La resaca #2
En cuanto salgo del laboratorio y la puerta se cierra a mi espalda, la máscara se me cae.
Ya no hay necesidad de disimular. Echo a correr por el pasillo, con los zapatos de seguridad resonando en el suelo de hormigón.
Llego al baño de mujeres, empujo la puerta de golpe y sin molestarme en cerrarla con el pestillo, me meto en el primer retrete.
Caigo de rodillas frente al váter, agarrándome a la taza con fuerza.
El nudo en mi estómago explota y empiezo a potar violentamente.
El ron y el arrepentimiento salen en una cascada dolorosa que me deja sin aliento.
Me tiembla todo el cuerpo, las lágrimas me saltan de los ojos por el esfuerzo y el olor del baño se mezcla con el mío, haciéndome desear que la tierra me trague.
Con las manos aferradas a la taza fría del váter como si fuera el único anclaje que me queda en este mundo que no deja de dar vueltas. El eco de las arcadas es lo único que llena el silencio del baño, un sonido seco, violento, que me desgarra la garganta.
Vomito hasta que no queda nada, pero mi cuerpo sigue convulsionando.
Paro unos segundos, apoyando la frente en el borde del retrete, jadeando, pero entonces una nueva ola de náuseas me golpea y vuelvo a las arcadas, esas que duelen más porque ya solo sale bilis amarga.
No paro de sudar, noto cómo las gotas frías me resbalan por las sienes y se mezclan con las lágrimas de esfuerzo que me nublan la vista.
El uniforme de la fábrica me pesa toneladas y siento que me falta el aire.
De repente, noto un contacto. Unas manos firmes me apartan la melena de la cara y me recogen el pelo hacia atrás, improvisando una coleta con el puño para que no se me manche con el desastre. Por un segundo, el alivio de no tener el pelo en la cara me da un respiro, pero al girarme un poco, lo veo.
Es Álex Sellés.
Está acuclillado a mi lado, mirándome desde arriba con esa maldita sonrisa de oreja a oreja, como si estuviera presenciando la escena más divertida del mundo. No tiene ni un pelo fuera de sitio, ni una gota de sudor. Es insultante.
—Venga, suéltalo todo, campeona —me dice con ese tono juguetón que me retumba en el cráneo.
Antes de que pueda articular una palabra para echarlo de allí, una nueva náusea me dobla por la mitad.
Álex, sin perder la sonrisa y con una naturalidad pasmosa, me empuja suavemente la cabeza de nuevo hacia el retrete, sujetándome con firmeza para que termine de vaciarme.
Poto otra vez, con más fuerza si cabe, mientras él espera pacientemente, como quien cuida a una amiga en una discoteca a las cuatro de la mañana, no en el baño de una fábrica a inicio de jornada.
Cuando por fin termino, me quedo hecha un ovillo en el suelo, soltando un suspiro que es más un lamento que otra cosa. Estoy destruida. Siento que me he dejado el alma en ese váter.
—¡Ay, Inma, qué poco aguantas! —se ríe él, soltando mi pelo que cae desparramado sobre mis hombros.
Se levanta y saca una botella de agua de debajo del brazo. La deja con un golpe seco sobre el suelo, justo al lado de mi mano.
—Toma, échate agua por la cara y enjuágate la boca, que das una pena que no te la crees ni tú.
Intento estirar el brazo, pero mis músculos son de gelatina.
Mis dedos rozan el plástico frío de la botella, pero no tengo fuerzas ni para agarrarla y mucho menos para desenroscar el tapón.
Me quedo ahí, mirando la botella, con el sabor metálico en la boca y el corazón latiéndome en los oídos, mientras Álex se apoya en la puerta del cubículo, observándome con esa superioridad de quien sabe que hoy, en esta fábrica, soy suya.
Álex se agacha conmigo, con dedos largos y precisos, abre la botella. No me deja opción, me agarra de la barbilla, obligándome a levantar la cara. Me mira con esos ojos que no muestran ni una gota de piedad, solo una diversión oscura y dominante.
—Tienes una pinta lamentable, Inma. Deja que te ayude —susurra, dejando que el agua recorra mis labios.
El primer chorro me hace temblar. El agua fresca, en contraste con el calor de mi cuerpo, me recorre el cuello, bajando por mi escote y empapando mi camiseta.
Él no quita la mano. Sigue vertiendo agua con una lentitud tortuosa, rozando mis mejillas con el pulgar para limpiar los restos de sudor y lágrimas.
Siento que el mundo se reduce a sus dedos, a la presión que ejerce en mi mandíbula y a esa sonrisa de juguete que no desaparece.
—Enjuágate —ordena, su voz sonando como una caricia áspera contra mi oído—. Vamos, quiero que escupas eso. No quiero que nada de lo que llevas dentro se quede ahí.
Obedezco como un autómata, incapaz de resistirme a su control.
Lleno mi boca de agua, sintiendo cómo se mezcla con el sabor de mi vomito y al inclinarme sobre el retrete para escupir, él me sujeta el pelo con una fuerza que me obliga a arquear el cuello.
Siento su mano en mi nuca, un toque posesivo que me hace estremecer.
