Un café y un Chupa Chups #3
Siento que me está obligando a probar su boca, a saborear ese juego sucio que ha inventado sobre la marcha. Mis manos tiemblan cuando agarro la taza, mientras él me observa y me hace sentir, más que nunca, que soy su juguete favorito en esta fábrica.
El café me quema los labios, pero es un calor agradable, una mezcla de cafeína, azúcar y el rastro de su saliva que se desliza por mi lengua.
Mientras bebo, José no me quita la vista de encima, sus ojos, recorren cada curva de mi cuerpo, desde el escote hasta mis piernas, como si estuviera memorizando el terreno.
De repente, el sonido chirriante de su móvil rompe el hechizo. El nombre de Antonio parpadea en la pantalla. José suspira, una exhalación larga y cargada de frustración.
—¿Qué pasa, Antonio? ... ¿Los sensores otra vez? ... Vale, vale, no toques nada, bajo ahora mismo. —Cuelga el teléfono con un golpe seco sobre la mesa.
Se gira hacia mí. Su expresión ha cambiado radicalmente, ha vuelto a ser el encargado eficiente, pero en sus ojos todavía queda esa chispa de malicia que no termina de apagarse. Me señala la taza que tengo entre las manos, la misma que acaba de manosear con su Chupa Chups.
—Tómate el café tranquila, Inma —me dice con una voz que, aunque profesional, guarda un eco de posesión—. Antonio dice que los sensores están fallando, tengo que bajar a verlo. Disfruta de la paz... mientras dure.
Se ajusta la camiseta, se coloca el uniforme con ese aire de suficiencia que tanto me exaspera y se encamina hacia la salida. Antes de cerrar, se detiene en el umbral, me mira una última vez y con un movimiento seco, hace girar el pomo.
Click.
El sonido del cierre de la puerta es definitivo. Me ha dejado sola en su santuario.
El silencio del despacho es absoluto, solo roto por el suave zumbido del ordenador y el tic-tac de un reloj que parece marcar el ritmo de mi corazón desbocado.
Estoy ahí, sentada en el corazón de la fábrica, en el lugar prohibido y con el café de mi jefe entre las manos.
La adrenalina de haber estado a punto de ser descubierta, de haber jugado al límite con el hombre más peligroso de la planta, me deja una sensación de vértigo insoportable.
Me levanto, sintiéndome como una intrusa en un territorio ajeno.
Miro a través de los cristales: abajo, la fábrica sigue su ritmo frenético y veo a José bajando las escaleras, caminando con esa zancada hacia donde Antonio espera con sus sensores rotos.
Hugo está ahí, sigue en su puesto, ajeno a que a pocos metros sobre su cabeza, su novia acaba de vivir una escena que podría dinamitar su vida.
Me hundo en la silla de cuero de José, el respaldo es amplio, imponente y me hace sentir pequeña, casi ridícula.
La taza de café, con el rastro de mi propio Chupa Chups, sigue ahí sobre la mesa.
Miro el ordenador, miro la cafetera, miro la puerta cerrada con llave y de repente, el mareo del speed se transforma en un golpe seco de lucidez.
Me miro las manos. Están temblando. ¿Qué cojones hago aquí?
"Mierda, Inma... qué puta mierda de persona eres".
Las palabras retumban en mi cabeza, más fuertes que el ruido de las máquinas de envasado.
Me he convertido en todo lo que odio. Me he vuelto la típica calientapollas que tanto criticaba toda la vida.
He cruzado la pasarela con el corazón en un puño, no para trabajar, sino para alimentar un juego sucio, peligroso y sobre todo, patético.
¿Me gusta José? La respuesta es un no rotundo que me duele en el orgullo.
Es un tipo creído, un mujeriego de manual con dos hijos esperándole en casa y una mujer que, por algún extraño motivo, le sigue consintiendo sus mierdas.
Me saca veinte años, podría ser mi padre perfectamente.
Y aun así, me he venido aquí, he dejado que me acorrale, he dejado que me sobe y lo peor de todo, he dejado que me guste.
¿Por qué?
Las preguntas se disparan en mi cerebro acelerado:
¿Por qué he ido a buscarlo? Él no me obligó a subir. Yo envié ese WhatsApp. Yo puse el emoticono. Yo quería ver hasta dónde llegaba mi propio poder sobre él, o quizá, simplemente, quería sentirme deseada por alguien que tiene el control absoluto de esta planta.
¿Por qué he jugado con el Chupa Chups? Aquello ha sido un acto de sumisión disfrazado de provocación. He dejado que me marcase, que me usase como parte de su perverso ritual y me ha encantado.
¿Por qué, cuando me ha empotrado contra los cristales, no he gritado, ni me he movido, ni le he dado una bofetada?
He abierto las piernas. Lo he dejado pasar.
He dejado que su erección me rozase la piel y he sentido cómo me mojaba al instante.
¿Es eso lo que soy? ¿Una mujer que necesita que un hombre con poder la trate como un objeto para sentirse viva?
Siento un asco profundo hacia mí misma, pero es un asco mezclado con un rastro de humedad en mis braguitas que me recuerda que mi cuerpo ha traicionado a mi mente.
Es el speed, me digo para intentar calmarme.
