El cojo #3
La comida empieza a fluir y con ella, las jarras de cerveza se vacían a una velocidad peligrosa.
El ambiente en la Taberna del Cojo se vuelve cargado de risas, humo y ese punto de confianza que solo dan el alcohol y el viernes tarde.
Como soy la nueva, deciden que es el momento del interrogatorio, pero a la inversa: me hacen un resumen de sus vidas para que sepa dónde me he metido.
Rodrigo es el primero. Suelta que está casado, pero el resto del grupo no tarda ni un segundo en saltar con las pullas.
Entre risa y risa, me dan a entender que su mujer, Ana, está siempre de fiesta, que pasa de él olímpicamente y sueltan comentarios del tipo: "Seguro que te la ha pegado ya con medio pueblo".
A Rodrigo se le nota que el comentario le escuece, pero es un profesional del disimulo y usa su humor como escudo.
—Ya te presentaré a Ana y verás lo guapa que es —me dice, mirándome de arriba abajo con una intensidad extraña—. Yo no estoy con cualquier fea, eso te lo aseguro.
Le sonrío, pero por dentro pienso que es un comentario bastante feo. Me da la sensación de que solo está con ella porque es un trofeo, un físico que lucir, aunque como mujer no le aporte nada más que desplantes.
Luego le toca a Raquel. Ella nos cuenta que está soltera. Lleva un año en la empresa y hace tres meses que cortó con su novio. Pedro, que todavía tiene la cara algo colorada por el pimiento picante, suelta una carcajada burlona:
—¡Fue empezar a salir con nosotros y el novio la mandó de paseo! No aguantó el ritmo de la élite —se mofa.
Raquel le lanza una mirada que podría fundir el acero.
—¡Vete a tomar por culo, Pedro! —le grita riendo, mientras le lanza su servilleta arrugada y llena de aceite de pimiento. Pedro se agacha y todos los tíos de la mesa estallan en carcajadas. El ambiente es puro caos de fábrica.
Entonces llega el turno de Hugo. Mi Hugo. Se hace un silencio un poco más largo cuando él toma la palabra y dice, con una calma que me encanta, que tiene novia. Yo, haciendo el papel de mi vida y con una sonrisita de despistada, suelto un:
—¡Ahhh! Qué bien... no lo sabía.
Pero Rodrigo, que no puede estarse callado, mete cizaña enseguida:
—Eso dice él, Inma, pero nadie la ha visto nunca. Nosotros la llamamos la novia fantasma.
—Seguro que es más fea que un pie y le da vergüenza enseñarla —remata Pedro desde el otro lado, provocando que todos se rían de nuevo.
Me da rabia que se rían de él, aunque sé que es parte del juego, así que decido salir en su defensa con un toque de picardía, mirándolos a todos con suficiencia.
—Pues yo creo que lo que pasa es que no se fía de vosotros —suelto, cruzándome de brazos—. Sabe que le daríais una vergüenza ajena tremenda y prefiere tenerla a salvo de esta manada de locos.
Hugo se ríe, me mira a los ojos y me agradece el capote con una complicidad.
—¿Has visto, Inma? —me dice él, señalándolos con la jarra—. En una semana ya te has dado cuenta de que presentar a estos es hacer el ridículo.
En ese momento, Álex Sellés, que ha estado callado todo el rato bebiendo su caña, se inclina hacia adelante y me mira fijamente, ignorando la broma general.
Después de las risas con la novia fantasma de Hugo, el foco se pone sobre Pedro.
—¡Yo no tengo novia, estoy libre como el viento! —anuncia Pedro intentando sonar interesante.
—¡Libre dice! —salta Rodrigo carcajeándose y dándole un codazo—. ¡No tiene ni ha tenido nunca! Este nació soltero y se va a morir invicto.
Pedro se pone rojo como un tomate, más que con el picante.
Se nota que le encanta repartir estopa a los demás, pero cuando le toca recibir, no tiene tanto aguante.
A ver, Pedro tiene ya sus 42 años, pero la verdad es que está muy bien físicamente, si no supiera su edad, le echaba diez menos tranquilamente.
Se cuida, pero en este grupo, si no tienes a alguien que te espere en casa, eres el blanco fácil de todas las burlas.
Luego le toca el turno a Álex Sellés. Se hace un pequeño silencio porque Álex siempre impone un poco con ese aire de misterio.
—Yo tengo novia desde hace unos meses —suelta con su voz pausada, sin inmutarse—. Pero no vivimos juntos. Yo sigo en la casa de estudiantes con mis amigos de la universidad.
Me lo quedo mirando. Me cuadra totalmente. Álex tiene ese aire de universitario brillante pero algo distante, viviendo entre libros y juergas de piso compartido, aunque tenga ese trabajo serio en Calidad. Me pregunto qué tipo de chica será su novia para aguantar a un tío tan frío y calculador.
Por último, Juanma, desde la cabecera, cierra el círculo con un tono mucho más serio y asentado.
—Yo sí tengo novia, ya llevamos tiempo —dice con orgullo—. No vivimos juntos todavía, pero estamos en pleno proceso de buscar casa para comprar. Ya sabéis cómo está el mercado, una locura, pero queremos dar el paso ya.
La mesa asiente con ese respeto que se le tiene al que está a punto de hipotecar su vida.
