EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El balneario
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El balneario

Hugo

Ese domingo fui a trabajar contento, feliz.

El ambiente en la fábrica era extrañamente calmado.

Aunque vi varias veces a Inma con José en la pecera, no me puse celoso, mi mente estaba ya en el agua termal y en el silencio.

El día transcurrió tranquilo, demasiado incluso, todo iba perfecto, las máquinas no fallaban, los tiempos cuadraban. Era la calma antes del descanso.

El edificio se alzaba ante nosotros prometiendo esa paz que tanto necesitábamos. Por fin, solos. Sin jefes, sin turnos y sin ruidos de motores. Solo nosotros dos.

Entramos al balneario y el aire cambió al instante, una bofetada de calor húmedo y ese olor penetrante a esencias que te relaja los hombros de golpe.

La chica de recepción, con una sonrisa ensayada, nos entregó a cada uno una pulsera inteligente.

Nos explicó que era nuestra llave para todo: el acceso, el contador de tiempo y el cierre de las taquillas mediante un lector NFC.

Mi pulsera marcaba un número, el de mi taquilla.

—Yo ya llevo el bañador debajo —me dijo Inma mientras jugueteaba con su pulsera, dándole golpecitos al sensor—. Me cambio en un segundo.

—Vale, gorda. Cuando salgamos, nos esperamos en la puerta de los vestuarios, antes de entrar a la zona de aguas, ¿vale? Así entramos juntos.

Ella asintió y se perdió por la puerta de mujeres.

Yo hice lo propio. El vestuario estaba impecable, con ese brillo de azulejo limpio y el silencio roto solo por el goteo de alguna ducha.

Acerqué la pulsera a mi taquilla, escuché el click electrónico y allí estaba: el albornoz blanco, esponjoso, esperando a ser usado.

Me desvestí sin prisa, disfrutando de la sensación de quitarme la ropa de calle, pero llevaba apenas cinco minutos peleándome con las sandalias cuando unas voces jóvenes irrumpieron en el pasillo de las taquillas contiguas.

Eran dos tíos y hablaban con esa excitación de quien acaba de presenciar algo prohibido.

—Tío, tío, sal un momento —decía uno, casi sin aliento—. ¿Has visto lo que hay ahí fuera?

—¿El qué, flipado?

—Una chavala, tío. Justo ahí, de espaldas en la puerta de salida a las piscinas. Lleva un tanguita... joder, es que es minúsculo. Está enseñando todo el culo. Todo, tío. Redondo, firme... una locura.

Me quedé congelado, con el albornoz a medio poner. Mis oídos se agudizaron.

—¿Está buena? —preguntó el otro y por el tono de su voz, ya estaba imaginándoselo todo.

—¿Que si está buena? Está para enmarcar. Rubia, con esa espalda fina... y ese trasero... Dios mío. Va tan tranquila por ahí, como si no supiera el incendio que está montando.

—Habrá venido a provocar, ¿no? —soltó el segundo con una risita cínica—. Nadie se pone algo así en un sitio público sin querer llamar la atención. Eso es una invitación en toda regla.

—Pues lo ha conseguido, macho, porque yo llevo cinco minutos sin poder pensar en otra cosa. Me he quedado bloqueado. ¿Cómo se llama una tía así?

—Se llama "fuera de tu liga". (Risas.) ¿Pero está con alguien?

—No lo sé, no he visto a nadie cerca. Pero da igual, con esa pinta y ese descaro... debe tener una lista de espera de un kilómetro. Está ahí fuera, junto al acceso de la piscina principal. Rubia, pelo recogido en un moño... joder, es que ese tanguita desaparece entre sus cachetes.

Escucharlos hablar así, con esa crudeza y esa lujuria tan directa, me provocó un latigazo de adrenalina que no esperaba.

Sentí cómo la sangre bajaba de golpe y de repente, el albornoz se me empezó a quedar estrecho.

Me empalmé de una forma casi violenta, sintiendo una erección dura y orgullosa contra la tela.

La situación era grotesca, estaba en un vestuario, a punto de salir con mi novia, pero mi mente solo podía proyectar la imagen de esa desconocida rubia, esa que tenía a dos chavales a punto de infarto.

"Qué cabrona", pensé, mientras me ajustaba el cinturón del albornoz intentando disimular el bulto.

Sentía una curiosidad casi animal. Quería salir de allí, quería cruzar esa puerta y ver con mis propios ojos a esa mujer de la que hablaban, grabarme su imagen en la cabeza antes de encontrarme con Inma.

Quería ver ese tanguita, ese culo "para enmarcar" y ese pelo rubio recogido.

Me miré al espejo una última vez, respirando hondo, tratando de bajar las pulsaciones, pero la imagen mental de la rubia provocando a todo el balneario me perseguía.

Salí del vestuario con el corazón acelerado, deseando que Inma tardara un par de minutos más para poder recrearme en la visión de esa extraña.

Lo que no sabía era que la realidad estaba a punto de darme una bofetada que me iba a dejar sin aire.

Salí del vestuario con el corazón en la garganta y los ojos bien abiertos, buscando de reojo la silueta que había vuelto locos a esos dos.

