EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La resaca #3
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La resaca #3

—Anda, lávate la cara y maquíllate —me susurra, con esa voz grave y juguetona que me desestabiliza—. Hazlo bien, ponte guapa... nadie sospechará nada. Si te ven así de viva, pensarán que eres la empleada del año.

En ese momento, el brrr seco de mi móvil sobre la tapa del retrete rompe la tensión. Los dos nos giramos a la vez. Álex se ríe, un sonido ronco que vibra en el pequeño cubículo.

—¿Quién te escribe a las seis de la mañana? —pregunta y noto que sus ojos se vuelven más afilados, más intensos—. ¿Tu novio?

El pánico me atenaza la garganta. Joder, va a pillar que es Hugo. El miedo a que descubra quién es realmente mi novio y todo lo que eso significa, me hace sentir el pulso en las sienes.

—Nadie, nadie... —balbuceo, intentando alcanzar el aparato, pero él es más rápido.

—Venga, no... ahora me enseñas tu móvil —dice, agarrándome por la cintura para bloquear mi camino—.

Después de todo lo que he hecho por ti...

le he dicho a Loli que iba a ayudarte, que te sentías mal, así que ahora bajaré yo, cogeré todas tus muestras y lo haré todo.

Me debes una, Inma. Enséñame quién te escribe.

Me arrebata el móvil antes de que pueda pestañear. Mis ojos siguen sus dedos, temiendo ver el nombre de Hugo en la pantalla, pero él lee, se queda callado un segundo y luego suelta una carcajada escandalosa.

—Joder... vamos... date por follada —suelta él, mirándome con una mezcla de burla y deseo.

—¿Qué dices? —pregunto, confundida, sintiendo cómo el calor sube por mi cuello.

Me lanza el móvil a las manos. Leo el mensaje de José: "¿Te tomas un café conmigo?".

Un alivio gélido me recorre el cuerpo. No es Hugo. Es José. Suspiro, sintiendo cómo la presión baja un poco, aunque la adrenalina de la droga me mantiene en un estado de alerta absoluta.

—Es José —digo, intentando ocultar mi sonrisa—. Quiere café.

Álex me rodea con sus brazos, acorralándome contra los azulejos fríos. Se acerca a mi cuello, rozándome con los labios y sus palabras tienen una carga que me hace perder el aliento:

—José no falla, Inma. Es un pesado... hasta que no te folle, no parará.

Al oír esas palabras, mi cuerpo reacciona de una forma que me asusta. No sé si es el speed haciendo cortocircuito en mi cabeza o la perversidad de la situación, pero un calor húmedo se extiende por mi vientre. Sus palabras me ponen cachonda. Me siento sucia, acelerada y peligrosamente excitada.

Sus labios, cálidos y húmedos, no se despegan de la piel sensible de mi cuello, es un roce que me provoca escalofríos y una oleada de calor que baja directa hacia mi centro.

—José acaba follándose a toda la que se le pone entre ceja y ceja —murmura contra mi oído, con una voz que suena a una sentencia de deseo—. Las usa, se las folla y se olvida de ellas. Así que tú, Inma... prepárate, porque eres la siguiente en su lista.

Siento una punzada de excitación que me hace arquear la espalda contra la puerta. La droga me tiene en un estado donde todo parece permitido, donde las consecuencias son solo ruido de fondo.

—¿Y su mujer y sus hijos? —susurro, aunque mi voz suena más a un gemido que a una pregunta.

Álex suelta una risa seca, pegado a mi cuello.

—Su mujer... imagino que lo consiente. O eso, o es ciega, pero enterarse se entera. Todo el mundo en la fábrica lo sabe. Es un secreto a voces.

—¿Y ella lo permite? —pregunto, sintiendo cómo el morbo me nubla el juicio.

—Se ve que sí, porque siguen juntos, ¿no? —me contesta, apretando sus manos en mis caderas—. El poder es un afrodisíaco muy potente para algunas.

—Yo no podría —digo, negando con la cabeza, aunque mi cuerpo dice lo contrario, cada fibra de mi ser está respondiendo a la proximidad de Álex.

Él se separa apenas unos centímetros, lo justo para mirarme a los ojos con esa intensidad depredadora.

—Anda, maquíllate. Ponte guapa para ese café a solas. No soy celoso, Inma. Al contrario, me gusta ver cómo juegas con fuego.

Me río, una risa forzada por el efecto del speed y lo empujo con los hombros para que me deje espacio.

—Anda que eres tonto... —le digo, aunque mis manos tiemblan al rozar su pecho—

—Te cubro en el trabajo, Inma, pero ni se te ocurra liármela, pórtate bien.

Él no se mueve. Se queda clavado en su sitio, mirándome con una seguridad que me desarma.

—¿Sabes que te va a follar? —me lanza, con una sonrisa de suficiencia.

—¡Qué pesado! —exclamo, intentando poner cara de indignación pero soltando una carcajada nerviosa—. Que no, no me va a follar.

—Sí que lo hará —dice, dándome un golpecito juguetón en la barbilla—. Y sabes qué más... que yo seré el siguiente.

Me río a carcajadas, inclinando la cabeza hacia atrás, sintiéndome invencible.

—¡Sí, hombre! Sigue soñando, Álex. ¿Y tu novia? ¿Qué pasa con ella?

Él se encoge de hombros, sin quitarme los ojos de encima, con esa mirada que me desnuda.

