La resaca
Inma
Tengo un nudo en el estómago, no es solo por los cubatas que aún me queman en la garganta, es puro pánico.
Tengo las manos heladas y la cabeza me da vueltas mientras el coche de Juanma entra en el parking de la fábrica derrapando, haciendo que el chirrido de las ruedas me retumbe en el cráneo como un disparo.
Dios, ¿en qué estaba pensando?
Llevo solo cinco días en este puesto. Es mi primera semana.
Se supone que tengo que causar buena impresión, que soy la nueva que viene a trabajar duro y aquí estoy: amaneciendo en el asiento de atrás de un coche, borracha, sin haber pegado ojo en toda la noche.
"Me van a echar, me van a echar", me repito a mí misma como un mantra desesperado mientras intento colocarme la melena para que no se note el desastre que llevo encima.
El motor se apaga, hay un olor cargado a ron y algo más que no quiero ni nombrar.
Juanma, que va al volante, se gira lentamente. Tiene los ojos inyectados en sangre, pero su mirada es dura, autoritaria. Nos recorre a los cuatro uno por uno, primero a Raquel, que está a mi lado intentando recuperar el aliento, luego a Rodrigo y a Álex Selles y finalmente clava sus ojos en mí.
—Escuchadme bien —suelta Juanma y su voz suena como una sentencia—. Somos amigos. Y lo que ha pasado esta noche... lo que hemos hecho... se queda entre nosotros.
Trago saliva. Siento que el corazón me va a salir por la boca. Rodrigo asiente con la cabeza, muy serio y Álex se recoloca la camisa como si pudiera borrar las últimas horas con un simple gesto.
—No quiero chismes por el trabajo —continúa Juanma, sin dejar de mirarme—. Si alguien pregunta, la versión es esta: salimos a comer, nos alargamos un poco y luego cada uno se fue a su casa. Fin. No pasó nada, nadie se acuerda de nada. ¿Entendido?
Todos asentimos. Raquel murmura un "sí" casi inaudible.
Siento que todas las miradas se concentran en mí más que en nadie.
Soy la nueva, el eslabón débil, la que podría irse de la lengua con Hugo o con cualquier otro.
Rodrigo me dedica una media sonrisa, una de esas que me hacen sentir que tengo una marca invisible en la frente.
—Inma —me dice Juanma directamente— sobre todo por ti. Ni una palabra a José.
Niego con la cabeza rápidamente. El miedo a perder el trabajo y a que Hugo se entere de dónde estuve.
Salimos del coche. El aire frío de la mañana me pega un bofetón de realidad.
Me tambaleo un poco al pisar el asfalto, pero me obligo a caminar recta.
Cruzamos el torno de la entrada como una procesión de fantasmas culpables.
Me voy directa al baño a echarme agua helada en la cara, intentando borrar el rastro de la casa de Álex de mi piel antes de que José o Hugo me vean.
El mundo da vueltas. Cada vez que parpadeo, las luces fluorescentes del laboratorio se clavan en mis pupilas como agujas de cristal.
Tengo una presión en la base del estómago que me avisa de que, en cualquier momento, el alcohol va a reclamar su salida, pero me obligo a tragar saliva y a mantenerme erguida.
Tengo que hacerme la fuerte. Si me derrumbo ahora, si vomito sobre las probetas, se acabó todo.
Hoy no están las jefas de planta, solo estamos Loli, Álex Sellés y yo en este espacio cerrado que huele a desinfectante y azúcar.
Loli no para de hablar. Su voz es un zumbido metálico que me retumba en las sienes como si estuviera golpeando un yunque dentro de mi cabeza.
Intento seguir sus instrucciones, asiento mecánicamente y fuerzo una sonrisa que siento que se me va a resbalar de la cara.
Miro de reojo a Álex. Está ahí, de pie, impoluto.
No tiene ni una ojera, ni un rastro de fatiga.
Mientras Loli sigue con su chapa técnica sobre las muestras, mi mente se dispersa.
¿Cómo puede estar así de bien?, pienso con una mezcla de envidia y asombro.
¿Qué clase de pacto con el diablo ha hecho este tío para estar tan fresco después de lo que pasó en su casa?
—¿Estás bien, Inma? —La voz de Loli corta mis pensamientos como un cuchillo.
Me quedo congelada. Me doy cuenta de que me he quedado mirando al vacío demasiado tiempo.
—Tienes mala cara... —continúa ella, escrutándome con esos ojos de perro viejo—. ¿Has dormido poco?
Esas palabras me sacan de mi ensoñación de golpe. El miedo me da un subidón de adrenalina que me despeja la vista un segundo. Le obligo a mis labios a curvarse en su mejor sonrisa de chica responsable.
—No, Loli, qué va —suelto con un tono que intento que suene ligero—. Solo que ya son muchos madrugones y pasan factura. No estaba acostumbrada a madrugar tanto en mi vida normal, pero una se acostumbra rápido a todo. No te preocupes por mí, de verdad. Estoy perfectamente.
Álex sonríe. Es una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero sé que se está riendo de la situación, de mi capacidad para mentir bajo presión. Loli parece convencerse y sigue hablando sobre los niveles de pH y las densidades del chocolate.
