EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Un café y un Chupa Chups #5
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Un café y un Chupa Chups #5

Se ríe por lo bajo, una risa que le vibra en el pecho musculoso.

—Ella me buscó por debajo del agua. Entre el vapor, el ruido de los chorros y esa capa de espuma que lo tapaba todo como si fuera una sábana blanca...

no pude contenerme. La puse contra el borde de piedra, justo ahí, con media docena de personas nadando alrededor.

Nadie veía nada por encima del agua, pero por debajo...

por debajo estábamos ardiendo. Fue la media hora más tensa de mi vida.

Sentía el corazón en la garganta por el miedo a que alguien se acercara demasiado, pero ese riesgo...

ese riesgo hizo que fuera lo mejor que he hecho nunca.

Se queda callado un momento, dejando que la imagen flote entre nosotros. Me mira con una intensidad que me hace hervir la sangre.

—Cuando me miras así y me llamas calzonazos, me dan ganas de demostrarte que ese José todavía sigue aquí dentro, esperando el momento de volver a liarla en un sitio donde no deberíamos.

Justo en ese momento, la impresora del laboratorio suelta un pitido seco: "Limpieza Finalizada: NEGATIVO".

José se endereza, recuperando su postura de mando, pero me lanza una última mirada de arriba abajo antes de abrir la puerta.

—Arranco la línea. Y piénsate bien lo del viernes... porque a lo mejor el próximo plan lo elijo yo.

Sale de la pecera dejándome con la boca seca.

Me quedo petrificada, con el informe de limpieza en la mano.

¿Qué cojones acaba de pasar?

Mi mente, empieza a dar vueltas en círculos concéntricos alrededor de sus palabras.

¿Me ha tirado una indirecta? No, eso no ha sido una indirecta, ha sido un misil teledirigido a mi entrepierna.

Me ha invitado a un balneario, los dos solos, usando una historia del pasado para decirme lo que quiere hacerme en el futuro.

Visualizo la escena y se me corta la respiración: José, con esos hombros que apenas caben en la silla, moviéndose bajo la espuma, con la adrenalina de tener a extraños a un brazo de distancia, poseyendo a una tía con esa fuerza bruta que desprende.

El morbo me invade como una marea caliente.

¿Estaría ya casado cuando lo hizo? Seguro que sí.

¿Hace cuánto? ¿Cinco años? ¿Diez? ¿O fue el mes pasado?

Me surgen mil preguntas y cada una es más sucia que la anterior.

Siento que me he mojado de nuevo y me odio un poco por ello. Me odio porque soy una contradicción con patas.

"Inma, para", me digo a mí misma, tratando de recuperar el norte. "Tú no eres así".

Me repito mi propio código ético como si fuera un escudo, yo no le sería infiel a Hugo.

Jamás. Lo quiero, es mi pareja, es mi estabilidad.

Lo que me pasa con José es... es otra cosa.

Es el juego del gato y el ratón. Es el placer de ver a un hombre tan poderoso, tan macho alfa, perdiendo los papeles por un guiño mío.

Me encanta ponerlo al límite, ver cómo se le tensa cuando le llamo calzonazos, notar su erección contra mi cuerpo sabiendo que no va a pasar de ahí.

Me gusta el fuego, pero no quiero quemarme. Me gusta jugar con la dinamita, pero no quiero que la fábrica vuele por los aires.

Pero el problema es que José no parece querer jugar a las casitas.

Él ha puesto las cartas sobre la mesa: espuma, riesgo, público y él tomándome por la fuerza.

Y yo, que se supone que soy la que controla el juego, estoy aquí temblando porque una parte de mí —la parte más oscura— se ha imaginado perfectamente siendo esa chica en el balneario.

—Concéntrate, Inma —susurro para mis adentros, dejando el informe sobre la mesa—. Arranca la línea.

Salgo de la pecera con la mirada fija en el suelo, sintiendo que cada paso que doy es una mentira, pero con una energía que me hace sentir invencible y pecadora a partes iguales.

Voy caminando al laboratorio central, cuando aparece Juanma.

Juanma me corta el paso cerca de la zona de paletizado. Tiene esa cara de perro apaleado, de quien sabe que ha metido la pata hasta el fondo, pero intenta salvar el cuello.

—Inma, joder... lo siento —me suelta en un susurro rápido, mirando de reojo por si viene alguien—. José me pilló viendo la foto y tuve que contárselo. Me apretó las tuercas y no tuve salida.

Me quedé clavada en el sitio, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para mí.

La idea me golpeó de repente: habían enseñado una foto.

¿Una foto mía? Un escalofrío me recorrió entera.

¿Cuándo la habían tomado? ¿Qué se veía en ella?

Mi mente, traicionera, empezó a dibujar los peores escenarios posibles, alimentando una angustia que crecía por segundos.

¿Quién habría sido capaz de capturar ese instante sin que yo me diera cuenta, justo cuando todos reíamos, despreocupados, jugando como si nada pudiera romper aquel momento?

Sentí cómo el calor me subía al rostro, cómo el suelo parecía abrirse bajo mis pies.

En ese preciso instante, lo único que deseaba, con una intensidad casi dolorosa, era desaparecer…

que el mundo me tragara y me borrara de allí.