—La dejaré por ti. Tendremos cuatro hijos, una casa con jardín y todo el pack.

Le sigo el juego, totalmente ida por la droga, con una sonrisa de pura maldad.

—¿Cuatro? No, mejor seis. Los que sean necesarios para que te arrepientas de haberte cruzado en mi camino.

Él se ríe y me roza la mejilla con los nudillos. Siento que el mundo es un tablero de juego, que Hugo es un recuerdo lejano y que, de aquí a que acabe el turno, todo va a saltar por los aires.

—¿Y tú qué vas a hacer, Álex? —le pregunto, dándome la vuelta para quedar frente a él en el espacio reducido del baño. La droga me da una valentía que no sabía que tenía—. ¿Vas a dejar que José se adelante, o vas a intentar convencerme de que eres mejor opción?

Sus manos se cierran sobre mis caderas con fuerza.

Álex no se retira, al contrario, presiona su cuerpo contra el mío, acorralándome contra los azulejos fríos, reclamando cada centímetro de mi espacio.

Se inclina hacia mi oído y su voz baja, lasciva y cargada de una intención oscura, me hace vibrar por dentro. Es un susurro que me atraviesa como una hoja afilada.

—Sabes, Inma... en matemáticas decían que el orden de los factores no altera el producto —dice y noto el roce de sus labios contra el lóbulo de mi oreja, un contacto que me hace cerrar los ojos con fuerza—.

Pero yo creo que sí. Para él y para ti, esto es solo un calentón. Un impulso primario, sucio.

—Oye... que a mí no me atrae nada —acierto a decir, aunque mi voz suena traicioneramente débil, rota por la excitación que me sube por las piernas.

Él suelta una risa ronca, un sonido que es puro desafío. Me obliga a mirarlo, atrapando mi barbilla con sus dedos largos. Su mirada me recorre con una lentitud insultante, como si pudiera ver a través de mi uniforme, a través de mi piel.

—Mientes. Mientes de forma deliciosa —murmura y su aliento me quema—.

A todas os pone José. Da igual que sea calvo, el tío está fuerte como una roca.

Esos abdominales de hierro, esos músculos tensos...

os pone que un hombre con esa potencia os reviente contra la pared, que os haga sentir pequeñas, poseídas.

Trago saliva, sintiendo cómo el corazón me golpea las costillas.

Su descripción es tan gráfica, tan cruda, que noto una humedad punzante entre mis muslos.

Álex lo nota. Lo sabe. Con una parsimonia tortuosa, levanta la mano y me aparta un mechón de pelo, deslizándolo con extrema delicadeza por detrás de mi oreja.

El roce de sus yemas me provoca un escalofrío.

—Pero sabes una cosa... —su voz cae un tono más, volviéndose peligrosa—.

Cuando os quitéis el calentón, cuando el sudor se enfríe y el eco de los gritos se apague...

estaré yo. El novio perfecto para cuidarte.

El que te recogerá los pedazos y te hará recordar por qué soy yo el que conoce cada rincón de tu mente.

Sus dedos bajan por mi cuello, trazando una línea invisible que me deja sin respiración.

Me tiene a su merced, arrodillada mentalmente ante una tentación que no puedo controlar.

El morbo de la situación me está matando, la idea de José usándome y de Álex esperando en las sombras me hace sentir una adrenalina más potente que cualquier droga.

—Ahora... —me susurra, rozando mi boca con la suya sin llegar a besarme—, ve a por ese café. Deja que te desee. Deja que piense que te tiene. Pero no olvides quién te ha puesto el fuego en la sangre esta mañana.

Me quedo sola en el baño y el silencio de repente me pesa. Me miro al espejo y lo que veo me da ganas de llorar. Álex tiene razón: parezco un muerto. Tengo la piel cetrina, restos de rímel emborronado por el esfuerzo de los vómitos y una palidez que ni el frío de la fábrica justifica.

—Espabila, Inma —me digo a mí misma, clavando la vista en mis propias pupilas dilatadas.

Abro el grifo y me echo agua helada una, dos, tres veces.

El contraste me da un latigazo de realidad.

Me seco con papel, frotando hasta que mis mejillas recuperan algo de color por la fricción.

Saco el neceser que siempre llevo en el bolso y empiezo la reconstrucción.

Corrector para las ojeras, un toque de rubor para engañar a la vida y rímel para abrir esos ojos avellana que ahora mismo brillan con una intensidad artificial.

Me muerdo los labios para que se hinchen y se pongan rojos.

Cuando termino, ya no parezco la chica que estaba abrazada al váter hace diez minutos. Ahora parezco una mujer lista para la guerra.

Saco el móvil con dedos rápidos. El corazón me da un vuelco al ver el icono de WhatsApp.

No miro los mensajes de Hugo, no puedo, no ahora.

Ignoro la culpa que me muerde por dentro y busco el chat de José.

Mis dedos vuelan sobre el teclado, impulsados por esa mezcla de morbo y adrenalina que Álex me ha inyectado en el cerebro.

Inma: ¿Dónde nos tomamos el café?

Y le pongo un icono de una cara sacando la lengua. Ese emoticono sobra, lo sé, pero me da igual. Estoy en una montaña rusa y ya no puedo bajarme. Bloqueo el móvil y me miro una última vez.

De repente, mi móvil vibra en la mano. Es él. Es José