Final del viernes #2
—Cuidado, Inma —le dice con una voz que es casi un susurro, pero que todos oímos en ese silencio repentino—. La nata mancha mucho... y a algunos les gusta limpiar después.
Veo, como si fuera a cámara lenta, cómo Álex levanta su mano, coge la de Inma con suavidad pero con firmeza y desliza su dedo índice por el labio superior de mi novia.
Le quita ese resto de nata con una lentitud que me revuelve las tripas.
Los dos se quedan mirando ese dedo manchado de blanco, a escasos centímetros de sus caras.
Hay una tensión sexual, un morbo que se puede masticar.
Inma, que está en todo lo alto y tiene la sangre encendida por el alcohol y el juego, le sostiene la mirada con un descaro que me deja mudo.
—¿Quieres limpiármelo tú? —le suelta ella en tono de broma, pero con una carga de sensualidad que hace que Rodrigo y Pedro se queden con la boca abierta.
Inma, sin soltarle la mirada, le acerca el dedo con la nata a la boca de Álex. Él no duda. No se ríe, no hace una broma. Simplemente, rodea el dedo de Inma con sus labios y lo chupa lentamente, con los ojos clavados en los de ella, saboreando la nata —y a ella— delante de todos nosotros.
El silencio en la mesa es sepulcral. Se oye hasta el goteo de un grifo al fondo del bar.
Yo estoy petrificado, apretando la jarra con tanta fuerza que los nudillos me duelen.
Es el momento de más morbo de toda la tarde y mi novia acaba de dejar que el paradito del laboratorio le chupe un dedo con el que él mismo la ha tocado.
Álex retira el dedo de la boca con un chasquido suave, húmedo, que parece resonar en el silencio de la mesa.
No aparta la mirada de Inma ni un milímetro, manteniendo ese contacto visual cargado de una sensualidad que me está quemando por dentro.
Raquel tiene la boca abierta, es un poema viviente y Rodrigo mira al techo como si buscara una salida de emergencia.
Inma suelta una carcajada nerviosa, mirando su propio dedo, ese que acaba de salir de la boca de Álex.
—Estás loco —le dice ella, riendo mientras se pasa la mano por la boca para limpiarse los últimos restos de nata que le quedaban en los labios.
—Has sido tú la que ha metido el dedo en mi boca —responde Álex con una calma desesperante, encogiéndose de hombros—. A mí me gusta la nata, no he podido resistirme.
Lo dice con esa cara de pillín, de yo no he roto un plato, que me dan ganas de borrársela de un plumazo. Pero Inma no se queda atrás en el despliegue de chulería:
—A ti lo que te gusta es comerte mis babas... que es lo único que te vas a comer de mí —le suelta con un dardo directo.
—Bueno... yo opino al revés —replica él, sin perder la sonrisa—. Por cierto, no te chupes ahora el dedo tú, no sea que te guste el sabor.
—Eso es lo que tú querrías —remata ella picándole, mientras yo aprieto los dientes hasta que me duelen.
Estoy ahí sentado, viendo cómo se lanzan esos dardos y no me hace ni puta gracia el tonteo.
Una cosa es que José le escriba desde la distancia y otra es tener a este aquí, chupándole un dedo delante de mis narices.
Pienso para mis adentros que en cuanto estemos a solas, le voy a explicar clarito que esto no me ha gustado nada.
Eso de la nata es tonteo aquí y en la China y creo que hoy se ha pasado de la raya con el jueguecito.
Me siento desplazado en mi propio territorio.
Rodrigo, intentando relajar el ambiente a su manera torpe, se gira hacia Raquel:
—Jolín, a mí no me dejas limpiarte como Álex a Inma, ¿eh?
Raquel suelta una carcajada rotunda.
—¡Ni lo sueñes! —le contesta mientras se limpia la boca con una servilleta de papel, marcando distancias.
Pagamos la cuenta entre bromas y ruido y salimos por fin de la penumbra de la taberna al aire libre y volvemos a el parking de la empresa.
El sol de la tarde nos pega en la cara y el frescor ayuda a bajar un poco el subidón de la cerveza.
A pesar del mosqueo que llevo con el tema de la nata, hago balance de la tarde y ha estado entretenida.
Me ha gustado verla integrada, verla mandar a paseo a José y reírse con todos...
pero ese dedo de Álex me va a rondar la cabeza todo el camino a casa.
Caminamos hacia los coches, cada uno buscando sus llaves.
Ahí estoy yo, con las llaves del coche ya en la mano, dando por hecho que el guion de todos los viernes se va a repetir. Rodrigo, como siempre, no tiene ninguna prisa por volver a su casa vacía.
—Venga, ¿nos vamos a ir ya a casa? —suelta Rodrigo mirando al grupo—. Mi mujer no vuelve hasta las seis de la mañana, así que vamos a salir un rato.
