El cojo #4
—¡Venga, familia! —ruge de pronto Juanma desde la cabecera, rompiendo el hechizo—. ¡Vamos a hacernos un selfie de grupo! Esto va directo al grupo D, para que los que se han quedado en su casa, como el amargado de José, se mueran de envidia pura.
—Eso, eso, ¡foto! —corean los demás.
Juanma, que es el que está en el centro de la mesa, levanta el brazo y estira el móvil buscando el ángulo perfecto para que salgamos los siete.
Yo me pego un poco más a él, notando cómo me rodea la cintura con el brazo, pero mi cabeza está a mil.
Justo cuando va a disparar, me sale la vena gamberra.
Saco la lengua con descaro y cierro un ojo, en plan rebelde, mientras el flash nos ilumina a todos.
—¡Fotón! —grita Rodrigo—. Esto va a levantar ampollas en la fábrica.
El ambiente en la mesa es una locura de risas y brindis mientras Juanma le da a enviar. Todos estamos pendientes de las pantallas, esperando el impacto. No pasan ni tres minutos cuando el móvil de Rodrigo, que está sobre la mesa, vibra con una notificación del grupo D.
—¡Ojo, que el jefe ha picado! —grita Rodrigo con una mezcla de miedo y excitación.
Se hace un silencio sepulcral. Rodrigo abre el grupo y vemos que José ha enviado un audio. Mis pulsaciones se disparan. Rodrigo le da al play y la voz ronca, profunda y autoritaria de José llena el hueco de la taberna, sonando extrañamente íntima a pesar del ruido de fondo.
"Veo que os lo estáis pasando bien... sobre todo la nueva. Inma, esa lengua fuera te queda muy bien en la foto, pero ten cuidado, que en este pueblo las lenguas largas acaban mordidas. Disfruta de la comida, pero no te canses mucho, que mañana te quiero a primera hora en la pecera..."
La mesa se queda muda. El tono de José no ha sido el de un jefe echando una bronca, ha sido algo mucho más oscuro, una amenaza cargada de un morbo que se podía cortar con un cuchillo.
Todos se miran entre ellos, con las caras desencajadas.
Rodrigo se pone un poco pálido y me mira de reojo, Juanma carraspea y mi Hugo...
bueno, Hugo está apretando la jarra de cerveza con tanta fuerza que parece que va a estallar.
—Joder con el jefe —suelta Pedro para romper el hielo, aunque se ríe con nerviosismo—. Se ve que le ha sentado regular quedarse en casa viendo los dibujos animados.
Yo me quedo mirando mi propia foto en el móvil. José me ha marcado delante de todos. Ha lanzado un dardo directo a mi cuello, reclamando su territorio. Siento un escalofrío, pero no es de miedo... es ese subidón de adrenalina de saber que lo tengo rabiando en su sofá.
Giro la cabeza y veo a Álex Sellés. No ha dicho nada, pero su pie vuelve a rozar mi tobillo bajo la mesa, como recordándome que él también está.
Noto la mirada de todos los de la mesa clavada en mi pantalla. Hugo me mira con cara de "Inma, no la líes", pero ya es tarde. Escribo la frase con una sonrisa de lado, saboreando cada palabra antes de darle a la flecha azul.
"No te preocupes por mi lengua, José... preocúpate por tus nervios, que te veo muy tenso desde casa."
El grupo D se queda en silencio por un segundo y de repente, los móviles de los siete que estamos en la mesa empiezan a vibrar como locos. Rodrigo suelta un silbido, Pedro se echa las manos a la cabeza y Juanma murmura: "Madre mía, esta chica tiene dinamita en las venas".
Pero José no tarda ni treinta segundos en responder. Esta vez no es un audio. Es un mensaje de texto que aparece en la pantalla:
"Mucho descaro veo yo en esa foto. Me gusta la gente con confianza, pero a la fábrica se viene a obedecer, no a provocar. Mañana nos vemos tengo un par de tareas pendientes para ti que requieren toda tu atención... y nada de distracciones."
El grupo de WhatsApp se congela. Nadie se atreve a escribir nada. Es una invitación directa. Rodrigo me mira con los ojos como platos, Raquel se muerde las uñas y yo siento que el pie de Álex bajo la mesa se detiene en seco, como si él también estuviera procesando la jugada de José.
Miro a Hugo. Está blanco. Sabe que José acaba de lanzar un órdago y que, si yo acepto, esto ya no será un juego de oficina.
Me arriesgo. Siento la mirada de Hugo, que está blanco como la pared y la de Álex, que ha dejado de mover el pie para ver el desenlace de este duelo de titanes. Escribo rápido:
"Tú no eres ni mi encargado, ni mi jefe, así que no me puedes mandar. La que manda sobre ti soy yo, así que haz bien tu trabajo y no te pararé la producción."
¡BUM! La mesa se queda en un silencio absoluto. Rodrigo suelta el aire que estaba conteniendo y Pedro se echa hacia atrás, mirando el móvil como si fuera a explotar. Es un golpe directo a su ego de macho alfa, una declaración de guerra en toda regla delante de sus subordinados.
José tarda apenas diez segundos. El "Escribiendo..." aparece y desaparece. Y entonces llega su respuesta:
"Rápido aprendes tú, niña. ¿Quién te ha enseñado eso, Loli? Parece que te han dado clases particulares de cómo tratar a los que mandan. Mañana veremos quién para a quién."
Bloqueo el móvil con un golpe seco de pantalla contra la mesa y sonrío. Una sonrisa de triunfo, de las que dicen "aquí estoy yo". Noto el calor de la cerveza y el subidón de la adrenalina. Juanma, rompe por fin el hielo soltando una carcajada de asombro.
—¡Joder! —exclama Juanma, pasándose la mano por la cara—.
Mirad que he visto babear a José por muchas chicas en esta fábrica, pero lo que acabo de ver ahora mismo...
eso no tiene nombre. Inma, le tienes dando palmas con las orejas y rabiando a la vez.
No sé si eres una valiente o una suicida, pero le tienes loco.
Rodrigo asiente, mientras Hugo no sabe dónde meterse.
—Le has echado un pulso al jefe delante de todos —murmura Rodrigo con admiración—. Tiene que estar más caliente, que el asfalto en agosto.