EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El día de después
20%

El día de después

Hugo

Lo primero que hago, casi por un acto reflejo, es estirar el brazo hacia la mesilla.

Mis dedos rodean el frío cristal de mi teléfono, buscando ese calor humano que solo ella sabe transmitir a través de una pantalla.

Espero ver la luz de una notificación. Espero leer un "Cariño, ya he llegado" o un "Descansa, mañana te cuento".

Cualquier cosa. Un simple emoticono me bastaría para calmar esta marea de irritación que me sube por la garganta.

Nada. El vacío absoluto.

La pantalla está limpia de mensajes, tan oscura y muda como el resto de la habitación.

Un gruñido de pura frustración escapa de mis labios mientras tiro el móvil sobre las sábanas revueltas.

Me incorporo, sentándome en el borde de la cama y entierro la cara entre las manos.

He dormido poco y lo poco que he dormido ha sido una lucha constante contra mis propios pensamientos.

No es que no confíe en ella, es que me ha parecido feo.

Inma nunca ha sido así. Llevamos toda la vida siendo un solo ser, dos piezas que encajan con una precisión milimétrica.

Nos contamos cada paso, cada suspiro. ¿Desde cuándo se ha vuelto tan importante "integrarse" con unos tipos que apenas conoce como para ignorarme durante toda la madrugada?

La sombra de la molestia se convierte en un fuego lento de enfado.

Ella sabía que yo me venía a casa, que la esperaba.

Y ese silencio... ese silencio me mata. Es como una bofetada de indiferencia.

Me levanto y camino hacia el baño, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos.

Me miro en el espejo y veo a un hombre cansado, un hombre que ha pasado la noche imaginándola reír en un bar mientras yo contaba las horas para volver a verla.

—¿Tan bien te lo estabas pasando, Inma? —susurro para mis adentros, mientras abro el grifo del agua fría.

Me mojo la cara, intentando despejar la bruma de mi mente. Siempre hemos sido de hablar mucho, de decirnos "ya me acuesto", "ya me levanto". Ese ritual es el ancla de nuestra relación, lo que nos mantiene unidos en la distancia. Pero hoy, el ancla se ha soltado.

Me visto mecánicamente, poniéndome el uniforme de la fábrica con gestos bruscos.

Cada vez que el roce de la tela me recuerda que en menos de una hora estaré allí, mi pulso se acelera.

La veré. Veré sus ojos, esos ojos que ayer brillaban con una excitación que no supe leer del todo.

Entraré en ese turno de mañana y exigiré una explicación.

Necesito que me mire, que me calme, que me diga que todo este silencio ha sido solo un descuido y no el principio de algo que no puedo controlar.

Salgo de casa mientras el mundo aún duerme, con el sabor amargo de la desidia en la boca.

Voy a la fábrica no solo a trabajar, sino a buscar mi paz.

Solo espero que, cuando la encuentre entre las máquinas de chocolate, no descubra que el silencio de esta noche era, en realidad, un grito que no quise escuchar.

Camino por el asfalto granulado del parking de la fábrica y mis ojos, entrenados por años de rutina, localizan su coche al instante. Está en el mismo sitio que ayer. Exactamente en el mismo.

—Joder, Inma... —murmuro para mis adentros. Con todo el espacio que hay hoy, ¿por qué demonios lo ha dejado tan lejos y en el mismo punto exacto?

Mi mirada empieza a escanear el resto de las plazas, buscando patrones, buscando lógica.

A lo lejos, el coche de Rodrigo. Más allá, el de Mimi.

Y al fondo, el de Álex Sellés. Una punzada de inquietud me recorre la columna.

Falta uno. El de Juanma no está. Recorro el parking con la vista, forzando los ojos bajo la luz mortecina de las farolas, pero el vehículo de Juanma ha desaparecido.

Entonces, el pensamiento me golpea como un mazo: les ha pasado algo.

La paranoia, alimentada por la falta de sueño y el silencio de toda la noche, se transforma en un terror.

El mundo se detiene, mi corazón da un vuelco violento y se queda suspendido en un vacío aterrador, la sola idea de que Inma pueda estar herida, de que ese grupo de locos haya tenido un accidente en la oscuridad de la carretera, me deja sin aliento.

El enfado por el mensaje no enviado se evapora, sustituido por una angustia que me quema las entrañas.

No puedo esperar ni un segundo más. Con los dedos entumecidos y temblorosos, saco el móvil del bolsillo. Busco su nombre. Inma. El amor de mi vida. Marco.

El tono de llamada suena en mis oídos como una sentencia.

Uno...

Dos...

—¿Qué pasa? —Su voz suena extraña, tensa, como si estuviera conteniendo el aliento.

Siento que mis pulmones vuelven a llenarse de aire. Está viva. Está bien.

—Menos mal... —suelto en un suspiro, cerrando los ojos con fuerza—. Estaba preocupado, he visto los coches en el parking y...

—Mamá, voy camino al trabajo, que voy algo tarde. Luego te llamo.

Click.

