Un café y un Chupa Chups #4
—Tu cuerpo es sabio y te está diciendo que a las doce de la noche tienes que estar durmiendo, no haciendo lo que hicimos nosotros.
Se echó a reír, recordando la locura de la noche anterior.
—Bueno... valió la pena — dijo, guiñándome un ojo con picardía.
— Tampoco pasó nada del otro mundo.
Rodrigo soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.
—¿Qué no pasó nada? Siempre me acordaré de anoche, Inma. Fue épico.
—Yo también me acordaré, no te preocupes —le contesté, bajando la voz y dándole un toque de morbo a la frase—. Una no ve lo que vi anoche todos los días.
Rodrigo estalló en una risa limpia, de esas que te sacuden los hombros, contagiado por mi buen humor. Estaba a punto de decir algo más, probablemente alguna burrada sobre lo que pasó, cuando el pomo de la pecera giró con brusquedad.
La puerta se abrió de par en par y José entró como un vendaval.
Se detuvo en seco al vernos allí, tan juntos, riéndonos en la intimidad del cubículo.
Su mirada pasó de Rodrigo a mí con mucha velocidad.
Noté cómo sus ojos se clavaban en los míos, buscando algún rastro de la Inma que hace un rato estaba empotrada contra su cristal.
Su presencia llenó el espacio pequeño de la pecera, cargándolo instantáneamente de una tensión que Rodrigo, en su estado de somnolencia, no podía ni imaginar.
—Inma, ¿estas muestras están ya? —suelta con una voz cortante, casi un ladrido—. Porque me parece que te gusta mucho la charla y poco el microscopio. No te pagan para que cuentes chismes.
Me permito una risita suave, sin dejar de mirar el vial que tengo entre las manos, disfrutando de ver al gran jefe perdiendo los papeles por unos celos que no puede confesar.
—Tranquilo, tranquilo, José... —le digo, arrastrando las palabras con una calma que sé que lo desquicia—. Relájate. Para tener un resultado fiable necesito quince minutos de incubación. Las prisas en el laboratorio solo traen errores.
Él da un paso al frente, invadiendo mi espacio vital, ignorando que Rodrigo está a un metro de nosotros.
—No me pidas que me relaje —dice, señalando hacia la planta con un gesto brusco—. Tengo la línea 4 parada, tres operarios cruzados de brazos y el camión de logística esperando. No se arranca nada hasta que tú des el visto bueno, así que muévete.
Miro el reloj de pared con parsimonia y luego le devuelvo la mirada, sosteniéndosela con un descaro que le recuerda perfectamente lo que pasó en su despacho hace unas horas.
—En diez minutos te digo si puedes arrancar —le suelto y luego me giro hacia Rodrigo, que observa la escena un poco intimidado—. Míralo, Rodri... está así de cabreado porque se quedó con las ganas de salir anoche con nosotros. Se le nota en la cara que le falta una cerveza y un poco de juerga.
Rodrigo, a pesar del miedo que le tiene al jefe, no puede evitar soltar una risotada floja.
—Ya te digo, Inma.
José le lanza una mirada asesina a Rodrigo, una de esas que te hielan la sangre. El pobre Rodri deja de reírse al instante y da un paso atrás, buscando la salida.
—Ya te he dicho, Rodrigo, que cuando seas padre se te acaban las fiestas —sentencia José, con un tono amargo que destila envidia—. Vuelve a tu puesto ahora mismo y deja de perder el tiempo, que aquí sobra gente con ganas de hablar y falta gente con ganas de producir.
Rodrigo asiente, murmura un "sí, jefe" y sale de la pecera casi corriendo, dejándonos otra vez a solas. José se queda ahí, de pie, respirando fuerte.
—¿Te crees muy graciosa, no? —me susurra, dando un paso hacia mí en cuanto la puerta se cierra.
Me apoyo en la encimera de la pecera, cruzando los brazos que sé que le enerva. El zumbido de la centrífuga es lo único que se escucha. Lo miro fijamente, con los ojos brillantes y esa chispa de desafío que no puedo, ni quiero, apagar.
—Venga ya, José... —suelto con un tono cariñoso—, dime quién te ha largado lo que pasó anoche. Porque alguien ha abierto la boca y tengo un firme candidato.
Él intenta mantener la fachada de jefe serio, pero noto cómo se le tensa. No aguanta que yo lleve el ritmo de la conversación.
—Tiene que haber sido Juanma, seguro —sentencio, soltando una risita seca—. Menudo chivato. Mira qué quedamos en que lo que pasara ayer se quedaba ayer. No se puede confiar en nadie.
José desvía la mirada un segundo hacia los cristales, asegurándose de que nadie está pegando la oreja y acaba asintiendo con la cabeza, dándome la razón a regañadientes.
—Le obligué —suelta él, tratando de salvar la cara de su operario—. El chaval no quería soltar prenda, se hacía el sueco, pero al final... se lo saqué. Tuvo que cantar.