Es el clásico de después de las comidas del Cojo, siempre hay un sector que no sabe cuándo retirarse. Pedro, con su cinismo habitual, le suelta el dardo:
—¿Qué novedad, no? Si tu mujer siempre sale... lo raro es que llegue antes. Ese día preocúpate.
Rodrigo pasa del comentario, está acostumbrado.
—¿Te vienes o no, Pedro?
—No, estoy cansado, mañana hay que madrugar. Os dejo a los jóvenes —responde Pedro, retirándose de la batalla.
Entonces Rodrigo se gira hacia mí. Yo ya tengo el discurso preparado, el de siempre, el que nos protege a Inma y a mí:
—Yo paso, tío. Ahora iré a ver a mi novia, cenamos juntos y me acuesto, que mañana hay que madrugar y estoy cansado después de toda la semana.
Rodrigo pone los ojos en blanco y me suelta lo que me dice siempre, pero hoy me jode un poco más delante de ella.
—Vaya muerto estás hecho, siempre igual. Lo joven que eres y lo calzonazos que te has vuelto ya.
Me muerdo la lengua. Si supiera que mi novia está a dos metros de él, igual no hablaba tanto. Raquel se ríe cuando le preguntan a ella, dando a entender que se une al plan. Álex, que no suelta el móvil, escribe un WhatsApp rápido y luego levanta la vista con esa suficiencia suya.
—Mi novia dice que sale esta noche con sus amigas, así que tengo tiempo para salir con vosotros —suelta Álex. Pidiendo permiso, pienso yo con desprecio.
Juanma, para mi sorpresa, también se apunta esta vez. Y entonces llega el momento. Rodrigo se planta delante de Inma con una sonrisa de oreja a oreja.
—Contigo cuento, Inma. Hoy es tu día, tu bienvenida. Te tienes que venir con nosotros, con los supervivientes.
Yo me quedo mirándola, tranquilo. Estoy convencido de que va a decir que no, que está cansada, que prefiere nuestro plan de sofá, cena rica y nosotros dos a solas después de todo el jaleo del bar.
Estoy esperando que suelte la excusa para irnos juntos...
y de repente, me suelta un hachazo que no me esperaba.
—¿En qué coche vamos? —dice ella con una naturalidad que me deja helado.
Rodrigo estalla en una carcajada y le da una palmada en el hombro.
—¡Así se habla! ¡Esa es mi Inma!
Me quedo de piedra, con la cara descompuesta en mitad del parking.
La miro y no me lo puedo creer. ¿Se va de fiesta con ellos?
¿Con Rodrigo, que no le quita el ojo de encima y con Álex, que hace diez minutos le estaba chupando un dedo?
Me siento como un idiota con las llaves en la mano mientras veo cómo mi plan de viernes noche se desintegra frente a mis ojos.
Me quedo ahí, de pie, en mitad del asfalto agrietado del parking del trabajo.
El sonido de la puerta del coche de Juanma al cerrarse me ha retumbado en el pecho como un disparo.
He visto, casi a cámara lenta, cómo Inma se subía en el asiento de atrás, cómo se acomodaba el pelo y cerraba la puerta sin girar la cabeza ni una sola vez.
Ni una mirada. Ni un gesto de complicidad, ni un guiño furtivo para decirme luego nos vemos, nada.
Siento un vacío helado que me sube desde el estómago hasta la garganta.
El motor de Juanma arranca, seguido por el de Rodrigo y el de Álex.
Veo las luces rojas de posición alejarse, haciéndose cada vez más pequeñas mientras enfilan la carretera hacia la zona de copas.
El silencio que se queda en el parking es ensordecedor, roto solo por el sonido de mis propias llaves, que ahora pesan como si fueran de plomo en mi mano.
—¿Se ha ido? —susurro para mí mismo, sintiéndome el tío más estúpido del mundo.
No puedo procesarlo. Inma, mi Inma, se acaba de marchar con el grupo de buitres de la fábrica.
Se ha ido con Rodrigo, que no paraba de tocarle el brazo, y con Álex, ese imbécil que hace nada tenía su dedo en la boca.
Me ha dejado aquí, plantado con mi excusa de cenar con mi novia, una novia que ahora mismo se aleja en el coche de otro para seguir la juerga.
Siento una mezcla de rabia, incredulidad y un principio de desespero.
¿Qué se supone que haga ahora? ¿Irme a casa solo, a esperarla en el sofá mientras me imagino a Álex o a Rodrigo arrimando el hombro en la barra de un bar?
El contraste es brutal, yo me he quedado siendo el calzonazos ante los ojos de todos y ella es ahora la reina de la noche.
Miro mi coche. Me duele el pecho de la decepción. Nunca me había sentido tan fuera de su vida como en este momento. Ella ha elegido el riesgo, el juego y la fiesta por encima de nuestro viernes noche.
Me subo a mi coche, cierro la puerta y me quedo a oscuras, apoyando la frente contra el volante. El olor de su perfume todavía flota un poco en el ambiente y eso me jode más.