Un café y un Chupa Chups
Inma
El corazón me va mil, amplificada por el speed que recorre mi cuerpo. "Ven a mi despacho", decía el mensaje.
Su oficina no es un lugar cualquiera, es una atalaya de cristal y metal suspendida justo encima de la zona de envasado.
Desde allí, José es el dios de la fábrica, el ojo que todo lo ve, vigilando cada movimiento de los operarios que sudan bajo el olor empalagoso del chocolate.
Nunca he estado allí arriba y la idea de cruzar ese umbral me hace humedecer los labios de puro nerviosismo.
Salgo dirección a su oficina con los sentidos agudizados al límite.
Cada ruido me parece un trueno. Tengo que cruzar la pasarela de rejilla metálica, ese camino de hierro que vibra con el ruido de las máquinas inferiores.
Mi mayor miedo tiene nombre y apellido: Hugo.
Si levanta la cabeza de su máquina y me ve subiendo esas escaleras hacia el cubil del jefe, estoy muerta.
No sabría qué inventar, no tengo excusas, solo tengo el pulso acelerado y un hambre de peligro que no puedo controlar.
Empiezo a caminar. Mis pasos son rápidos, intentando que mis zapatos no resuenen contra el metal.
Me pego a la barandilla, encogiendo los hombros, tratando de hacerme invisible.
Cruzo la pasarela mirando obsesivamente hacia abajo, hacia el mar de uniformes que se mueven entre las cintas transportadoras.
Veo las cabezas de los operarios, el brillo de las máquinas... y busco la silueta de Hugo con terror.
No mires arriba, Hugo. Por lo que más quieras, sigue ajustando esa cadena y no mires arriba, rezo en silencio mientras el aire caliente de las máquinas me sube por las piernas, agitando levemente mis pantalones.
Siento que estoy caminando sobre un desfiladero. Llego al final del pasillo elevado, donde el ruido de la fábrica se amortigua tras la puerta.
Estoy sudando frío, pero mis mejillas arden. Me retoco la camiseta del uniforme, asegurándome de que el escote insinúe lo justo para que José recuerde que no soy solo una empleada nueva. Me paso la lengua por los dientes y levanto la mano.
Toco con los nudillos, tres veces, suaves pero decididas. El sonido parece retumbar en toda la planta, aunque sé que es solo mi cabeza.
—Adelante —escucho su voz.
Es una voz autoritaria, la voz de un hombre que está acostumbrado a que sus órdenes se cumplan sin rechistar. Empujo la puerta y entro, sintiendo cómo el cierre me aísla del mundo exterior, dejándome a solas con él en una burbuja de tensión y pecado.
Entro en el despacho, la oficina es minimalista: funcional, fría, pero sus ojos la calientan en un segundo.
Él se levanta de la silla con la parsimonia de quien se sabe el dueño del cortijo.
El uniforme de la fábrica parece que va a reventar, sus bíceps tensan las mangas hasta el límite y los pectorales dibujan un relieve bajo la tela que intimida.
—Vaya, Inma... pensaba que me ibas a dejar aquí plantado con el café puesto —dice—. Aunque en el fondo, sabría que vendrías, una mujer como tú no deja pasar una invitación así.
Pero en cuanto se termina de incorporar y rodea ligeramente la mesa, mis ojos, traicionados por el subidón de la droga y el morbo, caen en picado hacia su entrepierna.
Me quedo sin aliento. El corazón me da un vuelco tan violento que me duele el pecho.
José tiene una erección de caballo, un bulto obsceno y descomunal que deforma el pantalón de trabajo.
Está ahí, orgulloso, exhibiéndose como un trofeo.
Es obvio que el muy cabrón se estaba tocando o proyectando algo en su mente justo antes de que yo llamara, preparando la escena para recibirme así, con toda su potencia masculina en primer plano.
Siento un calor repentino que me sube por las piernas. No puedo apartar la mirada. Es hipnótico, prohibido y el speed hace que cada detalle se grabe en mi cerebro con nitidez. Cuando finalmente consigo subir la vista, mis ojos se encuentran con los suyos.
José no ha dejado de mirarme. Su sonrisa se ha ensanchado, una expresión de triunfo puro, de depredador que sabe que ha capturado a su presa. Me ha pillado. Sabe perfectamente que he visto su paquetón y sabe que me ha impresionado.
—¿Te gusta lo que ves, Inma? —parece decirme su mirada, aunque sus labios se mantienen cerrados un segundo más.
Me obligo a sonreír, aunque por dentro estoy gritando. Intento recuperar la compostura, mordiéndome el labio inferior mientras el deseo y el pánico se pelean en mi estómago.
—He venido por el café, José... —le digo—. No me hagas esperar, que tengo mucho trabajo ahí abajo.
No le mires más el paquete, Inma. No lo hagas. Céntrate en los ojos. No le mires ahí abajo, me repito a mí misma como un mantra desesperado, pero la imagen de ese bulto enorme sigue quemándome las retinas.
Él suelta una risita baja, se acerca a la pequeña cafetera Dolce Gusto y mientras me da la espalda para preparar las cápsulas, sus músculos dorsales se mueven bajo la camiseta como placas de acero.
