El balneario #3
Fue en ese instante cuando apreté un poco más y hundí un dedo suavemente en su vagina, húmeda y caliente en medio del agua helada.
Inma soltó un suspiro ahogado, un gemido cortado a traición.
Sin perder la sonrisa de cara al viejo, metió la mano por debajo del agua, me dio un manotazo para quitarme de ahí y con un movimiento rápido y disimulado, se recolocó el tanguita en su sitio.
La conversación seguía y seguía, una historia interminable sobre retención de líquidos y hábitos saludables. El aburrimiento me pudo. Decidí cortar por lo sano y llevar el juego a otro nivel.
Me hundí de golpe en el agua, buceando por debajo de ella. Le agarré los muslos, me encajé entre sus piernas y la subí sobre mis hombros, levantándola en peso fuera de la piscina helada.
—¡Ayyy! ¡Qué bobo eres, de verdad! —gritó Inma entre risas, perdiendo por completo el papel de chica formal frente al anciano.
El viejo se nos quedó mirando entre sorprendido y divertido.
Aprovechando que la tenía en alto, le di la vuelta en el aire antes de que pudiera protestar, colocándola de espaldas al abuelo.
La estampa era obscena: mi novia, suspendida en mis hombros, ofreciéndole al anciano una vista panorámica e insuperable de ese culazo mojado que desafiaba cualquier norma del balneario.
Cualquier humano en su sano juicio se habría quedado embobado mirando semejante monumento, y el viejo no fue la excepción, sus ojos casi se le salen de las órbitas.
—¡Bájame ya, pesado! —protestaba ella riéndose e intentando salvar la dignidad, se dirigió al anciano—: ¿Lo ve? Si es que no tengo un novio, tengo un hijo al que educar... ¡Aún sigue haciendo travesuras a estas alturas!
El hombre soltó una carcajada abierta, disfrutando del espectáculo.
—¡Jajaja! Bueno, bueno... ¡sois una pareja de jóvenes, es perfectamente normal hacer estas cosas a vuestra edad!
Justo en ese momento, aflojé el agarre y la dejé caer. Inma se fue de espaldas al agua con un chapoteo enorme, soltando una risotada mientras emergía del agua helada buscándome para vengarse, dejando al viejo riéndose solo en su esquina y a nosotros con la adrenalina por las nubes.
—Bueno, chavales, ya he cumplido mis veinte minutos de rigor —anunció el anciano, echando un vistazo al reloj de pared antes de empezar a salir de la piscina con una agilidad sorprendente para su edad.
—¡Qué barbaridad! Que le vaya muy bien, señor —le contestó Inma con una sonrisa radiante, despidiéndose mientras el hombre se alejaba chorreando agua por el pasillo.
En cuanto el viejo cruzó la esquina y nos quedamos completamente solos en la zona, el rostro de Inma cambió. Se giró hacia mí, clavándome una mirada en la que se cruzaban la indignación impostada y un fuego abrasador que no podía disimular.
—¿Tú estás completamente loco o qué te pasa hoy? —me espetó en un susurro violento pero cargado de morbo—. ¿Me estabas metiendo un dedo en mitad de la piscina y delante de ese hombre? ¡Que estaba a medio metro, Hugo!
Me acerqué a ella despacio, flotando en el agua helada con una sonrisa de absoluta impunidad en los labios.
—Sí... ¿y qué? —le solté, desafiándola con la mirada—. Dime que no te ha gustado.
Inma soltó una risita ahogada, mordiéndose el labio inferior sin soltar ni un «sí» ni un «no», pero la chispa de sus ojos lo decía absolutamente todo. Sin darme respuesta, se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras de la piscina, dispuesta a salir del agua.
Verla salir delante de mí fue una provocación insoportable.
El agua goteaba por sus muslos y el tanguita negro, totalmente empapado, se le ceñía a la piel revelando cada milímetro de ese culo esculpido.
No aguanté ni un segundo. Salí detrás de ella de un brinco y nada más pisar el borde de piedra, la abordé por la espalda.
La acorralé contra la pared húmeda. Le clave directamente mi polla erecta, dura como una piedra dentro del bañador, justo en la hendidura de sus nalgas. Empecé a devorarle el cuello a besos hambrientos, mordisqueándole la piel caliente mientras el vapor de nuestro propio sudor nos envolvía.
—Dime la verdad... —le exigí contra su oreja, acentuando el empuje de mi cadera contra su trasero—. ¿Te ha gustado o no?
—¡Siii...! —se le escapó a Inma en un suspiro hondo, rindiéndose por fin mientras arqueaba la espalda para pegarse más a mi erección—. Sí, joder... pero tenía un miedo terrible de que el viejo se diera cuenta de lo que me estabas haciendo.
—Eso es lo mejor de todo —le susurré con la voz rota por el deseo, pasándole las manos por la cintura para aplastarla contra mí—. El miedo a que nos pillen. Sentir que en cualquier momento alguien puede ver lo perra que te pones.
Inma soltó un gemido sordo, se giró sobre sus talones entre mis brazos y me agarró de la nuca con una desesperación salvaje.
Nos fundimos en otro morreo sucio, denso, donde nuestras lenguas se buscaban con una rabia eléctrica, saboreando el cloro, el agua fría y la saliva compartida.
Era una guerra de bocas en mitad de la instalación pública, sin importarnos si aparecía un socorrista o cualquier otro usuario.
Cuando finalmente nos separamos un par de centímetros para coger aire, con los labios hinchados y los pechos agitados pegados el uno al otro, Inma me miró fijamente a los ojos. Había una intensidad extraña en su mirada, una mezcla de culpa desatada y devoción física.
—Te quiero, Hugo —me dijo con la voz temblorosa, acariciándome la mejilla con sus dedos húmedos antes de regalarme un último beso suave.
—Y yo a ti, pequeña —le contesté, sujetándola del culo una vez más antes de dejarla respirar, sin sospechar que cada átomo de su excitación estaba alimentado por la sombra de otro hombre que se reía en la sombra de la fábrica.