Balneario II #2
Para no delatarse ante las parejas que flotaban cerca, inclinó la cabeza hacia atrás, buscando mi brazo y clavó los dientes otra vez en mi antebrazo mojado.
El choque del dolor con la descarga de adrenalina fue un detonante absoluto.
Ahogó su gemido contra mi piel mientras su cuerpo tiritaba por la intensidad del momento.
—Hugo… nos van a ver… —consiguió susurrar con la voz rota, la respiración entrecortada y los labios temblando contra mi brazo, sin atreverse a subir el tono por miedo a que el eco del recinto la traicionara.
—Que miren si quieren —le respondí al oído, manteniendo la presión de mis manos en su cadera, guiando el ritmo frenético bajo el agua mientras sentía la rigidez de su espalda y el agarre desesperado de sus uñas en el borde—. Sigue aguantando esa polla.
La follé más profundo, más rápido. Cada embestida hacía que el agua se levantara entre nosotros.
Su coño me apretaba como una puta, caliente, resbaladizo, tragándome hasta las bolas.
Yo le sujetaba las caderas con fuerza, abriéndole un poco más el culo con los pulgares para ver cómo mi polla entraba y salía de ella bajo el agua turbia.
Ella se mordió el labio inferior con fuerza, luchando por mantener el rostro completamente neutral cada vez que una sombra cruzaba el pasillo superior.
Era un juego de apariencias extremo: por encima del agua, una pareja descansando tranquilamente en el borde de la piscina, por debajo, una entrega absoluta, caliente y prohibida, alimentada por el morbo de la impunidad y el riesgo constante de ser descubiertos en cualquier segundo.
La piel se nos erizaba a cada embestida del agua, hasta que un espasmo largo la recorrió de arriba abajo, obligándola a esconder el rostro en mi cuello mientras el pulso le retumbaba en la garganta.
Su coño se contrajo alrededor de mi polla en oleadas, apretándome con fuerza mientras se corría en silencio, temblando, mordiéndome el brazo para no gritar.
La adrenalina estaba en su punto máximo y la tensión no podía ser más alta, pero el peligro de jugar al límite en un sitio público finalmente explotó.
Apenas unos segundos después de aquel orgasmo que dejó a Inma tiritando y pegada a mi cuello, el murmullo continuo del agua fue roto por un chapoteo rítmico y cercano.
Doblando la esquina de piedra del circuito, aparecieron tres señoras mayores.
Avanzaban en fila india dejándose llevar por la corriente, con sus gorros de flores y sus gafas de natación caladas.
La primera de ellas nos vio de lleno. La estampa no dejaba lugar a dudas, Inma acorralada contra la pared, la tira de su tanguita negra desplazada y yo pegado a su trasero con una postura descarada e inequívoca, todavía dentro de ella.
—¡Pero bueno! ¡Por el amor de Dios! —chilló la mujer, frenándose en seco con un manotazo en el agua que salpicó a las otras dos.
—¡Madre mía, qué desvergonzados! ¡Que esto es un centro público! —gritó la segunda, llevándose las manos a la boca con una mezcla de escándalo y fascinación.
—¡Iros a un hotel, sinvergüenzas! —remató la tercera, señalándonos mientras la corriente amenazaba con empujarlas directamente hacia nosotros.
La bofetada de realidad nos cayó como un jarro de agua congelada.
El morbo se evaporó en una milésima de segundo para dar paso a un pánico absoluto.
Con el corazón saliéndoseme del pecho y la cara ardiendo de vergüenza, me saqué de ella de un tirón seco y me subí el bañador lo más rápido que me permitieron mis dedos temblorosos, intentando recolocar a presión la erección que aún no se me había bajado del todo.
Inma, roja como un tomate y con los ojos desorbitados por la humillación de haber sido pillada en semejante postura obscena, se ajustó el tanguita a toda prisa por debajo del agua, sin atreverse a subir la mirada para no cruzarse con los ojos inquisidores de las tres ancianas.
No dijimos ni una sola palabra. La vergüenza nos paralizaba, pero el instinto de supervivencia fue más rápido.
Le agarré la mano a Inma con fuerza, entrelazando nuestros dedos húmedos y sin mirar atrás ni cruzar una sola palabra con las viejas, nos dejamos caer de nuevo en el centro del canal de la corriente.
Empezamos a nadar e impulsarnos con desesperación, acelerando el paso para alejarnos de los gritos y los cuchicheos que aún resonaban a nuestras espaldas.
Nos mezclamos entre el vapor y la penumbra del circuito, huyendo a toda prisa por el canal de agua para perdernos entre la gente, buscando desesperadamente la salida más cercana antes de que las señoras avisaran al personal de seguridad.
Nos miramos fijamente durante dos segundos eternos. El rostro de Inma seguía encendido, una mezcla entre el bochorno de la situación y la adrenalina que aún le corría por las venas. De pronto, la tensión se rompió y ella soltó una carcajada ahogada, tapándose la cara con las manos húmedas.
