El día de después #2
La sangre me hierve. Han llegado juntos, en el mismo coche, ocultando el rastro de una noche que se ha estirado hasta lo impensable.
Siento una necesidad física de enfrentarme a ellos, de estamparles mi verdad en la cara.
Pero sobre todo, necesito a Inma. Necesito ver qué queda de ella después de que esa oscuridad se la tragara durante toda la madrugada.
Noto el sudor frío recorriéndome la espalda.
Siento la vibración del móvil en el bolsillo.
Me aparto hacia una zona oscura, ocultándome tras unas enormes cajas de embalaje donde el ruido de la maquinaria amortigua mi respiración agitada.
Desbloqueo la pantalla con dedos torpes, ansiosos y ahí está. El mensaje de Inma.
Inma: Al salir de trabajar hablamos.
Siento que la sangre me sube a las sienes con una presión insoportable. Mis dedos golpean el cristal con furia, una mezcla de desesperación y un deseo violento de sacarle la verdad.
Hugo: ¿Al salir de trabajar? ¿Es una broma, Inma?
Hugo: He visto los coches en el parking. El tuyo está en el mismo sitio que ayer. Falta el de Juanma.
Hugo: No me jodas que has estado toda la noche de fiesta con esos tíos. ¡Dime que no es verdad ahora mismo!
Inma: Ahora no puedo hablar, Hugo. Estoy trabajando y José está mirando.
Inma: En serio, luego quedamos y te explico todo.
Hugo: ¡Me importa una mierda José y me importa una mierda la fábrica!
Hugo: Me has llamado "mamá" por teléfono. ¡A MÍ! ¿Quién demonios estaba delante para que tuvieras que ocultar quién soy?
Hugo: No habrás dormido con alguno de esos, ¿no? Porque como me entere de que has compartido cama con Rodrigo o con el imbécil de Álex...
Inma: No digas tonterías. Sabes que te quiero a ti.
Inma: No he dormido con nadie, de verdad. Deja de montarte películas en la cabeza.
Hugo: ¿Películas? ¡Son las 6:30 de la mañana e intentas colarme que vas tarde cuando el coche de Juanma acaba de entrar derrapando!
Hugo: Si no has dormido con nadie... ¿DÓNDE HAS DORMIDO? ¿En el suelo? ¿En un banco del parque?
Hugo: ¡Contéstame, Inma! ¿Dónde habéis pasado la puñetera noche?
Inma: Hemos estado hablando, se nos fue la hora. Estábamos a gusto y no nos dimos cuenta.
Inma: No busques donde no hay.
Hugo: ¿"A gusto"? ¿Toda la puta noche hasta el amanecer?
Hugo: No me des largas, Inma. Te lo pregunto por última vez: ¿Habéis estado en casa de alguno de ellos? ¿Estuviste en la cama de alguno, aunque fuera "hablando"?
Hugo: Me estoy cabreando de verdad. Siento que te estás riendo en mi puta cara.
Inma: Hugo, para ya. Estás dando un espectáculo.
Inma: Al salir de trabajar quedamos en mi casa y te lo cuento todo, paso a paso. Pero aquí no.
Hugo: No me voy a esperar siete horas para que me mientas a la cara con una historia ensayada.
Hugo: Si no tienes nada que ocultar, dímelo ahora. ¿Estuviste sola en algún momento o has sido la sombra de Rodrigo toda la madrugada?
Inma: Piensa lo que quieras. Voy a trabajar.
Inma: Te veo a las 14:00 en mi portal.
Bloqueo el móvil con tanta fuerza que cruje bajo mi mano.
La palabra "hablando" me suena a la mentira más sucia y ensayada del mundo.
La imagen de Inma en un sofá ajeno, o en una cama, rodeada de esos buitres, bajo los efectos del alcohol y esa supuesta "buena charla", me quema las entrañas como ácido.
No es solo el sueño lo que me falta, es la certeza de que la mujer que ha sido mi vida se ha convertido en una completa desconocida en el transcurso de una noche.
A lo lejos, mis ojos localizan a Rodrigo.
Está de pie junto a Antonio, su mejor amigo en la fábrica.
Veo cómo gesticula, cómo se inclina hacia él con una energía que no es normal para un hombre que supuestamente no ha dormido.
Estoy seguro: le está contando lo que pasó anoche.
Le está soltando cada detalle sucio, cada risa, cada roce que yo me he perdido.
Siento un impulso violento de acercarme, de entrar en ese círculo y arrancarles la verdad.
Camino hacia ellos, intentando que mis pasos parezcan casuales, pero la tensión en mis hombros me delata.
En cuanto llego a su altura, el silencio cae sobre ellos como una losa.
Se cortan en seco. Me miran con esa cara de quien está guardando un secreto oscuro que yo, precisamente yo, no puedo conocer.
Rodrigo me mira y para mi sorpresa, me sonríe. Es una sonrisa tranquila, casi cínica.
—¿Qué pasa, Hugo? —me suelta, como si no pasara nada.
—¿Qué tal anoche? —le pregunto, clavándole la mirada, buscando cualquier grieta en su fachada.
—Bien... —contesta él, encogiéndose de hombros—. Nos lo pasamos bien.
—¿Bien? —repito para mis adentros, sintiendo cómo se me clavan las uñas en las palmas de las manos. ¿Un simple "bien"? ¿En serio? Acaban de llegar de una fiesta de dieciséis horas, con los ojos inyectados en sangre y el coche de Juanma echando humo, ¿y su resumen es un "bien"?
