Explicaciones #2
Me los tiende. Los cojo, aún algo aturdido y leo las letras doradas: Pase Completo - Balneario & Spa.
—¿Y esto? —pregunto, levantando la vista hacia ella, sintiendo cómo un nudo de alivio se me forma en la garganta.
Inma no responde con palabras. Se lanza sobre mí, rodeándome el cuello con sus brazos suaves, hundiéndose en mi pecho con un abrazo.
—Un regalito —susurra contra mi oído y noto el calor de su aliento erizándome la piel.
Sonrío. Joder, qué tonto soy. Toda la mañana torturándome, imaginando lo peor y ella, planeando un futuro conmigo. Sabía que me quería, sabía que, a pesar de las juergas y los compañeros de mierda, soy yo el que ocupa su mente.
—Pero... si aún no has cobrado, cariño —le digo, intentando poner un poco de sentido común mientras mi mano, por puro instinto, baja hasta encontrar la carne firme de su culo que asoma por el short.
Ella se separa un poco, se ríe con esa complicidad que me vuelve loco y me acaricia la mejilla.
—Qué tonto eres, de verdad —me dice con una voz tan cariñosa que me hace olvidar hasta mi propio nombre.
Me da un pico, pero esta vez no la dejo escapar.
Mi mano se cierra con posesividad sobre su nalga, apretando esa curva perfecta que me pertenece y la atraigo hacia mí para comerle la boca con una urgencia que me quema.
Es un beso profundo, hambriento, un beso que intenta borrar cualquier rastro de la duda que me ha carcomido durante horas.
—Que tonta eres... no hacía falta —murmuro contra sus labios cuando nos separamos un centímetro, sintiendo su respiración entrecortada.
—Sí que hacía falta —me mira y sonríe, volviendo a ese estado de hiperconcentración que ahora entiendo como ilusión—. Mañana, después de trabajar, nos vamos juntos al balneario. Nos relajamos allí los dos, que buena falta nos hace desconectar de todo y de todos.
Me recuesto en el sofá con ella encima, sintiendo el peso de su cuerpo y la suavidad de su abdomen contra el mío. Por un momento, el mundo exterior desaparece. Ni Rodrigo, ni Juanma, ni Alex. Solo nosotros.
Inma se queda acurrucada contra mi pecho, pero noto que su cuerpo no termina de relajarse del todo.
Su mano busca constantemente la botella de agua en la mesa de centro, bebe pequeños sorbos, uno tras otro, como si tuviera un fuego interno que no logra apagar.
El cansancio de la noche anterior empieza a ganarle la batalla a su energía nerviosa, veo cómo sus párpados pesan, pero ella se obliga a mantenerlos abiertos.
Yo paso la mano por su melena rubia, sintiendo la suavidad de su pelo entre mis dedos. El regalo del balneario me ha ablandado, sí, pero la espina sigue ahí clavada. Necesito saber, pero esta vez decido ser más inteligente. Nada de gritos. Quiero que las piezas encajen.
—Oye, cariño... —le digo con voz suave, como quien no quiere la cosa—, al final, ¿qué hicisteis anoche? Me tienes en ascuas. ¿Por dónde os movisteis?
Ella suspira, acomodando su cabeza en el hueco de mi hombro. Su voz suena un poco más lenta ahora.
—Pues... salimos del parking y fuimos directos al Coconuts. Estuvimos allí un rato, tomando unas copas tranquilos y hablando de cosas del trabajo, nada del otro mundo. Pero aquello se empezó a llenar de gente, había mucho jaleo y no se podía ni hablar.
—¿Y luego? —pregunto, manteniendo el ritmo de las caricias para que no se ponga a la defensiva.
—Pues decidimos movernos. Fuimos a casa de Álex Sellés a tomarnos la última, para estar más tranquilos y poder charlar bien.
Me quedo helado. El movimiento de mi mano sobre su pelo se detiene en seco. ¿A casa de Álex Sellés? Siento un pinchazo de rabia pura que me sube por el estómago.
—¿A casa de Álex? —suelto y esta vez no puedo evitar que el tono me salga cargado de mala leche—. ¿Y qué pintabas tú en casa de ese tío a las tantas de la madrugada, Inma? ¿De verdad me lo estás diciendo?
Ella se incorpora de golpe, sentándose en el sofá y mirándome con esos ojos encendidos. Su mandíbula vuelve a apretarse.
—¡Joder, Hugo! ¿Qué quieres que hiciera? —dice hablando rápido, con ese nerviosismo de antes—. Era mi primera salida con ellos. No iba a quedar como una niñata que se va a casa a la primera de cambio. Salió el plan y no iba a ser yo la primera en cortarlo.
—Podrías haberme llamado, Inma. Podrías haber dicho me voy a casa de un tío que apenas conozco —le recrimino, sintiendo que la sangre me hierve.
—¡Pero si estábamos todos! —me corta ella, haciendo gestos rápidos con las manos—.
Estaba Raquel, estaba Juanma que tiene novia, Rodrigo que está casado...
y Álex Sellés, que también tiene novia. No estábamos haciendo nada malo, de verdad.
Solo estábamos allí, hablando y tomando algo. Éramos un grupo, Hugo.
—Ya, solo hablar —respondo con ironía, recordando las risas de Juanma y las ganas de Rodrigo—. Si ellos se tiran por un puente, ¿tú también te tiras detrás? ¿Es eso?
Inma pone los ojos en blanco y vuelve a beber agua, cerrando la botella con fuerza.
—No es lo mismo, no seas exagerado. No hacíamos nada malo. Solo queríamos pasar un buen rato después de una semana de trabajo. ¿Tan difícil es de entender?
La miro y, aunque su explicación parece lógica, hay algo que no me cuadra. ¿Por qué Juanma me dijo que durmió allí para engañar a su novia si no hacían nada malo? ¿Y por qué Rodrigo quería presumir de algo si solo estuvieron hablando en un salón?
La acaricio con mimo, tratando de que mi voz no delate la tormenta de dudas que todavía me remueve las entrañas.
—¿Y después de Álex? —le pregunto, bajando el tono, buscando sus ojos—. ¿Qué hicisteis el resto de la noche hasta que entramos a trabajar?
Inma me mira, arquea las cejas y suelta una carcajada suave, casi dulce. Se nota que el agotamiento empieza a ganarle la partida, sus ojos están un poco más vidriosos y sus movimientos, antes frenéticos, se vuelven ahora pesados y lentos.
—No te lo vas a creer, Hugo... pero se nos pasó el tiempo volando. Estábamos tan tranquilos, hablando de nuestras cosas, de la fábrica, de todo... que, de repente, alguien miró el móvil y cuando nos quisimos dar cuenta, era casi la hora de entrar.
Me quedo helado. ¿Más de veinte horas sin dormir, metidos en un salón, simplemente hablando?
Me cuesta aceptarlo, el instinto me grita que hay piezas que no encajan, que ese nivel de energía no es normal para una noche en blanco, pero al ver su cara, la quiero.
Estoy jodidamente enamorado de ella. La miro y me digo a mí mismo que es mi chica, que no tengo motivos para dudar de su honestidad, aunque me duela el alma.
—¿De verdad? —le pregunto, mirándola con ternura—. ¿Solo mirando el reloj y viendo que ya era hora de ir al turno?