EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El balneario #2
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El balneario #2

Aproveché el movimiento para pasarle los brazos por la cintura.

La abracé con fuerza, pegando su cuerpo ardiente contra el mío bajo la superficie, sintiendo cómo sus pechos se aplastaban contra mi pecho.

Me incliné hacia su oreja, rozándole el lóbulo con los labios, y le solté la frase más sucia y morbosa que me salió de las entrañas:

—Vas como una auténtica puta... me encanta —le susurré al oído, dejando que mi aliento caliente la hiciera temblar.

Inma soltó una risita ahogada, una mezcla de sorpresa y excitación pura, pero no me llevó la contraria. Yo seguí atacando, disfrutando del juego.

—Este bañador nunca te lo había visto... te queda espectacular. Vas a volver loco a todos los hombres del balneario, Inma.

Ella se separó unos centímetros de mí, lo justo para mirarme a los ojos. En su rostro apareció un brillo de duda, una mezcla de curiosidad y morbo que le encendía las pupilas.

—¿Y eso te gusta? —me preguntó, bajando la voz—. ¿Te gusta que me miren?

Sonreí de medio lado, sintiendo el subidón de poseer algo que todos desean.

—Me encanta. Me encanta que vean la pedazo de mujer que tengo y que luego se jodan, porque eres mía.

Mis palabras fueron el detonante. Nos fundimos en un morreo salvaje, desesperado.

Nuestras lenguas chocaban con una fuerza y una rabia que hacía muchísimo tiempo que no teníamos, devorándonos en mitad del agua caliente.

Aproveché que la adrenalina nos nublaba el juicio para meter las manos bajo el agua y agarrarle el culo con rabia, aplastándola contra mí mientras nuestras bocas seguían en una guerra abierta.

El roce de su tanguita negro contra mi erección era una tortura deliciosa.

Al rato nos separamos, jadeando y riéndonos por lo bajo, con los labios hinchados.

—Mira cómo me has puesto —le dije con una sonrisa descarada.

Aprovechando que la piscina estaba completamente desierta en ese momento y que el vapor formaba una pantalla protectora, me saqué la polla del bañador.

La tenía durísima, apuntando al cielo, latiendo por el calor del agua y el morbo de sus palabras.

La dejé un rato suelta, balanceándose sobre la superficie del agua.

Inma abrió los ojos como platos. Su cara era un poema, se debatió entre la vergüenza de que alguien entrara y la pura excitación de ver el tamaño de mi deseo. Se tapó la boca con las manos mientras se reía por lo bajo.

—¡Tápate, loco! ¡Que va a venir alguien! —me decía, aunque sus ojos no se apartaban de mí.

Yo disfrutaba como un enano de verla así, jugando con el peligro en un lugar público.

—Anda, vamos a la piscina fría a que se te baje eso —me ordenó, intentando sonar seria mientras se daba la vuelta hacia la escalera.

—Joooo... con lo bien que se está en esta —protesté, haciéndome el remolón, flotando hacia el fondo para no moverme.

Inma tuvo que girarse, agarrarme firmemente de los brazos y tirar de mí con fuerza para sacarme de la piscina caliente, mientras yo saboreaba cada segundo de su sumisión y del juego que acabábamos de empezar.

Salimos de la piscina caliente con la piel al rojo vivo, humeante por el contraste con el aire del balneario.

Mi polla, aunque ya la había guardado dentro del bañador, seguía latiendo con una dureza rabiosa, buscando el roce del cuerpo de Inma a cada paso.

Caminamos hacia la piscina de agua helada, donde el anciano continuaba sumergido, observándonos desde la esquina con esa fijeza casi morbosa de quien sabe que está presenciando una escena demasiado íntima.

Inma se detuvo en el borde. Con una lentitud casi agónica, estiró su pierna hacia abajo y rozó la superficie del agua con la planta del pie.

Vi cómo su espalda se tensaba al instante.

La carne de gallina se le erizó desde los tobillos hasta el cuello en una milésima de segundo.

Su rostro era un poema: los ojos muy abiertos, los labios entreabiertos en un jadeo mudo, debatiéndose internamente entre la valentía de meterse o la tentación de salir corriendo.

No le di tiempo a pensárselo.

Avancé por detrás, pegué mi pecho contra su espalda descubierta y la rodeé con los brazos por la cintura.

Mi erección, dura como una piedra, se clavó directamente contra la hendidura de su trasero, apenas separada por la tela insustancial de su tanguita negro.

El calor de nuestros cuerpos aplastados contrastaba con la amenaza helada que teníamos debajo.

—Ni se te ocurra echarte atrás ahora... —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo con descaro mientras el viejo no quitaba la vista de nosotros.

Antes de que pudiera protestar, me dejé caer hacia adelante llevándomela conmigo. Nos hundimos juntos de golpe en la masa de agua helada.

El impacto fue un latigazo salvaje. Fue un frío agresivo, cianótico, un dolor agudo que nos pinchó mil agujas en la piel al mismo tiempo.

Bajo la superficie, envueltos en una nube de burbujas violentas, no la solté.