—Joder, Hugo… ¡es que se te ha ido la cabeza por completo! —me dijo entre risas, dándome un manotazo cariñoso en el hombro—. ¿Cómo se te ocurre ponerte a follarme ahí en medio? ¡Nos han pillado tres viejas, por Dios! ¡Qué vergüenza!
Yo suspiré hondo, intentando poner cara de inocente mientras una sonrisa descarada se me escapaba de los labios.
—Oye, hay que probar cosas nuevas en esta vida, ¿no? —le contesté guiñándole un ojo—. Además, la culpa es tuya. No puedo resistirme a este culito.
Aprovechando que estábamos pegados, metí la mano bajo el agua y le pegué un presionado firme en la nalga, sintiendo la firmeza de su piel mojada. Inma dio un pequeño respingo y soltó otra risita, negando con la cabeza.
—Eres un peligro público, de verdad. Un día de estos nos van a terminar echando a patadas de algún sitio por tu culpa —protestó ella, aunque sus ojos brillaban con esa chispa de morbo que delataba lo mucho que le había gustado la locura.
—Pero si en el fondo no sé ni de qué se asustan tanto —solté, acercándome a su boca—. Vamos a ver, es la mejor imagen que han visto esas viejas en los últimos mil años: dos jóvenes disfrutando como locos. Les he dado el espectáculo de la semana.
Inma se soltó a reír con ganas, pasándome los brazos por el cuello.
—Eres tonto, de verdad… —murmuró con ternura y deseo a partes iguales.
Se inclinó y nos volvimos a comer la boca, un beso profundo, húmedo y lento que sabía a triunfo y a la complicidad de haber cometido un delito juntos y habernos salido con la nuestra. Nuestras lenguas se buscaron con calma, saboreando el calor residual de la experiencia.
Al separarnos, le di un último toque en los labios con el pulgar y miré de reojo hacia el pasillo por el que veníamos.
—Anda, vamos tirando de aquí antes de que las señoras encuentren al de seguridad y nos hagan una redada —le dije en tono de broma pero dando prisa.
Inma sonriendo con picardía, tomándome firmemente de la mano.
—Vale, vamos... pero al jacuzzi —me susurró al oído con voz sugerente antes de guiarme fuera de la piscina.
Llegamos a la zona de los jacuzzis y la estampa nos hizo frenar en seco.
La bañera principal de hidromasaje, la más grande y caliente del recinto, estaba hasta arriba.
El agua burbujeaba con violencia entre un mar de cabezas y hombros, dejando apenas un hueco libre.
Nos miramos a los ojos, compartiendo una mueca de decepción y estuvimos a punto de dar media vuelta para buscar otro rincón tranquilo.
Pero justo cuando nos girábamos, una voz nos frenó.
—¡Oye! ¡Aquí cabéis perfectamente, pasad! —soltó uno de los chavales alzando el brazo.
Eran ellos. Los dos mocosos del vestuario.
Estaban al fondo de la piscina, en una esquina estratégica, mirándonos con una mezcla de osadía y fascinación.
La invitación no era inocente, se les notaba a leguas la desesperación por tener a la rubia del tanguita negro a centímetros de distancia.
Inma me miró de reojo, alzando una ceja con una mezcla de duda y diversión.
Yo me limité a asentir con una sonrisa gamberra, sintiendo cómo el morbo volvía a encenderse en mi estómago.
—Vamos —le dije por lo bajo, agarrándola de la mano.
Empezamos a avanzar con cuidado por el agua burbujeante, sorteando piernas y cuerpos sumergidos.
Inma iba delante. Al llegar a la esquina donde estaban los dos chicos, el espacio era tan ridículamente estrecho que mi novia tuvo que girarse para acomodarse.
En ese movimiento, les plantó su trasero mojado unos centímetros escasos de las caras.
Vi la escena en primera fila: las pupilas de los dos chavales se dilataron al instante.
No pudieron disimular. El escaneo fue brutal, hambriento, comiéndose ese culo perfecto que brillaba por las gotas de agua y la tela insustancial del bañador.
Uno de ellos tuvo que tragar saliva visiblemente para no quedarse con la boca abierta.
Estaban deshechos por la presencia de una mujer que les quedaba a años luz, a punto de hiperventilar de la pura excitación.
En el banco de piedra sumergido quedaba un hueco entre uno de los chicos y la pared. Podía haber sido un novio celoso y protector, sentarme en medio para marcar territorio y bloquearles la vista. Pero la idea de tenerlos ahí, sufriendo a milímetros de ella, era un veneno demasiado dulce.
Decidí sentarme al otro lado de Inma, dejándola a ella pegada directamente al hombro de uno de los mocosos.
El chico se quedó paralizado, tieso como una vela cuando sintió el muslo desnudo de Inma rozando el suyo por debajo del agua.
Mi novia se acomodó con total naturalidad, apoyando la espalda en la piedra, totalmente consciente del cortocircuito que le acababa de provocar al niñato de al lado.
Yo la rodeé por detrás con el brazo, pegándola a mi pecho, mientras miraba al chaval con una sonrisa de absoluta impunidad que decía claramente: «Puedes mirar todo lo que quieras, chaval...
pero la que se va a casa conmigo es ella».