EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El día de después #3
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El día de después #3

—Es peligrosa... —murmura, casi para sí mismo—. Me encanta. Y menudo culazo tiene.

De repente, se vuelve hacia Antonio con una propuesta que me corta la respiración.

—Tío, me encantaría hacer un trío contigo. Los tres con ella. Y ni tu mujer ni la mía que se enteren de nada. Un secreto de fábrica.

Antonio estalla en una carcajada de complicidad masculina. Yo me río con ellos, pero por dentro mi mente ha tomado el control y ha empezado a proyectar una película prohibida. No puedo evitarlo.

Me imagino el coche de Juanma aparcado en un camino oscuro, el vaho empañando los cristales.

Veo a Inma en el asiento trasero, desnuda, entregada a la bestialidad del momento.

La veo sometida, disfrutando de una doble penetración salvaje por parte de estos dos, gritando de puro placer mientras Rodrigo la posee por delante y Antonio le revienta el culo por detrás, tal como acaba de decir.

La imagen de mi novia siendo profanada por mis compañeros de turno, convertida en el juguete de sus fantasías más sucias, me golpea con una fuerza erótica devastadora.

En lugar de sentir asco, noto cómo la sangre abandona mi cabeza para concentrarse en mi entrepierna.

Me estoy poniendo duro. Muy duro. La humillación de saber que la ven como una zorra me excita hasta el punto de perder el juicio.

—Anda, seguid haciéndoos pajas mentales —les suelto, dándome la vuelta antes de que noten el bulto que empieza a marcarse en mi pantalón.

Me alejo de ellos con una erección dolorosa y el corazón latiendo desbocado.

La rabia sigue ahí, pero ahora va de la mano de una lujuria enferma.

Camino hacia mi puesto, sintiendo el roce de la tela contra mi glande excitado, pensando que en unas horas estaré frente a ella y no sé si quiero matarla o romperle yo el culo antes de que lo haga toda la fábrica.

Las horas se arrastran como una condena. Cada tic-tac del reloj e parece un martillazo sobre mi paciencia. El ritmo de la planta, el zumbido constante de los motores y el olor a chocolate me resultan ahora insoportables, una escenografía absurda para la tormenta que llevo dentro.

Mi mirada se clava compulsivamente en la puerta por la que debería entrar Inma.

Toda la semana ha sido ella la encargada de bajar a recoger las muestras de mi sector.

Ha sido nuestro pequeño ritual: el roce de sus dedos con los míos, la mirada rápida, la sonrisa que me regalaba antes de volver a perderse en el otro extremo de la fábrica.

Pero hoy no. Hoy, el destino —o su decisión deliberada de evitarme— ha cambiado las piezas del tablero.

Cuando escucho los pasos y veo aparecer a Álex Sellés, siento un pinchazo de decepción que rápidamente se transforma en sospecha pura.

Álex viene hacia mí con el paso firme, impecable.

Su uniforme no tiene ni una arruga, su rostro luce un tono saludable y descansado.

Es insultante. Es imposible que alguien que ha pasado la noche de fiesta, rodeado de alcohol, tenga esa cara de frescura.

Quizás Inma se ha quedado arriba, aprendiendo algo nuevo con Loli y por eso han enviado a Selles en su lugar.

Esa es la lógica que me impongo para no explotar.

—Buenos días, Hugo —me dice con esa voz calmada y profesional que me hace querer cerrarle la boca de un puñetazo.

—¿Qué pasa, Álex? —respondo, forzando una naturalidad que me cuesta la vida.

Intercambiamos un par de comentarios sobre el pedido del día, nimiedades técnicas y mis manos trabajan con una precisión mecánica mientras mi cerebro analiza cada microgestión de su rostro.

Me muero por preguntarle qué hicieron, por ver si se le escapa una sonrisa cómplice o un brillo de culpa.

Pero me obligo a callar. No puedo parecer un paranoico.

No puedo darle a este tipo la satisfacción de saber que me importa un bledo su opinión o que sospecho de ellos.

Si empiezo a interrogarlo, todos empezarán a olisquear que algo raro pasa. Yo nunca he sido de preguntar que hacen cuando yo me voy los viernes.

—Vaya ritmo lleváis hoy —digo, soltando una risa vacía mientras le entrego la bandeja de muestras.

—Ya sabes cómo es esto los sábados —responde él, encogiéndose de hombros con una naturalidad pasmosa—. Hay que quitarse el trabajo de encima.

Me quedo solo frente a la máquina, con el pulso acelerado. La mañana sigue avanzando, lenta y cruel. Inma sigue sin aparecer, y cada minuto que pasa sin verla es una tortura que alimenta mis teorías más oscuras.

La mañana va pasando y cuando estamos a mitad de turno me encuentro a Juanma y José, están en un rincón, medio escondidos tras un palé.

José tiene la cabeza inclinada sobre el móvil de Juanma, con una expresión que nunca le había visto: tiene los ojos vidriosos, fijos en la pantalla y se le nota hasta un rictus de deseo contenido.

Se le cae la baba, literalmente. Siento que mi pulso se dispara, el instinto me grita que se están haciendo algo prohibido.

