Un café y un Chupa Chups #2
El morbo de estar a unos metros de altura de Hugo, mientras su encargado me devora con la mirada y me aprieta la mano con una posesividad brutal, me está volviendo loca.
—Cuidado, jefe —le digo con un hilo de voz—. Que solo venia a tomarme un café.
José se remueve, inquieto. Noto cómo la tensión sexual le ha dado un latigazo de realidad y por un segundo, el encargado se siente acorralado por la situación. Suelta mi mano bruscamente y da un paso atrás, tratando de recomponer su armadura de encargado, pero su respiración sigue siendo pesada.
—Anoche... ¿qué tal? —pregunta, intentando desviar el tema, aunque sus ojos siguen bajando de reojo hacia mi escote.
Yo suelto una risita traviesa, saboreando el poder que me da verlo así de descolocado. Me apoyo en su escritorio con una confianza innata.
—Si hubieras venido, lo habrías sabido —le suelto, picándole donde más le duele—. Pero claro, tu mujer te tiene con una correa bien corta, ¿verdad, José?
Él suelta una carcajada, una de esas de macho herido que intenta ocultar la verdad.
—No pintaba nada allí con mis operarios, Inma. No es por mi mujer, es por jerarquía.
—Ya... —digo yo, alargando la vocal con un tono de incredulidad absoluta que lo saca de quicio.
—Es verdad —insiste él, acercándose de nuevo, herido en su orgullo—.
¿Qué pinto yo con Juanma o con Rodrigo en un bar tomándome una cerveza?
Soy su jefe. Ese bar es el sitio perfecto para que me critiquéis a gusto —dice con un tono morboso, disfrutando de la idea de ser el centro de nuestras conversaciones.
—Y eso hicimos —le suelto con una sonrisa de ángel caído.
—¿Ah, sí? —Sus ojos se entrecierran, picado—. ¿Y qué decíais de mí, si puede saberse?
—Pues que eres un cagado —le digo, disfrutando de cómo se le tensa—. Decíamos que cuanto más golfos sois, con mujeres más tóxicas os juntáis. De esas que no os dejan salir de casa porque saben perfectamente de qué pie cojeáis.
José se queda callado un segundo. Me mira fijamente a los ojos.
—No será porque nos conocen demasiado bien... —susurra, bajando el tono—. Saben que si salimos de casa... la liamos.
Me sostiene la mirada, recordándome quién manda allí arriba. Yo no me achanto, al contrario, le devuelvo la mirada con un descaro que lo vuelve loco.
—¿Y qué ibas a liar tú? —le pregunto, desafiante—. Si no tienes valor ni para tomarte una copa con nosotros.
—Yo, nada —responde él con una sonrisa cargada de cinismo y deseo contenido.
—Pues eso decía yo... un santito —concluyo, dándole un último toque al Chupa Chups antes de sacarlo de la boca con un sonido húmedo.
José fija la vista en el Chupa Chups que tengo entre los labios. Sus ojos se oscurecen, devorando cada movimiento de mi lengua, cada pequeño gesto de mi boca.
—Venga, cuéntame —insiste él,—. ¿Qué hicisteis realmente?
Me acerco un paso más, lo suficiente para que el roce de nuestras ropas sea inevitable. Me encanta ver cómo se le dilatan las pupilas cuando me muevo.
—Jugamos a juegos de mayores, José —le digo, picándole.
—No te creo nada. Me estás vacilando, Inma.
Suelto una carcajada, llena de la seguridad que me da el haberme metido en la boca del lobo.
—¿Tú crees? —le devuelvo la pregunta, arqueando una ceja.
Él sonríe, pero es una sonrisa forzada, casi rabiosa por no saber.
—Venga, dime qué hicisteis.
Me hago la dura, jugando con el caramelo.
—Eso se queda entre nosotros seis. Es un secreto. Si hubieras venido, habría sido un secreto entre los siete.
José se queda helado, contando mentalmente.
—¿Qué seis? —pregunta.
—Raquel, Rodrigo, Álex Sellés, Juanma, Mimi y yo —le respondo, enumerándolos despacio, disfrutando de cómo cada nombre es una puñalada en su orgullo de macho alfa.
Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Fue Mimi? ¿La chica nueva? —pregunta, incrédulo.
Asiento lentamente, riéndome por dentro al ver el impacto que le causa que otra mujer nueva esté en su círculo de secretos.
—Joder... —suelta él, pasándose una mano por la calva, visiblemente excitado por la idea—. Si que os lo tuvisteis que pasar bien...
Me acerco a su oído, rozándole el cuello con el labio inferior y le susurro con una voz cargada de deseo:
—No sabes cuánto... —le guiño un ojo, dejando que la duda le taladre el cerebro.
—¿No me vas a contar nada? —me ruega, casi suplicante, acercando su cuerpo al mío hasta que noto la dureza de su erección presionando contra mi cadera a través de la mesa.
Niego con la cabeza, manteniendo el contacto visual, sabiendo que lo estoy torturando.
—Pregúntales a tus operarios —le digo con un tono burlón, dejando que el Chupa Chups se desplace de una comisura a otra de mi boca—. Pregúntales si fui "buena" o "mala" anoche...