—Claro, el café... —murmura él, dándose la vuelta con la taza humeante en la mano, volviendo a plantar su imponente físico frente a mí.
El zumbido de la cafetera es el único sonido que nos separa de la fábrica de abajo.
Me muevo por la sala con una agilidad, esa valentía artificial que me da el speed y que me hace sentir que el suelo quema. Mis ojos escanean la oficina hasta que se detienen en una caja de metacrilato sobre una estantería: está llena de Chupa Chups.
Me giro hacia él, arqueando una ceja, mientras mis ojos vuelven a traicionarme bajando por su pecho macizo hasta detenerse un segundo más de lo debido en ese bulto que sigue tensando su pantalón.
—Te robo uno —le digo
José me mira, apoyado en el borde de su escritorio con las piernas ligeramente abiertas, exhibiéndose sin pudor. Sus ojos brillan con una malicia.
—Puedes llevarte lo que quieras, Inma —responde él, enfatizando ese "lo que quieras"—. Aquí todo lo que ves está a tu entera disposición. Solo tienes que saber pedirlo.
Saco uno de fresa, rompo el envoltorio con los dientes sin quitarle la vista de encima y me lo meto en la boca. Empiezo a chuparlo con lentitud, moviendo la lengua alrededor del caramelo, consciente de que él no pierde ni un solo detalle de mis labios húmedos.
Él termina de preparar el café. El aroma es intenso, pero el morbo que nos rodea lo supera. Agarra la jarrita de la leche y me mira fijamente, con esa sonrisa de tipo sobrado que sabe que me tiene donde quiere.
—¿Quieres leche? —me pregunta, sosteniendo mi mirada—. ¿O prefieres tomártelo solo, a palo seco?
Sigo con el Chupa Chups en la boca, saboreando el dulce mientras mis ojos se clavan en los suyos, que están oscuros, cargados de una testosterona que casi se puede oler. Saco el caramelo de la boca con un sonido húmedo, dejando que un hilo de saliva brille en mi labio inferior.
—Mmm... con leche me gusta más —le respondo, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro pecaminoso—. Mucha leche, si puede ser. Me gusta que las cosas sean cremosas, José.
Él suelta una risa. Se acerca a mí, hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo. Nota mi respiración acelerada, nota que el speed me tiene con las pupilas como platos y los sentidos en carne viva.
—A mí también me gusta darla así —murmura él, sirviendo la leche en mi taza sin apartar los ojos de mi boca—. Caliente, abundante y directa al grano. Veo que nos vamos a entender mucho mejor de lo que pensaba, Inma.
Él sabe que estoy jugando, y yo sé que él está encantado de ser el juguete.
Lo miro desde abajo, viendo cómo su cuello potente se tensa al hablar y vuelvo a meterme el Chupa Chups en la boca, succionando con fuerza mientras él aprieta los puños contra el borde de la mesa, conteniendo las ganas de abalanzarse sobre mí ahí mismo.
—Qué despacho más bueno tenéis los encargados... —le digo, dejando que mi mirada recorra los cristales—. Es como una jaula de oro.
José se endereza, ensanchando esos hombros que parecen querer reventar las costuras de su camiseta. Se nota que le encanta el papel de jefe, de macho alfa que vigila su territorio.
—Desde aquí controlamos a todos, Inma. Y a todas las máquinas —dice con esa suficiencia que me pone enferma y me atrae a partes iguales—. Nada se mueve sin que yo lo vea.
—Menos mal que a los de laboratorio no podéis controlarnos —le suelto con una sonrisa, volviendo a meter el Chupa Chups en mi boca y sacándolo con un chasquido—. Si no, no me dejarías tranquila. Estarías todo el día pegado al cristal.
Él suelta una carcajada.
—Serás chula... —murmura, acortando la distancia—. No te creas tan especial, si quisiera, pasaría de ti olímpicamente.
—¿Ah, sí? —Me río, dándole una vuelta al caramelo con la lengua—. Entonces, dime... ¿a cuántas has invitado a café a tu despacho esta semana? ¿O soy solo una más en la lista de repaso de objetivos?
Me acerco para quitarle la taza de la mano.
Es un movimiento lento, calculado. Al agarrar el asa, mis dedos no solo rozan los suyos, se entrelazan.
José no suelta la taza. Al contrario, cierra su mano grande sobre la mía, aprisionándola contra la cerámica caliente.
Siento el calor del café y el calor de su piel y por un momento, el mundo exterior desaparece.
Le aprieto la mano con fuerza, desafiante y clavo mis ojos en los suyos. Él me sostiene la mirada y su sonrisa se vuelve algo más oscura, más hambriento.
—A ninguna que me mirara como me estás mirando tú ahora —susurra él—. A ninguna que tuviera el valor de apretarme la mano sabiendo perfectamente lo que estoy pensando.
—¿Y qué estás pensando, José? —le pregunto—. ¿En la producción? ¿En el mantenimiento de las máquinas?
—Estoy pensando en que ese Chupa Chups me está estorbando —responde él y su mirada baja a mis labios—. Estoy pensando que tienes mucha lengua para ser tan nueva aquí y que me encantaría comprobar si eres tan valiente cuando se apagan las luces del despacho y solo quedamos tú y yo...