Escupo el líquido al retrete, viendo cómo se mezcla con lo que antes salió de mí.
—Eso es, muy bien —murmura y siento su aliento sobre mi oreja.
Vuelve a acercar la botella a mis labios, esta vez con una delicadeza que es casi peor que la brutalidad.
—Ahora, traga. Necesitas hidratarte. No queremos que te desmayes cuando lleguemos al turno de tarde, ¿verdad?
Me obliga a beber, dejando que el agua resbale lentamente por mi garganta.
Cada trago es un acto de sumisión bajo su mirada gélida y excitada.
Él observa cómo mi nuez sube y baja, observando cada detalle, cada señal de mi debilidad.
Siento su mano bajar desde mi nuca hasta mi espalda, trazando líneas sobre mi piel.
Estoy arrodillada a sus pies, medio desnuda de dignidad, siendo lavada por el único hombre que me ha visto en este estado de miseria. Es humillante, es aterrador y por alguna razón enferma, siento cómo mi respiración se corta.
—¿Te sientes mejor? —pregunta, pasando un papel por mis labios con una lentitud que me quema—. Porque si no lo haces... voy a tener que enseñarte cómo se aguanta una resaca de verdad en mi casa.
Su sonrisa se ensancha. Él sabe perfectamente que he caído en su trampa y yo, todavía de rodillas y temblando, solo puedo bajar la mirada, sintiendo cómo el miedo y una extraña excitación se mezclan en mi pecho.
Estoy temblando, no solo por la resaca, sino por el miedo puro que me recorre la columna al ver lo que saca de su bolsillo.
—Estoy fatal, Álex... —le susurro, con la voz rota—. No puedo seguir así, Loli me va a pillar.
Él me mira y su expresión es la de alguien que está moviendo piezas en un tablero de ajedrez donde yo soy el peón. Su sonrisa es juguetona, depredadora.
—¿Quieres recuperarte? ¿Quieres ponerte bien de verdad? —me pregunta, mientras con una habilidad pasmosa baja la tapa del retrete y deposita sobre ella una bolsa pequeña.
Asiento, desesperada. Confío en él, o al menos, necesito creer que él tiene la salida a este infierno.
—¿Te fías de mí? —insiste, acercando su rostro al mío hasta que sus labios rozan casi mi oreja.
—Sí —respondo, con un hilo de voz.
—¿De verdad? —me reta, clavando sus ojos en los míos.
—Sí... confío.
Sin decir más, saca una tarjeta y empieza a manipular el contenido de la bolsa.
El polvo blanco brilla bajo la luz del baño.
Observo sus manos, firmes y precisas, mientras prepara una línea.
Me da un vuelco el corazón. El miedo me deja helada, las manos me sudan, el estómago se me vuelve a contraer.
Nunca me he drogado, nunca he traspasado esa línea, pero el pánico a ser despedida, a que Hugo se entere, a no aguantar ni un minuto más aquí dentro, me está nublando el juicio.
—¿Es coca? —pregunto, con el miedo estallándome en la garganta.
Él se ríe, un sonido seco que rebota en los azulejos.
—Es speed, Inma. Te tomas una raya de esto y te activa, te deja nueva. Si confías en mí, tómatela. Loli no sospechará absolutamente nada. Estarás lista para el turno en cuestión de segundos.
Me quedo paralizada. La raya está ahí, perfecta, invitándome a olvidar el dolor, el vómito y el cansancio. Siento que mi vida se divide en dos: la Inma que entró a trabajar esta mañana y la que está a punto de esnifar esto.
Álex termina y se inclina hacia mí, susurrando con una intensidad que me corta la respiración:
—Confía en mí.
Me pongo a cuatro patas sobre el suelo del baño, en una postura que me hace sentir más vulnerable que nunca.
Siento su mano, pesada y caliente, posarse en mi espalda, justo donde termina el hueso y empieza la curva de mi culo.
Me presiona con fuerza, obligándome a inclinarme hacia la tapa del retrete.
Es un contacto dominante, posesivo, que me obliga a centrarme solo en él.
Levanto la vista. Lo miro a los ojos. Estoy dudando, el miedo me paraliza, el instinto de supervivencia me grita que me levante y salga corriendo, pero su mano en mi espalda me mantiene anclada, presa.
Cierro los ojos un segundo, tomo aire y con el corazón galopando como un caballo desbocado, decido hacerlo. Me acerco a la tapa del retrete y esnifo.
La quemazón es instantánea, un fuego helado que me sube por la nariz y me golpea directamente en el cerebro.
Álex me observa con una sonrisa triunfal, viéndome cómo me incorporo, con los ojos llorosos y el corazón que parece que va a reventarme las costillas.
En cuestión de segundos, siento cómo una energía eléctrica, artificial y violenta, empieza a recorrer mis venas, borrando el cansancio y sustituyéndolo por una lucidez peligrosa.
El speed empieza a correr por mis venas. Álex sigue pegado a mi espalda, puedo sentir su calor a través de la tela de mi uniforme. Se inclina tanto que su aliento me calienta el lóbulo de la oreja, una caricia que me recorre la espina dorsal.