EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Final del viernes
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Final del viernes

Hugo

Estoy aquí sentado, en la esquina de esta mesa pegajosa de la Taberna del Cojo y por fuera intento mantener la compostura, pero por dentro soy un hervidero de sensaciones.

Miro a Inma y joder, es que es imposible no mirarla.

Hoy se ha pasado el juego con ese body negro y los vaqueros.

Me quedo embobado con su pelo rubio y rizado, esos ojos marrones que me vuelven loco y esa sonrisa que ilumina el bar entero.

Y claro, soy hombre y sé perfectamente lo que todos están mirando.

Ese melocotón que tiene por culo es de otro planeta, cuando vamos a la playa y se pone esos tangas mínimos, sé que no hay ni un alma, hombre o mujer, que pueda evitar girar la cabeza.

Es mi novia y me llena de orgullo, pero también es una presión constante.

Veo el teléfono de Rodrigo sobre la mesa con el grupo de WhatsApp echando humo.

El tonteo de José me revuelve un poco el estómago, no voy a mentir.

Es mi jefe, un tío que se cree el rey del mambo, pero claro...

él no sabe que Inma es mía. Si lo supiera, igual se cortaba un poco, o igual no, porque José es así.

Entiendo perfectamente por qué babea, cualquiera lo haría.

Pero, a pesar de los nervios que siempre se te quedan instalados en la boca del estómago cuando ves a un depredador como él acechando, estoy extrañamente tranquilo.

Confío en ella a muerte. Sé que a Inma no le van esos machos alfa y menos uno que le saca veinte años.

Podría ser su hija, por Dios. Sé que José tiene un historial de andar con chicas muy jóvenes, pero Inma tiene principios.

Ella no es de las que se dejan deslumbrar por un puesto de mando o por un cuarentón con aires de grandeza.

Cuando he leído los mensajes en el grupo, esperaba sentir que me estallaba la cabeza de rabia, pero ha sido al revés.

He sentido un subidón de orgullo. Sí, tengo a un tío que físicamente está muy bien y que tiene poder, tirándole los trastos a mi novia a la cara de todo el mundo, pero ahí está ella, parándole los pies con una elegancia y una chulería que me encantan.

"La que manda sobre ti soy yo", le ha dicho.

¡Toma ya! Me entran ganas de levantarme y darle un beso ahí mismo delante de todos para marcar mi territorio, pero me aguanto.

Ella se basta sola para poner a cada uno en su sitio.

Aunque vea a Rodrigo pegado a ella y a Juanma flipando, yo sé quién se va a ir con ella a casa.

Sé que este juego de poder a ella le divierte, pero que al final del día, soy yo el que conoce cada rincón de ese cuerpo que todos desean.

Eso sí, no le quito el ojo de encima a Álex Sellés... ese tío está demasiado callado y me da una espina rara, pero bueno, ahora mismo mi chica acaba de merendarse al jefe delante de toda la fábrica y yo solo puedo pensar en lo afortunado que soy.

Le doy un trago a la cerveza y viendo cómo Inma se ríe con cada anécdota de la fábrica.

Me encanta verla así, relajada, disfrutando, aunque por dentro me sigo fijando en cómo la miran los demás.

La comida ha sido un no parar de historias de la empresa que ni yo conocía, y ella está en su salsa, siendo el centro de todo.

De repente, Pedro pega un grito que retumba en toda la taberna.

—¡Eh, Cojo! ¡Pon siete chupitos mamada aquí!

Inma se queda a cuadros. Abre esos ojos marrones suyos y lo mira como si no hubiera oído bien.

—¿Has dicho... mamada? —pregunta y yo ya sé por dónde va a ir la cosa.

Pedro, que ya lleva unas cuantas cañas de más, la mira con esa sonrisita de sabiondo.

—Sí, Inma. No me digas que nunca has probado una... —suelta con doble intención.

Inma, que tiene una lengua que no se puede callar, le suelta de vuelta:

—Hacer una mamada sí, pero el chupito no —y de repente la mesa es un clamor de risas y silbidos.

Me río con ellos por no quedar de celoso, pero siento ese pellizco en el estómago. Pedro no baja el tono, al contrario, le sostiene la mirada con un descaro que me empieza a tocar las narices.

—Eres muy niña, Inma. Te falta mucha calle —le dice Pedro mientras ella insiste en que le expliquen qué es.

Es Raquel la que, con una mueca de complicidad, le aclara el misterio:

—Nada, tía. Es un chupito de Amaretto y crema y encima le ponen nata simulando... bueno, ya sabes. Está bueno, pero a estos putos salidos les encanta pedirlo para vernos la cara mientras nos lo bebemos.

—Y hay que tomárselo sin manos, sin coger el vaso —añade Rodrigo con una risita, frotándose las manos.

—Joder, que me voy a atragantar —dice Inma, medio en broma medio en serio.

Y entonces es cuando Pedro cruza la línea. Me quedo helado cuando lo oigo soltar por esa boca:

—Eso es porque eres una niña sin experiencia. Dices que las mamas, pero me da a mí que no te has comido una polla en tu vida.

El aire se corta en la mesa. Siento cómo la sangre me sube a las mejillas.

Aprieto los puños bajo la mesa e Inma le clava a Pedro una mirada de auténtica mala hostia.