Es curioso ver las diferencias: Rodrigo con su mujer trofeo, Raquel con su soltería reciente, Pedro el eterno soltero, Álex en su mundo universitario, Juanma buscando nido...
y Hugo con su novia fantasma, que tiene justo sentada en esa mesa, aunque ellos no tengan ni idea.
—Bueno —digo yo, levantando mi jarra para romper un poco la seriedad de Juanma—, pues entre fantasmas, casados que no se ven y buscadores de casas, ¡vaya cuadro tenemos aquí! Menos mal que he venido yo para darle un poco de realidad a esta mesa.
Rodrigo se pega más a mí, aprovechando el brindis.
—Tú lo que has venido es a revolucionarnos, Inma. A ver si nos cuentas tú si tienes algún fantasma por ahí o si estás disponible para que alguno de estos solteros de oro te lleve a ver los pimientos de otro sitio.
Suelto una carcajada, echando la cabeza hacia atrás para que el pelo me caiga sobre los hombros y les miro a todos con esa superioridad juguetona que tanto les descoloca.
—Yo estoy soltera —anuncio, dejando la frase suspendida en el aire mientras saboreo la reacción de la mesa—. Pero vamos, que para vosotros soy una niña. Sois todos muy mayores para mí, casi podríais ser mis tíos.
La mesa estalla en quejas y risas, pero Álex Sellés no se ríe. Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la madera aceitosa y me clava esos ojos verdes que parecen un escáner.
—Bueno... ¿tú qué dices? —me suelta con esa voz pausada, desafiándome a que mantenga el tipo.
—Tú calladito, Álex —le corto—. Que tú tienes novia, así que no te metas en conversaciones de solteros.
Lo digo tonteando, arqueando una ceja, disfrutando de cómo su máscara de chico serio empieza a agrietarse. Él, para picarme y sin perder esa calma, me devuelve el golpe:
—Es verdad, tengo novia —dice, encogiéndose de hombros—. Pero te digo una cosa, yo solo dejaría a mi novia por Mimi.
Mimi es la otra chica que ha entrado nueva, una morena despampanante que tiene a media fábrica revolucionada. Me muerdo el labio, fingiendo indignación y le señalo con el dedo.
—Pues muy mal, Álex —le riño, aunque se me escapa la risa—. Si estás con tu novia, estás con ella. No puedes ir cambiando de novia cada vez que entre una que esté más buena. ¡Qué poca fidelidad!
—Si puedo, sí... —me contesta él con un vacile que no le conocía.
Y justo en ese momento, bajo el mantel de cuadros y el ruido ensordecedor de la taberna, siento algo que me hace dar un respingo.
Álex se ha descalzado y me está acariciando la pierna con su pie desnudo.
Es un roce suave, deliberado, que sube por mi pantorrilla con una confianza que me deja sin aliento.
El muy cínico sigue mirándome a los ojos, bebiendo su cerveza como si no estuviera haciendo nada, mientras su pie sigue explorando bajo la mesa.
Le sostengo la mirada, sintiendo el calor subiéndome por el cuello. A mi lado, Rodrigo sigue hablando de no sé qué historia de la fábrica y al final de la mesa, mi Hugo se ríe de una broma de Pedro, sin tener ni idea de que el paradito de Álex Sellés está ahora mismo recorriendo mi piel con el pie.
Le sonrío a Álex, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras noto cómo sus dedos me rozan la rodilla.
—Parece que el científico ha decidido pasar a la fase experimental —pienso, mientras mi pulso se dispara—. Hugo dice que es un soso, pero este soso tiene los pies muy calientes y sabe perfectamente dónde tocar.
Rodrigo aprovecha que la conversación general se dispersa para acortar aún más la distancia conmigo. Se gira, invadiendo mi espacio personal y empieza a hablarme de sus gatos. Al parecer tiene un batallón de ellos en casa.
—Mira este, Inma, este es Bigotes, el más mimado —me dice, pegando su móvil a mi cara para enseñarme una galería infinita de fotos felinas.
Yo pongo mi mejor cara de interés máximo, asintiendo y soltando algún "oohh" mientras él pasa fotos y fotos.
Pero la verdadera acción está ocurriendo bajo la mesa.
El pie de Álex sigue ahí, subiendo por mi pierna con una lentitud que me pone los pelos de punta.
Decido que yo no me voy a quedar quieta.
Con la excusa de colocarme el bolso, bajo la mano derecha y la meto bajo la mesa. Encuentro su pie desnudo y empiezo a acariciarlo con las yemas de los dedos, recorriendo su empeine mientras Rodrigo sigue dándome la chapa con sus mascotas.
—Uyyy, qué monos, de verdad me encantan... —le susurro a Rodrigo, fingiendo que hablo de sus gatos, pero manteniendo mi mano en contacto directo con la piel de Álex.
Es una sensación de locura, arriba, la charla trivial y aburrida de Rodrigo, abajo, un fuego que solo Álex y yo sentimos.
Me giro un segundo para mirar a Álex de frente, ignorando por completo la pantalla del móvil de mi vecino.
Le clavo la mirada, le dedico una sonrisa cargada de malicia y le guiño un ojo.
Él, que siempre parece un bloque de hielo, esboza una sonrisa de medio lado, rindiéndose al juego y baja su pie para dejar que sea yo quien lleve el ritmo ahora.