EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Explicaciones #3
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Explicaciones #3

Ella se ríe, un sonido cansado pero sincero y asiente con la cabeza.

—Te lo juro por lo que quieras. Fue una locura.

Le doy un pico suave en la comisura de los labios y le susurro al oído, sintiendo su calor:

—Entonces tienes que estar muerta, mi vida. Debes de estar deseando que te trague la tierra.

Ella suelta un bostezo largo, profundo, que le hace estirarse sobre mi pecho como una gata.

Me detengo a observarla. Es ahí cuando me doy cuenta: tiene un aspecto demasiado bueno.

Su piel luce radiante, sus ojos, aunque cansados, no tienen esa negrura propia de quien ha pasado una noche infernal de desenfreno.

—Demasiado buen aspecto tienes para llevar más de treinta horas sin dormir —le digo, pasando mis dedos por su melena rubia con una mezcla de admiración y sospecha—.

Te vi esta mañana en la pecera, Inma. Parecías fresca, como si hubieras dormido ocho horas seguidas en una cama de lujo.

Nadie diría que llevas un día entero en pie.

Ella me mira, entorna los ojos con una sonrisa de complicidad y me acaricia la mejilla.

—Eso es porque me miras con buenos ojos, tonto. Solo ves lo que quieres ver.

La miro de verdad, con atención y le digo la pura verdad:

—No, en serio. De verdad, te veo muy bien. Demasiado bien. Es casi sobrenatural.

Sigo acariciándole la cabeza, masajeándole el cuero cabelludo con suavidad hasta que siento cómo su respiración se vuelve pesada y acompasada.

Se ha quedado dormida en mi pecho, rendida, con la boca entreabierta y el cuerpo totalmente entregado.

Con mucho cuidado, para no despertarla, la levanto en brazos.

Pesa poco, es pura fibra y dulzura. La llevo hasta su habitación, la tumbo en la cama y le quito los zapatos.

Se queda ahí, hundida en las sábanas, ajena a todo el caos que me ha invadido el día. Me quedo un rato mirándola, intentando descifrar el misterio de esa energía suya. El despertador está programado para las cinco de la mañana.

Me siento en el borde de la cama, solo, con el eco de sus palabras y la sospecha de su buen aspecto martilleándome la cabeza. El balneario es mañana, pero para mí, esta tarde de silencio es el verdadero campo de batalla.

El silencio de la habitación es sepulcral, solo interrumpido por el leve sonido de su respiración. Me quedo sentado en la penumbra, mirando cómo el pecho de Inma sube y baja con una calma que me irrita. A estas alturas, mi cerebro es un hervidero de piezas que se niegan a encajar.

¿Por qué Juanma dice que hicieron un pacto de silencio? Si no pasó nada, ¿por qué el secretismo? ¿Por qué Rodrigo tenía que presumir? Presumir de una conversación de salón suena a chiste y yo sé que esos tíos no se ríen de chistes malos.

Y luego está el tema del aspecto. Juanma y Rodrigo parecían cadáveres andantes hoy en la fábrica, con los ojos hundidos, el rastro lógico de una noche sin dormir.

Pero Álex Sellés e Inma... ellos no. Ellos irradiaban una vitalidad que no es natural.

Es como si hubieran tenido un reseteo, no una noche de juerga.

¿Cómo demonios puedes pasar 30 horas despierto, beberte la vida, y aparecer al día siguiente con esa cara de haber dormido en una nube?

Me quema la cabeza. Quiero zarandearla, quiero preguntarle si es que acaso se han tomado algo, o si el pacto esconde un escenario mucho más oscuro y retorcido.

Pero la miro, ahí, tan vulnerable, tan increíblemente bella bajo la luz mortecina de la tarde y la rabia se me escapa entre los dedos como arena.

No puedo. No ahora. Pero me hago una promesa silenciosa, la próxima vez, no me iré de rositas.

La próxima vez, voy a estar ahí y si hay un secreto, voy a ser yo quien lo descubra.

La tarde se consume. Se hace de noche. La cena pasa de largo, olvidada en la cocina porque no he sido capaz de despertarla. Me he quedado ahí, vigilándola, como un guardián de una verdad que no quiero ver.

A las cinco de la mañana, el despertador de su mesita empieza a soltar ese pitido agudo y penetrante. Inma da un salto, se incorpora de golpe y me mira con los ojos desorbitados, todavía medio perdida en el sueño.

—¡Joder, Hugo! —exclama, frotándose la cara—. ¿Por qué no me despertaste para cenar? ¡Si ni siquiera hemos cenado!

—Te vi tan cansada, cariño... —le digo con voz neutra, mientras me levanto del borde de la cama—. Pensé que lo mejor era que siguieras durmiendo. Tu cuerpo lo necesitaba.

Ella me mira un segundo, su expresión se suaviza y me da un pico rápido, un beso cargado de esa dulzura que me desarma.

Nos levantamos. El movimiento es mecánico, casi como si fuéramos autómatas.

El uniforme, el café rápido, la mirada esquiva.

Nos vestimos en silencio y como si fuéramos dos desconocidos, cada uno se monta en su coche.

El destino es el mismo: la fábrica de chocolate. El mismo infierno, el mismo turno, los mismos compañeros. Solo que esta vez, entro en el parking con el coche de Juanma en la retina y una sospecha clavada en el pecho que ninguna ducha de agua caliente va a borrar.