Apreté mis brazos alrededor de su cintura, la pegué aún más a mi cuerpo en un acto reflejo de posesión y le busqué la boca a ciegas.

Le di un pico rápido, seco y desesperado, sintiendo sus labios tiritar contra los míos bajo la ceguera del agua.

Emergimos los dos al mismo tiempo como dos náufragos, rompiendo la superficie con un jadeo violento y coordinado. Sacamos la cabeza buscando aire, ahogados por ese dolor helado que nos atenazaba el pecho y nos aceleraba el corazón a mil por hora.

Inma soltó un grito ahogado, riéndose y sufriendo a la vez, buscaba a ciegas mis manos debajo del agua para no perder el equilibrio.

El contraste térmico nos había dejado en shock, pero la adrenalina de estar ahí, helados, pegados y expuestos a la mirada del viejo, solo hizo que el deseo subterráneo volviera a dispararse con más fuerza.

El viejo no solo no disimuló su mirada, sino que dibujó una sonrisa socarrona, de esas de quien ya lo ha visto todo en la vida y no tiene nada que perder.

Se deslizó por el agua con una soltura pasmosa y se acercó a nosotros sin el menor pudor, acortando una distancia que yo habría preferido mantener kilométrica.

—Al final os habéis atrevido a meteros, ¿eh? —nos soltó con un tono jovial, divertido por nuestro sufrimiento térmico.

Inma y yo nos limitamos a asentir, tratando de controlar los tiritones que nos sacudían el pecho.

Yo, que aún la tenía medio acorralada contra mi cuerpo bajo el agua helada, apreté los dientes intentando mantener la compostura mientras la polla, del puro latigazo térmico, parecía querer encogerse hasta desaparecer.

—Yo soy socio de este balneario desde hace ya quince años —empezó a contarnos sin que nadie se lo pidiera, apoyando los antebrazos en el borde como si estuviera en la barra de un bar—.

Vengo tres veces por semana sin falta. La piscina helada es mi favorita, me puedo tirar veinte minutos aquí dentro tan campante.

Esto es lo que mantiene el corazón joven.

Desconecté en la segunda frase. Mientras el hombre encadenaba anécdotas sobre su rutina diaria, que si se despertaba todos los días a las seis de la mañana, que si se preparaba una tostada con aceite, que si salía a caminar dos horas a paso ligero antes de que apretara el sol y luego volvía a casa a ducharse, mi mente voló hacia otro lado.

Sentía el cuerpo de Inma pegado al mío bajo la superficie, el frío del agua contrastaba violentamente con el calor que salía de su piel.

Podía notar sus nalgas firmes rozando la tela de mi bañador a cada tiritón y me mataba la rabia de que este abuelo nos estuviera cortando el rollo justo cuando la tensión rozaba el límite.

Inma, en cambio, tiró de esa educación impecable y simpática que a veces me desquicia. Le prestaba atención, asentía con la cabeza y le regalaba una sonrisa dulce que al viejo debía de estar quitándole diez años de encima de golpe.

—Pues se le ve a usted de maravilla para la edad que tiene, de verdad —le dijo ella en un momento, con esa voz suave que a mí me vuelve loco—. Ya me gustaría a mí llegar así de bien.

—¡Es la constancia, muchacha, la constancia! —se jactó el hombre, henchido de orgullo ante el cumplido de una rubia en tanguita.

Yo solo pensaba en cómo sacarla de allí.

El tipo no tenía traza de callarse y la conversación se estaba convirtiendo en el típico monólogo de vestuario sobre hábitos saludables y remedios para la circulación.

Inma le seguía el juego con un respeto exquisito, pero vi cómo sus dedos, por debajo del agua helada y fuera de la vista del viejo, buscaban mi mano y me apretaban los nudillos con disimulo.

Un mensaje claro: sácame de aquí ya que me estoy congelando.

Pero no la saqué de allí. En ese momento me apeteció jugar.

El abuelo seguía con su cháchara infalible y yo, protegido por el agua helada y la inocencia de la escena, decidí arriesgar.

Deslicé mi mano lentamente por su nalga firme, sintiendo el grano de piel de gallina por el frío y continué bajando con descaro hasta llegar a su vulva.

En cuanto la yema de mis dedos rozó su zona más íntima, Inma dio un respingo imperceptible para el viejo y dibujó una sonrisa disimulada, apretando los labios para no soltar un jadeo.

¿Se habría dado cuenta el anciano de lo que estaba pasando a medio metro de él?

Lo dudo, porque mi novia, haciendo un esfuerzo titánico de interpretación, continuaba la conversación como si nada, con esa capacidad que tiene para disimular cuando la situación se pone caliente.

—Yo es que me compré una botella de dos litros —decía Inma, intentando mantener la voz firme mientras mi mano la acariciaba por debajo del agua— y me obligo a bebérmela entera a lo largo del día. Así me aseguro de estar bien hidratada...

—Ah, pues es una idea estupenda para controlar la cantidad, sí señora —le contestaba el hombre, asintiendo con aire sabio, totalmente ajeno al delito que se cometía bajo la superficie.