Me acerco caminando sobre las puntas de los pies, en completo silencio, hasta que estoy justo detrás de ellos.

—¿Qué pasa? —suelto, con un tono que intento que suene casual, pero que sale cargado de una toxicidad que apenas puedo contener.

El susto es instantáneo. José da un salto tan violento que casi lanza el móvil contra el suelo.

Se le desencaja la mandíbula cuando me ve y la palidez que recorre su rostro es la confirmación de que acabo de pillarles en un momento que no debía.

Con manos torpes, apaga la pantalla del dispositivo y se lo devuelve a Juanma a toda prisa, casi como si quemara.

—Joder... eres tú —balbucea José, intentando recuperar el aliento y limpiándose el sudor de la frente—. Me has dado un susto de muerte, Hugo.

—Brutal, tío... —suelta Juanma soltando una carcajada nerviosa, mirando a José con complicidad—. Si solo lo has visto en foto, imagínate si lo vieras de verdad... Te da algo, te lo aseguro.

José suelta una risita forzada, me da una palmada en el hombro con demasiada energía y se larga casi a la carrera, sin atreverse a volver a mirarme. Me quedo solo con Juanma, que intenta guardar el móvil mientras su sonrisa se le va congelando.

Mis ojos están clavados en su mano.

—¿De qué hablabais? —le pregunto, bajando la voz hasta que suena como un gruñido.

Juanma se tensa. Se encoge de hombros con una desgana que me pone los pelos de punta.

—Nada, hombre... solo me ha preguntado qué tal anoche, por la fiesta. Ya sabes cómo es el jefe, que le gusta enterarse de todo el cotilleo.

Me quedo mirándolo fijamente, escudriñando cada poro de su piel buscando una grieta por la que colarme.

—¿Y qué tal? —insisto, marcando cada palabra—. ¿Qué le has dicho que tal fue la noche?

Siento que estoy a punto de perder los papeles, que si Juanma no me da una respuesta convincente ahora mismo, voy a olvidarme de que estamos en medio de la fábrica y voy a saltarle al cuello para sacarle la verdad a golpes.

Juanma, con una parsimonia que me saca de quicio, suelta:

—Pues la noche bien... la mañana, un poco mal, la verdad.

Enciende el móvil para mirar la hora y por un segundo, mis ojos captan un flash: una imagen nítida que desaparece antes de que pueda procesarla.

Es una foto, no un mensaje. Mi corazón da un vuelco: ¿era ella?

¿Era Inma? Antes de que pueda abalanzarme, él pasa rápido a una pantalla llena de notificaciones de WhatsApp de su novia.

—Joder, es que no pasar por casa... —digo, forzando un tono despreocupado, casi de colega envidioso—. Al final tu novia te va a matar, tío.

Juanma levanta la vista, me escanea de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y duda. Sus ojos se entrecierran.

—¿Lo sabes? —pregunta, bajando la voz—. ¿Te lo han contado estos?

Asiento lentamente, sintiendo cómo la mentira me quema el estómago. Juego mi última carta: la de hacerme el enterado para que se confíe.

—Sí, sí... —digo, encogiéndome de hombros—. Se os ha ido de las manos, ¿no?

Él suspira, con una media sonrisa de satisfacción, confirmando mis peores sospechas.

—Ya ves... se nos fue de las manos —dice, bajando la guardia—. Estábamos tan metidos en el lío que, cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde para ir a casa. No nos quedaba otra que venirnos directos al curro.

Ahí está. Se le fue de las manos. "Metidos en el lío". Mi mente dispara imágenes automáticas: ellos cinco, en un estado de descontrol absoluto, perdiendo la noción del tiempo y de la decencia mientras el amanecer les pillaba juntos. Siento que el suelo bajo mis pies se vuelve inestable.

—Joder, pero es que sois unos máquinas —digo, forzando una carcajada ronca—. ¿Cómo tenéis cojones a volver de empalme? ¿Qué le has dicho a tu novia para que no te monte un circo?

Él se ríe y se pasa la mano por el poco pelo que le queda, despreocupado.

—Bah, fácil. Le he dicho que he dormido en casa de Álex Sellés. Que nos quedamos jugando a la consola hasta las tantas y que era una tontería mover el coche.

Lo miro con incredulidad. Cabrón. Está usando a Álex como tapadera. Me acerco, dándole una palmadita en el hombro, con la rabia contenida tras una máscara de camaradería.

—Eres un cabrón, Juanma. Al final te va a pillar. Esas mentiras tienen las patas muy cortas.

Él se ríe, negando con la cabeza, y parece que va a soltar una bomba aún mayor.

—Bueno... —dice, guiñándome un ojo— tampoco ha sido tan mentira.

Me quedo helado. ¿Qué quiere decir con eso?

¿Que sí durmieron en casa de Álex? ¿O que la "mentira" tiene una parte de verdad que me está ocultando?

Siento un vértigo insoportable. Antes de que pueda presionarle, cambia el tono y empieza a quejarse de lo celosa que es su novia, como si él fuera la víctima de esta historia.

Lo escucho hablar, pero mis oídos pitan. El tipo está frente a mí, confesando que ha engañado a su pareja, mientras yo sé que está encubriendo una noche donde mi novia ha estado involucrada.