—Ya... seguro —le digo, alargando la frase con una incredulidad punzante—.
Seguro que lo pusiste contra la pared y le amenazaste con el despido, ¿no?
No me lo creo, José. A Juanma le gusta el cotilleo más que a un tonto un lápiz y tú estabas deseando saber qué es lo que una niña como yo es capaz de hacer cuando sale de fiesta.
Él se queda callado, pero sus ojos me recorren. El hecho de que sepa algo —aunque no lo sepa todo— le da un aire de superioridad que me pone a mil.
—Me contó lo suficiente —murmura él, bajando la voz hasta que es un gruñido ronco—. Me contó que estabas desatada. Y viendo cómo me has entrado hoy en el despacho... me creo cada palabra.
El ambiente en la pecera cambia por completo.
La tensión de hace un momento, esa que parecía que iba a hacer saltar los cristales por los aires, se deshace en una complicidad.
El speed me da una lengua de plata y una seguridad que me permite torear al toro más bravo de la fábrica sin que me roce los cuernos.
—No te voy a mentir, José... me lo pasé muy bien —le suelto con una sonrisa que es puro veneno. Lo miro de arriba abajo, deteniéndome un segundo más de la cuenta en sus hombros anchos—. Pero, ¿qué pasa? ¿Tú a mi edad eras un santo? ¿Te quedabas en casa leyendo la Biblia?
Él no puede evitarlo. Su fachada de encargado gruñón se desmorona y aparece ese José chulo, el que sabe que tiene el control pero que se muere por un poco de marcha.
Suelta una carcajada corta y se relaja, apoyando el peso en una pierna mientras cruza los brazos sobre el pecho, haciendo que sus bíceps amenacen con reventar la tela del uniforme.
—Yo a tu edad era peor, seguro —admite y noto un brillo de nostalgia salvaje en sus ojos—. Mucho peor. Lo que me jode de verdad, Inma... es no haber ido. Me habéis dejado con los dientes largos.
Le sostengo la mirada con un descaro absoluto.
—Te dije que vinieras —le susurro, bajando el tono para que solo él me oiga—. Te lo puse en bandeja. El próximo viernes repetimos... anímate. No muerdo, a menos que me lo pidas.
Le guiño un ojo y veo cómo traga saliva. El macho alfa está totalmente desarmado por una cría del laboratorio que lleva 24 horas sin dormir y va puesta de anfeta hasta las cejas.
—Uff... el próximo viernes de mañanas —resopla él, rascándose la calva con una sonrisa de medio lado—. Tengo que empezar a hacer las gestiones con mi mujer ya mismo. Esas cosas llevan tiempo, hay que preparar el terreno, ya sabes cómo son estas comidas de empresa inventadas...
Suelto una risotada que resuena en las paredes de cristal. Me inclino hacia su oído, rozándole apenas con el pelo y le suelto la palabra prohibida:
—Calzonazos...
José reacciona al instante. Me da un empujón suave, de broma, pero sus manos se quedan un segundo de más apoyadas en mis hombros, apretando la carne con firmeza.
Ambos nos reímos, una risa cómplice que sella un pacto de silencio y pecado entre los dos.
Por un momento, me olvido de Hugo. Solo existe este juego de espejos.
—Venga, anda, termina eso —me dice, dándome un golpecito juguetón en el brazo—. Que como no arranquemos la línea en cinco minutos, el calzonazos va a tener un problema con la dirección.
José pone la mano en el pomo de la puerta, pero no la abre. Se queda ahí, mirando el movimiento de la cinta transportadora a través del cristal, como si estuviera recordando algo que le quema por dentro
Se gira lentamente hacia mí.
—¿Sabes qué pasa, Inma? —dice con una voz más baja, más íntima—. Que cuando me llamas calzonazos, me tocas la fibra. Porque hubo un tiempo en el que yo era el que más arriesgaba de toda esta fábrica. Y no te hablo de bares de mala muerte como los de anoche.
Se apoya en la mesa, invadiendo de nuevo mi espacio, pero esta vez con una actitud de confidencia absoluta.
—Hace unos años —empieza y noto cómo se le escapa una media sonrisa nostálgica—, me escapé a un balneario.
Uno de esos de lujo, con chorros, saunas y una piscina de esas que parecen nubes de espuma.
Había gente, claro. Parejas de señores mayores, gente joven, amigos, gente de relax... un ambiente de lo más tranquilo.
Yo dejo de mirar el vial, cada palabra suya se dibuje en mi mente con un relieve casi obsceno.
—Iba con una chica —continúa José, bajando el tono mientras sus ojos se clavan en los míos—.
Una que tenía el mismo peligro que tú. Nos metimos en una de las zonas de hidromasaje, donde la espuma subía tanto que apenas nos veíamos las caras.
Había una pareja a menos de tres metros, hablando de sus nietos o de sus viajes, ni se enteraban de nada.