El silencio que sigue al corte de la llamada es ensordecedor. Me quedo con el teléfono pegado a la oreja, petrificado en medio del parking desierto. El viento silba entre los coches, pero yo solo escucho el eco de su última palabra.

¿Mamá? ¿Me ha llamado mamá?

Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura exterior.

Inma sabe perfectamente que soy yo, mi nombre aparece en su pantalla.

Me ha colgado de golpe tras mentirme de la forma más absurda y desesperada posible.

Una mentira tan torpe que solo puede significar una cosa: Inma no está sola.

Inma no va conduciendo. Inma está en un lugar —o con alguien— donde no puede pronunciar mi nombre.

La preocupación por el accidente se transforma en algo mucho más oscuro y afilado.

El pitido del reloj de fichar suena como una alarma de ejecución. 5:56 AM.

Paso mi tarjeta por el lector con un gesto automático, pero mi mente está a kilómetros de distancia, atrapada en ese parking que ahora me parece la escena de un crimen.

Mientras camino hacia la línea de producción, mis pensamientos giran en una espiral obsesiva, tejiendo una red de sospechas que me oprime el pecho.

Los cinco. Inma, Rodrigo, Álex, Juanma y Mimi.

Se fueron juntos y el vacío en el parking es la prueba irrefutable de que nunca regresaron a por sus coches.

El rompecabezas empieza a encajar en mi cabeza de una forma retorcida.

La ausencia del coche de Juanma no fue por un accidente, fue porque él se convirtió en el chófer de una noche que se les fue de las manos.

"Mamá, voy tarde". Esa frase sigue martilleando mi cerebro. ¿Por qué mentir si no tienes nada que ocultar? Solo hay dos caminos en esta pesadilla y no sé cuál me duele más.

O bien han pasado la noche en vela, empalmando copas y risas en algún tugurio oscuro, ignorando mis mensajes mientras la euforia del grupo borraba mi existencia de la mente de Inma...

o, lo que es infinitamente peor, han dormido todos bajo el mismo techo.

Me imagino la casa de Álex o de Juanma, el desorden de la ropa tirada, el calor de una habitación cerrada donde los límites se han difuminado entre las sábanas y el alcohol.

La idea de que Inma haya compartido almohada, o algo más, con esos tipos mientras yo me retorcía en mi cama, me provoca una náusea física.

Si han dormido juntos, la traición es premeditada.

Si no han dormido, es un descontrol que me excluye por completo.

En ambas opciones, yo soy el extraño, el que se quedó fuera, el "novio" al que hay que engañar con un "luego te llamo, mamá".

Siento una punzada de rabia pura. Ella me ha desplazado.

Me ha cambiado por la adrenalina de lo nuevo, por la aprobación de esos desconocidos.

Camino por el pasillo de la fábrica y cada sombra me parece uno de ellos.

Busco a Inma con la mirada, desesperado por ver su cara y encontrar en ella un rastro de culpa que confirme mis peores miedos, o una chispa de inocencia que me salve de esta locura.

Pero lo que más me aterra es que, cuando la vea, descubra que el brillo en sus ojos no es por haberme echado de menos, sino por el secreto de lo que sea que haya ocurrido en esa oscuridad que me han ocultado.

Preparo la máquina con movimientos mecánicos, con esa memoria muscular que me permite actuar mientras mi cabeza está en otro lugar, muy lejos de aquí. En cuanto la dejo lista, la ansiedad me quema y necesito respuestas.

Cruzo la planta con paso firme pero fingiendo calma. Busco a Rodrigo o a Juanma, pero sus puestos están vacíos. Me acerco a Antonio, que está revisando unas válvulas y me obligo a poner mi mejor cara de póker.

—Oye, Antonio... —le digo, haciéndome el despistado mientras me limpio las manos con un trapo—. ¿Sabes algo de Rodrigo? No lo he visto por su zona.

Antonio deja lo que está haciendo, saca el móvil y mira la pantalla con una mueca de burla. 6:15.

—Pues no, aún no ha aparecido —dice con una sonrisa socarrona—. Se habrá quedado dormido, el muy cabrón.

Le devuelvo la sonrisa, una máscara perfecta que oculta el hecho de que me siento hecho una puta mierda.

—Seguro —le sigo la corriente—. Seguro que ayer discutió con Ana por salir de comida y hoy está pagando las consecuencias.

Antonio suelta una carcajada, convencido de mi mentira.

—¡Seguro! Ya sabemos cómo se las gasta su mujer cuando Rodrigo se lía.

Me doy la vuelta y regreso a mi puesto, sintiendo que el peso en mi pecho se vuelve insoportable. Si Rodrigo no está en su sitio y ella me ha mentido por teléfono... la ecuación es simple y devastadora.

A las 6:22, el movimiento me hace girar la cabeza. Veo a Juanma. Entra en la planta casi corriendo, con el uniforme puesto de cualquier manera y esa mirada de pánico de quien sabe que llega tarde y tiene los ojos del jefe encima. Cruza la nave directo a su puesto sin mirar a nadie.

Ya están aquí. Todos.