EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Balneario II
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Balneario II

Hugo

Dejamos la zona de las piscinas frías y calientes y nos adentramos en el corazón del circuito. El ambiente allí era más masificado, bruma flotando sobre la superficie, el eco sordo del agua al caer desde las alturas y una luz tenue que lo convertía todo en una cueva de vapor y misterio.

Buscamos las tumbonas sumergidas, esas camas de burbujas hechas de tubos de acero por donde emergían miles de chorros a presión.

Nos acostamos juntos, uno al lado del otro.

El agua nos mecía mientras las burbujas nos masajeaban desde los gemelos hasta la espalda, creando una sensación de ingravidez brutal.

Le busqué la mano por debajo del agua y ella entrelazó sus dedos con los míos inmediatamente, apretando con fuerza.

Durante unos minutos simplemente nos dejamos llevar por ese masajeo continuo, relajando cada músculo tenso de la semana, pero la corriente de deseo que nos recorría no tardó en volver a subir de intensidad.

—Vamos a los chorros de arriba —me susurró Inma, soltándome la mano con un roce eléctrico mientras se ponía de pie, dejando que el agua resbalara por su cuerpo impecable.

Nos desplazamos hacia la zona de cascadas y chorros a presión, donde el agua caía con fuerza desde los muros de piedra.

Nos colocamos justo debajo de una gran cortina de agua tibia que nos aislaba un poco del resto.

El ruido era ensordecedor y la densidad del vapor nos cubría el rostro.

La atraje hacia mí por la cintura y nos fundimos de nuevo en un morreo salvaje, hambriento, dejando que las lenguas se buscaran mientras el chorro de agua nos golpeaba la cabeza y los hombros con ritmo constante.

Fue en mitad de ese beso, al abrir los ojos un segundo entre la neblina del vapor, cuando los vi.

Allí estaban, a unos metros de la piscina, apoyados en la barandilla de acero: los dos niñatos del vestuario.

Los mismos mocosos que hacían un rato se deshacían en elogios guarros hablando del culo de la "rubia fuera de su liga".

Me estaban mirando fijamente. Sus caras eran un poema, una mezcla de frustración, shock y pura envidia no disimulada al descubrir que la tía que los había dejado imbéciles en la puerta era la misma que ahora se estaba comiendo la boca conmigo sin compasión.

Un latigazo de morbo egoísta y posesivo me atravesó de arriba abajo.

Sentí cómo la sangre se me disparaba a la entrepierna, poniéndome duro de nuevo en cuestión de segundos.

Me producía una excitación enfermiza, casi adictiva, saber que esos dos chavales estaban presenciando a la mujer de sus sueños, a esa diosa con el tanguita negro, entregada por completo a mí, buscando mi boca con desesperación.

Para rematar la jugada y marcar mi territorio de forma definitiva, deslicé la mano por debajo de la cortina de agua y le agarré la nalga a Inma con una fuerza brutal, hundiendo los dedos en su carne caliente.

La corriente de agua y la espuma que se formaba a la altura de nuestra cintura impedían que ellos vieran la agresión, pero para mí era el secreto perfecto.

Apreté su culo contra mí con rabia, pegándola a mi erección mientras continuaba devorándole los labios, saboreando el triunfo de saber que ellos solo podían mirar y desear lo que yo estaba disfrutando.

El aire dentro de la cueva de vapor se volvió insoportable, pero no por el calor del circuito, sino por la tensión que nos quemaba la piel.

Inma, que conoce cada uno de mis gestos mejor que nadie, notó perfectamente la dureza de mi erección empujando bajo el agua y el ritmo acelerado de mi respiración.

Se separó un par de centímetros de mi boca, mostrando esa sonrisa ladina que usa cuando sabe que me tiene completamente descontrolado.

—Venga, vamos a otro lado... que te estás encendiendo demasiado aquí —me susurró al oído con un tono burlón, rozando sus labios contra los míos antes de zafarse de mi agarre.

Salimos de la zona de chorros y nos dirigimos hacia el río de corriente, ese circuito circular donde la fuerza del agua te arrastra suavemente mientras avanzas.

Nos metimos de lleno. La corriente empezó a llevarnos, mecidos por el agua templada, mientras los otros usuarios del balneario flotaban a nuestro alrededor en una calma que nosotros estábamos a punto de destrozar.

Yo no podía pensar con claridad, la imagen de los dos chavales mirándola y el tacto de su culo en mis manos me tenían al límite.

Aprovechando que la corriente nos juntaba y que el agua nos cubría hasta el pecho, le busqué la mano por debajo de la superficie.

Con un movimiento firme, la guié directamente hasta mi entrepierna, obligándola a sentir la barra de hierro en la que se había convertido mi polla.

—Mira cómo me estás poniendo... —le dije con la voz ronca, pegando mi boca a su nuca mientras flotábamos.

Inma abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y vicio, sintiendo la dureza y el latido que tenía bajo la palma de la mano.