Yo sigo asintiendo, pero por dentro me estoy muriendo.
Siento que el sudor frío me perla la frente.
El ruido de las máquinas de fondo, el olor dulzón que antes me gustaba...
ahora todo es una tortura. Si tuviera una pistola ahora mismo, me pegaba un tiro y terminaba con esto, pienso con desesperación.
Cada minuto es una hora. Y lo peor es saber que, en algún lugar de esta misma fábrica, Hugo está trabajando y que tarde o temprano tendré que enfrentarme a él con esta misma máscara de mentiras.
Mierda, Hugo. Me he olvidado completamente de él. Con todo este mareo y el miedo a que Loli me huela el aliento a ron, mi novio ha pasado a un tercer plano. Me siento fatal, pero a la vez, me agobia solo pensar en tener que darle explicaciones.
Saco el móvil a escondidas, cubriéndome con la espalda de Álex y con los dedos torpes escribo lo primero que me viene a la mente:
Inma: Al salir de trabajar hablamos.
En cuanto le doy a enviar, me arrepiento.
Ha sonado frío, cortante, casi como una amenaza.
Pero es que no puedo más, no tengo neuronas para construir una frase cariñosa.
Mi cabeza es un bombo. Hugo empieza a contestar al segundo, el móvil vibra en mi bolsillo y cada vibración es como un calambre.
¡Cállate ya, Hugo, por favor!, grito por dentro.
Solo quiero que me deje en paz para intentar que el chocolate no me salga volando por los aires.
Entonces, Álex Sellés se acerca. Se mueve con una agilidad que me insulta, está tan cerca que huelo su perfume, limpio y fresco, como si no hubiera estado anoche entre el humo y el caos.
—¿Todo bien? —me pregunta en un susurro, mientras me ayuda a sujetar una de las bandejas de muestras que me tiembla en las manos.
Yo suelto un suspiro largo, de esos que te vacían el alma y le miro de reojo forzando una sonrisa amarga.
—No mucho, Álex... no mucho.
Él se ríe, una risita baja y cómplice que me pone de los nervios.
—Eres joven, Inma, pero se nota que no estás acostumbrada a salir de fiesta de verdad —me suelta con ese tono de superioridad que me dan ganas de abofetearle.
En ese momento, el móvil vuelve a vibrar. Hugo insiste. En un arranque de desesperación y para quitármelo de encima de una vez, le escribo lo primero que se me ocurre para justificar que no puedo hablar:
Inma: Ahora no puedo hablar, Hugo. Estoy trabajando y José está mirando.
Miento. Meto al jefe por medio porque sé que es el único nombre que hará que Hugo guarde el teléfono y me deje respirar. Me siento una basura por usar a José de escudo, pero ahora mismo mi prioridad es no desmayarme frente a la mesa de muestras.
—Venga —me dice Álex, rozándome el brazo con una presión que me hace reaccionar—, espabila, que Loli nos está mirando. Aguanta.
El laboratorio empieza a girar más rápido. Me apoyo en la mesa de acero inoxidable, sintiendo el frío en las palmas de mis manos sudorosas. Álex está a mi lado, revisando unos densímetros con mucha calma.
—¿Cuánto queda? —le susurro, con la voz quebrada, intentando que Loli, que está al otro extremo, no me oiga—. ¿Poco?
Álex levanta la vista y me dedica una sonrisa de esas que me hacen dudar de si quiere ayudarme o simplemente divertirse a mi costa. Sus ojos brillan con una chispa juguetona.
—¿Poco? —repite, bajando el tono, acercándose un poco más de lo necesario—. Quedan ocho horas, Inma. Una jornada entera por delante.
Sentir su aliento fresco tan cerca me marea aún más. Ocho horas. Es una condena a muerte. Mis piernas tiemblan y noto cómo el estómago se me sube a la boca.
—Ocho horas... —repito y la desesperación me hace soltar una risita nerviosa, casi un gemido—. No sé si podré aguantar tanto, Álex. Me voy a morir aquí mismo.
Él ensancha su sonrisa, arqueando una ceja con una confianza insultante.
—Ya verás como sí. Eres más fuerte de lo que pareces. Y si te caes, yo te recojo.
El tonteo está ahí, flotando en el aire pesado del laboratorio, pero en ese preciso momento, una arcada violenta me corta la respiración. Ya no es un aviso, es inminente. Tengo dos opciones: o decoro el suelo de acero con el ron de anoche o salgo corriendo.
Me obligo a enderezarme, tragando saliva con dificultad y forzando una mueca que pretende ser una sonrisa natural para Loli.
—Voy... voy un momento al baño —acierto a decir, intentando que la voz no me tiemble.
Álex suelta una risita baja, juguetona, como si todo esto fuera un chiste privado entre nosotros.
Su diversión me da rabia, pero ahora mismo no tengo energía para enfadarme.
Esta es la última vez que salgo de fiesta si al día siguiente tengo que trabajar, te lo juro por Dios, me prometo a mí misma mientras me encamino hacia la puerta.
Intento caminar recta, con paso firme, manteniendo la compostura hasta cruzar el umbral. Loli me mira de reojo, pero no dice nada. Álex se queda ahí, viéndome marchar con esa sonrisa que me quema.