Es el ambiente de la fábrica, es el estrés de Hugo, es la necesidad de escapar de mi rutina... pero sé que me estoy mintiendo.
He disfrutado viendo su bulto. He disfrutado sintiéndome su presa. He disfrutado siendo la chica que tiene un secreto sucio con el jefe, mientras mi novio, Hugo, está ahí abajo, probablemente pensando que estoy simplemente en el laboratorio.
Soy una hipócrita. Una jugadora que ha perdido el control de su propia partida.
Me pongo en pie de un salto, el corazón me late tan fuerte que me duele. Tengo que salir de aquí antes de que Antonio y él vuelvan, antes de que el cristal deje de ser mi refugio y se convierta en mi condena. Si alguien me ve salir del despacho de José con esta cara, pensaran cosas raras.
El pomo de la puerta gira. Me deslizo hacia la salida justo un segundo antes de que José aparezca por el pasillo. Salgo con la cabeza baja, fingiendo un interés absoluto por una lista de pedidos que llevo en la mano.
Cruzo la pasarela de metal a toda velocidad.
Mis pasos son rápidos, decididos, tratando de que nadie note que mis piernas todavía guardan el calor de aquel cristal frío.
Miro hacia abajo, hacia la zona de envasado, evitando cualquier contacto visual, especialmente con Hugo.
Si él me viera ahora mismo, sabría que me he convertido en alguien que no reconoce.
Llego al laboratorio y el aire acondicionado me golpea la cara, helado y puro. Es una salvación. Entro, suelto el móvil en la mesa y de repente, la bruma desaparece.
Es increíble. Debería estar colapsada, con los ojos inyectados en sangre tras más de 24 horas sin pegar ojo, arrastrándome por los pasillos como un zombi.
Pero no. El speed me ha regalado una claridad artificial, una lucidez aterradora.
Me siento como si pudiera ver a través de las paredes, con una energía limpia y frenética que recorre cada fibra de mis músculos.
Me pongo manos a la obra. Ayudo a Álex Sellés con las muestras.
Mis manos no tiemblan. Álex, que me observa desde la otra mesa, me lanza una sonrisa cómplice.
Él sabe. Sus ojos analizan mi rostro, mis pupilas dilatadas y esa sonrisa invisible que no puedo quitarme de encima.
Él sabe perfectamente por qué hoy no me estoy muriendo, sino que estoy vibrando.
Loli aparece de repente, observándome con su habitual tono severo, pero esta vez con un toque de curiosidad.
—¿Ya estás mejor? —me pregunta, escaneándome de arriba abajo.
Le sonrío y mi sonrisa es tan amplia que hasta yo me sorprendo.
—Mucho mejor, Loli —le respondo, manteniendo una calma—. Me he tomado un café bien cargado y me ha espabilado de golpe. Ya estoy al cien por cien.
Ella asiente, satisfecha y se aleja hacia el fondo de la sala. Aprovecho el momento para acercarme a Álex, que sigue analizando unas placas bajo la luz del fluorescente. Me inclino un poco hacia él, bajando el tono.
—Gracias —le susurro, con un peso extraño en el pecho.
Él me mira, fingiendo una inocencia total, con esa cara de póker que tan bien maneja.
—¿Gracias? ¿Por qué? —pregunta, alzando una ceja, jugando conmigo como si no supiéramos ambos lo que ha pasado arriba.
Le guiño un ojo, sintiéndome la dueña del mundo, la mujer que acaba de salir indemne de la boca del lobo.
—Por ser tan tonto —le digo, soltando una risa juguetona que suena demasiado honesta.
Él suelta una carcajada, se ajusta las gafas de seguridad y se aleja hacia la zona de centrifugado, dejándome sola con mi secreto.
Sigo trabajando, con la adrenalina corriendo como mercurio por mis venas, esperando a ver qué será lo siguiente que el día decida ponerme por delante.
La vida nunca se había sentido tan peligrosa, y por eso mismo, nunca me había sentido tan increíblemente viva.
Eran las 12 de la mañana y la fábrica funcionaba a pleno rendimiento.
Avisé a Álex y a Loli de que bajaba a la pecera —ese cubículo acristalado en mitad de la planta de envasado— para adelantar los análisis de limpieza que faltaban.
Necesitaba salir del laboratorio, moverme, sentir el aire cargado de la producción.
Entré en la pecera, cerré la puerta y el ruido exterior se convirtió en un zumbido sordo. Me puse los guantes. Estaba analizando los viales cuando la puerta se abrió y entró Rodrigo.
Le sonreí de inmediato. Rodrigo tenía esa cara de haber sido atropellado por un camión de mudanzas, las ojeras le llegaban a la mandíbula. Cerró la puerta a sus espaldas, buscando un oasis de silencio.
—Joder, Inma... qué buena cara tienes, cabrona —dijo, apoyándose en la mesa de acero, mirándome con una mezcla de envidia y asombro—. Yo ya no sé dónde meterme. Llevo cinco cafés y no hay manera, no espabilo. Sigo viendo doble.
—Es la edad, Rodri... —le solté con una risilla, sin dejar de pipetear la muestra con una mano firme que ni yo misma reconocía—. Los años no perdonan.
Él me miró entrecerrando los ojos, sospechando de mi vitalidad sobrenatural.
—Sí, va a ser eso... —resopló.