Me dan ganas de saltarle al cuello y decirle cuatro cosas, pero sé que si lo hago, reviento el secreto de nuestra relación y la tarde se va al garete.

Me quedo callado, pero mis ojos le están diciendo a Pedro que, como siga por ahí, lo voy a levantar de la silla.

Pedro nota la tensión, me mira un segundo y ve que no estoy para bromas. Baja la cabeza y suelta un:

—Bueno, bueno... tampoco es para tanto, era un decir...

Se hace un silencio un poco incómodo hasta que llega el Cojo con la bandeja de los siete chupitos coronados de nata. El morbo está servido y la prueba de fuego para Inma acaba de aterrizar frente a ella.

Sigo con la mirada fija en el grupo, sintiendo cómo el ambiente ha pasado de la camaradería al puro morbo en un segundo. El Cojo deja la bandeja con un ruido sordo y se queda ahí plantado, con las manos apoyadas, sin quitarle el ojo de encima a mi novia y a Raquel.

—Si me dejáis ver cómo os los tomáis, invita la casa —suelta el tío con esa sonrisa de viejo zorro.

Pedro, que no sabe cuándo callarse, jalea la situación:

—¡Entonces no te vayas, jefe! Que empiecen las chicas, que aquí hay mucha teoría pero queremos ver la práctica.

Miro a Inma de reojo. Sé que le gusta el juego, pero la veo un poco tensa, mirando ese vaso lleno de nata y licores como si fuera una prueba de acceso a algo. Raquel, en cambio, está en su salsa, se nota que ya lleva unos cuantos viernes de estos a sus espaldas.

—Mira, Inma, es fácil —le dice Raquel, echando los hombros hacia atrás y sacando pecho—.

Pon las manos en la espalda, que no se te ocurra tocarlos.

Abres la boca a tope y con los labios, aprietas el vaso bien fuerte.

Lo subes hacia arriba con un golpe de cuello y te lo tragas de una, sin dudar. Si dudas, te manchas.

Veo la cara de Inma y sé que no lo tiene claro. No quiero que se sienta presionada ni que haga el ridículo si no le sale a la primera, así que decido intervenir para quitarle el foco de encima un momento.

—Venga, primero los chicos —digo yo, alzando la voz para que todos me miren a mí—. Así Inma ve cómo se hace y no tiene excusa.

—¡Sí, sí! —salta ella aliviada—. Primero vosotros.

Nos ponemos los cinco en fila. Yo tengo a Álex a un lado y a Rodrigo al otro.

Ponemos las manos en la espalda, nos inclinamos sobre la mesa y a la de tres, hacemos el movimiento.

Es una imagen de lo más ridícula, pero efectiva.

Yo aprieto el cristal con los labios, noto el frío de la nata y de un golpe seco, el licor me baja por la garganta.

Al terminar, dejo el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco.

Ni una gota fuera. Los otros cuatro hacen lo mismo, incluso Álex.

Inma se queda alucinada, mirándonos con una sonrisa que mezcla la sorpresa y la risa.

—Joder, si que tenéis todos experiencia... ni una gota habéis tirado. Ahora lo haré yo y la liare parda, ya veréis.

El Cojo sigue ahí, impertérrito, disfrutando del espectáculo. Juanma, que está en la cabecera y ya se ha limpiado el resto de nata del labio, da un golpe en la mesa.

—¡Venga! —dice Juanma con voz de mando—. Ahora os toca a vosotras. Raquel, dale paso a la nueva.

Miro a Inma. El corazón me va a mil porque sé que ahora todos los ojos de la taberna van a estar clavados en su boca. Me muero de ganas de verla, pero a la vez me muerdo por dentro sabiendo que estos buitres están deseando ver cómo se mancha de nata.

Ahí estoy, con los ojos clavados en ella, casi sin parpadear.

Veo cómo Inma respira hondo y se echa el pelo rubio hacia atrás antes de entrelazar sus manos detrás de la espalda.

La confianza le sale por los poros, esa inseguridad de hace un momento ha desaparecido y ahora tiene esa mirada de "mira de lo que soy capaz".

Se inclina sobre la mesa al mismo tiempo que Raquel.

Es una imagen para enmarcar, las dos frente a frente, el vestido azul y el body negro.

Inma abre la boca, rodea el borde del cristal con esos labios que tan bien conozco y con una seguridad que me deja sentado, eleva el vaso en un movimiento fluido y firme.

Se lo traga de golpe, sin vacilar y deja el vaso vacío sobre la madera con un "clac" seco, perfecto.

—¡Olee! —grita el Cojo dando un aplauso que resuena en todo el bar.

Todos empezamos a vitorear. Inma y Raquel se miran, estallan en carcajadas y se funden en un abrazo, felices por el éxito.

—Está bien rico —dice Inma, pasándose el dorso de la mano por la boca, aunque todavía le queda un rastro blanco—. Pero es rarísimo tomárselo así, ¡tenía un miedo de tragarme el vaso!

—A mí me pasó igual la primera vez —le contesta Raquel riendo—, pero si aprietas bien, no se mueve.

Pero entonces, el ambiente cambia. Noto un frío en la nuca. Álex Sellés se levanta de su sitio con esa parsimonia suya y se acerca a Inma. Se queda demasiado cerca, invadiendo su espacio.