Me muerdo una uña, sintiendo el nerviosismo.
¿Le habrá contado Inma a estos tíos que soy su novio y por eso disimulan?
No, no creo... Si lo supieran, no me mirarían así.
Además, si ella hubiera marcado el límite, no me habría llamado "mamá" por teléfono.
Estaba con ellos y quería disimular mi identidad, eso es todo.
No quería que el nombre de "Hugo" sonara en ese ambiente.
—¿A qué hora volvisteis a casa? —lanzo la pregunta, directa como un dardo.
Rodrigo mira a Antonio. Antonio mira a Rodrigo.
Se produce un silencio de apenas un segundo, una comunicación silenciosa que me revuelve el estómago.
Y entonces, los dos se ríen. Una risa corta, cómplice, cargada de algo que no alcanzo a comprender pero que me hace sentir como el imbécil del pueblo.
—Tarde, Hugo —dice Antonio mientras se da la vuelta para seguir con lo suyo
Esa risa compartida me quema más que cualquier insulto. Me están ocultando el horario porque el horario es la prueba de lo que hicieron.
Siento un vacío en el estómago que me marea, una mezcla de bilis y adrenalina que me sube por la garganta. Mis ojos no se apartan de los de Rodrigo, buscando una grieta, un rastro de la verdad que sé que me está ocultando tras esa fachada fingida.
—¿Qué hicisteis cuando me fui? —suelto, con la voz más firme de lo que me siento.
Rodrigo traga saliva. Lo veo dudar, él, que siempre tiene una respuesta rápida, ahora parece estar midiendo cada palabra como si caminara sobre cristales rotos.
—Nada... de ahí fuimos al pub este, al Coconuts —dice al fin, desviando la mirada—. Nos tomamos unas copas y estuvimos hablando un rato. Sin más.
"Sin más". Esa es la mentira más grande que he oído en mi vida. Mi mente vuela a la llamada de "mamá", al parking, a la risa de Antonio. Sé que hay algo más, algo sucio que flota en el aire de la fábrica. Y entonces, Antonio escupe el veneno que termina de destrozarme.
—Lo que yo te digo —suelta Antonio con una mueca de desprecio—, la nueva es una zorra. Esa lleva toda la vida encerrada en su casa, ha entrado en la fábrica y se la van a follar todos. Luego acabará con un tontico que la mantenga, pero esta ha venido con ganas.
Siento como si me hubieran arrancado el corazón del pecho y lo hubieran pisoteado en el suelo de la planta.
Se me transforma el cuerpo. El dolor de imaginar a Inma, mi Inma, siendo el trofeo de caza de estos buitres es insoportable.
Y de repente, mi mente me traiciona de la forma más cruel.
No me la imagino con Rodrigo, ni con Álex Sellés...
me la imagino con Álex Navarro, el programador del otro turno. Un tipo de apenas 1,62, un enano.
La imagen me golpea con la fuerza de un camión: veo a Inma a cuatro patas en mi cama, entregada, mientras ese tipo pequeño la posee.
Es la humillación absoluta. La imagen es tan nítida y tan dolorosa que creo que se me nota en la cara.
Me quedo lívido, con la mirada perdida, hasta que me doy cuenta de que Rodrigo y Antonio me observan con extrañeza.
Me obligo a reaccionar. Me obligo a reír, aunque por dentro me esté desangrando.
—Ja... bueno, ya sabes cómo vienen todas aquí —digo, forzando un tono de colega—, con ganas de pasárselo bien.
—No te imaginas cuánto... —suelta Rodrigo con un tono que me hiela la sangre. Esa frase no es casual. Es un dardo directo a mi nuca.
—Ya os lo dije con Raquel —sigue Antonio, disfrutando del chisme—entró hace un año, salió dos veces con nosotros y a los tres meses estaba dejando al novio de seis años.
No falla. Y esta... que está muy buena la cabrona, se va a tirar a media fábrica.
El primero que se la va a clavar va a ser José, el jefe no le quita ojo.
Rodrigo, sacando pecho con una chulería que me entran ganas de borrarle de un puñetazo, remata:
—O yo.
Antonio estalla en una carcajada y le da una palmada en la espalda.
—¡Ojalá, tío! Y ojalá le rompas el culo y luego me cuentes con detalle cómo te la follas.
Rodrigo se ríe, con esa suficiencia del que sabe que tiene posibilidades, del que quizás ya ha probado algo de lo que yo tanto temo. Y yo, en el colmo de mi propia tortura, asiento y le sigo el juego, riendo como un cómplice mientras mi mundo se desmorona pedazo a pedazo.
—Menudo culo tiene para reventárselo —suelta Antonio, relamiéndose como un animal—. Yo porque estoy casado, que si llego a estar soltero, a esa me la follo pero bien.
Se gira hacia mí, dándome un codazo cómplice.
—Hugo, aprovecha tú que tu novia fantasma no existe y cómete ese culo. Esta seguro que le da igual a quién follarse con tal de follar. Mira cómo ha entrado, buscando guerra.
Siento un escalofrío. La rabia está ahí, pero hay algo más... una chispa de excitación oscura que me recorre la columna al oír cómo la desean, cómo la degradan a simple carne de consumo.
—Anda, dejad a la pobre nueva sola —digo, forzando una sonrisa cínica—, que la vais a desgastar antes de que termine el mes.
Rodrigo se queda pensativo, con una mirada turbia que no me gusta nada.