde de piedra y solté un suspiro hondo, rasgado y ronco por la nariz, rindiéndome por completo al placer.
Bajo la superficie, oculto por la densa marea de burbujas y la corriente del hidromasaje, mi semen brotó con fuerza en varias sacudidas cálidas.
El flujo del agua lo diluyó al instante, mezclándolo con la espuma blanca que flotaba en la superficie antes de que cualquier rastro pudiera ser detectado.
Inma sintió cada uno de los espasmos de mi cuerpo bajo su mano. Mantuvo su palma un par de segundos sobre mí hasta que la última pulsación pasó, regalándome una mirada lateral repleta de complicidad y satisfacción pura.
Con total tranquilidad y una soltura pasmosa, retiró la mano, se acomodó en el banco de piedra y me dejó recuperar el aliento. Esperé unos segundos a que la respiración se me estabilizase y disimulando bajo la barrera de burbujas, me recoloqué el bañador bien ceñido a la cintura.
El chaval de su lado continuaba petrificado, mirando hacia el centro de la piscina sin la menor sospecha del espectáculo submarino que acababa de ocurrir a un milímetro de su pierna.
Me incliné hacia Inma, le pasé la mano por la nuca empapada y le di un pico suave, saboreando el calor de sus labios.
Ella me devolvió el beso, separándose apenas un centímetro para dedicarme una sonrisa triunfal, cargada de morbo, sabiendo perfectamente que me acababa de regalar la mejor jugada de la tarde.
Salimos del jacuzzi envueltos en una nube de vapor y con la piel al rojo vivo por el agua caliente.
La mezcla de relajación física y la adrenalina residual de todo lo que había pasado en el balneario nos dejó una sensación de ingravidez absoluta.
Nos despedimos de los dos chavales con un gesto indiferente y caminamos despacio hacia la zona de los vestuarios, dejando un rastro de huellas húmedas sobre las baldosas.
Dentro de los vestuarios, la ducha de agua templada nos supo a gloria.
El chorro terminó de quitarle a Inma el olor a cloro de la piel y a mí me sirvió para bajar las pulsaciones y procesar la locura de tarde que nos habíamos regalado.
Nos vestimos sin prisas, disfrutando de la comodidad de la ropa limpia sobre el cuerpo descansado.
Inma se recogió el pelo aún húmedo en una pinza y se miró al espejo del lavabo con una cara de satisfacción y complicidad que no necesitaba ninguna palabra.
Caminamos hasta el coche agarrados de la mano, respirando el aire fresco de la noche que nos despejó la cabeza de golpe.
El trayecto de vuelta a casa fue tranquilo, con la radio de fondo a bajo volumen y el silencio cómodo de dos personas que se conocen de sobra y que acaban de compartir un delicioso secreto.
Al llegar a casa, nos acostamos prácticamente del tirón.
Mañana era lunes y tocaba volver a la rutina, al ritmo frenético del trabajo, pero nos dormimos abrazados, sabiendo que bajo la monotonía del día a día siempre nos quedaría el morbo de acordarnos de lo que fuimos capaces de hacer en ese balneario.