Y ahí estaba. Joder, cómo estaba. Los chavales se habían quedado cortísimos.

De espaldas a mí, la tía tenía un culazo impresionante que desafiaba la gravedad.

El tanguita negro era una línea ridícula que se perdía entre dos mejillas redondas, firmes y perfectas que brillaban bajo la luz del balneario.

Toda la carne quedaba a la vista, sin censura.

El morbo me pegó un viaje directo a la entrepierna, poniéndome aún más duro dentro del albornoz.

Iba a devorarla con la mirada un segundo más cuando la rubia, sintiendo mis pasos, se giró lentamente.

Casi me caigo de espaldas. El mundo se me congeló en un segundo. No podía creérmelo. Era Inma.

Me miró fijamente y me clavó una sonrisa de esas suyas, cargada de picardía, disfrutando del impacto que acababa de causarme.

Llevaba el pelo rubio recogido en un moño alto, dejando al descubierto su cuello estilizado y el bañador negro que llevaba era lo más provocativo y guarro que le había visto en la vida, por delante un escote de infarto y por detrás, la nada más absoluta.

Una invitación al pecado en mitad del balneario.

—Sí que has tardado en cambiarte, cariño... —me soltó mirándome de arriba abajo con ojos hambrientos—. Luego decís que las mujeres somos las lentas.

Se me escapó una sonrisa boba, pero por dentro la cabeza me iba a mil por hora.

«Si supieras lo que estaban hablando esos dos de ti ahí dentro, si supieras que media plantilla de tíos se va a pasar la tarde empalmada por tu culpa...

», pensé, devorándola con los ojos. El orgullo y la posesión me nublaron el juicio. Ese monumento era mío.

No me aguanté. Di un paso largo, acortando la distancia entre los dos y antes de que pudiera reaccionar, le agarré el culo bien fuerte, hundiendo los dedos en sus nalgas calientes, apretando con rabia y deseo, marcando territorio delante de cualquiera que estuviera mirando.

Inma dio un pequeño salto por la sorpresa, su piel se erizó al tacto de mis manos frías y soltó una carcajada ahogada que me encendió la sangre.

—¡Uyyy! —exclamó, mirándome de reojo con una chispa de vicio en los ojos—. Cuánto me has echado de menos en cinco minutos, ¿no? ¿O es que vienes hoy con demasiada energía?

Se rio por lo bajo, restregando sutilmente su trasero contra mis manos, que seguían clavadas en su piel. El morbo era insoportable, estábamos en mitad del pasillo de acceso y cualquiera podía vernos.

—¿Dónde vamos? —le pregunté con la voz rota, rozándole la oreja, deseando arrastrarla al rincón más oscuro del recinto.

—A la piscina de frío y calor —me contestó ella con una sonrisa criminal que me prometía el cielo—. Vamos a espabilarnos un poco.

Me soltó las manos de sus nalgas con un guiño, me cogió firmemente de la mano y tiró de mí con fuerza hacia la zona de aguas.

Mientras caminábamos, con todos los tíos de la zona clavándole los ojos en ese trasero que temblaba a cada paso, Inma se soltó el pelo un segundo y empezó a meter su melena rubia dentro del gorro de piscina con movimientos lentos, sensuales.

Yo, hipnotizado por el balanceo de sus caderas, saqué mi gorro del bolsillo y copié su gesto, preparándome para lo que venía.

La tarde prometía ser un infierno de los buenos.

Cuando llegamos a la zona, el contraste térmico casi nos hace retroceder, pero el verdadero calor estaba en el ambiente.

Había un viejo metido hasta el pecho dentro de la piscina fría, flotando como un tronco.

Inma, con esa simpatía natural suya que a veces parece una provocación inocente, se acercó al borde y le preguntó al viejo con voz cantarina:

—Disculpe, ¿dónde hay que meterse antes? ¿A la fría o a la caliente?

El viejo tardó un segundo completo en responder porque sus ojos hicieron un escaneo descarado, de arriba abajo, recorriendo el escote de Inma y clavándose en la curva de sus caderas. El hombre no pudo disimular la taquicardia, pero recuperó la compostura y contestó con educación:

—Lo suyo, señorita, es meterse primero en la caliente y acabar en la de agua fría para activar la circulación.

—La caliente me gusta... —intervine yo, dando un paso al frente para marcar territorio— la fría ya veremos si me meto.

Inma se giró hacia mí, clavándome una mirada cargada de vicio.

—No seas tonto, Hugo. Te vas a meter en las dos —sentenció con una sonrisa autoritaria.

Le dimos las gracias al viejo —que seguía embobado mirando el trasero de mi novia— y nos metimos de cabeza en la piscina caliente.

Joder, cuando dicen caliente es caliente de verdad.

No sé a qué temperatura exacta estaría ese agua, pero si me dicen 95°C me lo creo.

El impacto inicial nos hizo soltar un quejido, pero inmediatamente nos envolvió un relax absoluto.

Sentir ese calor extremo recorriéndome los músculos me dejó flotando.

—Uyyy, yo me quedo aquí... qué relax —murmuré, cerrando los ojos.

Inma se deslizó por el agua, flotando hacia mí como una sirena y me susurró al oído con voz firme:

—Ni hablar.