José suelta un gruñido bajo, un sonido animal. Me está deseando tanto que le duele y el hecho de saber que Hugo está ahí abajo, a pocos metros de distancia, trabajando sin saber que su novia está aquí, retando a su jefe, hace que la excitación me inunde por completo.
—Eres una zorra, Inma —murmura él—. Una zorra peligrosa. ¿Sabes lo que me entran ganas de hacerte ahora mismo por no querérmelo contar?
José pierde los papeles. Su cara de encargado autoritario se desmorona, reemplazada por una mueca de depredador que no admite un no por respuesta.
En un movimiento rápido, me agarra de la cintura con una mano y me lanza contra el cristal de su despacho, el cristal que da directamente a la zona de envasado.
El impacto es seco, pero no duele, lo que duele es la intensidad con la que me sujeta, acorralándome.
Me tiene contra el vidrio, el frío del cristal contrasta con el calor de su cuerpo que me aplasta por detrás.
Desde esta posición, tengo una vista privilegiada de toda la planta.
Mis ojos, recorren las filas de operarios hasta que, por un segundo, creo ver la silueta de Hugo ajustando una bobina.
El pánico y el morbo se fusionan en una orgía de sensaciones.
—¿Así que te gusta jugar, eh? —gruñe en mi oído, mientras su otra mano se pierde por debajo de mi uniforme, recorriendo la curva de mi cadera con una posesividad—. ¿Quieres que todo el mundo vea lo que hace su jefe con la nueva del laboratorio?
—No te atreverías... —jadeo, aunque mis piernas se abren instintivamente para dejarle más espacio.
Con la mano que tiene libre, me sujeta la mandíbula y me obliga a girar la cabeza, forzándome a mirar hacia abajo, hacia el hormiguero de trabajadores.
—Pregúntales si fuiste buena o mala... —repite él, con una voz que parece un látigo—. Yo creo que hoy vas a ser muy, muy mala, Inma.
La erección que se me clavaba en la espalda pierde intensidad, su mano abandona mi cadera como si le quemara y con una frialdad que me deja descolocada, se separa de mí. Se alisa la camiseta, se ajusta el cinturón y se aclara la garganta, como si estuviera a punto de dictar una orden de producción.
Ha vuelto a ponerse la máscara. Ha pensado en frío, ha recordado que ahí fuera, al otro lado del cristal, está su reputación, su familia y esa vida perfecta que mantiene a base de apariencias.
No hay ni un rastro de arrepentimiento en sus ojos, ni una palabra de disculpa.
Es como si el depredador hubiera decidido que, por ahora, la presa no merece la pena el riesgo.
—Bueno... —dice, con un tono neutro, profesional—. Para la próxima vez, me apuntaré al plan. Ya veo que en el laboratorio no perdéis el tiempo.
Me quedo apoyada contra el cristal. Mis piernas son gelatina pura y siento un vacío en el vientre que me está matando.
Me ha dejado ahí, con las hormonas a mil y el cuerpo pidiendo una continuación que él ha decidido negar.
Es una humillación silenciosa, un juego de poder en el que él siempre tiene la última palabra.
Él lanza una mirada cargada de desdén hacia las tazas de café sobre la mesa. Su voz rompe el silencio, cargada de esa ironía que me hace querer matarlo y al mismo tiempo, lanzarme a sus brazos.
—Joder —masculla, fingiendo molestia mientras se rasca la nuca—. No tengo ni una cuchara para remover este café.
Lo miro. Mis ojos caen, inevitablemente, al Chupa Chups que todavía tengo en la mano, un caramelo de fresa pegajoso y marcado por mi propia saliva. Un pensamiento prohibido, cargado de una perversidad absoluta, me golpea.
—¿Quieres mi Chupa Chups? —le digo con una voz que roza el susurro—. Para mover el café... es un buen utensilio.
José se queda paralizado. Me mira y su sonrisa vuelve a ser la de un animal que ha encontrado una presa divertida. No me contesta con palabras, simplemente alarga la mano. Sus dedos, grandes y rudos, se cierran sobre mi muñeca, guiando mi mano hacia su taza.
—A ver …—murmura.
Sujeta mi mano mientras yo introduzco el caramelo, todavía caliente y húmedo por mi boca, en su café humeante.
Empiezo a removerlo con movimientos lentos, circulares, viendo cómo el dulce de fresa se disuelve lentamente en el negro intenso de su café.
Sus ojos no se apartan de los míos, fijos, devorándome.
Cuando termina, saca el palo del Chupa Chups.
Está manchado de café, oscuro y brillante.
Con una parsimonia que me acelera el pulso hasta límites peligrosos, se lleva el caramelo a los labios.
Lo lame. Lo hace con una lentitud tortuosa, saboreando el café mezclado con mi saliva, cerrando los ojos un instante mientras sus labios envuelven el Chuoa Chups.
Es un acto obsceno, privado, una profanación que me hace apretar los muslos.
Luego, sin decir nada, sumerge el caramelo ya usado en mi taza. Lo agita suavemente dentro de mi café, impregnándolo de su propia esencia, de su café y de su saliva, antes de dejarlo reposar allí, como una invitación silenciosa.
—Ahora es tu turno —dice con la voz ronca, entregándome la taza—. Remuévelo bien, Inma. Quiero que te bebas hasta la última gota de lo que he dejado ahí.