—¿Yo? —preguntó haciéndose la inocente, aunque no retiró la mano—. ¡Si yo no he hecho nada!

—¿Que no has hecho nada? ¿Tú has visto cómo vas con ese bañador? —le espeté, apretando su mano contra mi erección—. Le va a dar un ataque al corazón a medio balneario por tu culpa, Inma. Vas pidiendo guerra.

Ella soltó una risita ahogada, mirando de reojo hacia los lados por si alguien nos oía.

—¡Qué exagerado eres, Hugo! Si es un bañador normal corriente... no es para tanto.

—¿Que no es para tanto? Te están mirando todos los tíos de este sitio, y yo no aguantó más.

El morbo me nubló el juicio por completo.

En un tramo donde la corriente doblaba una esquina de piedra y con el vapor creando una cortina espesa, la agarré con fuerza de las caderas y la saqué de la corriente de golpe.

La empujé hacia el borde de la piscina y la pegué de cara contra la pared de piedra húmeda.

La coloqué dándome la espalda. Inma se quedó apoyada con los antebrazos en el borde exterior, mirando hacia la zona abierta de la piscina por donde pasaba la gente, mientras yo me pegaba como una lapa a su trasero.

Noté cómo el corazón le iba a mil por hora, el pecho se le subía y bajaba a un ritmo frenético.

Sin darle tiempo a reaccionar, metí las manos bajo el agua y le aparté la tira delgada del tanguita hacia un lado, dejando su coño completamente desnudo y expuesto al agua tibia.

La grieta se abrió un poco con el movimiento y pude sentir el calor de su piel contra la cabeza de mi polla.

Deslicé el glande arriba y abajo por su raja, empapándome de su humedad y luego la empujé hacia adelante con las caderas hasta que la punta se hundió en ella.

Inma se sobresaltó, dando un pequeño tirón seco hacia adelante.

—Hugo… ¿qué haces? —se le escapó en un susurro aterrorizado, ahogando un grito.

El pánico y la vergüenza la atravesaron de golpe.

Estábamos en mitad de un circuito público, con gente flotando a escasos metros y cualquier persona que nadara cerca o pasara por el pasillo superior podía ver el movimiento sospechoso de nuestros cuerpos.

Tenía pavor a que nos pillaran, a que la seguridad del centro nos echara a la calle, a la humillación de ser descubiertos en una escena tan obscena.

Pero el miedo era solo la gasolina. Bajo esa capa de vergüenza, sentir mi polla desnuda buscando su entrada la tenía tan extremadamente cachonda que las piernas le temblaban.

La mezcla de la adrenalina por el riesgo y la sumisión de estar acorralada contra la piedra la dejó paralizada, deseando que ocurriera pero aterrorizada por las consecuencias.

—Cállate y no te muevas… —le ordené al oído, sujetándola firmemente de las caderas mientras empujaba un poco más—. Como sueltes un solo ruido, se van a dar cuenta todos de lo que te estoy haciendo.

Inma cerró los ojos con fuerza, apretando las manos contra la piedra.

Yo empujé más, sintiendo cómo su coño se abría alrededor de mi polla, caliente, apretado, resbaladizo.

La metí entera de un solo golpe, hasta que mis huevos chocaron contra su culo.

Ella ahogó un gemido clavando los dientes en mi antebrazo, mordiendo con fuerza para no delatarse.

El dolor del mordisco me excitó todavía más.

Empecé a follarla. Agarré sus caderas con las dos manos, hundiendo los dedos en su carne y la empujé contra la pared al mismo tiempo que clavaba la polla dentro.

El agua salpicaba con cada embestida. El sonido era sordo, ahogado por el ruido de la corriente y el vapor, pero para mí era clarísimo: el golpe húmedo de mi cuerpo contra el suyo, el roce de su tanguita apartada rozándome el tronco, el calor de su coño tragándome entero.

La follé duro. Sin piedad. Sacándola casi hasta la punta y volviendo a entrar de un empujón seco, una y otra vez.

Inma temblaba, mordiendo mi brazo cada vez que yo entraba hasta el fondo.

Sus uñas se clavaban en la piedra. El vapor nos envolvía, pero a pocos metros se veían sombras de gente flotando, pasando, charlando.

Cada vez que una figura se acercaba, ella apretaba más el coño alrededor de mi polla y se mordía más fuerte, ahogando cualquier sonido.

—Así… tómalo entero —le susurré contra su oreja, sin aflojar el ritmo—. Que sientan todos lo que te estoy haciendo aunque no te vean.

La agarre más fuerte de las caderas y aceleré.

El agua se agitaba a nuestro alrededor. Su culo rebotaba contra mi pelvis.

Sentía cómo se le apretaba por dentro, cómo se le escapaban espasmos que intentaba controlar.

Yo no paraba. La usaba contra la pared, clavándome en ella con rabia, sabiendo que en cualquier segundo alguien podía girar la esquina y vernos.

Inma apretó los puños contra el borde de la piscina, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el reflejo del agua, donde las sombras de otros clientes pasaban a pocos metros de distancia.